Montaigne

 

Defecan los reyes, los gobernantes, los filósofos, y también las damas como cualquiera de nosotros. Pero de esa naturalidad no se habla, aunque sea inexorable mientras dure la vida. Y es un acto además entre tantos que el cuerpo efectúa, sin que sea objeto de nada salvo perturbación que requiera atención médica. Menos es objeto de discursos o alocuciones, salvo que nos remitamos Freud como haremos más adelante

Se habla o escriben demasiadas cosas, sobre uno mismo o los demás, pero no de eso.

Naturaleza del hombre y antes del animal es, defecar, y cada cual lo hará con su propia elegancia y posibilidad, sin que nadie lo juzgue ni se entere. Es uno más entre muchos actos propios de la propia experiencia.

La Naturaleza, la tierra, los animales no mienten, como no hace el cuerpo en el que somos y estamos. Y no hace falta memoria para actuar en esos sentidos. Solo el alma del hombre aprendió a mentir.

No sin razón se dice que quien no se sienta con buena y fuerte de memoria debe apartarse de la mentira. Los retóricos establecen diferencia entre mentir y decir mentira; aseguran que decir mentira es decir algo falso que se toma por verdadera; y que la definición de la palabra mentir, en latín, de donde nuestra lengua la ha tomado, vale tanto como ir contra su conciencia, y , por o tanto, esto no se relaciona sino con los que dicen algo contrario a lo que saben, a quienes referimos. Bien, éstos o lo inventan todo a su modo, o alteran y trastornan aquello que es verdadero.

Cuando cambian y desfiguran una cosa, al ponerla en su lugar un interlocutor, es difícil que se desconcierten, en atención a que su idea, tal cual es, habiéndose acomodado primeramente en su memoria o impreso en ella por la vía del conocimiento y de la ciencia, es difícil que no se presente a imaginación desalojando la falsedad, que no puede tener el pie tan seguro ni asentado, y las circunstancias del primer aprendizaje, esparciéndose de diversas suertes en el espíritu, tampoco hacen perder el recuerdo de la parte falsa o bastarda. En aquellos otros que inventan fondo y forma, como no hay ninguna impresión contraria que choque a su falsedad, tanto menos semejan equivocarse. De todos modos acontece que, como la mentira es cosa vana y sin fundamento escapa fácilmente a la memoria, si ésta no es fuerte y bien templada. De lo cual puede haberse tenido experiencia frecuente en casos graciosos ocurridos a expensas de los que forman constantemente el propósito de ser de la misma opinión de la persona a quien hablan, bien en los asuntos que negocian, bien por dar satisfacción a los grandes; pues estas circunstancias en las cuales quieren prescindir de su fe y de su conciencia, estando sujetas a cambios frecuentes, preciso es que sus palabras se diversifiquen a medida que ellas cambian, de donde resulta que tratándose de la misma cosa, unas veces dicen gris, otras amarillo a una persona de un modo, a otra de manera distinta. Y si por fortuna esta clase de hombres acomodan opiniones tan contrarias ¿en qué se convierte tan hermoso arte? ¡a más de que imprudentemente ellos mismos se desconciertan con tanta frecuencia!

Porque, ¿de qué memoria no habrían menester para acordarse de tantas formas diversas como forjaron de un mismo asunto? Habremos visto envidiar a algunos esta clase de habilidad, los cuales no ven que si la reputación la acompaña, ésta carece de todo fundamento.

La mentira es a la verdad la mentira un desvío patológico feroz. Los hombres casi únicamente estamos ligados los unos a los otros más que por la palabra. Si conociéramos todo su horror y trascendencia, la perseguiríamos la mentira con sangre y con fuego, con mucho mayor motivo que otros delitos. Vemos que en lo común se castiga a los
más jóvenes sin causa justificada, por errores inocentes, y que se les atormenta
por acciones irreflexivas que carecen de importancia y consecuencia.

La mentira sola, y algo menos la testarudez, nos parecen ser las faltas que debieran a todo trance combatirse: ambas cosas crecen con las gentes, y desde que la lengua tomó esa falsa dirección, es enorme el trabajo que cuesta y lo imposible que es llevarlo a buen camino; por donde sucede que comúnmente vemos mentir a personas que por otros respectos son destacados, quienes no tienen inconveniente en incurrir en esa patología. Demasiado común entre gobernantes y a “analistas” de la época.

Los pitagóricos creen que el bien es cierto y limitado, el mal infinito e incierto.
Mil caminos desvían del fin, uno solo conduce a él. No nos determinamos a
asegurar que fuéramos capaces para salir de un duro aprieto o de un peligro
evidente y extremo, de emplear una descarada y solemne mentira. Plinio dice
que nos encontramos más a gusto en compañía de un perro conocido que en
la de un hombre cuya veracidad de lenguaje desconocemos. Ut externus alieno
non sit homines vice (La alienación externa es el lugar de los hombres). El lenguaje falso es en efecto mucho menos sociable que el silencio.

