Entrevemos un cierta pereza inverosímil que afecta a los que desisten (propia o impropiamente) de libros, bibliotecas, documentos, referencias, textos en general, tanto como a los que se enamoran de su lectura y luego se engalanan con ello.

Mucho más cerca de la tierra que los juegos actuales, entre los que contamos variedades: el deporte mass-mediatizado, la lucha implícita en regímenes de poder y entre las diferencias de pura opinión de lo cotidiano, igual entre bandos políticos, o de cualquier clase, casi todo el  contenido que ofrece Internet y que está llevando el control a su más sofisticada eficacia tecnológica de acuerdo a fines económicos, políticos, de subjetivación y formulación de una nueva cultura de robots programables alienados y alineados a los fines arreglados, la elegancia de los intelectuales domesticados que se enfrentan los perezosos que desisten de cierto estudio o lectura,  toda forma de oposición y enfrentamiento, en la multiplicidad de sociedades civiles, formas de aplicación de normas, leyes y justicia, riqueza versus pobreza, cuidado o descuidado del medio ambiente no solo el de la naturaleza del planeta y sus alrededores, sino además del medio ambiente del mundo, que como se entiende, es el mundo humano, y todos los que no pretendemos enunciar ahora por su casi infinitud, que señala lo imprevisible del trasfondo de los hombres, jugando como niños a la oposición y la guerra.

Todos soñamos sueños, y se conoce que los sueños dan lugar a varias diversas propuestas en la filosofía, neurociencias, psicoanálisis, sabiduría popular, mitos y leyendas, ……

Y voy a resumir mi sueño favorito, agradeciendo desde ya la paciencia de quien llegue a leerlo:

Agobiado del trajín cotidiano, al fin cierta vez logré irme a un lugar en las montañas, con la esperanza de descansar y recobrar algo de la potencia que malgastaba en cuestiones de la supervivencia en la ciudad y los trabajos. (Nota: hace 50 años que trabajo demasiado para la concepción de un aristócrata griego). El lugar en el que había reservado la cabaña era agradable, y estaba desierto de turistas para el momento en que fui.

Una mañana, pleno invierno y algo de nieve, luego de una noche de lecturas y algún escrito, hasta que el sueño llegó, el empleado que atendía el complejo con su mujer, únicos presentes humanos cercanos, me habló de un lugar no muy lejano del que se contaban extraños relatos entre la escasa población de la región casi desértica en esa época del año. Me brindó algunas vagas indicaciones de un camino posible, por lo que como la idea era salir a caminar temprano, como hacía Nietzsche en Sils Maria, emprendí la caminata en lo que recodaba de las indicaciones.

El camino bajaba, ya no había nieve, y además el follaje se iba haciendo exuberante y agradable, la temperatura aumentaba y esas sensaciones me alegraban.

No recuerdo lo que pensaba durante el trayecto en el sueño.

Luego, cerca ya del medio día, el camino se hace horizontal y empedrado, se ven algunas casas solitarias, pequeñas casas como las de los cuentos que recordaba de mi infancia, con lindos y cuidados jardines. Empezaba a sentirme tranquilo y relajado, en oposición al atavismo de la ciudad. Estaba cálido el aire, hube de desabrigarme, y empecé a encontrar las primeras gentes del lugar.

Todos parecía amables, saludaban y sonreían, hablaban en un idioma que no me era conocido pero igual los entendía. Contestaba con lo que me salía pero con la misma amabilidad y sonrisa. Sentía algo como los lugareños me sentían como ellos y no un extranjero. No pensaba, solo percibía.

Más adelante en el camino, el número de personas aumentaba, había en las veredas mostradores con artesanías, libros, muebles sencillos, utensilios,  comidas, vegetales, frutas, ropa algo simple pero típica y adecuada, algunos remedios caseros, herramientas de mano,  varias disponibilidades más, que entendía las mínimas necesarias para seguir viviendo.

Los que atendían cada mostrador se mostraban amables, contestaban preguntas en voz baja y había siempre intercambio de sonrisas entre unos y otros. La gente se servía lo que necesitaba, saludaban con agradecimientos, y se iban a otro mostrador. No habían pagado nada.

En un mostrador de artesanías señalé una pequeñita que me atrajo, la señorita que atendía lo colocó en un simpático sobre pequeño adornado y me lo dio. Quise pagar, en mi idioma, y ella me dijo e el suyo que no había nada que pagar, no se usaba dinero en ese lugar, y la entendí. Agradecí, saludé amablemente con una sonrisa que desconocía en mi y seguí adelante.

Empezaba a sonar una música alegre y vibrante, que acompañaba pero no aturdía, como un adorno del entorno, que se volvía cada vez más agradable. Las gentes ya más numerosas iban y venían, en parejas, entre amigos, y algunos con niños alegres pero no bulliciosos. Los mostradores ahora empezaban a ofrecer comidas breves y bebidas. Por costumbre me serví una cerveza y me atreví a preguntar a mi vecino como no había que pagarlo. El señor me respondió casi sorprendido porque tal vez entre la diferencia de idiomas o costumbres, que allí nada se pagaba, cada uno aportaba lo suyo y las cosas se repartían libremente. Más sorprendido me sentía, agradecí, saludé amablemente la explicación, sonreí y seguí adelante.

