116 Volviendo al presente. [8]

Contraste. Ahora Arthur Schopenhauer

Siguiendo con Schopenhauer

Seguiremos desde lo que nos decía Schopenhauer en Sobre la voluntad en la naturaleza. https://cuestionesfilosoficas.com/2019/11/15/114-volviendo-al-presente-6/., en su apartado: Lo eterno e indestructible en el hombre, lo que forma en él el principio de vida, no es el alma, sino que es, sirviéndonos de una expresión química, el radical del alma, la voluntad.

Obras de Schopenhauer

  • Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente (1813)
  • Sobre la visión y los colores. (1816)
  • El mundo como voluntad y representación. (1819)
  • Sobre la voluntad en la naturaleza (1836)
  • Los dos problemas fundamentales de la ética (1840)
  • Sobre el fundamento de la moral (1860)
  • Parerga y paralipómena (1851)

Cierto contexto: antes de cumplir los veinte años de edad, Schopenhauer decidió abandonar definitivamente el comercio para emprender estudios universitarios. De este modo, en 1809, se matriculó como estudiante de Medicina en la Universidad de Gotinga, donde asistió a varios cursos. Allí conoció a Gottlob Schulze, un profesor de filosofía que le aconsejó emprender el estudio pormenorizado de Platón y Kant, para que luego lo complementara con la lectura de las obras de Aristóteles y Spinoza. La lectura de estos autores despertó en Schopenhauer su vocación filosófica y en 1811 se trasladó a Berlin, donde estudió durante dos años, para seguir los cursos de Fichte y Schleiermacher. Sin embargo, ambos filósofos —muy en boga por aquel entonces— sólo consiguieron decepcionarlo. Algo parecido puede decirse de Schelling, a quien Schopenhauer leyó intensamente, como también a Fichte, en sus años de estudiante en Berlin. A pesar de haberse pasado a la facultad de filosofía, Schopenhauer también se matriculó en cursos de filología clásica y de Historia y asistió también a un buen número de cursos de ciencias naturales, pues consideraba que estos conocimientos ampliaban y reforzaban su formación filosófica (al igual que lo que recomendaba Spinoza en su Tratado de la Reforma del entendimiento). Con esto estamos planteando, cada filósofo tiene su aquí y ahora y una historia singular que lo constituyen. Tipo inteligente, a los veinticinco años disponía de una formación académica importante, la que luego le permitiría acceder a un tercer género de conocimiento y comenzar su obra en nombre propio.

Quienes lo lean verán algo curioso, escribe en primera persona, en nombre propio e además se explaya en general bastante en cuanto a su método, riguroso, y en que deja explícita la precedencia de su sus escritos, lo que en general no repite aunque guardan una coherencia lo más exacta posible. Se dice el seguidor de Kant y elude elípticamente al burdo y falto de ingenio Hegel, que de paso diremos siempre fue difícil de leer, y eso algo ya está señalando algo.

Platón y Kant unen sus potentes dichos en la recomendación de una regla para
el método de toda filosofía, y aun de todo saber en general. Han de satisfacerse por igual, dicen, dos leyes: la de la homogeneidad y la de la especificación, sin abusar de la una con perjuicio de la otra. La ley de la homogeneidad nos enseña, mediante la observación de la semejanza y concordancia de las cosas, a aprehender las variedades para reunirlas en especies y éstas en géneros hasta que llegamos finalmente a un concepto mayor que lo abarque todo. Comoquiera que ésta es una ley transcendental, esencial a nuestra razón, presupone que la naturaleza sea conforme a entidades que más allá de la necesidad no se multiplicarán.

Immanuel Kant

Al contrario, la ley de especificación es expresada por Kant así: entium
varietates non temeré sunt minuendae
(No precipitarse a reducir las variedades de seres),. Ésta requiere que distingamos bien las especies unidas en el concepto del género que las abarca, y a su vez las variedades superiores e inferiores comprendidas en tales especies, guardándonos de dar ningún salto, y, sobre todo, de no subsumir las variedades inferiores, y, menos aún, los individuos, inmediatamente bajo el concepto de género, siendo cada concepto capaz de una nueva división en conceptos inferiores, pero sin llegar ninguno de éstos a la mera intuición.

Kant enseña que estas dos leyes son principios transcendentales de la razón, que postulan a priori el acuerdo de las cosas con ellos, y Platón parece expresar a su manera lo mismo al decir que estas reglas, a las que toda ciencia debe su origen, nos fueron arrojadas de la mansión de los dioses con el fuego de Prometeo

Schopenhauer encuentra que, a pesar de tan poderosa recomendación, la última de estas dos reglas es poco aplicada a uno de los principios principales de todos los conocimientos, al principio de razón suficiente. Aunque se le ha propuesto de una manera general, desde hace tiempo y muchas veces, se ha descuidado la separación de sus muy diversas aplicaciones, en cada una de las cuales obtiene una significación diferente, y que delatan su procedencia de diversas facultades cognoscitivas.

Pero precisamente en el estudio de nuestras facultades intelectuales el uso del principio de homogeneidad con menoscabo de su opuesto nos conduce a muchos y persistentes errores, y, por el contrario, el uso del principio de especificación ha producido los más grandes y más importantes progresos. Esto se demuestra comparando la filosofía kantiana con todas las anteriores.

De Kant: Es de la más alta importancia aislar los conocimientos que por su especie y origen son distintos de los demás, y evitar cuidadosamente que se confundan en un baño de amalgama con otros, con los cuales suele mezclarlos el uso. Lo que el químico hace al dividir la materia, lo que hace el matemático en su teoría pura de las magnitudes, debe hacerlo con mayor razón el filósofo, con lo que obtendrá el provecho de poder determinar con seguridad la parte
que cada especial modo de conocimiento tiene en el uso promiscuo del entendimiento, su valor y su influencia propias (Crtt. de la razón pura, Doctrina del método, cap. 3)

La importancia del principio de razón suficiente es importante, porque se le puede considerar como el fundamento de todas las ciencias. Ciencia no es otra cosa que un sistema de conocimientos, es decir, un todo de conocimientos enlazados, en oposición a un mero agregado de ellos. Y ¿quién sino el principio de razón suficiente vincula los miembros de un sistema? Lo que distingue precisamente a una ciencia de un mero agregado es que sus conocimientos nacen unos de otros como de su propia razón. Por eso ya lo decía Platón:
(etiam opiniones verae non multi pretii sunt, doñee quis illas ratiocinatione a causis ducta liget, Meno, p. 385. Bip.). [Mucho del valor de opiniones que, hasta cualquier razonamiento a partir de esas razones, ellas se las relacionan]

Las ciencias contienen nociones de causa, Aristóteles: de todo el conocimiento intelectual, si es de alguna manera la comprensión de participación en las causas y principios.

Ahora bien, como la suposición hecha siempre por nosotros a priori de que todo tiene una razón es la que nos autoriza a preguntar en todas partes «por qué», el «por qué» puede ser llamado la madre de todas las ciencias.

Más adelante habrá que mostrar que el principio de razón suficiente es una expresión común a varios conocimientos dados a priori. Entretanto tiene que ser puesto provisionalmente en una fórmula. Elegimos la wolffiana, por ser la más general: Nada es sin una razón por la que es.

