sigmund

 

Hasta el momento, no hemos propuesto mucho desde Sigmund Freud. Quizá la crítica deleuziana-guattriana nos lo impedía, por simple respeto a sus conceptualizaciones bastante más modernas que las de Sigmund (Anti Edipo y Mil mesetas).

Pero estamos en un país, en una época, de devaluación, y no es inmediata su accesibilidad al entendimiento, devaluación que ya tiene demasiadas décadas de vigencia, y además de estar en el medio de ella querríamos poder pensar un poco más acá, que la única cronología de su acontecimiento o interpretaciones tan solo económicas o macroeconómicas, que en general parecen más cuentos de hadas que inteligibilidad de la actualidad que se re-presenta en la histori(a)(eta) de ese país. No hace falta asignar una identidad al país, podría si se lo quiere pensar en cualquiera donde se repite el fenómeno. Para los que nos toca dá lo mismo.

En cuestiones de economía, y porque de alguna manera hay que comenzar a nombrarla, la devaluación es la pérdida del valor nominal de una moneda corriente frente a otras monedas extranjeras. Puede tener muchas causas, entre éstas la de una falta de demanda de la moneda local o una mayor demanda de la moneda extranjera.​ Puede ocurrir por falta de confianza en la economía local, en su estabilidad, en la misma moneda, entre otros.

Claramente, lo inmediato anterior refiere a la concepción corriente, proveniente de la interpretación económica de la palabra devaluación, pero si ponemos en el lugar que estamos como sapiens del mundo humano que ya está ahí, haciendo frente desde todos los ángulos del teatro de lo cotidiano, desde una palabrita podremos inferir algunas otras cuestiones que no solo serán pensamientos en propio nombre, que seguramente a las mayorías y menos a los administradores del poder y el estado no interesen, sino también a resultados positivos de la experiencia diaria de ser ya aquí, como sujetos afectados en cosas más sensibles que la mera ecuación del discurso económico.

Es muy evidente, la significación de la palabrita devaluación, desde la economía, algo así como que la moneda vale menos. Y ahí permanece, en lo inmediato del uso de la palabra.

Ya, pasado el medioevo, hemos aprendido a pensar las cosas de otra manera. Racionalistas desde Descartes, panteístas con Spinoza, iluministas  desde Kant, fenomenólogos con   Hegel y luego Husserl, cínicos y pesimistas con Schopenhauer,  prospectivistas con Nietzsche , existencialistas con Heidegger y Sartre, absurdos con Camus,  y librepensadores hasta Deleuze-Guattari. Resumimos en ellos en largo camino del pensamiento.

El fenómeno, u acontecimiento en lo concreto es la devaluación, medida desde la economía, como de la moneda.

¿Que es la moneda en el paradigma económico?

Es el dinero emitido por un Estado o por el banco central de un Estado y que se reconoce como la moneda de curso legal del país. En algunos casos, un grupo de naciones puede emplear una moneda común, el euro es el mejor ejemplo de esto.

Toda cosa generalmente aceptada en el intercambio de bienes o para saldar cuentas, no por su valor en sí, sino porque proporciona la posibilidad de adquirir otras a cambio de ella, la moneda es el instrumento que permite —en el marco de la economía de mercado— realizar los intercambios. Constituye, en tanto que patrón de valor, el medio para comparar los bienes mercantiles entre sí. Además de servir para las transacciones, la moneda es también una reserva de valor inmediatamente disponible.

Surge con la división del trabajo entre producción y comercio. Por intermedio de la moneda los intercambios dejaron de realizarse mediante trueque. Las primeras monedas adoptaron formas muy diversas: ganado, cereales, mariscos… La necesidad de disponer de una moneda fácilmente transportable y divisible impuso rápidamente el empleo del metal. Las “piezas’ comenzaron a circular: cobre en Egipto, hierro en Esparta, bronce en Roma. El oro y la plata, en virtud de sus cualidades físicas y su relativa rareza, se convirtieron en los dos metales elegidos para las piezas de mayor valor. La “acuñación” de piezas, privilegio de los soberanos, garantizaba su peso y, en consecuencia, su valor. Progresivamente, surgió una separación entre el valor nominal y el valor real de las piezas monetarias. La introducción del billete de banco señaló el comienzo de una nueva época de la historia monetaria: a partir de ese momento, el valor de la moneda sólo reposa en la confianza que se le otorga.