Al llagar a la plaza, la gente bailaba. Había saltarines y odaliscas a los costados animados por la misma música. En pequeñas mesas sobre las veredas aledañas, muchos compartían comida y bebidas, pero sobre todo charlas animadas que apenas llegaba entender, pero siempre quedaba la sensación de cierta alegría que las acompañaban. La banda, dueña de la música se cadenciaba a su propio son e impregnaba su placer en el resto.

Caminé poco más adelante. Aparecieron parejas que se besaban y acariciaban con naturalidad y sin vergüenza frente a su exposición ante el resto. Los presentía felices. Y los caminantes o no los observaban o si los observaban sonreían, y pensé, es como que se alegraran de la felicidad de los enamorados.

Poco más adelante, ya al final de la plaza, había como un grupo grande de hombres y mujeres amándose al semi o desnudos. No tan jóvenes como los enamorados, acariciándose, besándose, penetrando al vecina que se ofrecía, mujeres seduciendo a los hombres que la rodeaban, tratándose amablemente unos a otros, con lo que sentía como cierta sinceridad, libertad y respeto en el acto colectivo de hacer el amor al aire libre, para su propia y ajena alegría.

……………..

A partir de ahí el sueño comienza a hacerse borroso en mi memoria, sé que emprendí el regreso, a subir por la cuesta, a irme entristeciendo porque sentía la obligación de volver al desierto de la ciudad.

……………….

Mi sueño, en cuanto experiencia propia, fue real en tanto sueño. Las interpretaciones posibles ya las conocía, pero hoy, de vuelta en mi cuidad, me alegra haberlo soñado.

¿Porque retornó para exponerlo aquí?. Esta bastante fácil de entender. Es un contrario a lo que señala lo imprevisible y secreto del trasfondo de los hombres, jugando como niños a la oposición y la guerra. Hay un química para metaforizar lo secreto, de casi cualquier cosa. Desde más o menos Parménides ronda una pregunta en filosofía: ¿Como puede algo provenir de su contrario?. Algo así como hamacarse entre el Ser y la Nada. De uno se podría hablar, de la otra no, contraria secreta del primero. Algunos casos (siempre solo se pueden enunciar con el lenguaje algunos casos ): la racionalidad de la irracionalidad, la vida sensible de lo inorgánico inerte, la mirada desinteresada de la avidez de lo desmesurado, la generosidad del egoísmo, cierta verdad de ciertos errores., …….

Una cierta verdad por veridicción, de ciertos (algunos) errores provenientes del engaño en general y auto engaño en particular. Una de ambos permanece secreto, la otra primero ante todo a uno mismo claro.

En los comienzos de la percepción del pensamiento se desplazaba la dificultad de una buena respuesta, atribuyendo a los mejores valores un origen mítico, inmediato a la esencia de la cosa-en-sí (lo que existe independientemente del conocimiento de que ella se tenga), cuando ya esa particularidad de posibilidad de pensar o re-pensar las cosas al modo de las ciencias naturales que ha constatado en algunos casos  que no hay contrarios, salvo en lo que es habitual y de alguna manera exagerado desde la sabiduría popular se contagia en la metafísica y es el fundamento de un error de la razón. No habría entonces altruismos ni verdades contrarias al error, ya dichos tales contrarios serían, como metáfora físico-química, una sublimación, un cambio de estado físico de lo gaseoso al sólido, mientras como cosa-en-sí, siguen siendo lo mismo aunque como fenómeno acontezca diferente.

Si no se conoce lo suficiente, la razón y la experiencia confunden y diferencian lo gaseoso del sólido. Siendo lo mismo material en-sí se conceptualizan diferentes, y al extremo, contrarios.

¿Y extrapolada la condición física a la de los sentimientos ya sea morales, religiosos, artísticos, la de las emociones que despiertan en cada quién el andar en lo cotidiano de la cultura y en una sociedad – e incluso en plena soledad – se pudiera llegar a la conclusión de un pensamiento que dijera que las mejores cosas provengan de otras devaluadas o menospreciadas? ¿Se desearía continuar con estas estas proposiciones?

Se presiente como lo más general de la condición humana el bienestar que se efectúa con ocultamiento y si olvido mejor, y por lo tanto mantenerse secreto, muchos asuntos que pueden empezar a pensarse desde su origen. ¿No debe estar uno mismo algo deshumanizado para sentir en sí el impulso contrario?

Sentimos cierta mayor confianza de lo que podamos ir construyendo desde la propia experiencia y aliento que se disponga para para cierta veridicción que se pueda creer.