Puede apreciarse que el camino del pensamiento fue derivando sus propias reglas de legitimación para excluirse de la multiplicidad de infinitas opiniones que opusieran iletradamente antagonismos infundados sobre las nuevas propuestas de estos pensadores. Y Schopenhauer no eludió el esfuerzo de producción de legitimación de su obra.

Es el primero en romper con muchos de los planteamientos fundamentales de la época moderna, empezando por el racionalismo y el optimismo aparejado con él. Desde su perspectiva histórica, pudo ver ya lo que había dado de sí una razón omnipotente que todo lo justifica y para la que todo está bien como está. Quedan atrás las ideas de una razón capaz de conocerlo todo con un buen método (Descartes), de un progreso indefinido del género humano (Ilustración) y de un mundo que es el mejor de los posibles (Leibniz). Incluso quedan atrás para él los intentos de su contemporáneo y principal enemigo, Hegel, esforzándose aún por demostrar que “Todo lo racional es real y todo lo real es racional”. Porque para Schopenhauer no es verdad ni lo uno ni lo otro: ni lo racional es real, porque el mundo de la razón es un mundo de sueños y de engaño, ni lo real es racional, porque el verdadero ser de las cosas es una voluntad irracional y ciega. Es el momento de ocuparse de lo que la filosofía anterior soslayó o menospreció por considerarlo inexistente o accesorio: el sufrimiento y la maldad, la contradicción y la injusticia, la enfermedad y la muerte. Era hora de explicar el porqué de este “valle de lágrimas” que es la existencia humana. Y la respuesta de Schopenhauer no será precisamente consoladora, ya que para él no cabe otro consuelo que la verdad. La negatividad -señala su respuesta- no es un accidente de la historia sino algo que está inscrito en el origen mismo de toda existencia, en una realidad originaria (la voluntad) que lleva en su seno la escisión y la carencia.

El primer elemento kantiano que asume preside toda su concepción de la realidad: se trata del idealismo transcendental con su distinción de fenómeno y cosa en sí, distinción que en él se traduce, como indica el propio título de El mundo como voluntad y representación, en la dualidad de voluntad y representación: dualidad, que no es dualismo, ya que voluntad y representación no son dos realidades distintas sino dos caras complementarias e inseparables de un mismo ser: el mundo.”El mundo es mi representación” es la frase con que Schopenhauer compendia el idealismo kantiano (del Kant de la primera edición de la Crítica de la razón pura, no el de la segunda, que en su intento de evitar el idealismo rotundo echó a perder una obra maestra de todos los tiempos, según Schopenhauer). Con ella se expresa el carácter puramente relativo del mundo del conocimiento y la consiguiente exclusión de todo planteamiento realista: todo en él se reduce a ser objeto para un sujeto, ese “ojo del mundo” que todo lo conoce y de nada es conocido.

Para Kant el fenómeno era el modo en que los objetos nos son dados; en cambio para Schopenhauer, el modo en que se nos oculta la verdadera realidad de las cosas. Eso se encuentra ya implícito en la misma distinción de fenómeno y cosa en sí: si hay que distinguirlos, es porque son distintos. Tanto la forma general de la representación -la división de sujeto y objeto- como las formas del objeto -espacio, tiempo y causalidad- son para Schopenhauer, como fueron para Kant las intuiciones puras y las categorías, las condiciones de toda representación objetiva. Pero también suponen, por su origen subjetivo, una alteración de lo así  conocido -en el caso de Schopenhauer, la voluntad- que ha de asumir unas formas que le son extrañas para darse a conocer. Así pues, el fenómeno no es, en contra de lo que implica su etimología, la manifestación de la realidad sino más bien su encubrimiento.

De este modo, a la inconsistencia del mundo real, en cuanto mera representación de una conciencia, se añade su carácter engañoso. Para expresarlo Schopenhauer recurre a dos comparaciones favoritas: la vida como un sueño, una idea recurrente en muchos clásicos de todos los tiempos, y el “velo de Maya”, una metáfora tomada de la sabiduría hindú: “el velo del engaño que envuelve los ojos de los mortales y les hace ver un mundo del que no se puede decir que sea ni que no sea”. Él mismo aporta también su propia comparación: la vida y el sueño son hojas de un mismo libro.

La representación se nos aparece como la cara exterior del mundo. Desde ella el mundo se presenta como un espejismo y un sueño inconsistente, como una cáscara sin núcleo. Pero si no queremos quedamos ahí sino intentar acceder al interior de las cosas, si buscamos el significado metafísico del mundo que está más allá del físico, hemos de instalarnos en un punto de vista distinto de la representación. Desde fuera – desde la representación- nunca avanzaremos en la comprensión de la esencia de las cosas. Ese fue el error de Descartes: pensar que desde el ego cogito podría construir todo un mundo más allá de su conciencia. Porque no encontramos dentro de esta ningún dato que nos remita con seguridad a una existencia fuera de ella, y mucho menos a la naturaleza de esa presunta existencia. Es más: desde el pensamiento no podemos ni siquiera acceder a nosotros mismos. Así lo demostró Kant en su Paralogismo de la razón pura y así lo expresa, en un lenguaje más sencillo, Schopenhauer: “El yo representante, el sujeto del conocer, nunca puede convertirse en representación u objeto, ya que, en cuanto correlato necesario de todas las representaciones, es condición de las mismas […] No hay, pues, un conocer del conocer“. En eso también erró Descartes: en considerar que la del yo pensante es la representación primera y más evidente. Por el contrario, el pensamiento puro nunca nos puede dar noticia del yo que piensa; pues el “ojo del mundo”, tal y como señala Wittgenstein, queda fuera del campo visual y se reduce a un punto inextenso.

Pero el hecho es que, para bien o para mal (según se ve más adelante, más para mal que para bien), somos algo más que seres pensantes: somos individuos, seres naturales arraigados en este mundo en virtud de nuestra índole corporal. Y es precisamente ese cuerpo, objeto inmediato de la representación, lo que nos proporciona la “puerta trasera” que nos permite superar la exterioridad de la representación y acceder al en sí de nuestro propio fenómeno y del mundo. A diferencia de los demás objetos, que solo conocemos desde fuera, conocemos nuestro propio cuerpo también desde dentro: desde esa vía interna cada cual percibe la estricta identidad que existe entre los movimientos de su cuerpo y los actos de su voluntad.

Ciertamente, esa doble experiencia privilegiada no nos proporciona en principio más que una doble serie fenoménica. Desde ese punto de vista, seguimos sin salir del dominio de la representación. Pero aquí se nos revela también algo más; y algo tan importante como para que Schopenhauer lo denomine “el milagro κατ’εξοχην” y la verdad filosófica por antonomasia: se nos revela la identidad del sujeto que conoce y el sujeto que quiere y, con ella, nuestro propio ser, que de rechazo nos dará la clave acerca del ser del mundo. Pues el cuerpo es el elemento mediador que hace posible la autoconciencia del sujeto y a la vez le manifiesta su naturaleza esencial. Aquel sujeto cognoscente que en cuanto tal no es cognoscible ni para sí mismo se conoce siempre como cuerpo y, en virtud de aquella experiencia interna, conoce su cuerpo como voluntad. La voluntad es, pues, el objeto de la autoconciencia del sujeto pensante: “El sujeto se conoce a sí mismo sólo como volente, no como cognoscente […] Lo conocido en nosotros como tal no es lo cognoscente sino lo volente, el sujeto del querer, la voluntad”. De este modo, y al igual que rompió con el racionalismo y el optimismo modernos, Schopenhauer rompe también aquí con la tradición moderna de la filosofía de la conciencia. Su reivindicación del cuerpo representa un hito en la historia del pensamiento y sienta las bases de una filosofía de la corporalidad que encontrará importantes desarrollos posteriores. Con él se abandona el mundo de las conciencias puras, las res cogitantes cartesianas de las que el cuerpo no pasaba de ser un apéndice más o menos molesto, para entrar en una nueva consideración que otorga al cuerpo un papel central en la constitución de la subjetividad.