Hace ya bastante, los billetes de banco eran convertibles: sus poseedores podían cambiarlos en el banco central que los había emitido por la cantidad de oro o plata que garantizaban. Después de la crisis de 1929, la mayoría de los países volvieron inconvertibles sus billetes de banco. Así comenzó el reinado del papel moneda, que facilitó la práctica de la “fábrica de billetes”: los Estados escasos de dinero ya no deseaban para sus transacciones interiores empeñar su moneda en sus reservas de oro, sino que financiaban los gastos suplementarios aumentando el volumen de billetes en circulación, con el riesgo de provocar una inflación susceptible de escapar a su control.

La moneda fiduciaria (billetes y papel moneda) que casi había reemplazado a la moneda metálica, actualmente cede el primer lugar en el seno de la masa monetaria a la moneda escrita. Reducida a los juegos de escritura (de donde deriva su nombre), se utiliza para la mayor parte de las transacciones realizadas a través de cheques y transferencias.

La comparación de las diversas monedas nacionales en el mercado de cambios permite establecer para cada una un curso cuyas fluctuaciones obedecen a la ley de la oferta y la demanda. A fin de limitar la amplitud y la brusquedad de estas fluctuaciones y de prevenir los daños que podrían causar a las economías nacionales, al término de la segunda guerra mundial se puso en práctica un sistema monetario internacional (acuerdos de Bretton Woods) de acabar con la libre conversión del dólar en oro (agosto de 1971 en EEUU), no se reconstituyó, lo que contribuyó a agravar las crisis monetarias que sufren periódicamente los grandes países industriales. Se han propuesto diversos planes de reforma del sistema monetario internacional.

Cuando los consumidores no tienen confianza en la economía nacional, suelen volcarse a la compra de billetes extranjeros. Esto ocurre ya que la divisa de afuera es considerada como un refugio de valor más estable y sólido que la divisa local. Al incrementarse las demandas de monedas extranjeras, éstas aumentan su precio y se produce la devaluación.

Esta situación es habitual en muchos países de América Latina. Los ciudadanos, preocupados por los vaivenes de la economía, optan por ahorrar en dólares (la divisa norteamericana). De esta manera, suele desarrollarse la devaluación del billete local de cada país.

La devaluación suele ser decretada por el banco central del país. Cabe destacar que la moneda carece de valor real (posee un valor representativo), por lo que se supone que la moneda está respaldada por la riqueza del país. Cuando los billetes circulantes superan las reservas, puede ordenarse la devaluación para equilibrar la situación. Cuando se decreta o decide (no es obra del azar) la devaluación de la moneda en un país siempre hay consecuencias. Lo primero que se observa es el aumento del valor de las reservas en oro que se poseen, el cual se expresa en la moneda nacional. Seguidamente se da una alteración en los tipos de cambio que existen respecto a las monedas extranjeras (este cambio se debe a que dichas monedas deben cambiarse en base a lo que se estima que vale el metal en el mencionado territorio).

Y, como no puede ser otra forma, la tercera consecuencia se encuentra íntimamente relacionada con las anteriores. La misma tiene que ver con los cambios en los precios; en primer lugar de artículos importados y en segundo, de los nacionales (al ser fabricados con objetos importados o exportables). Esto debería estimular las exportaciones y reducir las importaciones, debido a que las primeras reciben una mejor ganancia que las segundas.

El valor es una cualidad que confiere a las cosas (por ejemplo la moneda), hechos o personas una estimación, ya sea positiva o negativa. La axiología es la parte de la filosofía que se encarga del estudio de la naturaleza y la esencia del valor. Es un término procedente de la economía, en cuanto la cuantificación del precio de los bienes producidos. Inicialmente se hizo depender el valor de una mercancía de la utilidad del objeto, pero posteriormente A. Smith estableció que el valor dependía de la cantidad de trabajo empleado para su producción y comercialización, distinguiendo, además, dos clases de valor: el valor de uso y el valor de cambio.

El término fue utilizado posteriormente en filosofía, a partir del siglo XIX, preferentemente en el ámbito de la reflexión ética, desplazando el uso de términos como “bien” y “bueno”. En este sentido, el valor es aquella cualidad que apreciamos en un objeto moral o ético; es decir, es una cualidad, no una cosa; y se manifiesta en relación con la conducta humana, que hace un fenómeno de dicha cualidad.  Nietzsche, por ejemplo, se refiere a los valores como al fundamento de la comprensión del mundo y de la vida. Para Max Scheler, los valores se captan a través de la actividad emocional de la conciencia, no a través de una actividad puramente intelectual y, en oposición al formalismo kantiano, son “materiales”, al formar parte del sentimiento intencional de la conciencia. Los valores, en cuanto cualidades de los objetos morales, son objetivos, están jerarquizados y se presentan polarizados (la belleza se opone a la fealdad, por ejemplo).

