BaudrillardFoucault

Foucault señaló varias cosas acerca de los intelectuales. Primero que nunca los había visto. Conocía personas que escribían, que pintaban, que arreglaban cosas; se había encontrado con médicos, chóferes, demasiados abogados, biólogos, políticos, matemáticos, estudiantes, ingenieros, guías de turismo ….., pero que nunca había visto un intelectual.

Y le asistía cierta razón que fundamentaba, porque los intelectuales no se ven, porque no son cuerpos sino una funcionalidad que puede tener cualquier cuerpo. Un abogado o un médico o un periodista, o un obrero de la construcción, puede ser un intelectual.

Más adelante, Foucault decretará la muerte del intelectual, pero lo hace renacer en otra figura: el intelectual específico. Más propio de la época de una anunciada fin de la filosofía.

Intelectual es una palabra vieja. Hay escritos que aducen al fin de los intelectuales como hace casi dos siglos se hablaba del fin de la filosofía (post Hegel). Inicio de la Ilustración y la modernidad.

Remonta  a las épocas en la que los libros leídos realzaban  a los lectores frente a los no. Los libros que se mostraban en la mano eran señal de inteligencia y cierta supuesta sabiduría. Se seducía con la memoria de las palabras repetidas desde el nombre impropio de los autores recorridos.

Todo lo que separa al hombre por encima del animal genérico depende de la capacidad de evaporar las metáforas intuitivas en un esquema de lenguaje; brevemente, de la capacidad de disolver una figura cercana a lo esencial de la cosa en sí en un concepto alejado por al menos doble metáfora (89 Esto va a ser largo. Lo intelectual y el error incluido en el poder). En el no ser convencional de estos esquemas se admite algo que jamás podría conseguirse bajo las primitivas impresiones intuitivas: la construcción de un orden piramidal por castas, grados y jerarquías; instituyendo un mundo nuevo de leyes, privilegios, subordinaciones y delimitaciones, que se ponen al otro mundo de las primitivas sensaciones intuitivas como lo más firme, lo más general, lo mejor conocido y lo más humano y, por tanto, como instancia reguladora e inmediata. Mientras que toda metáfora intuitiva es individual y no tiene ni pretende otra idéntica y, por lo tanto, siempre se pone a salvo de toda clasificación, la gran pirámide de los conceptos desnaturalizados que mantienen la rígida regularidad de una colmena que instruye en la lógica el rigor y la frialdad característica de la matemática. Cuando la matemática está muy después de ser humano. Y, decimos, como un a priori kantiano, esto separa pero no eleva, en todo caso lo contrario, al hombre del animal.

tomasAbraham

Hay un resumen magnífico de Tomás Abraham , del que nos valemos ahora, abreviado: (https://tomabra.wordpress.com/2018/12/21/el-intelectual-especifico-2/

1972, el mayo francés estaba vivo para algunas minorías aún activas del mundo cultural.  Para los movimientos de la extrema izquierda el frente de lucha estaba abierto. Los dos filósofos que llamaban la atención por sus aportes teóricos y nutrían el pensamiento de la juventud revolucionaria eran Michel Foucault y Giles Deleuze.

Sartre poco aportaba desde el punto de vista filosófico, aunque su prestigio de hombre laureado y referente del país de la Liberación, le servía a la militancia maoísta para difundir sus ideas y acciones de combate.

Foucault daba clases en el College de France en las que presentaba sus primeros estudios de lo que llamaba “la razón punitiva”, e intentaba mostrar los dispositivos de poder que en la historia habían determinado los modos de impartir justicia (o injusticia si se lo quiere leer desde lo opuesto, todo ser tiene un no ser que es un resto)

La [in]justicia, el poder y la verdad, hacían a un universo ideativo, para mostrar que la veridicción – las formas de diferenciar lo que es verdadero de lo falso – , la juridicción – los procedimientos por los cuales se decreta que un acto es delictivo – , están ensamblados a formas de autoridad y ejercicios de un poder que se sostiene en sus intereses de clase.

Deleuze, terminaba su libro “El Antiedipo, capitalismo y esquizofrenia” (con Guattari), en el que la figura del deseo en lugar de subordinarse a un teatro de la representación y a un esquema familiarista como en el psicoanálisis, era el nombre de procesos que llamaba “maquínicos”, en el que los flujos, los bloqueos, las líneas de fuga y las desterritorializaciones, daban lugar a una micropolítica indomable que desafiaba al poder y a la ley.

Así como Foucault con su libro sobre la historia de l a locura le había dado el soporte histórico y filosófico al movimiento antipsiquiátrico, esta vez con su elogio de la esquizofrenia como creatividad y forma de emancipación psíquica, Deleuze renovaba el lirismo, el tragicismo, de la épica transgresora (devenidos desde el nietszsceanismo)

Tanto Foucault como Deleuze, se convertían así, en la novedad teórica respecto a los dos polos dominantes del antes del mayo francés: el marxismo de Louis Althusser y el psicoanálisis de acuerdo a los escritos y seminarios de Jacques Lacan.

