Se entra en la filosofía solo si lo necesita o lo desea. Ya no estamos en el S VI ac, donde el desvelamiento de los mitos y la adivinación señalaron el camino inexorable del pensamiento libre. Descubierto eso que se nombra pensamiento llevaba al darse cuenta que su camino era necesariamente propio, en nombre propio, que en su devenir y desarrollo llevaba a la conclusión esencial que no era aprisionable.

Hablando en nombre propio, entre la disconformidad que provoca el intento de “conocer” o “reconocer” ese juego entre lo subjetivo sustancial del sapiens, o lo que retorne desde la parte inconsciente del sapiens, frente a aquello que se llamó logos, que siendo exterior se re-presenta en la permanente cotidaneidad.

Faltaría una regla que lo legitime.

Originalmente, desde la historia de esa esencialidad de lo homo como sapiens en Occidente, nada podría hoy comprenderse de lo que en su origen se denominó logos, acercándose con anteojeras al fondo irrepresentable que es la la pura inmediatez. Se produce ante la contradicción, sensación de insuficiencia como sujetos de hoy respecto de las pretensiones originales del logos.

Lo cotidiano, su inmediatez, parecen una primera re-presentación que apenas balbucea algo que aún no tiene nombre, como un más allá donde no llega el discurso.

En lo inmediato, hoy por hoy hay un indicio de exceso de intervención del estado, que por las razones que fuera modifica la cotidaneidad en modo de movimiento casi continuo, que termodinámicamente es inestable hasta alcanzar un punto de equilibrio. Y recordamos a Aristóteles, en cuanto al punto del equilibrio fundacional:

aristoteles

 

Todo Estado es, evidentemente, una asociación, y toda asociación no se forma sino en vista de algún bien, puesto que los hombres, cualesquiera que ellos sean, nunca hacen nada sino en vista de lo que les parece ser bueno. Es claro, por tanto, que todas las asociaciones tienden a un bien de cierta especie, y que el más importante de todos los bienes debe ser el objeto de la más importante de las asociaciones, de aquella que encierra todas las demás, y a la cual se llama precisamente Estado y asociación política.

