89 Esto va a ser largo. Lo intelectual y el error incluido en el poder [VIII]

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
-así en la costa un barco- sin que el partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
porque la vida es larga y el arte es un juguete.
Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera,
aguarda sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa.

Saber esperar (Antonio Machado)

Aludimos de entrada al poema de Machado, por la impaciencia que apura a lo que va ser largo. Porque la vida puede ser corta y no llegue el mar a tu galera, a tu territorio de acontecimientos que empujan un cierto arte que pretende presentarse. Es existencial, es el arte de no comulgar con los patrones de conductas, pensamientos y del poder. Esto no debiera explicitarlo de entrada, como un ninja que entra a sablazos en la casa enemiga, aunque establece de cierta manera el objeto ahora, un acontecimiento mínimo  del devenir ajeno a la historia de subjetivación que encontramos por el acontecimiento de solamente haber nacido.

En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana

Sobre verdad y mentira en sentido extramoral: Friedrich Nietzsche. 1873

Tradicionalmente, el hombre ha venido siendo considerado como animal racional. Lo que al hombre le hace hombre es su entendimiento, su raciocinio, su capacidad de conocimiento intelectual. Esto es lo que le ha hecho creerse un ser superior y con un destino diferente, sobrenatural. Sin embargo, Nietzsche considera que esa capacidad tiene una importancia insignificante; que no es causa para sentirse por ello superior a nada. Al contrario, el conocimiento se presenta estéril, caduco, sombrío, arbitrario, lastimoso. No supone ningún avance, ninguna ventaja, ningún privilegio. El hombre peca de lo mismo que podría pecar una mosca: creerse el centro del mundo. Y el que más peca es el filósofo, el más soberbio de todos los hombres, el que más importancia concede al hecho del conocimiento, el que, paradójicamente, más errado se halla. 

Ya el sentido de extramoral (más allá, para nada, más acá, fuera de lo moral), señala en la posibilidad escasa que contiene el lenguaje de señalar, apunta al pensamiento y el alma nietzscheana, constreñida a decirlas en palabras, que algo de lo considerado convencionalmente moral es precisamente una suerte de convención que tiene su genealogía.

En ese mismo sentido todo supuesto “conocimiento”, sería de alguna manera “una cierta manera de decir”, de la que los decidores se ufanarían, y el resto los aplaudiría.  Ese orgullo, ligado al conocimiento y a la sensación, es una niebla cegadora colocada sobre los ojos y los sentidos de los hombres, los hace engañarse sobre el valor de la existencia, puesto que aquél proporciona la más aduladora valoración sobre el conocimiento mismo. Su efecto más general es el engaño en general y auto engaño en particular.

Es en los hombres que se alcanza su punto más alta el arte de fingir; el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la farsa, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, la pura escenificación ante los demás y ante uno mismo, es hasta tal punto regla y ley convencional, que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad, aquella a la que apunta a la propia existencialidad en la naturaleza de la vida, mientras desapunta a la conciencia soberbia e ilusa que oculta que el hombre ignorante o conocedor, da lo mismo, descansa sobre la crueldad, la codicia, la insaciabilidad, el asesinato, el narcisismo, en la indiferencia de su ignorancia, expresiones de una voluntad que siempre le será externa y que negará en pos de la magia que produzca la máscara, que externamente otros ven y tal vez crean, y que desde el origen de la máscara oculta la propia ignorancia con arreglo a convencionalismos genéricos y una voluntad de la que no puede dar cuenta, ni a si mismo.

Muchas veces nos preguntamos:¿Concuerdan las nombres o designaciones dichas y las cosas? ¿Es el lenguaje la forma adecuada para expresar las realidades?

