Si algún escéptico duda ante la propia verdad primera y todas las que luego pueden deducirse de ella, será porque, o bien habla contra su conciencia, o bien debemos poder llegar a pensar que hay quienes su espíritu es ciego, sea genético o por prejuicios, es decir, por ajustase a  mandatos externos y debida obediencia.

No hace falta llegar hasta Foucault si puede entenderse a Spinoza, cuando se enfrenta a lo mismo que hoy denominamos como la grave de la época. Un espíritu ciego a su propia conciencia, sea por factores propios o disciplina externa, que no dá cuenta de su propio pensamiento, no está tratando de aprender a pensar. Es  eso lo grave.

No desean dar cuenta de sus conciencias y dudan; apelan a que nada saben y se atreven a denegarlo; se demuestran  restringindos, pues su fondo de temor es admitir que existen, ya que como nada saben, deben callar por temor de asumir algo que los señale hacia cierta verdad. Es necesario abstenerse de hablar con ellos (pues en lo referente a la vida y a la sociedad la necesidad les fuerza a reconocer su propia existencia, a buscar lo que les es útil, a afirmar y a negar demasiadas cosas). Si se les demuestra algo, no saben si la argumentación es acertada o defectuosa; si niegan, conceden u oponen una objeción, no saben que niegan, conceden u objetan. Parecen más como autómatas enteramente desprovistos de pensamiento.

No conocen o no lo entienden o si lo entienden no les conviene, todos son delitos contra la razón. Kant, ¿Que es la ilustración?: La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor par a servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón! : he aquí el lema de la ilustración. ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón! : he aquí el lema de la ilustración. La pereza y la cobardía son causa de que una tan gran parte de los hombres continúe a gusto en su estado de pupilo, a pesar de que hace tiempo la Naturaleza los liberó de ajena tutela. Condenados a libertad, la niegan, la esconden, les dá miedo.

Si preguntamos a qué apunta una idea, vemos que se relaciona únicamente con las cosas posibles, no las innecesarias ni las imposibles. Convengamos como imposible a una cosa cuya naturaleza implica que hay contradicción si se le otorga existencia; mientras posible a las cosas cuya existencia, por su naturaleza misma, no implican contradicción en pensar su  existencia o no existencia, ya que la posibilidad o la imposibilidad de la existencia de esas cosas dependen de causas que desconocemos mientras imaginamos su existencia; por consiguiente, si esta necesidad o esta imposibilidad, que depende de causas exteriores, nos fuera conocida, no podríamos establecer ninguna ficción a propósito de ellas. Nosotros, apenas sabemos que existimos y  no debemos establecer ficción alguna respecto a nuestra existencia o no existencia. Es la primera condición de cierta verdad y que admite el resto, que parece de perogrullo.

Por eso cuanto más se concibe la existencia en general, más confusamente se la concibe y más fácilmente puede ser atribuida a cualquier cosa; por el contrario, apenas es concebida como la existencia más particular de una cosa, tenemos de ella una idea más clara y difícilmente podemos atribuirla (aun cuando no nos preocupemos del orden de la naturaleza) a otra cosa; y esto convenía destacar.

Cuanto menos el espíritu conoce y más percibe, más capaz es de ficción, y cuantos más conocimientos claros posee, más disminuye ese poder. Como ya hemos visto, no podemos, por ejemplo, mientras pensamos, imaginarnos que pensamos y no pensamos; lo mismo que, cuando conocemos la naturaleza del cuerpo, no podemos forjar la idea de una mosca infinita, y cuando conocemos la naturaleza del alma no podemos forjar la idea de un alma cuadrada, aunque podemos expresar cualquier cosa. Lo que suele ocurrir en un modo grave.

Ocurre que un hombre recuerda esta palabra alma y se hace alguna imagen corporal. Como ambas cosas se representan simultáneamente, cree fácilmente que imagina un alma corporal, pues no distingue la palabra de la cosa misma. Decimos,  no se apresuren a rechazarlo, y si no lo hacen, si consideran los ejemplos y también lo que sigue con alguna atención.

