La locución latina «cogito ergo sum», que en español se traduce frecuentemente como «Pienso luego existo», siendo más precisa la traducción literal del latín «pienso, por lo tanto soy»,​ es un planteamiento filosófico de René Descartes, el cual se convirtió en el elemento fundamental del racionalismo occidental, la entrada a la modernidad.

El sujeto está tácito, pero es el yo: yo pienso.

El objeto de la existencia también es el yo: yo existo.

Si existir fuera ser en el mundo, estaremos leyendo: Yo, si pienso, soy Yo.

Si Yo soy un Dasein nacido humano, luego esencialmente lo soy es porque pienso, entonces Descartes se reduce a Yo soy Yo. Parece una tautología plena de verdad verdadera.

Desde el umbral racionalista que introduce, aun sus contradicciones, Descartes empieza a romper el idealismo de la mística del yo creo, antecesor del medioevo, en el el cristianismo en Occidente desbordaba todos los límites, imponiendo verdades que no hacía falta pensar sino solo obedecer, y que buen método resultaba para cualquier príncipe de la época. Imponer la obediencia a lo creído. Como un Yo creo, luego soy. Casi un desatino de alguna sana razón.

Este postulado filosófico moderno interroga al psicoanálisis, en tanto éste también implica una relación con dos temáticas fundamentales: por un lado, la del ser y la verdad. Por otro, con el engaño y lo real. Hay que poder ponerse a pensar, si lo real que se pueda pensar no es sino un engaño, y no un ser de verdad.

Para nada es volver a la mística del mito pre-racional. El antes de los pre-presocráticos de la magna Grecia. En todo caso es lo opuesto, debe permitir volver  pensar en algún grado de certidumbre para el ser esencialmente pensante, en nombre propio, en cuanto Dasein humano.

La instancia inconsciente descubierta por Freud, como casi una revolución copernicana, se contrapone con lo que aparece como una simplicidad descartiana, aun cuando fuera un progreso luego de la credulidad impuesta, forzadamente y posiblemente con arreglo a fines por el cristianismo medieval durante varios siglos de nuestra pequeña historia.

Así entonces el «yo pienso entonces soy» (que se entiende como «yo pienso, por lo tanto soy») ha resultado básico para el desarrollo del pensar racional a partir del S. XVII. Pero en la segunda mitad del S.XIX Nietzsche​ considera que Descartes ha planteado su célebre enunciado como un silogismo en el cual la premisa mayor no estaría demostrada, por ello la proposición cartesiana no cumpliría con todos los pasos de un silogismo al no depender de premisas mayores y, especialmente, en tal proposición se pone explícitamente de antemano aquello a lo que todo conocimiento y toda proposición apelarían como fundamento esencial, en todo caso el cuestionamiento de Nietzsche tiene su lado nihilista develado desde él mismo y una posible recaída en el irracionalismo. En el siglo XX el primer Sartre defendiendo pese y desde a su existencialismo al  racionalismo ha sostenido muchas de sus elaboraciones intelectuales en el apotegma cartesiano, pero casi al mismo tiempo que Sartre, Heidegger planteaba que había un defecto en el enunciado cartesiano y hacía renacer las objeciones nietzscheanas, poco tiempo después Lacan utilizando la especial nuance (matiz) que en idioma francés distingue dos formas de yo: el je (yo deíctico) y el Moi (yo pronominal) distingue al “yo (deíctico) pienso entonces (yo pronominal) soy”, siendo el Moi (como para Sartre) el verdadero equivalente al ego (añadiéndole una develación Lacan al yo pronominal: «el ego es principalmente inconsciente: la existencia del yo ocurre entonces incluso antes del pensar del yo»).

Estamos frente a un claro ejemplo de las discusiones que el pensar tiene consigo mismo. Así Nietzshe anticipa el psicoanálisis y es nombrado irracionalista, hasta que Freud devele lo inconsciente que es irracional, cuestión olvidada por reprimido, existencial desde lo que agrega Sartre y puesto en una estructura verbal relacionada con sentidos opuestos según un matiz de sentido del uso de las palabras. Muchas lecturas inteligentes, expresando en palabras posibles la calidad de cada pensador en nombre propio.

Ver el yo y el ello 1923. Aun los muertos luchan.

Asimismo, Freud vuelve en esta oportunidad al hipnotismo y la sugestión, temas
que ya habían atraído su interés en la temprana época de sus estudios con Charcot en 1885-86.

Dístico de Schiller [«G. G .», uno de los «Sprüche» (aforismos)]
«Cada cual, si se lo ve solo, es pasablemente listo y sabio;
cuando están in corpore, os parecerán unos asnos».

Hoy nos avergüenza el ateo que YO soy, Michel Onfray. ego, hacer del ateísmo una religión. YO no soy para nada heideggeriano, YO no soy platónico, YO no creo en la realidad, creo (no dice pienso) que cuando Heidegger dice que el nihilismo es el olvido del ser. recordemos que Heidegger era católico y nazista, el dasein es lo mismo que dios, una ficción, lo mismo que la de Kant. Que bueno Onfray, el que dice saberlo todo y nada sabe

Nos encontramos con el en pleno nihilismo, en carne y hueso

 

La angustia crece hasta un punto en que prevalece sobre todos * [Los «catorce puntos» que el presidente Woodrow Wilson propuso como base para el armisticio que puso término a la Primera Guerra Mundial.]
[Por indicación de Freud este párrafo apareció como nota al pie en la traducción inglesa de 1922. No obstante, en todas las ediciones en alemán, anteriores y posteriores a dicha fecha, forma parte del texto.

Cuando los individuos, dominados por la angustia pánica, se ponen a cuidar de ellos
solos, atestiguan comprender que han cesado las ligazones afectivas que hasta entonces les rebajaban el peligro. Ahora que lo enfrentan solos, lo aprecian en más. Lo que sucede
es que la angustia pánica supone el aflojamiento de la estructura libidinosa de la masa y esta reacciona justificadamente ante él, y no a la inversa (que los vínculos libidinosos
de la masa se extingan por la angustia frente al peligro).

La identificación remplaza a la elección de objeto; la elección de objeto ha regresado hasta la identificación. Dijimos que la identificación es la forma primera, y la más originaria, del lazo afectivo; bajo las constelaciones de la formación de síntoma,
vale decir, de la represión y el predominio de los mecanismos del inconsciente, sucede a menudo que la elección de objeto vuelva a la identificación, o sea, que el yo tome
sobre sí las propiedades del objeto.

El enigma del influjo sugestivo aumenta para nosotros si concedemos que no sólo puede ejercerlo el conductor, sino cualquier individuo sobre otro; y nos reprochamos haber
destacado de manera unilateral el vínculo con el conductor, omitiendo indebidamente el otro factor, el de la sugestión recíproca.

El yo freudiano no se dice, sufre la adaptación al medio como un malestar. Calla y actúa, por el mecanismo que fuera. A diferencia del Yo en mayúscula que se anuncia con vanidad o se desliga de sus responsabilidades, prototipo del último hombre, hombre aferrado a sus ilusiones históricas, a la envidia y la venganza. El que siempre empieza diciendo Yo, sin saber lo que está diciendo

orio al estado II

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