Una vez que se nos ha revelado el en sí de nuestro propio ser, solo quedan para Schopenhauer dos posibilidades: o bien pensar que el resto del mundo no es más que representación y quedarnos en un egoísmo teórico, con todos los absurdos que ello conlleva; o bien suponer que los demás fenómenos de la naturaleza que tan semejantes al nuestro se nos aparecen tienen idéntica esencia. Y así, con la misma razón con que afirmamos “el mundo es mi representación” podemos también afirmar “el mundo es mi voluntad”. Así pues, en el principio no era el lógos sino la voluntad. Ella es la realidad originaria, la cosa en sí idéntica que se manifiesta en todos los seres y fuerzas de la naturaleza, desde la gravedad que hace caer la piedra hasta el carácter que determina las voliciones del hombre ante unos motivos dados. Cada uno de los seres naturales, cada uno de sus impulsos, acciones y afecciones, representan la concreción individual de una voluntad de vivir absoluta e ilimitada. La afirmación de la vida, el afán por mantenerse en la existencia, constituye la esencia íntima de todos los seres y, por ello, un prius del intelecto ante el que no cabe plantear un porqué.

No comprende a Schopenhauer quien le acusa de antropomorfismo por considerar la voluntad como cosa en sí. Él no está en ningún modo extrapolando la voluntad humana a toda la naturaleza ni pretendiendo que todos los seres quieren del mismo modo que quiere el hombre. La adopción del término “voluntad” quizás no sea muy acertada, pero se debe -así lo puntualiza- a que ese es el modo en que la cosa en sí se nos manifiesta de forma inmediata en nuestro propio ser. Las fuerzas naturales no son, pues, formas o manifestaciones de la voluntad humana: tanto unas como otra son objetivaciones de un núcleo íntimo del ser al que llamamos voluntad, como podríamos haberlo denominado gravedad si esta hubiera sido la forma primaria en que se nos revelara. No hay, por lo tanto, un antropomorfismo de la naturaleza en Schopenhauer sino más bien un naturalismo del hombre, al que se atribuye una identidad esencial con el resto de los seres.

Tampoco comprende a nuestro autor hoy quien piense que su sistema postula más o menos a priori una voluntad de la que luego infiere por las buenas o por las malas la totalidad del mundo natural. Muy al contrario, Schopenhauer no busca deducir sino interpretar el mundo: su filosofía no parte de la cosa en sí sino del fenómeno, se instala en el terreno inmediato de la experiencia para buscar su significado metafísico, significado que descubre, acertada o equivocadamente, en la voluntad. El curso de su pensamiento va, pues, de la naturaleza a la voluntad, de la manifestación a la esencia. E invertir ese curso supone traicionar el espíritu de su filosofía.

La voluntad de vivir se afirma en todos los seres existentes. Pero la afirmación de la voluntad es afirmación de la negatividad, la escisión y la carencia que lleva en su seno y que no se aminoran en su objetivación fenoménica sino más bien se multiplican, dando lugar a una vida que es en esencia dolor. El querer y su satisfacción o, en otras palabras, el sufrimiento y el tedio, son los dos extremos entre los que oscila el péndulo de la vida. Mientras queremos, sufrimos por la carencia que ese sufrimiento supone; cuando el querer es satisfecho, surge algo peor que el sufrimiento: el aburrimiento, que nos hace sentir el vacío de la voluntad desocupada. Pero la rueda de Ixión ( Zeus, pensando simplemente que beber el néctar de los dioses había trastocado a Ixión, se conformó con desterrarlo. Pero cuando vio que el ingrato presumía de haber seducido a Hera, lo mató con un rayo (la única forma de morir que tenían los que habían probado la ambrosía), y le condenó al Tártaro, donde Hermes le ató con serpientes a una rueda ardiente que daba vueltas sin cesar) nunca se detiene: pronto aparecerá un nuevo deseo con un nuevo dolor, y su satisfacción volverá a mostrarse vana para calmar la sed de la voluntad; una voluntad que nunca encuentra un objeto que satisfaga su querer, porque en realidad no quiere nada y en el mundo fenoménico se limita a aparentar un querer. El dolor del mundo no es en último término sino la manifestación del absurdo de una voluntad que es incapaz de querer.

Ixión

Por si eso fuera poco, a nuestra índole esencial se añaden las condiciones fenoménicas que constituyen una nueva fuente de dolor. Pues si en esencia somos un absoluto -la voluntad y toda la voluntad-, al mismo tiempo somos individuos que, cegados por el velo de Maya, pretendemos afirmarnos en nuestra propia individualidad aun a costa del aniquilamiento del resto del universo. De ahí surge un estado de hostilidad universal en el que todos somos verdugos y víctimas; porque todos causamos daño a otros y lo sufrimos de los demás, y porque todos somos una misma voluntad. No obstante, y a pesar de todo el sufrimiento de nuestra existencia, nos aferramos a ella y nos estremecemos ante la perspectiva  de una muerte que en todo caso ha de llegar; pues le pertenecemos por el hecho de haber nacido, y ella no hace más que jugar con su presa antes de devorarla.

La liberación de la voluntad de vivir, fuente de todo dolor, encuentra en Schopenhauer dos vías: una puramente contemplativa (el arte) y otra de carácter práctico (la ética y la ascética). Pero no nos engañemos: no vamos a encontrar aquí recetas para una vida feliz: en primer lugar, porque “vida” y “feliz” son aquí conceptos contradictorios; y además, porque no hay recetas para ser un genio ni para ser santo. Tanto lo uno como lo otro proceden de un conocimiento; pero de un conocimiento inmediato e imposible de transmitir en palabras. En la ética y la estética abandonamos el dominio de la razón y entramos en el terreno de lo místico: aquí no caben ya las explicaciones sino solamente la descripción de su manifestación en el fenómeno.

Además del mundo de la representación y el de la voluntad, hay un tercer mundo; un mundo que parece llevarse la mejor parte, ya que no está afectado ni por las contradicciones internas de la cosa en sí ni por el sufrimiento inherente al mundo de la vida: se trata de las ideas platónicas, las objetivaciones inmediatas de la voluntad, que determinan la escala de los seres naturales. Esas ideas eternas e inmóviles constituyen el objeto de la contemplación estética. En ella el sujeto puro del conocimiento, aquel ojo del mundo que se presentaba como soporte de la representación, se convierte ahora en su espejo. Desgajado momentáneamente de su condición de individuo, ya no se pregunta por el cómo, el cuándo, el porqué y el para qué. Su modo de conocer se ha desvinculado del principio de razón y se dirige en exclusiva al qué. El genio busca así lo mismo que el filósofo, pero por una vía y medios distintos: su conocimiento no es discursivo sino intuitivo, y no se materializa en conceptos abstractos sino en una obra de arte. Él es capaz de ver en lo particular lo universal, en lo efímero lo eterno, en el individuo la idea, y de transmitir luego ese conocimiento de forma indirecta a través de su obra. Y al transmitirlo, ese benefactor de la humanidad nos comunica también algo del remanso de paz que ha conocido el mundo de las ideas: en él no hay dolor porque la voluntad se ha adormecido por un instante dejando el paso a la pura representación.