Que bueno sería, como termina Wittgenstein su Tractatus, que: cuando no hay nada que decir, mejor es callar.

Claro, que para aprender estas cosas, no solo hay que haberlas estudiado, sino además validado en la propia experiencia.

Como estamos liberados de otras normas que no tengan que ver con la razón y la verosimilitud, y como lo mencionamos desde el inicio nos remitimos, apenas, a Freud.

sigmund

Para quien no haya explorado la obra de Freud, diremos en pocas palabras, que su trabajo es la especulación sobre el hombre en su condición fáctica, más cerca del terreno de su terapéutica que de la meditación filosófica, aunque inevitablemente, al tener el mismo objeto, la condición actual del hombre, terminen por enlazarse de múltiples maneras. Desoiremos la crítica deleuze-guattari hacia la adhesión incondicional al psicoanálisis, más devenida haca el idealismo  hegelianismo-lacaniano, que a la originalidad de Freud, aún entendiendo el cambio de paradigma entre 150 años de distancia. Fred fue claramente el primero que interpretó y permitió pensar, desde la práctica cuestiones que tenían que ver con la constitución psicológica y oportunidad de hombres singulares, más cerca de la trinchera de lo cotidiano, que la inteligencia en otro plano de los filósofos, aun cuando sus cruzamientos y analogías fueran claramente inevitables.

Brindamos el valor que a cada plano corresponde, los respetamos, con la cautela de decirlo una vez más, son los preceptores y la ayuda que nos permita alcanzar nuestro camino del pensar, en nombre propio. En ese sentido los agradecemos como más honestos, sin a interposición de inventos mentirosos que la cotidianidad provee para el consumo de almas inocentes.

No hay duda de que los Tres ensayos de teoría sexual son, junto a La interpretación de los sueños, las más trascendentes y originales contribuciones de Freud al conocimiento de lo humano. Sin embargo, en la forma en que estamos habituados a leer estos ensayos, es difícil evaluar con precisión el impacto que causaron cuando se publicaron por primera vez, ya que en las ediciones que se sucedieron a lo largo de veinte años su autor introdujo en ellos más modificaciones y agregados que en cualesquiera otros de sus escritos (Sirva de ejemplo del trabajo que cada quien pueda hacer consigo mismo).

Entiéndase que lo que sigue es un recorte silvestre que alcanza al objeto de este capítulo, no un estudio serio de la obra freudiana, y solo por entender que está relacionada con lo anterior.

anal

ACTIVACIÓN DE LA ZONA ANAL. La zona anal, a semejanza de la zona de los labios, es apta por su posición para proporcionar un apuntalamiento de la sexualidad en otras
funciones corporales. Debe admitirse que el valor erógeno de este sector del cuerpo es originariamente muy grande. Por el psicoanálisis nos enteramos, no sin asombro, de las
trasmutaciones que experimentan normalmente las excitaciones sexuales que parten de él, y cuán a menudo conserva durante toda la vida una considerable participación en la
excitabilidad genital.’ Los trastornos intestinales tan frecuentes en la infancia se ocupan de que no falten excitaciones intensas en esta zona. Las diarreas en la más
tierna edad tornan «nervioso» al niño, como suele decirse;  si más tarde este contrae una neurosis, cobran una influencia determinante sobre su expresión sintomática y ponen a su disposición toda la suma de los trastornos intestinales.

Y con referencia al valor erógeno del tracto anal (valor que se conserva, si no como tal, al menos en su trasmutación), no puede tomarse a risa la influencia de las hemorroides, a
las que la vieja medicina concedía tanto peso para la explicación de los estados neuróticos.

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Los niños que sacan partido de la estimulabilidad erógena de la zona anal se delatan por el hecho de que retienen las heces hasta que la acumulación de estas provoca fuertes contracciones musculares y, al pasar por el ano, pueden ejercer un poderoso estímulo sobre la mucosas. De esa manera tienen que producirse sensaciones voluptuosas junto a las dolorosas.

Uno de los mejores signos anticipatorios de rareza o nerviosidad posteriores es que un lactante se niegue obstinadamente a vaciar el intestino cuando lo ponen en la bacinilla,
vale decir, cuando la persona encargada de su crianza lo desea, reservándose esta función para cuando lo desea él mismo. Lo que le interesa, desde luego, no es ensuciar su
cuna; sólo procura que no se le escape la ganancia colateral de placer que puede conseguir con la defecación. Nuevamente, los educadores aciertan cuando llaman «díscolos» a los niños que demoran estas funciones.

El contenido de los intestinos, que, en calidad de cuerpo estimulador, se comporta respecto de una mucosa sexualmente sensible como el precursor de otro órgano destinado a entrar en acción sólo después de la fase de la infancia, tiene para el lactante todavía otros importantes significados.

