124 Cuestiones Intempestivas. [Prólogo]

Intempestivo

Intempestivo: Que es o está fuera de tiempo y ocasión, tiempo oportuno o coyuntura. RAE.

La exposición natural que el sentimiento promueve, y que más bien daña, el interés general, y con ello admite a muchos la oportunidad de resaltar la corriente de la época, permitiría ganar algo que, a algún entendimiento, es más
importante que las conveniencias: el ser auto-determinadamente instruido y alertado sobre nuestra época.

Intempestivas serán también estas cuestiones, ya que se trata de interpretar como inconveniente, casi una enfermedad, o algún tipo de defecto, algo de lo que nuestra época está, con sus propias razones, orgullosa: su cultura a veces histórica, otras hiper moderna o tecnológica, que parece provocar en muchos una fiebre entre histórica y de sensación inalcanzable de lo exagerado del paradigma científico que invade en todo el frente y, al menos, debería reconocerse que así puede llegar a constituirse.

Goethe ha dicho, con toda razón, que cultivando nuestras virtudes cultivamos también nuestros defectos, y si, como es notorio, una virtud hipertrófica -y el sentido histórico de nuestro tiempo parece que es una- puede provocar la ruina de un pueblo lo mismo que puede causarla un vicio hipertrófico (El concepto suele usarse en el terreno de la medicina y de la biología para referirse al incremento exagerado del tamaño de un órgano, en este caso el modo de pensar de una época).

No es pretensión callar que las experiencias que estos tormentosos sentimientos suscitan en algunos espíritus que no pueden extraerse sino casi siempre de cada quien mismo y, únicamente para fines de comparación, llegar a servirse de experiencias ajenas y que, solo en cuanto aprendiz de épocas pasadas, especialmente de la griega, se podrá llegar, como hijo del tiempo actual, a las experiencias que pueden nombrarse como intempestivas. Al menos, si por profesión filólogo clásico, por ejemplo, ha de tenerse derecho a permitirlo, pues no se sabe qué sentido podría tener la filología clásica en nuestro tiempo si no es el de actuar de una manera intempestiva, es decir, contra el tiempo y, por tanto, sobre el tiempo y, lo expectamos, en favor de un tiempo a devenir.

Este inicio menor es de clara extracción nietzscheana, de un joven Nietzsche en una conferencia en Basilea antes de publicar El Nacimiento de la Tragedia en 1872. Su pretensión abarca las épocas, y desgarra desde la suya la zozobra de vivir en un mundo humano, demasiado humano, de no aprender a pensar por fuera de los valores que la historia, de cualquiera de los orígenes que se los encuentre no se relevaron sino salvo transmutaciones propias de las nuevas configuraciones culturales que se fueron sucediendo en función de la demografía, creencias entre pulsiones de poder de todas las variantes, religiosas, intereses económicos, cambios de clima y geográficos, acomodaciones de las formas de ejercicio del gobierno de las poblaciones, el imperio del miedo y sus consecuencias, promoción de obediencia que de simulacro se va desenmascarando sin vergüenza que no es ya un valor de represión de acciones de voluntades que no las serían desde la naturaleza de la vida sino producciones de la fiebre de individualismos que olvidan, por negación, de cierta necesaria comunitariedad entre los seres vivos.

El ecosistema aparece agredido por acciones que agreden la homoestasis que le es propia, hace demasiado tiempo en que los demasiado humanos se ocupan de violar su naturaleza de diversas maneras, y la Naturaleza reacciona tratando de retomarla bajo las nuevas condiciones.

El otro ecosistema antinatural del mundo de lo humano soberbio de poder dominar las cosas que son con otras que no son sino su producción crédula de poder e imposición basadas en cuestiones que serán objeto de esta serie está causando estragos, está en crisis profunda causada posiblemente por la imposibilidad de transvalorar sus propios ídolos de barro, sus verdades que nunca lo fueron ni lo serán, en cuanto direccionadoras de formas de convivencia mejorada con atención a los Otros y a la propia Naturaleza que lo admitió.

¿Seremos tontos en conjunto los seres humanos? ¿Nos las ingeniaremos a seguir no aprendiendo a pensar? ¿Seguiremos insistiendo en modos alejados de las propias leyes de la Naturaleza? ¿Continuaremos con el modelo homo lupus hominis? ¿Continuará la perversidad de la fórmula que Yo me salve aun a costa de los Otros?¿Terminaremos siendo como robots de un sistema irracional dominado por tecnologías de la sujetación e hipercontrol?

Son demasiadas las preguntas tempestivas, cuando la intempestividad que proviene de la propia Naturaleza de las cosas está violada porque sí, por simple elusión de lo que si es es por que no es nada en el cosmos que todo precede.