El idealismo objetivo propone que las ideas existen por sí mismas y que sólo podemos aprenderlas o descubrirlas mediante la experiencia. Para ese idealismo los demás son ideas: Leibniz, Hegel, entre sus precursores.

El idealismo subjetivo sostiene que las ideas solo existen en la mente un sujeto. Para estos idealistas los demás son ideas que solo existen en su propia mente: Descartes, Berkeley, Kant, Fichte, Cassirer, y otros.

Desde un sentido más terreno, los valores son características morales o éticos inherentes a la persona, como la humildad, la responsabilidad, la ayuda y la solidaridad. En la antigua Grecia, el concepto de valor era tratado como algo general y sin divisiones, pero han surgido diferentes tipos de valores en la historia del pensamiento. Los valores también son un conjunto de ejemplos que la sociedad propone en las relaciones sociales. Por eso, se dice que alguien “tiene valores” cuando establece relaciones de respeto con el prójimo. Podría decirse que los valores son supuestos de mayor rango, compartidas por una cultura y que surgen del consenso social: la belleza, lo útil, lo bueno y lo justo son aspectos considerados como valiosos por la sociedad.

En El malestar en la cultura, Freud analiza las que considera tres principales causas del sufrimiento humano: «la supremacía de la naturaleza, la caducidad de nuestro propio cuerpo y la insuficiencia de nuestros métodos para regular las relaciones humanas en la familia, el Estado y la sociedad». Ante ellas, el hombre responde con la cultura, que Freud define como la «suma de las producciones e instituciones que distancian nuestra vida de la de nuestros antecesores animales y que sirven a los fines de proteger al hombre contra la naturaleza y regular las relaciones de los hombres entre sí ». La cultura engloba entonces la producción de todo tipo de bienes que protegen al hombre frente a la naturaleza, así como actos como el empleo de herramientas, la dominación del fuego y la construcción de casas, y con la evolución histórica pasa a abarcar asimismo las construcciones ideales del hombre, plasmadas en producciones intelectuales, científicas y artísticas. Finalmente, resalta Freud, la cultura hace referencia al modo de regulación de las relaciones humanas en el contexto de la sociedad. La vida en común comienza a ser posible con el nacimiento del derecho, que acaba con la ley del más fuerte.

Sencillamente, deberíamos releer además de a Platón y Spinoza, a Freud. Todos. Y agregar sus formas y metodología para acceder al acontecimiento de lo cotidiano, incluida esta cuestión de la devaluación.

Más acá, bien cerca de nuestro modo de pensar en nombre propio, además de la simple y vulgar aceptación de la pérdida de confianza en una moneda, que además de no ser azarosa es una pauta de decisión de los administradores de turno, medida de la pobreza económica del territorio en que el fenómeno aparezca, implica ya desde su propia aparición la desaparición del valor y los conceptos que el valor acompaña.

Todo mal, en esta época hay devaluación permanente de la moneda, inflación de precios, decisiones de administración de gobierno que lo impulsan requerido o planificado, con arreglo a fines. Y se debe conocer, decimos, en esos estamentos, el efecto subjetivo sobre los integrantes de la sociedad que pertenecen al territorio de esa acción. Las personas y sus valores más primarios son también devaluados hasta los huesos. Hay pérdida de dignidad, de un mayor esfuerzo en tiempo dedicado a la sola supervivencia, se desmerece el trabajo porque desaparece, el mérito de los científicos porque sobran, comienza cierto desprecio por el esfuerzo y el trabajo honrado, se contraponen la exaltación de la viveza y de los estafadores, contrabandistas y corruptos que tienen posibilidad de regalías a su favor a costa de los honestos.

Un honesto, hoy día se siente un inocente tarado que cree en los evangelios económicos, o  en cierta confianza en los valores que le fueron delegados desde su nacimiento. Por cierto esto es corto, no ahondaremos más por hoy en estas cosas, sabiendo que la anlítica debe seguir, sin olvidas la bronca que nos causa esta fenomenalidad actual que se ha construído, sin inocencia, desde administraciones que incluso desconocemos.

 

 

 

 

 

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