Montaigne

El juicio de la razón es un instrumento necesario en el proceso de todo primer entendimiento de alguna clase de asuntos. No demasiado frecuente en lo que lo cotidiano nos presenta como enfrentado a ese instrumento, dicho sea, esencialidad de la condición humana que cualquiera puede apelar, sólo por ser lo que ya es.

Si se trata de algo aun no entendido del todo con mayor razón convendría meterse en ello desde el principio con el propio discernimiento, buscando huellas desde lejos en el tiempo de la reflexión; luego, si se encuentra un camino demasiado cerrado en la historia de esa reflexión, convendrá detenerse. El darse cuenta a tiempo de no poder ir más allá es un síntoma del valor del entendimiento, y de la mayor consideración. Puede darse un asunto vano o insignificante, tratando en qué apoyarlo y consolidarlo sin necesidad; en otros casos, las reflexiones pasan de un asunto noble y ya discutido en que nada nuevo puede hallarse, puesto que el camino está tan conocido, que no hay más recurso que seguir la pista que otros ya recorrieron.

Claramente ese punto de inflexión, de detención cuando no se puede ir más allá desde el camino del propio pensamiento, no es muy frecuente en esta época. Lo vano o insignificante se imponen exageradamente, que señala la soberbia de quienes no se toman el tiempo necesario para recorrer pistas que ya otros recorrieron, por lo tanto, desde su lugar de soberbia y posterior ignorancia, pueden banalizar sus discursos sin límites mientras los receptores de los mismos lo permitan. Es como el diagnóstico heideggeriano, lo grave de la época es que aún no estamos pensando.

En los primeros el juicio se encuentra cómodo, elige el camino que mejor se le presenta, y entre muchos caminos se pregunta que éste o aquél sea el más conveniente. Aquí tomamos parte por ese primer argumento; todos son igualmente buenos, y nunca tomamos parte del prejuicio de no llevar a fondo los asuntos, aunque ninguno se ofrezca por entero a consideración.

No declaran lo mismo los que solamente prometen o declaran tratar todos los aspectos de las cosas.

De multiplicidad de caracteres que asunto presenta, elegimos uno, ya para irlo sintiendo, ya para trascenderlo, a veces para llegar hasta el fondo de la cuestión; reflexionamos sobre las cosas con toda la profundidad de que seamos capaces, y las mayoría de las veces tendemos a explorarlas por el lado más extraño que ofrecen. Apostamos a tratar a fondo alguna materia si se conociera menos y tuviéramos ideas erróneas del propio entendimiento. Un ejemplo, digamos de humildad frente a la soberbia.

Desparramando aquí una proposición, u otra, como partes separadas del conjunto,
desviadas, sin designio ni plan, no estamos obligado a ser perfectos ni a
concentrarnos en una sola materia; variamos cuando nos place,
entregándonos a la duda y a la incertidumbre, y a nuestra manera habitual, que es
la ignorancia.

Esta jamás lo permitiría la soberbia aferrada a su vanidad, entendida de las dos maneras inmediatas: de vano y arrogancia, que se convierten en obstáculos de si propia libertad e imponen a masas crédulas por simple identificación de su propia ignorancia.

Entre las distintas funciones del alma, las hay bajas y mezquinas; quien en
el ejercicio de ellas no las considera y examina, dejará de conocerlas por completo. Reinado de la gravedad, que es una fuerza.

Mejor si se las profundiza en sus acciones simples, porque el impulso de las pasiones la agita y la lleva a sus más elevados movimientos; agréguese a esto que nuestra alma se empeña por completo en cada una de nuestras acciones y que nunca la ocupa más de una sola cosa a la vez y en ella pone todo el ser de que cada uno dispone. Consideradas las cosas en sí mismas, acaso tengan su peso, medida y condición, pero desde el instante en que se relacionan con nosotros, el alma las acomoda a su manera de ser.

La muerte, que a Cicerón estremece, Catón la desea, y es indiferente para Sócrates, es un ejemplo. La salud, la conciencia, la autoridad, la ciencia, las riquezas, la belleza y sus contrarios, se despojan, recibiendo del alma, al entrar en ella, nuevas investiduras, y adoptando el carácter que la acomoda: moreno, claro, verde, obscuro, agrio, dulce, profundo, superficial, el que más en armonía está con las distintas almas, pues éstas no pusieron de acuerdo sus estilos, reglas y formas; cada una es en su estado soberana. ¿Por qué no nos fundamentamos más en nuestros juicios, en las cualidades externas de las cosas? De nosotros depende darnos cuenta de ellas.

friedrich

Nuestro bien y nuestro mal no dependen sino de nosotros, y corresponde situarse más allá del bien y del mal. Permitámonos nosotros mismos nuestras ofrendas y deseos, nunca solo del azar; éste es impotente contra el poderío de la propia vida, si lo fuera la arrastraría y  la moldearía a su forma sin forma. ¿Por qué no hemos de juzgar acerca de Alejandro cuando se encuentra en la mesa, conversando y bebiendo a saciedad, o cuando juega a las damas? ¿Qué sonido de su espíritu deja de poner en actividad este juego necio y vano?.  Lo odiaremos no por tal juego, sino porque nos preocupa de un modo serio, y nos avergonzamos de fijar en él la atención, que, empleada de otro modo, bastaría a hacer algo para que valiera la pena. No se tomó mayor trabajo para organizar su expedición gloriosa a las Indias; ni ningún otro que se propone resolver una cuestión de la cual dependía la salvación del género humano. Es un ejemplo de cómo nuestra alma agranda y exagera aquella diversión ridícula de juego de damas; cómo absorbe todas sus facultades; con cuánta amplitud esta movimiento impide a cada uno los medios de conocerse y de juzgar rectamente de sí mismo.