Evidentemente, lo trata como a una parte de su propio cuerpo; representa el primer «regalo» por medio del cual el pequeño ser puede expresar su obediencia hacia el medio circundante exteriorizándolo, y su desafío, rehusándolo.

La retención de las heces, que al comienzo se practica deliberadamente para aprovechar su estimulación masturbadora, por así decir, de la zona anal o para emplearla en la relación con las personas que cuidan al niño, es por otra parte una de las raíces del estreñimiento tan frecuente en los neurópatas. La significación íntegra de la zona anal se refleja, además, en el hecho de que se encuentran muy pocos neuróticos que no tengan sus usos escatológicos particulares, sus ceremonias y acciones similares, que mantienen en escrupuloso secreto.

Carácter y erotismo anal

Entre las personas a quienes el psicoanálisis procura ayuda, muy a menudo tropieza con un tipo singularizado por la conjunción de determinadas cualidades de carácter, al par que llama la atención, en la infancia de estas personas, el comportamiento de una cierta función corporal y de los órganos que en ella participan.

Ahora ya se puede señalar qué ocasionamientos singulares dieron la impresión que entre aquel carácter y esta conducta de órgano existía un nexo orgánico, pero se puede aseverar que ninguna expectativa teórica contribuyó a esa impresión.

Una experiencia acumulada reforzó tanto la creencia en esa relación que nos atrevemos a comunicar. Las personas que bajo esta descripción sobresalen por mostrar, en lo regular, las siguientes tres cualidades: son particularmente ordenadas, ahorrativas y pertinaces.

Cada uno de estos términos abarca ciertamente un pequeño grupo o serie de rasgos de carácter emparentados entre sí.

«Ordenado» incluye tanto el aseo corporal como la escrupulosidad en el cumplimiento de pequeñas obligaciones y la formalidad. Lo contrario sería: desordenado, descuidado.

El carácter ahorrativo puede aparecer extremado hasta la avaricia; la pertinacia acaba en desafío, al que fácilmente se relacionan la inclinación a la ira y la manía de venganza.

Las dos cualidades mencionadas en último término —el carácter ahorrativo y la pertinacia— se entrelazan con mayor firmeza entre sí que con la primera, el carácter «ordenado»; son también la pieza más constante de todo el complejo, no obstante
lo cual parece innegable que las tres se co-pertenecen.

De la historia de estas personas en su primera infancia se averigua con facilidad que les llevó un tiempo relativamente largo gobernar la incontinentia alvi {incontinencia fecal} y aun en años posteriores de la niñez tuvieron que lamentar fracasos aislados de esta función. Parecen haber sido de aquellos lactantes que se rehúsan a vaciar el intestino cuando los ponen en la bacinilla, porque extraen de la defecación una ganancia colateral de placer; en efecto, indican que todavía años más tarde les deparó contento retener las heces, y recuerdan, si bien antes y más fácilmente acerca de sus hermanos que de su persona propia, toda clase de ocupaciones inconvenientes con la caca que producían. De esas indicaciones inferimos, en su constitución sexual congénita, un resalto erógeno hiper-nítido de la zona anal; pero como concluida la niñez no se descubre en estas personas nada de tales flaquezas y originalidades, nos vemos precisados a suponer que la zona anal ha perdido su significado erógeno en el curso del desarrollo, y luego conjeturamos que la constancia de aquella tríada de cualidades de su carácter puede
lícitamente ser puesta en conexión con el consumo del erotismo anal.

Se entiende que nadie se atreve a dar crédito a un estado de cosas mientras parezca incomprensible, mientras no ofrezca algún abordaje a la explicación. Pues bien; podemos aproximar a nuestro entendimiento al menos lo fundamental de él con ayuda de las premisas que se expusieron en 1905 en Tres ensayos de teoría sexual.- Ahí se ha  procurado mostrar que la pulsión sexual del ser humano es en extremo compuesta, nace por las contribuciones de numerosos componentes y pulsiones parciales. Aportes esenciales a la «excitación sexual» prestan las excitaciones periféricas de ciertas partes privilegiadas del cuerpo (genitales, boca, ano, uretra), que merecen el nombre de «zonas erógenas». Ahora bien, las magnitudes de excitación que llegan de estos lugares no experimentan el mismo destino todas ellas, ni en todas las épocas de la vida. En
términos generales, sólo una parte favorece a la vida sexual; otra es desviada de las metas sexuales y vuelta a metas diversas, proceso este que merece el nombre de «sublimación». (Origen de toda creatividad particular).