Solamente olvidando puede el hombre alguna vez imaginarse que está en posesión de una “verdad” en el modo señalado de señalar: dicha. Si no se conforma con la verdad en forma de tautología, es que se dice a sí misma, entonces cambiará continuamente ilusiones por verdades. “¿Qué es una palabra? La reproducción en sonidos de un impulso nervioso. Pero inferir además a partir del impulso nervioso la existencia de una causa fuera de nosotros, es ya el resultado de un uso falso e injustificado del principio de razón. ¡Cómo podríamos decir legítimamente, si la verdad fuese lo único decisivo en la génesis del lenguaje, si el punto de vista de la certeza lo fuese también respecto a las designaciones, cómo, no obstante, podríamos decir legítimamente: la piedra es dura, como si además captásemos lo “duro” de otra manera y no solamente como una excitación completamente subjetiva, no necesariamente dicha! “.

Desde la filología Nietzsche escribe:

“Los diferentes lenguajes, comparados unos con otros, ponen en evidencia que con las palabras jamás se llega a la verdad ni a una expresión adecuada pues, en caso contrario, no habría tantos lenguajes. La “cosa en sí” (esto sería justamente la verdad pura, sin consecuencias) es totalmente inalcanzable y no es deseable en absoluto para el creador del lenguaje. Éste se limita a designar las relaciones de las cosas con respecto a los hombres y para expresarlas apela a las metáforas más audaces. ¡En primer lugar, un impulso nervioso extrapolado en una imagen! Primera metáfora. ¡La imagen transformada de nuevo en un sonido! Segunda metáfora. Y, en cada caso, un salto total desde una esfera a otra completamente distinta.

Es casi imposible, entendiendo al proceso mínimo doblemente metafórico, exigirle cierta lógica, y todo cuestión sobre la que, y a partir de la cual, elabora y construye el hombre de la verdad, el investigador, el filósofo, procede, si no de la estratosfera, en ningún caso de la esencia de las cosas.

Pensemos específicamente acerca de la formación de conceptos. Toda palabra o conjunto de ellas, se convierte de inmediatamente en concepto en tanto que justamente no ha de valer para una experiencia singular y completamente individualizada a la que debe su origen, sino que debe encajar al mismo tiempo con innumerables experiencias, por así decirlo, más o menos similares, jamás idénticas estrictamente hablando; en suma, con casos puramente diferentes. Todo concepto se forma por equivalencia de casos no iguales. Tanto que es cierto que una hoja no es igual a otra, también es cierto que el concepto hoja se ha formado al abandonar de manera arbitraria esas diferencias individuales, al olvidar las notas distintivas, con lo cual se suscita entonces la representación, como si en la naturaleza hubiese algo separado de las hojas que fuese la “hoja”, una especie de arquetipo primigenio a partir del cual todas las hojas habrían sido tejidas, diseñadas, calibradas, coloreadas, onduladas, pintadas, pero por manos tan torpes, que ningún ejemplar resultase ser correcto y fidedigno como copia fiel del arquetipo. Este concepto del concepto anticipado unos 120 años vuelve a ser referido en ¿Que es la filosofía? Deleuze y Guattari: la filosofía es el arte de formar, de inventar, de fabricar conceptos. Pero no bastaba con que la respuesta contuviera el mismo planteo, sino que también tenía que determinar un momento, una ocasión, unas circunstancias, unos paisajes y unas personalidades, unas condiciones y unas incógnitas del planteo. Se trataba de poder plantear la cuestión «entre amigos», como una confidencia o en confianza, o bien frente al enemigo como un desafío, y al mismo tiempo llegar a ese momento, cuando todos los gatos son pardos, en el que se desconfía hasta del amigo. Es cuando decimos: «Era eso, pero no sé si lo he dicho bien, ni si he sido bastante convincente.»

«Decimos que un hombre es “honesto”. ¿Por qué ha obrado hoy tan honestamente?, preguntamos. Nuestra respuesta suele ser así: a causa de su honestidad. ¡La honestidad! (todo lo verde es verde, pura tautología). Esto significa a su vez: la hoja es la causa de las hojas. Ciertamente no sabemos nada en absoluto de una cualidad esencial, denominada “honestidad”, pero sí de una serie numerosa de acciones individuales, por lo tanto desemejantes, que igualamos olvidando las desemejanzas, y, entonces, las denominamos acciones honestas; al final formulamos a partir de ellas una qualitas occulta con el nombre de “honestidad”».