En correspondencia con la escala de la naturaleza, la teoría del arte de Schopenhauer va recorriendo la gradación de las ideas en sentido ascendente adjudicando a cada una de las bellas artes la contemplación de una idea. En el nivel inferior, la arquitectura como arte bello nos presenta la idea de la materia bruta y las fuerzas básicas de la naturaleza en el perpetuo conflicto entre gravedad y rigidez. Pasando por artes como la conducción de agua, la jardinería, la pintura paisajística y la pintura y escultura animal, en las que se presentan las ideas de la naturaleza vegetal y animal, se desemboca en las artes que tienen como objetivo específico la idea del hombre. Estas son la pintura histórica, la escultura y, por encima de ellas, la poesía. La concepción schopenhaueriana de la poesía, que tanta resonancia encontrará después en la obra de Borges, nos la presenta como una auténtica sabiduría acerca del hombre y al poeta como un ser humano anónimo y universal: “El poeta es el hombre universal: todo lo que ha conmovido el corazón de algún hombre, lo que en alguna situación la naturaleza humana ha dado de sí, lo que en algún lugar habita y se gesta en un corazón humano, es su tema y su materia; como también todo el resto de la naturaleza”. La verdad del hombre no la expresa la historia sino la poesía. La historia narra solo los acontecimientos y se queda siempre anclada en la superficialidad del fenómeno. La poesía, en cambio, narra lo que nunca envejece porque nunca sucedió.

La verdad de la poesía encuentra su expresión máxima en su género superior: la tragedia. En ella se nos presenta en toda su crudeza el terrible espectáculo de la existencia humana, la más dolorosa de todas, con el triunfo de la maldad, el azar y el error. La tragedia expresa el conflicto interno de una voluntad que se devora a sí misma a través de sus fenómenos y que se sustrae a toda racionalidad y toda lógica. Y expresa, sobre todo, el carácter de culpa que tiene nuestra existencia y que solo se puede expiar con el sufrimiento y la muerte: “El verdadero sentido de la tragedia es la profunda comprensión de que lo que el héroe expía no son sus pecados particulares sino el pecado original, es decir, la culpa de la existencia misma”.

La tragedia culmina la representación de las ideas eternas pero no la escala de las artes. Por encima de ella hay otro arte que ocupa un puesto aparte, ya que no representa ideas sino la voluntad misma: la música. Es comprensible que en un sistema eminentemente irracionalista, el puesto supremo en la jerarquía de las artes no lo ocupe un arte del lógos sino del sentimiento. Antes lo vimos: cuando la razón calla, habla la voluntad. Pues bien: la voluntad habla el lenguaje de la pasión y del sentimiento, un lenguaje indescifrable para la razón pero universalmente comprensible: “El compositor revela la esencia íntima del mundo y expresa la más honda sabiduría en un lenguaje que su razón no comprende”. En esa sabiduría encontraríamos, si pudiéramos expresarla en conceptos, la verdadera metafísica. Pues la música no expresa ya una idea sino que representa la vida, la voluntad misma en sus distintos grados de objetivación, la “sinfonía de la naturaleza” que aúna perfectamente todos sus elementos, desde el bajo fundamental -las fuerzas inferiores de la naturaleza- hasta la melodía -el hombre-, erigiéndose así en un mundo paralelo al de los fenómenos.

La belleza de las cosas no desmiente en modo alguno el pesimismo schopenhaueriano: pues una cosa es verlas y otra serlas. Pero sí se puede al menos atisbar en la teoría estética de Schopenhauer una cierta atenuación de su concepción trágica de la vida, en la medida en que el arte ostenta en él una virtud catártica que de alguna manera redime la perversión originaria de la realidad y nos permite verle “su lado bueno” y liberarnos momentáneamente del sufrimiento sin desembocar en la nada. No ocurre así, en cambio, en la otra vía de liberación de la voluntad, en la que el conocimiento de la verdadera realidad de las cosas presenta su lado más terrible y solo puede provocar espanto.

114 Volviendo al presente. [6]

Solo para nadie y para todos

Volver al presente. Humano

Baruch

Terminamos el anterior: El ánimo ( el alma espinozista ) como idéntico a lo extenso del espíritu ( el pensamiento ) causa efecto reciproco, y se manifiesta en el cuerpo como sensaciones, antes se las llamaba pasiones, con Freud pulsiones. Es el alma que se expresa como alegría, tristeza, dolor, angustia, pérdida de identidad, expectativa, deseo, poder de algo, falta, fantasías, ilusiones, alucinaciones, voluntad dijo Schopenhauer, voluntad de poder, Nietzsche, arquetipo Jung, obediencia a las tablas, Moisés, demasiado.

Más cerca o más lejos, a partir de distintos paradigmas, algunos sapiens dan cuenta de la multiplicidad del modo de ser humano. Dan cuenta: lo percibieron, se dieron cuenta y lo pensaron y expusieron cada quien en su propio nombre. Como se dijo en capítulos anteriores, no existía la ciencia que pusiera aportar más elementos de fundamentación, y posiblemente aún así lo siga siendo.

Que hoy día, desde lo actual del progreso científico, con toda la parafernalia tecnológica disponible, aún se mantengan fundamentos como conjeturas es propio de las velocidades relativas entre lentitud científica y rapidez del la cosmología del pensamiento. Las cuestiones físico químicas preexisten a su entendimiento, están desde un principio y que la ciencia las vaya interpretando es lo actual en la flecha del tiempo que lleva ya 14 mil millones de años cronológicos. Las leyes de la naturaleza son siempre iguales, que aún muchas las ignoremos es lo mismo, se seguirán cumpliendo.

La Filosofía, nacida desde la observación racional y pensante de los cielos, sus regularidades y el poder ser de los hombres y su posibilidad diferencial de pensar, permitió el comienzo de las ciencias, pero neutralizó su acierto brindando fundamentos a la fantasía e ilusión mágicas o religiosas y a muchas otras maneras equivalentes. Y así estamos. Es una época aún grave, o gravísima según Heidegger, porque aún no aprendemos a pensar, y nos aventuramos a agregar desde la sensación de la experiencia cotidiana, que cada vez menos. Lo conjeturamos 70 años después que Heidegger abriera a la posibilidad de empezar, al menos, a pensarlo. Luego Deleuze y Guattari develaron la realización actualizada de la ezquizofrenia en las sociedades actuales, En la estratificación combinada de ambos momentos, nace la conjetura.

Entre la físico química del pensamiento y sus relaciones con otras partes somáticas que producen la sensación, o viceversa que las sensaciones provocan percepción al pensamiento, decimos, aún la complejidad sistema espacio-tiempo de un cuerpo humano, algo debería estar ocurriendo a cada instante, al infinitesimal de la duración de la transmisión que el sistema permita. Y claramente nos detenemos en esta postulación, porque entendemos hay bastante que aprender de los que lo pensaron y expusieron en su propio nombre .