Hacia la época de la vida que es lícito designar como «período de latencia sexual», desde el quinto año cumplido * hasta las primeras exteriorizaciones de la pubertad (en
torno del undécimo año), se crean en la vida anímica, a expensas de estas excitaciones brindadas por las zonas erógenas, unas formaciones reactivas, unos poderes contrarios,
;omo la vergüenza, el asco y la moral, que a modo de unos diques se contraponen al posterior quehacer de las pulsiones sexuales. Ahora bien: el erotismo anal es uno de esos componentes de la pulsión que en el curso del desarrollo y en el sentido de nuestra actual educación cultural se vuelven inaplicables para metas sexuales; y esto sugiere discernir en esas cualidades de carácter que tan a menudo resaltan en quienes antaño sobresalieron por su erotismo anal —vale decir, orden, ahorratividad y pertinacia— los resultados más inmediatos y constantes de la sublimación de este.

Desde luego, ni siquiera es muy transparente la necesidad íntima de este nexo. No obstante, se pueden indicar algunas cosas que acaso sirvan de puntos de apoyo para su
entendimiento. El aseo, el orden, la formalidad causan toda la impresión de ser una formación reactiva contra el interés por lo sucio, lo perturbador, lo que no debe pertenecer al cuerpo ; en cambio, no parece tarea sencilla vincular la pertinacia con el interés por la defecación. Sin embargo, cabe recordar que ya el lactante puede mostrar una conducta porfiada ante la deposición de las heces , y que la estimulación dolorosa sobre la piel de las nalgas que se enlaza con la zona erógena anal es universalmente empleada por la educación para quebrantar la pertinacia del niño, para volverlo
obediente. Entre nosotros todavía, lo mismo que en épocas antiguas, se usa como expresión de desafío y de escarnio desafiante un reto que tiene por contenido acariciar la zona anal, vale decir, que designa en verdad una ternura que ha caído bajo la represión. El desnudamiento del trasero figura la aminoración de ese dicho en gesto , el dicho y el gesto, en el lugar más apropiado como expresión del desafío.”

Los nexos más abundantes son los que se presentan entre los complejos, en apariencia tan dispares, del interés por el dinero y de la defecación. En efecto, como es bien sabido
para todo médico que ejerza el psicoanálisis, las constipaciones más obstinadas y rebeldes de neuróticos, llamadas habituales, pueden eliminarse por este camino. El asombro que esto pudiera provocar disminuye si se recuerda que esta función ha demostrado responder también, de manera parecida, a la sugestión hipnótica. Ahora bien, en el psicoanálisis sólo se obtiene ese efecto cuando se toca en el paciente el
complejo relativo al dinero, moviéndolo a que lo lleve a su conciencia con todo lo que él envuelve. Podría creerse que aquí la neurosis no hace más que seguir un indicio del lenguaje usual, que llama «roñosa», «mugrienta»  a una persona que se aferra al dinero demasiado ansiosamente. Sólo que esta sería una apreciación de los más íntimos vínculos con el excremento dondequiera que domine, o que haya perdurado, el modo arcaico de pensamiento: en las culturas antiguas, en el mito, los cuentos tradicionales,
la superstición, en el pensar inconciente, el sueño y la neurosis. Es fama que el dinero que el diablo obsequia a las mujeres con quienes tiene comercio se muda en excremento después que él se ausenta, y el diablo no es por cierto otra cosa que la personificación de la vida pulsional inconsciente reprimida.” Y es consabida también la superstición que relaciona el descubrimiento de tesoros con la defecación; todos conocen la figura del «caga ducados».* Ya en la doctrina de la antigua Babilonia el oro es la caca del infierno . Por tanto, si la neurosis obedece al uso lingüístico, toma aquí como en otras partes las palabras en su sentido originario, pleno de significación; y donde parece dar expresión figural a una palabra, en la generalidad de los casos no hace sino restablecer a ésta su antiguo significado.

Es posible que la oposición entre lo más valioso que el hombre ha conocido y lo menos valioso que él arroja de sí  como desecho haya llevado a esta identificación condicionada entre oro y caca.

Otra circunstancia concurre todavía a esta equiparación en el pensar del neurótico. Como ya sabemos, el interés originariamente erótico por la defecación está destinado a extinguirse en la madurez; en efecto, en esta época el interés por el dinero emerge como un interés nuevo, inexistente en la infancia; ello facilita que la anterior aspiración, en vías de perder su meta, sea conducida a la nueva meta emergente.

Si los nexos aquí presentados entre el erotismo anal y aquella tríada de cualidades de carácter tienen por base un hecho objetivo, no será lícito esperar una modelación particular del «carácter anal» en personas que han preservado para sí en la vida madura la aptitud erógena de la zona anal; por ejemplo, ciertos homosexuales. Si no estoy errado,
la experiencia armoniza bien en la mayoría de los casos con esta conclusión.

<b>

De <a> a <b> es Freud textual, cualquier coincidencia con lo previo con lo que nos presenta la cotidaneidad, no es casual.

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