Capítulo I. Origen del Estado y de la Sociedad. Política. Aristóteles

Algo de metodología
El dato histórico ya primitivo, acción, palabra, figura, concepto, toda expresión humana en general, es un elemento individual. La investigación histórica, en cualquier campo de actividad humana tiende a suprimir la individualidad de estos datos. la generalización  los ordena y clasifica. así, el conocimiento histórico se reduce a una relación mecánica o finalista que se aplica a la original desde el exterior. En general un dato histórico, que es un dato lejano en el tiempo y en el espacio no es comprensible a primera vista. Lo que se trata entonces es de reducirlos a términos claros de expresiones explícitas a nuestro alcance (disciplinariamente corresponde a la filología, de la qu poco se habla hoy día), así la expresión original se convierte en material el posible pensamiento.
Lo histórico es expresión de una interioridad humana: sólo ésta puede ser el elemento común buscado. Cuando alguien cercano con la quien compartimos una amistad de muchos años dice una palabra sabemos cuál es su interioridad.
Tan sólo una expresión de esta clase es útil al pensador; para que pueda extender la experiencia limitadísima y fundamentalmente uniforme que le presenta su ambiente inmediato, necesita transformarla a fundamentos de ese tipo.
Entendemos que no es tarea fácil en una época hiper informatizada y tecnológicamente regulada de variadas maneras. Pero que queda sino a un sapiens en su esencia sino disponer de una perspectiva metodológica concreta para estudiar el pasado e interpretar (o tal vez re-interpretar) el presente. Ese momento interior, aunque venga ya determinado, como una intensidad, con cierto colorido, con alguna vitalidad, debe ser, sin embargo, análisizada desde del dato singular (filología) y de sus vínculos con el resto de lo que es su ambiente (historia). Filología e historia ya no son entonces unos complejos formales de relaciones que buscan en sí mismas un contenido sobre el que apoyarse, sino los instrumentos indispensables para la aludida reducción en la que la interioridad aparezca evidente. Solo así se conserva la individualidad original de la expresión humana, la única que está viva.
Es posible considerar la realidad en términos de interioridad y su expresión y que en la coexistencia de elementos esenciales, la comprensión se funde sobre la explicación de ciertas afinidades cualitativas particularmente importantes para interpretar la representación de lo real. No hay mucha posibilidad de eludir  presupuestos conceptuales, de interponer una visión posible de la realidad, que lo pasado ni justifica ni confirma. Entonces, el valor absoluto de cada entendimiento sobre el pasado está condicionado por la honestidad de la concepción singular de quien la sostiene. La historia no tiene derecho a la abstracción. La multiplicidad de visiones se multiplican a su vez y se vuelven ambiguas por obra de la incertidumbre. Poseen, sin embargo, el fundamento de la consideración interior, y, en segundo lugar, asumen explícitamente y con plena conciencia su cometido de captar valores esenciales, establecer relaciones entre las cualidades más significativas de lo real e indicar mediante una vía concreta una interpretación que transmita su vitalidad al conjunto.
En otras palabras, el planteo tiende a fundar en la investigación una vida pensativa que luego deberá liberarse de su sostén y justificar su validez por sus propios medios.
Algo acerca del objeto
parménides
Parménides fue el momento de auto conciencia de la confianza helénica en la razón.
Pertenece a la corriente mítica que, desde Hesíodo, llega hasta Platón y se prolonga hasta Plutarco. Actitud mítica que no es recurso, sino ambiente general del orfismo en la Magna Grecia. Es la actitud anti-pagana desarrollada por el paganismo griego como su contrapartida: la ausencia del miedo, el triunfo de Apolo (padre de la Medicina y dador de inteligencia). Frente al paganismo del dios Zeus, que valora positivamente la materia y el mundo de los sentidos, el racionalismo parmenídeo hace moverse al hombre de la existencia cotidiana en un mundo de apariencias. Y le exige que las acepte como apariencias.
La idea de ser aparece en el idioma griego que no ha sido un idioma cualquiera, sino aquél que, primero, mostró la experiencia de un pensar mediante el ser. Y Parménides lo sistematizó y vedó a la inteligencia el pensar el no ser. Hasta Hegel, veintitrés siglos después, no se superará la paradoja griega del pensar en el ser. El ser es y el no ser no es; por tanto, identidad del ser y del pensar, realismo de la Geometría euclidiana, carácter fenoménico de la ciencia limitada a lo verosímil sobre las apariencias. El apriorismo de la razón quedó así bien plantado.
Han pasado muchos siglos desde aquél momento, primigenio en la historia del pensamiento.
Si se atiende a la experiencia freudiana, la razón es particular de una conciencia que opera con las reglas que la razón desde el contacto del Yo con el mundo que lo rodea, y reconoce el lugar anímico inconsciente, que no se rige con esas mismas reglas.
sartre2
Sarte en el Ser y la Nada en 1943 deja escrito:
“El mundo es humano. Se advierte la particularísima posición de la conciencia: el ser está doquiera, contra mí, en torno mío, pesa sobre mí, me asedia, y soy perpetuamente remitido de ser en ser; esta mesa que está ahí es ser y nada más; esa roca, ese árbol, aquel paisaje; ser y de otro modo nada. Quiero captar este ser y no encuentro ya sino a mí”.