¿Cómo será que el hombre tempestivo, el de la historia, ha ido transcurriendo lo que ante el pathos de la zozobra, no aparece como el mejor de los mundos posibles de Leibnitz? ¿Y si fuera el mejor de los mundos posibles, entonces, porqué la zozobra? ¿Son valores los de los ídolos de barro que nos preceden? ¿O como hasta la muerte pregonó Nietzsche su transvaloración?

Son preguntas, merecen respuestas que se irán desplegando en los siguientes capítulos. Hay demasiado escrito, y todo tiene su razón, que no es toda la razón. De todas maneras, en ese camino, para nada fácil en la época grave y aceleradamente condicionada de lo actual, de aprender a poder pensar lo continuaremos intentando hasta donde nos sea posible, adivinando o en cierto modo sabiendo que el camino nunca termina.

119 Volviendo al presente. [11]

Contraste. Friedrich Nietzshe. Fin de la serie

Habría pues un receta contra las filosofías pesimistas y la excesiva sensibilidad que me parece ser la auténtica <zozobra del presente>; pero esta receta quizá suene ya demasiado cruel, y se la contaría entre los síntomas que justifican que ahora se la juzgue así: <la existencia es algo malo>. ¡Pues bien! La receta contra la <zozobra> es: zozobra.

Nietzsche. La Gaya Ciencia, #48

Si dejamos de sujetar al pensamiento ya en cada caso sino a su posible devenir y “propio” a cierta instancia que permita la conciencia, y al modo de Freud que le escribía a Fliess <<trataba de encontrar el núcleo de la defensa pero hallé que eso me llevaba a explicar algo que pertenece al núcleo de la naturaleza>>, y se desplaza luego desde la ciencia pura de la época hacia lo propiamente fenómeno humano con su psiquismo que lo establece como tal, retomaremos el camino del pensar en el modo de aprender a hacerlo en el reconocimiento que no pueden violarse las leyes de la naturaleza dado son ellas las que admiten en la especie sapiens esa capacidad distintiva y constituyente.

Y en ese contexto volvemos y terminamos esta serie con Friedrich Nietzsche, con una pregunta de las tantas que surgen cuando se acude a la ayuda de los que ya pensaron antes acerca de estas cosas.

¿Hasta donde llega, hoy día, nuestra capacidad de oír lo que dice Nietzsche? ¿Hasta donde deseamos y podemos oírlo?

Las respuestas posibles, ya que las preguntas son como una señal que señala un camino más serán objeto de la próxima serie. Nos quedamos por un momento, aquí y ahora con este apunte que finaliza un sendero que ya puede vislumbrarse abre a otros. Es la maravilla de la filosofía, escribieron Deleuze y Guattari.

Se trata para decirlo de alguna manera en la sujetación al lenguaje que podemos emplear acerca de lo que dice Nietzsche, él se explica muy bien solo cuando se explica. En todo caso, se trata más bien de establecer la distancia entre sus textos y nuestra posible lectura: hasta donde llega su capacidad de decir en palabras lo que piensa y nuestra propia capacidad de leer y entender, de su voluntad de ser oído y la nuestra de oír.

Leer a Nietzsche implica una doble exigencia común a la práctica de la filosofía: la de un arte de leer y del conocerse a sí mismo, lo que implica al mismo tiempo de la lectura la de interperlarnos a nosotros mismos como lectores, poder hasta donde podamos evaluar el valor de lo que deseamos y podemos. Este trabajo filosófico, está claro, casi nunca lo encontraremos en lo cotidiano. Hoy día leer filosofía en general, o a Nietzsche en particular es una práctica escasa, y no agregamos consideraciones por el momento lo que ello pueda señalar.

Nietzsche ya lo experimentó, y dio cuenta de ello, que sus lectores no existían todavía en el momento en que escribía, y acaso nosotros sus lectores hoy ciento cincuenta años después vivimos en la posibilidad que propiamente nos atribuimos de poder oírlo. Cuando interpelaba a sus lectores en su momento, se entiende, lo hacía no desde algo trascendental sino histórico, no en función de una esencia sino de una genealogía. Él mismo fue un lector profuso que por ello encontraba analogías, contradicciones, olvidos, rupturas, discontinuidades, que promovía el interrogarse a sí mismo. Una biografía, disimulada, esa es su obra.

Leerlo es algo así como enfrentarse a la dinámica de interferencias y la inercia de estabilidades opacas,u objetos de escándalo y litigio, a las fuerzas y sus reacciones que van definiendo una administración de síes y noes. Conviene leerlo como una física de choques entre cuerpos de algo, una elucidación de elasticidades y resistencias, impermeabilidades y porosidades que presentan grados variables entre poder y querer.