El hombre spinoziano no es sustancia, sino modo; el alma es modo del pensamiento, y el cuerpo, modo de la extensión. Alma y cuerpo no se relacionan como dos sustancias, sino como una idea y su objeto; el cuerpo es el objeto primero del alma y el alma es idea del cuerpo.

Explayemos un poco. Spinoza propone una única sustancia, a que no tan convencionalmente (por permitida en el paradigma de su época) llama dios, aunque no tardemos en entenderla como Naturaleza, extendida a la posibilidad del todo cósmico. Alma y cuerpo no se relacionan como dos sustancias, porque solo hay una, Expresa pensamiento y cuerpo se relacionan uno a otro, desde la lógica de la expresión de su entendimiento,

Agrega: Ahora bien, como nuestro cuerpo es una especie de proporción o armonía de movimiento y reposo, y está continuamente sometido al impacto de los múltiples y variadísimos cuerpos que lo rodean, nuestra alma refleja esos choques e impactos y, a través de ellos (afecciones corporales), conoce los cuerpos externos. He ahí la imaginación: un conocimiento esencialmente condicionado por la situación de nuestro propio cuerpo, por nuestro temperamento, nuestra experiencia previa y nuestros prejuicios individuales.

Aún desde la ignorancia de las infinitas posibilidades físico químicas que se transmitan, decimos, Spinoza las anticipa en los términos del lenguaje que puede utilizar. Y destacamos en esto el asunto del lenguaje que está directamente relacionado con la necesidad de convencionar los contenidos del pensamiento, para su posible transmisión a otros sapiens que están cerca, justo frente al que algo dice necesariamente devenido cierta clase de pensamiento antes de eso.

Las formas en que pueda devenir un pensamiento no aprendido lo extenderemos más adelante en referencia a Freud, o a Schopenhauer, o a Nietzsche, o porque no a Marx, aunque ya Spinoza, antes que todos ellos lo haya intuido y que anticipa como provenientes de nuestro temperamento, nuestra experiencia previa y nuestros prejuicios individuales, que además de inevitables son siempre singulares a cada sapiens existente.

A partir de esta idea del hombre, como ser imaginativo, que sólo percibe los cuerpos externos a través de su propio cuerpo, define Spinoza los afectos o sentimientos.

Los afectos humanos son la vivencia en la imaginación, es decir, las ideas de nuestras afecciones corporales . Tienen, pues, las mismas características que la imaginación y se rigen por sus mismas leyes. Los sentimientos son subjetivos, porque la imaginación refleja más la situación de nuestro cuerpo que la naturaleza de los cuerpos externos. Son inciertos y azarosos, adoptan el carácter de pasión, de algo que se nos impone del exterior y nos sorprende a cada paso, porque la imaginación capta consecuencias sin sus premisas, es decir, fenómenos sin sus causas.

Se refuerzan y debilitan, se mezclan y entrecruzan, se comunican y difunden de las formas más extrañas y sorprendentes, sin que podamos evitarlo, porque se rigen y gobiernan por las leyes de asociación de imágenes (semejanza, contigüidad y contraste), que son tan necesarias como las leyes de choque
de los cuerpos.

Así, preliminarmente lo expresaba Spinoza. Claro, apenas se conocían las matemáticas de Isaac Newton y la reciente física más moderna de Descartes, y no es menor que su obra principal esté expuesta al modo geométrico. Inferimos de lo hasta aquí resumido su intuición que la mundanidad debía cumplir con ciertas legalidades propias de la Sustancia, de la que de sus infinitos modos el hombre, y usando palabras, solo dispone de dos.

Con dos mínimas clarificaciones, en referencia a esta primera parte con Baruch, no nos estamos saliendo hasta este momento de un hombre individual (o sea postergamos lo social), y segundo, por lo tanto se habrá de seguir con él.

Schopenhauer

Textual del comienzo de Sobre la voluntad en la naturaleza:

El rasgo fundamental de mi doctrina, lo que la coloca en contraposición con todas las que han existido, es la total separación que establece entre la voluntad y la inteligencia, entidades que han considerado los filósofos, todos mis predecesores, como inseparables y hasta como condicionada la voluntad por el conocimiento, que es para ellos el fondo de nuestro ser espiritual, y cual una mera función, por lo tanto, la voluntad del conocimiento. Esta separación, esta disociación del yo o del alma, tanto tiempo indivisible, en dos elementos heterogéneos, es para la filosofía lo que el análisis del agua ha sido para la química, si bien este análisis fue reconocido al cabo. En mi doctrina, lo eterno e indestructible en el hombre, lo que forma en él el principio de vida, no es el alma, sino que es, sirviéndonos de una expresión química, el radical del alma, la voluntad. La llamada alma, es ya compuesta; es la combinación de la voluntad con el nous, el intelecto. Este intelecto es lo secundario, el posterius del organismo, por éste condicionado, como función que es la del cerebro. La voluntad, por el contrario, es lo primario, el prius del organismo, aquello por lo que éste (el pensamiento) se condiciona. Puesto que la voluntad es aquella esencia en sí, que se manifiesta primeramente en la representación (mera función cerebral esta), cual un cuerpo orgánico, resulta que tan sólo en la representación se le da a cada uno el cuerpo como algo extenso, articulado, orgánico, no fuera ni inmediatamente en la propia conciencia”.

No estudiaremos aquí a Arthur Schopenhauer, si explanaremos lo que adviene a nuestro modo de pensar cuando lo hacemos. Si aún no aprendemos a pensar, reconocemos la ayuda que a la distancia de dos 2 siglos nos puede agregar. De nuevo, expresa en sus palabras posibles contenidos de pensamiento que debemos aprender a escuchar (un forma elíptica de referir a su lectura o estudio). Había épocas en que era considerado conveniente, no solo leer los textos en voz alta, además de tomar las notas que que nos ayudarían a recordar lo que despertaba la atención en su momento, ya que después eran relocalizadas a una memoria latente , no consciente.

Advirtamos, como una mínima cuestión de contexto, que Schopenhauer es considerado uno de los más brillantes pensadores del siglo XIX y de más influencia en el siglo XX, siendo el máximo representante del pesimismo filosófico, adversario del idealismo hegeliano propone un “pensar hasta el fondo” la filosofía de Kant, y se inspiran en cosas de Platón y Spinoza, y como casi podríamos decir un postidealismo o idealismo trascendental y que acerca las alternativas no tan pesimistas de la filosofía oriental. Muerto el héroe filosófico de la época, Hegel, al casi final de su vida su obra empieza a ser más leído y reconocido. De su lectura cabe dar cuenta de una potente inteligencia que al menos a algunos nos asombra.

Si nos escuchamos poder pensar que el intelecto es lo secundario, lo posterior en el organismo que es un sapiens (un volumen de espacio-tiempo aludirá más tarde Schrödinger), por éste condicionado. La voluntad, por el contrario, es lo primario del organismo, aquello por lo que luego el pensamiento se condiciona. Pura voluntad de persistir en su ser sustancial en el mundo, ya adelantada por Spinoza pero ahora expuesta como fuerza natural, como un radical del alma lo dice, como una raíz que permite lo otro.