De ahí que el número 49 de la revista L‘Arc, de marzo de 1972, esté dedicada al tema “Los intelectuales y el poder”, y que los invitados para discutirlo sean Foucault y Deleuze. Infaltable.

Los dos respiran el aire de la época. Consumen el mismo oxígeno. Para dónde va la corriente ellos también van. No son oportunistas, no se acomodan, sino, que, estimo, agrega Tomás, están seducidos por la juventud.

Este juvenilismo (como territorialidad) es el fruto del mayo francés. Está en retroceso. Lo que fue una demostración masiva que invadió el país de sus mayores, en los principios de los setenta sólo se traduce por la acción de pequeños grupos militantes que sueñan con la revolución.

No es una banda de oníricos ni de sonámbulos sino de activistas que se organizan en la clandestinidad y llevan a cabo acciones relámpago, violentas, desde asaltos a intervenciones en fábricas.

Son los rudimentos de una guerrilla urbana legitimada por la ideología maoísta. Son tiempos de la revolución cultural china. Del llamado de Mao a las bases y a la juventud para derribar las estructuras anquilosadas del Partido Comunista y de su burocracia.

Los dos filósofos para dialogar sobre la relación entre los intelectuales y el poder, hacen uso de su cultura filosófica y de sus conocimientos históricos para contribuir a lo que sobrevive de aquella marea juvenil.

Son los últimos estertores de una rebelión que se autodisolverá después de los atentados a los atletas israelíes en las Olimpíadas de Munich; este acto terrorista provocará la disolución del grupo de vanguardia “La izquierda proletaria”, más allá de cualquier causa para nosotros desconocida, que de todos modos surte efecto. Benny Lévy (B.L.), su jefe, futuro secretario de Jean Paul Sartre, abandona la militancia y comenzará una re-educación, una conversión, al judaísmo ortodoxo.

Y como decía Hegel: el ave de Minerva vuela al anochecer. En el reflujo de ese impulso, los dos filósofos emprenderán durante un intenso y breve período, su propio vuelo revolucionario tanto en los cursos de Foucault como en los escritos de Deleuze.

Llegan tarde, pero no están solos. Quedan los recalcitrantes. Sobrevive una población de jóvenes y no tan jóvenes, ávidos de nuevas voces de aliento. Y ellos dos, con el libro sobre el Antiedipo, y Foucault con sus estudios sobre las cárceles, renovarán el espíritu de la disidencia.

 

[Gracias Tomás, Estuviste ahí, tus metáforas acontecen intuitivas y señalan lo grave de la época (como hace 60 y pico de años Heidegger decía lo que pensaba), con elegancia envidiable].

sartre2

En El ser y la nada (1943), Sartre sostenía que cada hombre es “proyecto permanente de fundarse a sí mismo en tanto que ser y fracaso permanente de ese proyecto”. Se trata del continuo fracaso de cada hombre en alcanzar un fin absoluto que no puede dejar de ponerse: ser causa de sí. En la conferencia “El existencialismo es un humanismo” (1945), Sartre proponía “obrar sin esperanza”. El punto es retomado en las conversaciones del 80. “J.P.S.: [..] la esperanza se vincula a este fin absoluto, como por lo demás el fracaso, en el sentido de que el verdadero fracaso se refiere a este fin. B.L.: ¿Y ese fracaso es inevitable? J.P.S.: Aquí llegamos a una contradicción de la que no he salido todavía, pero de la que pienso que voy a salir a través de estas conversaciones. Por una parte, conservo la idea de que la vida de un hombre se manifiesta como un fracaso; lo que ha intentado no lo logra […] por el otro lado, a partir de 1945, he pensado cada vez más –y actualmente estoy convencido– que la característica esencial de la acción emprendida […] es la esperanza. Y la esperanza significa que no puedo emprender una acción sin contar con que voy a realizarla.” Al hacer este replanteo, Sartre ha modificado la concepción del fin. Ya no es ser causa de sí, sino que se trata de la creación de un mundo enteramente humano en el cual los individuos tengan relaciones morales entre sí.

La historia mítica cuenta que Zeus, deseoso de vengarse de Prometeo por haber robado el fuego y dárselo a los humanos, presentó al hermano de este, Epimeteo, una mujer llamada Pandora, con quien este se casó. Como regalo de bodas, Pandora recibió un misterioso pithos —una caja— con instrucciones de no abrirlo bajo ningún concepto. Los dioses habían otorgado a Pandora una gran curiosidad, por lo que decidió abrir la tinaja para ver qué había dentro. Al abrirlo, escaparon de su interior todos los males del mundo. Cuando atinó a cerrarla, solo quedaba en el fondo Elpis, el espíritu de la esperanza, el único bien que los dioses habían metido en ella.​ De esta historia surgió la expresión «La esperanza es lo último que se pierde».