Hay demasiado escrito sobre Nietzsche. Una lectura aunque provenga de fuentes primarias es frecuentemente ya secundaria, como un retorno requerido por la intensidad reiterativa de los textos. Las lecturas se vuelven cada vez más lentas en tanto se repiten (cualquiera fuera la fuente, esta misma, por ejemplo); como la música que lenta vuelve al principio que Nietzsche exige a los descifradores de primera vista con una escuela de paciencia más aun que la de la sospecha, que encuentra como único medio para superar la irritación de la cantidad de repeticiones y para medir la velocidad de un pensamiento. El mejor lector es el que se separa de otros no por lo inédito sino por el óptimo de diferencias que promueve en lo que se repite. En eso, Nietzsche es como una maestro que ayuda a aprender a pensar.

Hay quienes leyeron o leen a Nietzshe, y entre ellos los que no lo re-leerían de nuevo. Otros que nunca pusieron un pie en la calesita vertiginosa en la que gira su filosofía. Otros han regresado a ella y otros que se desviaron hasta la náusea. Los argumentos para los que terminaron de una vez con Nietzsche son muchos y variados: porque ha dicho demasiados, porque se ha dicho demasiado sobre él, y porque hay mucho por criticar sobre este doble exceso. Su decir demasiado es a la vez extenso e intenso, exagerar, ir demasiado lejos, hurgar en las heridas. Leer a Nietzshe es doloroso . Es su manera de discriminar, seleccionar y separar las formas las cosas que piensa. Hay siempre un fondo de sufrimiento en el conocimiento, de imposición de libertad, de crueldad en a alegría. Pocos o ninguno antes que él lo pudieron exponer de esa manera.

“No he poseído jamás el arte de prevenir en contra de mí” (Ecce Homo #5): a este defecto debe necesariamente corresponder el arte de no estar prevenido en contra de él (prevención en el doble sentido de prejuicio y profilaxis).

Nietzsche denomina hombre moderno al tipo de hombre al cual interpela y cuya capacidad y voluntad interroga. Cuando dice nosotros, refiere a nosotros los modernos. Reiterar la interpelación de Nietzsche obliga a reducir el privilegio de nuestra postmodernidad, como él redujo el de la modernidad, bajo el doble peso de la lentitud de la historia y de la repetición del devenir. Esto que estamos leyendo-escribiendo es solo un apunte, pero si se puede leer despacio el trasfondo de la filosofía nietzscheana entendemos que está en la vereda del frente que la cotidaneidad hoy día ofrece, solo la ofrece, no puede hacer otra cosa.

La zozobra de Nietzsche, móvil principal del inicio de su obra, produce zozobra en en nuestra actualidad, en nuestra postmodernidad, en nuestra digestión del pasado y presente históricos y en nuestra voluntad de futuro. Sufrimos de una apremiante falta de paciencia, sin la que careceremos de filología, probidad y justicia. Esos valores propuestos por Nietzsche lo señalarían hoy día como sujeto político. Reafirma respecto de lo que en su momento nominaba como modernidad (hoy día postmodernidad, de todas maneras son solo palabras) es un proyecto inacabado. Nos interpela a nosotros hombres postmodernos como un problema no superado en cuanto que somos sujetos de razón y derecho, demócratas y ciudadanos de una época liberal (políticamente entendido); y como tales nos enfrentamos, interpelados por su interpelación, a lo más inaudible (no desde él sino de la actualidad de lo cotidiano), y por ello sentimos zozobra.

Para terminar, quienes pretendan o supongan endurecer a Nietzsche hay que recordarles su ductilidad:

Dice a sus lectores, pocos al principio y muchísimos después de su muerte:

“A partir de aquí, que otra clase de espíritu diferente al mío sea libre de proseguir. No soy lo bastante limitado para un sistema, ni siquiera para mí sistema” (Fragmentos Póstumos [146]).

A quienes querría suavizarlo hay también que recordarles su dureza:

“¡Espere un poco, muy venerada amiga!. Le proporcionaré aún la prueba que Nietzsche continúa siendo odioso” (Carta a Malwida von Meysenburg, Correspondencia, VI)

No hay ninguna obligación de leer a Nietzshe, o si se lo lee que no se pretenda liberarse de su indagación y conceptualización que fundada en su método genealógico produce interpretaciones, que aún cuando él mismo lo advierta a quien quiera o pueda oír, se presenta como odioso y produce zozobra. Aunque pueda llegar a convenirse aún sin preguntarse frente a fenomenalidad de las cosas y los casos, que la actualidad de nuestra no tan venerada postmodernidad, en su actualización, también la produzca. Bueno a quienes les reste luego de la psicofarmacología y mass mediatización, un resto de sensibilidad.

Bibliografía: Nietzsche La zozobra del presente. Dorian Astor.014. Ed. Gallimard.