Al asombro desde las cosas  que interrogan, ¿porqué el ser y no la nada?, deberíamos añadir un asombro desde la credulidad del conocimiento cada quién acierte a construirse: ¿por qué hay además de lo real,  lo verdadero? ¿qué es este complemento del cual lo real nunca puede dar cuenta? La verdad de la realidad del mundo.

Hablando de sueños, veridicciones y credulidades acerquémonos a alguna cuestión lúdica devuelta desde la historia y su forma de pensarla. Un error común en cosas de lo humano, tanto desde lo vulgar hasta  en muchos pensadores y filósofos es suponer al hombre de hoy es como una verdad eterna que siempre fue así, un invariante en medio de la zozobra cotidiana, como una unidad de medida cierta de las cosas.

Algunos pocos antes de Heidegger ya daban su cuenta que todo lo que se pueda decir o escribir sobre ese hombre genérico que usamos sin cautela a cada rato no es mucho más que una concepción de un espacio temporal muy limitado. Falta en la generalización un sentido histórico, que no es la imposición de la “ciencia” histórica sobre las posibilidades actuales de pensamiento. No son muchos los que toman al hombre hoy ha nacido bajo la grave influencia de acontecimientos políticos, de determinadas religiones y estado de las ciencias y la técnica, apenas inmediatas a ese espacio. La mayoría parece que no quisieran enterarse que el hombre es un devenir, desanclado de cualquier  prejuicio o supuesto conocimiento infalible acerca de él.

Con cierto grado de sentido histórico, algo de físico-química  y antropología, hoy, sin certificarlo se supone que pasaron el orden de un millón de años desde la aparición del homo erectus  y unos cincuenta mil años desde el homo sapiens. Con alguna certificación diríamos que la historia nunca del todo bien conocida, tiene solo unos cuatro mil años. Deber ser osado pretender que hay un hombre genérico medida de las cosas que le suceden, que pueda pensarse o creerse como uniforme tan solo por su condición humana. Sin embargo hasta no hace mucho, así se lo entendía.

Los pensadores y filósofos hasta ese hace no mucho, percibían en el hombre “instintos”  y los supusieron inalterable de la condición y que serían fuente de la “comprensión” actual de ella en particular y del mundo (insistimos, que es humado) en general.

El hombre de los últimos cuatro mil años sería eterno al que las cosas de su mundo estrían dirigidas desde un principio. Causa asombro hoy apenas mencionarlo y escribirlo, cuando mejor debiéramos entender y poder pensar que todo ese mundo ha devenido, que no hay principios eternos, ni siquiera el tiempo, lo mismo que no debe haber verdades absolutas. Señalado con la mayor de las modestias la certidumbre de la profundidad de lo ignorado frente lo superficial de los que debe certificarse para calificarlo como conocido, se infiere la necesidad de una forma de filosofar más histórica, que pueda de alguna manera permitir la credulidad genealógica de lo que se enuncia en nombre del hombre.

Toda disquisición, examen o explicación minuciosa, detallada y rigurosa sobre estas cuestiones, y podemos dar cuenta de ello, llevan a cierto conjunto enorme de palabras para intentar explicar el trasfondo de un contenido de pensamiento que siempre encuentra ese infinito para su transmisión, solo para los que deseen ser comunicados de  ese trasfondo hasta quizá inefable, lo que convendría tener en cuenta desde el principio. Si no se desea de nada vale insistir(se) en ello.

Una interpretación sencilla del sentido de los sueños, un día en 1899, el neurólogo Sigmund Freud publicó su obra inaugural sobre psicoanálisis, “Interpretación de los sueños”. Aunque se publicaron primeramente sólo 600 copias, la obra de Freud anuncia una revolución cultural. Hijo de padres judíos -gallegos nació en lo que hoy es la República Checa. Sobresalió en la escuela, estudió en la Facultad de medicina de la Universidad de Viena y leyó las obras de Nietzsche. La interpretación, brevísima, es: un sueño es una realización alucinada de los deseos.

No vamos a sumergirnos en la obra y pensamiento de Freud, ni en la exégesis deleuze-guattariana de la crítica al psicoanálisis en su Antiedipo, es demasiado para una sola dosis del progreso en el reconocimiento de otros autores.

Lo que cada quién conquista tras fuerte trabajo de pensamiento, durable y por lo mismo fuente para todo conocimiento posterior, es lo más valioso; sostenerse en ellos es sobrio y da muestra de valor, de honradez y de temperamento. Poco a poco, no sólo el
individuo, sino quizá, se sueña, la humanidad, se eleven a esta sobriedad, cuando se acostumbren a tener la más alta valoración por los conocimientos seguros duraderos, y hayan perdido la creencia en la inspiración y en la comunicación milagrosa de verdades.

Denominamos veridicciones, a esas conquistas. Verdades dichas en nombre propio, alejadas hasta donde sea posible de la gravedad y su fuerza de la época, tras arduo trabajo, Dichas o silenciadas, con grado propio de verdad.

Y como creemos en el sueño creemos en esas veridicciones, lo más propio que hayamos ganado en el tiempo de nuestra experiencia.

 

 

 

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