El olvido de lo individual y de lo real proporciona el concepto del mismo modo que también proporciona la forma, mientras que la naturaleza no conoce formas ni conceptos, así como tampoco ningún tipo de géneros, sino solamente una x que es  inaccesible e indefinible. También la oposición que se establece entre individuo y especie es antropomórfica y no procede de la esencia de las cosas, aun cuando tampoco nos atrevemos a decir que no le corresponde: en efecto, sería una afirmación dogmática y, en cuanto tal, tan demostrable como su contraria.

¿Qué es entonces la verdad? Una tropa en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, brevemente, una suma de relaciones humanas que han sido resaltadas, extrapoladas y ornamentadas poética y retóricamente y que, después de su prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto desgastadas y sin fuerzas sensibles, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como puro metal.

Desconocemos aún de dónde procede la pulsión hacia la verdad, pues hasta ahora solamente se ha prestado atención al compromiso que la sociedad establece para existir: ser veraz, es decir, utilizar las metáforas usuales; por tanto, solamente se ha prestado atención, dicho en términos morales, al compromiso de mentir de acuerdo con una convención firme, mentir cual borrego, de acuerdo con un estilo vinculante para las mayorías. Ciertamente, el hombre se olvida de que su situación es ésta; por tanto, miente de la manera señalada inconscientemente y en virtud de hábitos seculares —y precisamente en virtud de esta inconsciencia, precisamente en virtud de este olvido, adquiere el sentimiento de la verdad. Pura mentira convencional.

Llama claramente a la atención del pensador solitario, tanta convencionalidad, por más que aporte a un instinto de vida dependiente de lo social y su contrato de convivencia. Estaríamos en una posición acomodada desde una creencia que la posibilidad de subsistencia depende del acato a ciertas convenciones predeterminadas desde la genealogía social y la moralidad que metaforizan.

Todo esto fue muy inteligente en 1873, y ya vaticinaba como Sileno cierta ridiculez la angustia y las penurias de una vida desde el grado de caer en la cuenta de las posibilidades de lea existencia, que Dionisio resolvería en el éxtasis de una fiesta posible mientras los esclavos morían en el intento de la obediencia. Seamos bailarines y saltarines que al mismo acontecimiento de negar la sujeción nos atrevemos a reírnos de ella. Igual el tiempo de la vida ha de pasar.

Si retornamos a nuestra época grave, porque no pensamos todavía, la genealogía se ha convertido en ingeniería. Y la ingeniería social dirige modernamente y mediante los logros de la técnica, que debería haber derivado en mejoras de la condición de haber nacido humano, en cambio se constituyeron en fuerzas sobrenaturales que dedican su eficacia en el gobierno de las mentes y los cuerpos de las sociedades tecnologizadas, que mediante una ciega creencia a esa indeterminada ciencia artificial, se sujetan a su resultado, demasiado parecido a los dogmas religiosos de cualquiera de las épocas anteriores, cuyo objetivo era el lograr mansos y obedientes autómatas a los poderes de turno.

La fórmula fue, es y seguirá perversa. Tristes son estas épocas para los hombres. Tal vez, y es la ya antigua expectativa  nietzscheana de que estos hombres de hoy, modernos nos nombra ,monos inteligentes podamos cruzar los puentes que lleven al hombre nuevo, superior, derrumbador de ídolos ilusorios que se expresan en lenguaje que los validan, en pos de valores  más sencillos: honestidad, hablar desde lo propio, aceptar a los otros como existentes, que merezcan la libertad de ser si-mismos, sin temores a poderes ilusorios, que todo encadenan, solidarios con los que lo merecen, bailarines y saltarines alabando la vida y riendo de valores falsamente establecidos, para el provecho de pocos, que si permanecieran en su ilusión, se exiliarían en islas desiertas , aguardando su inexorable muerte, sin poder expoliar ya a nadie.

Ya volveremos con los intelectuales que se jactan de ser nombrados como  tales, aunque algunos aporten a la continuidad perversa.

 

 

Publicado por dosztal

Busco un pensar en nombre propio libre de las sujetaciones del mundo humano que ya hace frente

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