Un Sartre mítico sorprende. Si bien el mito supone a la esperanzo un “bien”, es claro que la esperanza suprime la acción. Es una dulce o amarga espera por el acontecimiento fortuito de un deseo. Es un regalo de los dioses a los moralistas y los que deciden que acciones otros habrán de tomar en un mundo nuevo de leyes, privilegios, subordinaciones y delimitaciones.

Algún intelectual doméstico inventó un anti-concepto: “el clima de la época”. Como clima es de lo peor que cualquier esperanza hubiera deseado. Algunos políticos domésticos hablan de tormentas o el centro de la tormenta como causa fatal de condiciones climáticas que ellos mismos crearon.

Como intelectuales domésticos referimos a los que con alguna disponibilidad de difusión mass-mediática, hoy día en este lugar, haciendo abuso de las escasas posibilidades del lenguaje recortado del diccionario a lo mínimo que se requiera, como quién habla un idioma extranjero, lo usan para lograr algún pequeño territorio de vigencia entre escuchantes poco alfabetizados – la más de las veces porque el clima de época no brinda ni quiere brindar otras oportunidades ni porque haya grado alguno de incentivo para necesitarlo -. Cuanto menos palabras conozcan los esclavos menos podrán entender que lo son.

Se siente el cuerpo y el alma el mensaje de Tomás Abraham, un no domesticado de por acá, que termina con Foucault y Deleuze, aunque la filosofía deba seguir a pesar de Hegel y Fukuyama (que mal suena este autor de best-sellers). Y agregamos que ni siquiera llegamos a la inteligencia de este fenómeno de la nueva medianía porque a demasiados pocos les interesa, en todo caso no a los dirigentes o ni conocen lo suficiente aún de sí mismos – lo que ya es un síntoma para la internación – y-o no les conviene que otros los conozcan. Necesitan ovejas de un rebaño que se deje matar en aras de la nada, porque los beneficios son para los pastores, en todo caso les dirán, sin oportunidad de veridicción, por que tal vez haya un reino en los cielos, aunque lo que se conoce como cielo no lo admita porque no hay vivos ni muertos flotando ingrávidamente en él.

Quedan pocos Abraham’s en estas tierras graves de la época grave. Conviene leer toda su saga de “el intelectual específico”. En su parte 3 explica que Foucault defiende una tesis que es un punto fundamental de su idea de intelectual específico: el discurso de combate no apunta a un supuesto inconsciente de la sociedad sino a su secreto.

Heidegger refiere algo conceptualmente analogizable, el olvido de la pregunta por el Ser. El olvido convierte en secreto para lo pensable de que trata esta cuestión de Ser. Y como secreto es nada, su opuesto. La época no piensa sino en nada, es el nihilismo anunciado por propia experiencia por Nietzshe, hasta que fundamenta su salida de la enfermedad y la nueva visión que siempre retorna y un hombre que habrá de establecer el ocaso de los ídolos y nuevos valores que reemplacen a los vigentes.

Nuestros nominados intelectuales domésticos, salvo rarísimas excepciones que confirmarían la regla, ya sean escritores post Borges, Cortázar o Sábato, el periodismo en general, los autores y difusores de autoayudas ilusorias que copian el modelo seductor del cristianismo, los religiosos que se mantienen en su sistema secular (no los curas villeros ni los que exponen el cuerpo más acá de la ilusión religiosa), los políticos o autoadjudicados de tales desde hace 30 años, los creyentes de toda inverosimilitud servida en bandeja de plata, los que pretenden disfrazar los acontecimientos en su especificidad en cada caso local con discursos inventados y vacíos de cualquier contenido conceptual, los artistas que acomodan su obra a las reglas del mercado, en fin…., todo fulano que se arrogue una fantasía y que estimule su contagio a otros, de cualquier modo que los hay al infinito de la falsa creatividad, conscientes o no que al final lo hacen con arreglo a fines, propios (secretos por jodidos) o impropios (domesticados por los administradores de cualquier clase de poder, legislado o no, da lo mismo,

Más cerca nuestro, en tiempo y espacio, nuestros “intelectuales”, salvando las excepciones que intentamos resumir antes, no son ni funcionales ni específicos. Son una nueva extraña y falsificación que llamaremos, para que podamos denominarlos de alguna manera amable, de intelectuales domesticados. Como animalitos mascotas, que dependen de su amo o dueño, al modelo de los esclavos frente a sus amos, en la dialéctica de la gravedad doméstica (esta geografía) en la época grave en que aun no pensamos, como señala Heidegger, admitiendo el vacío nihilista de nada en lugar de algo que valga la pena de ser pensado, al menos en el estado de la situación que hace frente aquí y ahora. Nos duele sentir algo así como que el desierto sigue creciendo.

 

 

 

 

 

 

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