“Pues el conocimiento, intermediario entre el ser y el no-ser, si lo tomo como subjetivo me remite al ser absoluto, y, cuando creo captar lo absoluto, me remite a mí mismo. El sentido mismo del conocimiento es lo que no es y no es lo que es, pues, para conocer el ser tal cual es sería necesario ser ese ser; pero no hay «tal cual es» sino porque no soy el ser «tal-cual-es», si me convirtiera en él el «tal cual es» se desvanecerla y no podría ya ni siquiera ser pensado. No se trata aquí ni de un escepticismo -que supone precisamente que el «tal cual es» Pertenece al ser-, ni de un relativismo. El conocimiento nos pone en presencia de lo absoluto, y hay una verdad del conocimiento. Pero esta verdad, aunque no entrega nada más y nada menos que lo absoluto, sigue siendo estrictamente humana”.
Entonces, si una vida pensativa deberá liberarse de sus sostenes y justificar su validez por sus propios medios, y si reconocemos a la auto conciencia de la confianza en la razón, esencialidad sapiens del homo que somos, y si el mundo es humano, el ser está doquiera, pesa, asedia, y seríamos remitidos de ser en ser; ser y de otro modo nada. Captar este ser no lo encentraremos sino en nosotros mismos.
Por lo tanto enunciamos el objeto de este mundo humano poco menos que humano, contradictorio.
La inteligencia de lo que las cosas son, devenidas o capturadas desde la historia o la inmediatez de lo cotidiano, son en principio tal cual son en su aparecer, que aceptamos, y responden a una cierto ser que necesitamos y deseamos, obturando pensar el no ser, y que nos pone justo al frente un mundo, humano, que no parece enlazarse con que toda asociación no se forma sino en vista de algún bien, puesto que los hombres, cualesquiera que ellos sean, nunca hacen nada sino en vista de lo que les parece ser bueno.
Y sin olvidar para nada la cuestión heideggeriana que en lo grave de esta época es que aun no pensemos.
Un mundo humano poco menos que humano, contradictorio (en nombre propio)
En este país, hoy, en los medios masivos de comunicación se presentan pocas oportunidades de asistir a cuestiones lúcidas. Uno de los que admiro y respeto por determinados valores que si entiendo su obra y es aún (y ojalá así siga) prestigioso en esta sociedad analfabeta en cuanto masiva (aunque el prestigio sea una señal dispar con la frontalidad que lo mediático social ofrece) es Tomás Abraham. Tipo muy valioso en medio de una época grave.
tomasAbraham
Estudioso, claro en su metodología, honesto, imparcial en un medio y sociedad con características de valores futbolísticos, inteligente, escritor de libros y reclamado por los medios cuando  cuando conviene presentar una visión de claridad o cultural que interprete la historia de las “realidades” del país, lo que hace con un lenguaje claro, mundano, preciso, sin vergüenza, ni limitaciones, tan libre como el más libre en la intelectualidad difundida mediáticamente hoy, y acá.
Freud silvestremente interpretaría, hay una identificación: Hungría, pasión por la lectura y el esfuerzo que requiere, llegar a pensar en nombre propio, entender a Foucault y convenir en lo liso y llano del entendimiento más acá de las eternas fábulas que se genera la difusión ilimitada de opiniones acerca de las apariencias que son inexorables en la cotidianeidad que hace frente, y con cierta astucia dejando entrever las las cuestiones que se hacen, dicen o deciden con puro arreglo a fines, que por solo nombrarlos ya se entienden, aunque no se expliquen explícitamene, con nombre y apellidos, como es lo más general.
Más allá de las identificaciones, o realizaciones de deseos, no estudié filosofía, ni en Argentina ni en Francia, no tuve como guía Foucault en Vinecennes, salvo las lecturas de su obra, no estuve en el mayo del 68 en París, no asisto a las reuniones de los Jueves, no publiqué libros, ni fui premiado por nada que tenga que ver con eso.
Siempre trabajé en cosas más relacionadas a las ciencias duras, independiente de la contención familiar, experimentado en todas las cuestiones de la vida diaria, y siempre profuso lector y estudioso de las ciencias primero y las cuestiones humanas después.
Admiro a Abraham porque es el exponente de un hombre libre en la situación que le
le toca vivir. Es la figura que realiza desde mi posible lugar de visión, a la esencia de ser sapiens, y en un medio medio-demo-cratizado expresa más popularmente el camino que trazó a su modo y posibilidad Nietzsche hace 140 años atrás.
Siento con esto, estar volviendo a pisar la tierra real, la que permitió la vida en general y la del hombre en su devenir particular. Mi homenaje a Tomás Abraham, y reconocimiento a su libertad y sagacidad de haberlo demostrado posible.
Y ello en una época grave, menos humana que la propia esencialidad de ser sapiens, contradictoria con lo que hoy parece un idealismo aristotélico en cuanto lo político (sin referirnos ahora a sus articulaciones con las cuestiones de la economía ), a la continuidad de la vigencia de las apariencias que ocultan lo posible de ser pensado: lo posible de ser. Ser uno mismo en la farándula interminable de no serlo, en medio de la devaluación insistente, que no se muestra sartrianamente como escepticismo [que supone precisamente el «tal cual es» es]  del conocimiento que nos pone en presencia de lo absoluto, y que hay una verdad de ese conocimiento, para nada inmediato de conseguir. Pero esta verdad, aunque no entrega nada más y nada menos que lo absoluto, sigue siendo estrictamente humana, o sea singular.

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