Resuenan las metáforas propias de cada posibilidad de expresar con lo arbitrario de las palabras, contenidos bulliciosos de pensamiento. Lo bullicioso proviene, decimos (y cuando decimos no lo arrogamos como valor de verdad, sino como resultado dicho en palabras, algo de lo que se deriva de nuestros contenidos propios de la consciencia que nos aporta el pensamiento en el contexto en el cual nos estamos expresando) de la enorme actividad de intercambio de energías físico químicas, entre cada una de las partes de nuestro organismo. Este organismo se constituyó, como lo revisamos en capítulos anteriores desde formaciones específicas que en el transcurso de las transformaciones entre las infinitas posibles dieron lugar a los cuasicristales, que como ADN, admiten la reproducción de los organismos, sus modos de existencia concreta y el fenómeno que luego se bautizará como Vida, en este planeta al menos. Si a la luz de la posibilidad de las ciencias hoy, no disponibles ni para Spinoza, ni para Schopenhauer, ni para Nietzsche ni para Freud en sus momentos, hoy atrevemos una conjetura más cerca de las leyes que rigen el cosmos que entendemos conocer, es nada más porque la ciencia aporta nuevas posibilidades, que antes claramente no estaban disponibles. De nuevo, el hombre es anterior a las ciencias. Por lo tanto nuestro paradigma nos permite hoy adicionar a las formas de expresar la misma humanidad con criterios algo más ampliados. Por eso decimos, decimos.

Solo haberlo nombrado a Schopenhauer, y con solo una preliminar irrupción de su concepto de la voluntad, no solo reencontramos la anterior mención a los cuestiones de Spinoza, también preliminares, sino que además nos abre vías de articulación con lo que intentamos decir hoy cuando decimos. Casi una primera correlación entre sapiens en su devenir.

Una última observación antes de pasar a Nietzsche, nos enteramos desde lo profundo de la historia occidental, que algunos ante la fuerza superior, que Schopenhauer nombra voluntad, y ante la intuición de algo que prevalece en la constitución humana ignorando cualquier grado de conocimiento imposible para su época, inventaron el concepto de Dios, no en minúscula como hizo Aristóteles, sino con mayúscula y ortorgándole a la palabra y su representación una fuerza divina que los míticos asignaban a sus héroes imaginarios. Que luego essa palabra en mayúscula se impusiera de alguna mística manera, y con el poder de la imposición hiciera lo que hizo, es otra historia que seguramente retomaremos en otros capítulos, aunque no estuvieran sino nombrando la misma voluntad schopenhauriana, desde la ignorancia y cierta inconsciente cuenta de la prevalencia de la Naturaleza.

Nietzsche

Hemos expuesto muchas cosas acerca de Nietzsche en este lugar. Agregaremos ahora alguna nueva consideración, desearíamos intempestiva, en función de la escucha de algunas partes de su obra que se convienen con lo aquí, en este capítulo, planteado. No dejó de reconocer en su juventud Friedrich que Schopenhauer fue uno de sus “maestros” cuando aún oscilaba desde la filología hacia cierta independencia filosófica.

Sobre La voluntad de poder.

Todos los grandes temas de la filosofía de Nietzsche, el nihilismo, la crítica de la metafísica, la religión y la moral, la doctrina del Eterno Retorno y la Transmutación de los Valores, se dan cita en esta gran obra, cuyo nudo argumenta! lo constituye precisamente el estudio de la Voluntad de Poder. En el el libro III «Fundamentos de una nueva valoración», apunta en un doble sentido. En primer lugar nos proporciona una aproximación al concepto de Voluntad
de Poder: es el principio a partir del cual se determinan los valores. En segundo lugar sugiere la necesidad de una nueva valoración, ya que… un fantasma recorre Europa: el nihilismo.

La gran noticia se propaga: Dios ha muerto, y con él todo el reino de los valores suprasensibles, de las normas y de los fines que hasta ahora habían regido la existencia humana. Ya no es posible continuar engañándose con el espejismo de la trascendencia. La idea de otro mundo superior al nuestro, donde reinan desde siempre y para siempre el Bien, la Verdad y la Justicia, se nos revela como la falsa proyección de nuestros deseos en un más allá inexistente. No hay nada que
ver detrás del telón: ese mundo ajeno al cambio, a la muerte, al dolor y a la mentira no es otra cosa que la pura nada, un ideal vacío, una mentira piadosa que hemos confeccionado invirtiendo los caracteres de nuestro mundo real que estimamos indigno de ser vivido por sí mismo. Y «ahora que se hace claro el mezquino origen de estos valores, nos parece que el universo se desvaloriza, “pierde su sentido”…»
(el nihilismo).

Son solo dos párrafos de la insistente obra de Nietzsche, primero consigo mismo y a partir de su sensación y posterior inteligencia su interpretación en nombre propio de lo que hace frente en el humano que lo rodea. Son párrafos póstumos, y retornemos por un momento a otros de su juventud, todavía en Basilea. Sobre Verdad y Mentira en Sentido extramoral:

En un apartado rincón del universo donde brillan innumerables sistemas solares,
hubo una vez un astro en el que unos animales inteligentes descubrieron el conocimiento. Fue el minuto más engreído y engañoso de la «historia universal», aunque, a fin de cuentas, no dejó de ser un minuto. Tras un breve respiro de la naturaleza, aquel astro se heló y los animales inteligentes hubieron de morir.
Aunque alguien hubiera ideado una fábula así, no habría ilustrado suficientemente el estado tan sombrío, lamentable y efímero en que se encuentra el intelecto humano dentro del conjunto de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existió, y cuando desaparezca, no habrá ocurrido nada, puesto que ese intelecto no tiene ninguna misión que vaya más allá de la vida humana”.

Otro párrafo:

Sólo mediante el olvido puede el hombre llegar a pensar alguna vez que posee una verdad en el sentido que acabo de reseñar (Estas convenciones linguísticas productos del conocimiento y sentido de la verdad que se proponen) . A menos que se contente con meras tautologías, esto es, con cascaras vacías de contenido, estará constantemente tomando ilusiones por verdades. ¿Qué es una palabra? La transcripción en sonidos de una excitación nerviosa. Ahora bien, deducir d e una excitación nerviosa que existe fuera de nosotros una causa de la misma supone ya una utilización abusiva e injustificada del principio de razón. Si en el origen del lenguaje la verdad fuera el único factor determinante y la certeza el criterio definitivo para designar todas las cosas, ¿de qué manera podríamos, entonces, decir con propiedad que «la piedra es dura», como si captáramos lo «duro» de una forma distinta a la mera excitación subjetiva?

Volvemos:

Nos aparece al escucharlo a Friedrich, que ya desde un comienzo de su obra disponía de los conceptos que después refinaría, ampliaría y profundizaría hasta donde pocos han llegado. Para el objeto de esta parte es como reencontrar con la afirmación que la vida está antes del pensamiento, que nos fue dotado a los sapiens.

Una aproximación al concepto de Voluntad de Poder: es el principio a partir del cual se determinan los valores. Nos encontramos así con dos formas de negación de la vida aparentemente opuestas, pero rigurosamente complementarias: el nihilismo pesimista y el «optimismo» metafísico del Idealismo. La primera es tan solo la consecuencia lógica de la segunda que contiene ya, en sí misma, el germen del nihilismo, pues el fundamento de sus valores no es otra cosa que la pura nada, el niliil. Constituye así un nihilismo inconsciente que ignora su propia mentira como tal mentira. Cuando esta mentira se desvela a la conciencia, irrumpe el nihilism queo propiamente dicho. Pero, en definitiva, la historia de la humanidad desde Platón y el cristianismo hasta… ¿cuándo?, es siempre la historia de un «tedium vitae» cada vez más pronunciado.