Algunos, claro está, no se ven ni se examinan nunca de una manera más precisa que cuando juegan, por ejemplo, a las damas: ¿qué pasión no saca a la superficie ese juego?, la cólera, el despecho, el odio, la impaciencia; una ambición vehemente de salir victorioso, allí donde sería más natural salir vencido, pues la primacía singular  según el común de las gentes no dice bien en un hombre de honor tratándose de cosas frívolas. Y lo que decimos en este ejemplo puede amplificarse a todos los demás; cada ocupación en que el hombre se emplea, acusa y descubre sus cualidades por entero.

Demócrito y Heráclito eran dos filósofos, de los cuales el primero, encantando vana y ridícula la humana naturaleza, se presentaba ante el público con rostro burlón y risueño. Heráclito, sintiendo compasión y piedad por nuestra misma naturaleza, estaba constantemente triste y tenía sus ojos bañados de lágrimas:

Alter ridebat, quoties a limine moverat unum protuleratque pedem; flebat contrarius alter. ( Otros no se rieron de todo, con la frecuencia que el hombre se había movido desde el umbral de una protuberancia del pie; ella estaba en contra de la otra).

Nos inclinamos mejor a la actitud del primer filósofo, no porque sea más agradable reír que llorar, sino porque lo primero supone mayor menosprecio que lo segundo; y creemos que dado lo poco de nuestro valer, jamás el desprecio igualará lo despreciado. La conmiseración y la queja implican alguna estimación de la cosa que se lamenta; al  contrario acontece con aquello de lo que nos burlamos, a lo cual no concedemos valor ni importancia alguna. En el hombre hay menos maldad que vanidad y soberbia; menos malicia que estupidez e ignorancia: no estamos tan afligidos por el mal como provistos de nulidad; no somos tan dignos de lástima como de desprecio. Así Diógenes el cínico,  bromeaba consigo mismo mismo dentro de su tonel, y se burlaba hasta del gran Alejandro, como que nos tenía en el concepto de moscas o de vejigas infladas, era juez más desabrido e implacable, y por consiguiente más diestro en una forma de ver, que Timón, el que recibió por sobrenombre el aborrecedor del género humano, pues aquello que odiamos es porque nos interesa todavía. Timón nos deseaba el mal, se apasionaba con ansia por nuestra ruina, y oía nuestra conversación como cosa dañosa, por creernos depravados y perversos.
Demócrito nos consideraba a los hombres tan poca cosa, que jamás podríamos ni ponerle de mal humor ni modificarle con nuestro contagio; abandonaba nuestra
compañía, no por temor, sino por desdén hacia nuestro trato. Ni siquiera nos creía capaces de practicar el bien ni de perpetrar el mal.

De igual parecer fue Statilio, senador romano de comienzos del siglo I, contestando a Bruto, que le invitaba tomar parte en la conspiración contra César. Bien que creyera la empresa justa, entendía que no valía la pena molestarse por los hombres; que éstos no eran dignos de tanto, conforme a la doctrina de Hegesias, quien decía: «El filósofo no debe hacer nada por los demás, sólo por sí mismo debe interesarse; sólo él es digno de que hagan algo por él.» Aquella respuesta está también de acuerdo con la opinión de Teodoro, quien estimaba injusto que el hombre perfecto corriera ningún riesgo por bien de su país, puesto que de correrlo se expone a perder la filosofía en beneficio de la locura. Nuestra propia y peculiar condición es tan risible como ridícula.

Desde Heráclito a Heidegger, encontramos rastros en la historia de las formas de pensar que oscilan entre unas y otras formas y consideraciones. Casi desde siempre parece irse ido afirmando el nihilismo que eclosiona en Europa, poderoso, con el anuncio de Nietzshe, y hoy día contagiado a escala global.

La soberbia, vanidad de la propia ignorancia, sin ser un valor, aparece como un rasgo demasiado común en esta época, ignorante de su estado de gravedad, que nos hace pensar que tal  vez Nietzsche acertaba, cuando decía que hacían falta aún dos siglos para que el hombre, al fin pudiera cruzar el puente hacia una forma que reemplazaría a la muerte de dios, con un nuevo modelo que él denominó, y nos es tan importante la palabra o el nombre si bien apunta a la otra orilla que convenientemente pueda ser alcanzada, “superhombre”. El hombre, hoy y actual, es al superhombre como lo fue el mono al hombre. Sería un buen principio, que finalmente nos sintamos monos que debemos superarnos, y eso es solo parte de la evolución, que siempre demanda mucho más tiempo que la extensión de la vida particular en cada caso.

La alerta que suele conmocionarnos, deviene que toda la cotidaneidad, ese mundo que hace frente, soberbiamente niega su propia condición.

 

 

 

 

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