Podemos llegar a entender, más propiamente de estas consideraciones, si intempestivas, de Nietzsche que la secuencia que viene desde Spinoza y continúa con Schopenhauer se va refinando. Si la vida que es lo primario y que dispone de la voluntad que es la de la naturaleza, luego permite contenidos de pensamiento y estos idealizan ilusoriamente (inconscientemente lo nombre Friedrich) se prevalencia, el mundo humano parece haber entendido las cosas al revés, y actuado en consecuencia proponiendo valores que nos eran, por simple cuestión de principios cronológicos, y para eso no quedaba más opción que la imposición convencional de sus valores apodípticos, Entendemos con eso que la Voluntad de Poder nietzscheana como un retorno a la determinación de valores que provengan de la tierra, de la vida misma, no de la infinidad de metáforas que los pensamientos imaginativos promovieron desde la simple ignorancia de su propia condición y posibilidad. Y así nos va…..

Nietzsche va completando el círculo al que el auto engaño del entendimiento, y las las ciencias naturales estaban en su modo de concepción dentro del mismo. Harán falta Freud y Schrödinger, para sacarlas de ese lugar. Schrödinger en cuanto a la apertura de la complejidad del fenómeno de la vida para la física moderna y brindando, desde su humildad de físico (nobel) ingenuo la opción de empezar a entenderla como hecho de la naturaleza. Freud, antes y con cierta intuición de los que luego podrá validarse en los laboratorios de los científicos, el más importante en cuanto a desvelar los modos en los que los pensamientos son gobernados por otras instancias de la que denomina la constitución anímica, y que para nada tendrán que ver con las fantasías que anticipaban Schopenhauer y Nietzsche.

Sigmund

Sigmund Freud fue un descubridor, como antes Galileo y Darwin, que descentralizan la ilusión anticipada con Nietzsche del hombre sapiens ombligo del mundo. Galileo demuestra que este planeta Tierra no es el centro de Universo, Darwin que la criatura hombre no es ni divina ni la suprema creación, sino solo un escalón más en la evolución de una especie orgánica en las condiciones en que el fenómeno de la vida se presentó en el contexto de la Naturaleza, Freud agregará algo así como que no somos dueños de nuestras motivaciones y obramos en función de designios ignorados. Este último es uno de los puntos más resistidos del psicoanálisis que Freud funda), por cuanto se inscribe contra toda evidencia inmediata y pone en cuestión las motivaciones yoicoconciencialistas de raíz ilusoria. (Agradecemos a Roberto Harari , el neologismo resume inteligentemente hacia lo que señala el camino)

Sigmund se gradúa en neurología, lo que nos va indicando que su trayecto que si bien parte de los paradigmas científicos de su época donde la física era el modelo más reconocido, y desde el que va transitando arduamente, y desde su experiencia clínica, hasta verse obligado a apartarse de la incapacidad de explicar con esos paradigmas las cuestiones del hombre, tal como el iba conociendo no solo en los hospitales, universidades su consultorio, sino y sobre todo en sí mismo. El se constituyó en su propio laboratorio, y los resultados de su entendimiento e interpretación de ese entendimiento derivaron en su obra y pretensión nunca acabada de fundar al psicoanálisis como ciencia, del tipo de las que él había partido.

No vamos a repetir cuestiones ya expuestas pero que ayudarían en este caso a detallar un poco más el sendero por que transitamos:

( https://cuestionesfilosoficas.com/2017/04/22/la-cuestion-de-pensar/ )

Freud si bien intenta apelar a un modelo científico acerca de sus apercepciones después de una pasantía en el Hôpital de la Salpêtrièr con Charcot, su pretensión esbozada en su Proyecto de una psicología para neurólogos, lo abandona y nunca se publica sino póstumamente, aunque debemos entender que claramente le queda la experiencia de haberlo masticado, pensado a su manera, escrito, revisado,

El tratado fue escrito en 1895, antes de la identificación de lo inconsciente en tanto tal aun insinuado de otras formas, y entre idas y vueltas que muestran un esfuerzo importante en mantener irrefutables sus inferencias, que se documentan en la correspondencia y encuentros mantenidos con Wilhelm Fliess termina encajonando su tratado, hasta que 50 años después es publicado. En algún momento le escribe a Fliess: <<trataba de encontrar el núcleo de la defensa pero hallé que eso me llevaba a explicar algo que pertenece al núcleo de la naturaleza.>>.

El nuevo y descubierto por Freud fue el concepto, en cuanto posibilidad de modo no digamos de pensamiento sino de cierta fenomenalidad, del inconciente (hay una convención ortográfica de validar como iguales las palabras escritas inconsciente e inconciente, como sus opuestos consciente e conciente). Uno de su párrafos en una de su inmensa obra expresa en palabras posibles: “Son abundatísimas las fantasías inconcientes que tienen que permanecer tales a causa de su contenido y por provenir de material reprimido. Una mayor profundización en los caracteres de estas fantasías diurnas nos enseña que con todo derecho conviene a estas formaciones
el mismo nombre que llevan nuestras producciones mentales nocturnas: el nombre de sueños. Tienen en común con los sueños nocturnos una parte esencial de sus propiedades; su estudio habría podido abrirnos, en verdad, el más directo y mejor acceso para la inteligencia de estos. Como los sueños, ellas son cumplimientos de deseo”.

Si bien traído desde lo profundo de la filosofía, desde El Banquete de Platón, como ejemplo muy preliminar, nunca se estatuyó la palabra deseo como radical inconsciente. Antes de Freud no existía la palabra inconsciente como algo reprimido. En todo el caso se la usaba como olvidados o carente de ser pensado, casi como la voluntad schopenauriana. El deseo ignorado, con cualquiera de la procedencias que que se pretenderla asignarle, es el freudiano. Antes se lo nombraba como la pasión spinozista como afecto puesto en imaginación del alma,

El deseo es el movimiento de algo que va hacia lo otro como hacia lo que le falta a sí mismo. Eso quiere decir que lo otro está presente en quien desea y lo está en forma de ausencia. Quien desea ya tiene lo que le falta, de otro modo no lo desearía, y no lo
tiene, no lo conoce, puesto que de otro modo tampoco lo desearía… Lo esencial del deseo estriba en esta estructura que combina la presencia y la ausencia. La combinación no es accidental: existe el deseo en la medida en que lo presente está ausente a sí mismo o lo ausente presente.”
Lyotard ¿Por qué filosofar ?. 1989.

Ninguno antes, y muchos después de Freud, dieron cuenta de la supremacía inconciente de la sujetación de lo que llamamos pensar. El hombre ya no debería creerse que es lo que creía que era, dueño del universo y de la naturaleza.

En términos bruscos, el hombre no es dueño de nada más que su corta vida, que bien haría en sentirse humilde frente a lo que realmente se la posibilita y entendiéndola a su mejor modo posible, no solo disfrutarla sino además entenderse en la infinitud de su volumen espacio-temporal, y es quizá una expresión de deseo que así como no pueden eludir la legalidad de la Naturaleza que los admite como seres vivos, de la especie sapiens, tampoco eludan la cautela necesaria y respeto que se merecen cualquieras otros modos que el contexto que les rodea, creados por la misma físico-química que a cada cosa o quién se trate, porque tienen el mismo origen. Lo orgánico es efímero, y en cuanto efímero, a un sapiens que dé cuenta de ello que en lugar de fantasiar poderes que no le son otorgados por su condición, alegren su corto tiempo y el de los otros que lo rodean. Ya volveremos con la cuestión de la alegría y la tristeza.

Hasta aquí hoy. Queda muchísimo por repensar.

113 Volviendo al presente. [5]

Resta el álgebra:

Modos del olvido -> Pasiones, Pulsiones -> Lo inconsciente ->
Agregación social -> Sujetación -> Obediencia -> Fines de la sujetación ->
Modos de sujetación -> Patologías del pensamiento ->
Modelo de desobediencia -> Crisis de la desobediencia ->
Autoritarismo e imposición -> Hacia otra obediencia -> En nombre propio.

Los caminos del pensamiento

……..Y con el habla y la escritura, y el repaso de la memoria y la interacción con otros, entendemos que empieza otra historia, diríamos trágica del destino de haber nacido humano, que será el objeto del próximos capítulos de la serie.

Destacamos la capacidad de memoria como modo de fundamentar la posibilidad del pensamiento, ya visto desde su propia plasticidad constituyente desde las reconocidas, hasta ahora, leyes físico-químicas que se fueron descubriendo paulatinamente desde un origen de la observación de ciertas regularidades y posteriores inferencias entre experimentales y especulativas con demostraciones legisladas por la razón, hasta explicar(se) las cosas concretas que se presentan, primero a la percepción, y luego al entendimiento que se reafirma en conocimiento, de entrada preliminar mientras el sucesivo devenir de sus conjeturas van creando nuevos, en varios campos de objetos, desde la simple? materialidad de cosas aún cuando como acontecimientos al nivel cósmico son, como se dijo casi infinitos, hasta la inmensidad de condiciones que se ofrecen al pensamiento de esas cosas, y muchas otras muchas más propias del modo propio de la posibilidad, ya que agrega a lo concreto todo otro mundo, al que nominaremos provisionalmente, humano: las singulares formas que en los contenidos de pensamiento el hombre agrega sin otra fundamentación que su propia creatividad, posiblemente soportada por exclusivas facilitaciones entre los núcleos de almacenan infinitesimales contenidos de memoria que pueden, o no, de acuerdo a cada facilidad o umbral de facilitación, entre los contenedores que la mantienen. Como procedimiento micro físico-químico serían nuevas nivelaciones entre los átomos constituyentes de los enlaces sinapsioidales entre loas núcleos neuronales, ya aleatorios o más establemente establecidos por relaciones entre los enlaces posibles a la escala atómica que los respectivos contenedores admitan, entre la pura aleatoriedad o alguna condición de cierta regularidad que se refuerce a través de cierta uniformidad de la repetición o realimentación. No entendemos reglas fijas al respecto, sino por lo contrario completamente singulares a la condición de experiencia de cada sapiens.

Por ejemplo, una de las tantas combinaciones de memorias, por convenirla como muy posible, quizá devenida desde lo profundo de considerar la condición vital y su fatalidad, se puede afirmar una facilitación como pensamiento y su equivalente anímico, de preservarse en voluntad de seguir viviendo, quizá por temor a la ya reconocida muerte de otros que los antecedieron y que se infiere inevitable para el convenido pensante que lo admita, en cualquiera de las formas posibles: consciente, relegada latente o expulsada a lo inconsciente. Freud ya lo alegó, a su manera, en su momento.

Si, entendemos, una cuestión tan propia de la condición humana, que pueda causar temor, se repite en cuanto voluntad en el microcosmos de la capacidad de pensar, se refuerza por simple repetición y reactivación de los contenedores que no se revienen en otras formas alternativas. Por lo tanto se fijan como memoria específica y luego, entendiendo el ánimo ( el alma espinozista ) como idéntico a lo extenso del espíritu ( el pensamiento ) causa efecto reciproco. Y lo entendemos como el más primordial y simple de los efectos. Los humanos han desarrollado ya demasiadas relaciones entre alma y espíritu, tantas como los haya habida desde su origen.

Bien, ¿que sería el temor ahora en lo más general, luego del pensamiento?. Pensemoslo como el mismo contenido de pensamiento (determinadas condiciones físico-químicas que se establecen diferenciadamente por cambios estabilizados a nivel de ciertos átomos que fijan ese pensamiento) se replican en lo anímico, la sensación.

La sensación, también posible de pensarse como procesamiento sensorial, es la recepción de estímulos mediante los órganos sensoriales. Estos transforman las distintas manifestaciones de los estímulos importantes para los seres vivos de forma calórica, térmica, química o mecánica del medio ambiente (incluyendo en ese al Cuerpo humano) en impulsos eléctricos y químicos para que viajan al sistema nervioso central o hasta el cerebro para darle significado y organización a la percepción.

Es tal vez el temor original, y que que luego, desde su inexorabilidad va produciendo diversas formas de pensar lo presente en función de lo final, que se va extendiendo en multiplicidades de pares pensar y efectos del ánimo, que se realimetan, y conforman a cada individuo en su propiedad. Como la única vía de expresión fácil que disponen que es el habla, ya sea lenguaje que proviene de lo pensado, o el cuerpo que lo traduce traduce en anímico. como sensación

Las ciencias tratan de explicar las posibilidades, desde su causas a efectos, que se convierten en causas de otros efectos. Hacia adelante en el tiempo sin final previsible salvo a escala humana. la muerte. Hace bastante pasado, Aristóteles intuyó una causa prima a que denominó dios, quizá por llamarlo de alguna manera imperante en la época acerca de la antroformación de lo desconocido, y que iría a constituirse en uno de los peores errores de la semántica. Como causa prima nomina dios, que luego será reutilizado sin el mismo sentido por las religiones nacientes en esa época, con los resultados, o bien conocidos, o bien ignorados profesa o extraprofesamente que expondremos como continuación.

La Filosofía, nacida desde la observación racional y pensante de los cielos, sus regularidades y el poder ser de los hombres y su posibilidad diferencial de pensar, permitió el comienzo racional de las ciencias, pero neutralizó su acierto brindando fundamentos a la fantasía e ilusión religiosas. Y así estamos, como seguiremos viendo. Facilitaciones físico-químicas en las conexiones sinápticas entre las células neuronales, cuestión algo así de umbrales, que permiten o no permiten la transmisión de contenidos entre unas y otras. Casi al infinito. Si como algunos han medido tenemos una cien mil millones de neuronas y cada una tiene un promedio de 7,000 conexiones sinápticas con otras neuronas, eso da una posibilidad de siete billones de conexiones a facilitar o no. Es una escala casi cósmica.

El ánimo ( el alma espinozista ) como idéntico a lo extenso del espíritu ( el pensamiento ) causa efecto reciproco, y se manifiesta en el cuerpo como sensaciones, antes se las llamaba pasiones, con Freud pulsiones. Es el alma que se expresa como alegría, tristeza, dolor, angustia, pérdida de identidad, expectativa, deseo, poder de algo, falta, fantasías, ilusiones, alucinaciones, voluntad dijo Schopenhauer, voluntad de poder, Nietzsche, arquetipo Jung, obediencia a las tablas, Moisés, demasiado.

Ha de proseguir……