Nada en la naturaleza puede estar en oposición con sus leyes (aunque la mayoría nos sean desconocidas aún), todo acontece con acuerdo a sus leyes determinadas, para producir, según leyes determinadas, efectos determinados en un encadenamiento inexorable; se deduce que el alma, cuando concibe verdaderamente una cosa, debe desarrollar objetivamente sus efectos. En un principio de simplificación, adoptemos al alma como principio de pensamiento.

Si la cosa imaginada ( y como tal accesible al pensamiento ) es verdadera por su naturaleza, cuando el espíritu ( capacidad del alma en su esencia pensante ) se aplica  para conocerla, y para deducir, en el orden justo, lo que de ella se sigue, proseguirá con éxito y sin interrupción; como, en el caso de la idea imaginada falsamente, ya mencionada, hemos visto que el entendimiento muestra rápidamente su absurdo y las consecuencias absurdas que de ella se deducen.

No se pueden establecer relaciones univocas entre el sujeto y el predicado. Si esta relación existiera, veríamos cómo y por qué se produce una metamorfosis. Tampoco prestamos atención a la naturaleza del sujeto y del predicado. Además, con tal que una primera idea no fuera imaginada y que todas las otras se dedujeran de ella, la posibilidad de imaginar desaparecería poco a poco. Como una idea imaginada no puede ser clara y distinta, sino sólo confusa, y toda confusión proviene de que el espíritu conoce un todo o una cosa compuesta de muchas otras sólo en parte, no distingue lo conocido de lo desconocido; proviene, además, de que atiende a la vez a numerosos elementos contenidos en cada objeto sin distinguirlos en absoluto; de ahí resulta: Primero, que si una idea se refiere a una cosa muy simple, no podrá ser sino clara y distinta. Esta cosa, en efecto, no podrá ser conocida en parte, sino que lo será enteramente o no lo será. Segundo, que si una cosa compuesta de muchas partes es dividida mentalmente en todas sus partes más simples y se atiende a cada una de ellas tomada aparte se podrá dar cuenta que una ficción no puede ser simple; nace de la combinación de diversas ideas confusas que corresponden a cosas y a acciones diversas existentes en la Naturaleza; más aún, proviene de  que las atendemos  al  mismo  tiempo. Se observará que una ficción, considerada en sí misma, no difiere mucho de un sueño, salvo en que en el sueño faltan las cosas que, por medio de los sentidos, se ofrecen en la vigilia; de donde resulta la apariencia de que las imágenes no provienen en ese momento de cosas existentes fuera de él. El error consiste en soñar despierto; cuando es muy manifiesto, se le llama delirio.

 

esquizofrenia

Esta exposición tiene 350 años, y además de ayudarnos a aprender a pensar, en varias de sus reflexiones acerca de la esencia de los hombre suena a más actual que al actualidad de la ´poca en que escribimos esto. Gilles Deleuze y Felix Guatari en una agenciamiento de dos, en el Antiedipo y Mil mesetas, renombraron al delirio como esquizofrenia. Con cierta comprensible mayor claridad, y por lo tanto con más autoridad, de la que no se impone sino que se infiere desde la honestidad del camino del pensar, se colocan en frente a lo que hace frente, el infinito de los discursos que todo lo explican como antonomasia a lo que luego practican, coincidentes con el surgimiento del capitalismo y su última invención neoliberal.

Su praxis que deviene del mundo comercial, optimiza la utilidad de los menos, en desmedro de los más. Los menos, en número, se resguardan con arreglo a fines que nunca confesarán a costa de los más que les regalan su fuerza creativa y de trabajo, demasiadas veces su credulidad y la obediencia a los delirios con que se les miente, porque aprendieron que podían ser creídos.

Causa dolor la paradoja del dispositivo. Se promueve el incremento de la población para disponer de abundante mano de obra y por simple oferta y demanda, barata. Luego se les miente, se los engaña con discursos vacíos de contenido que hablan al revés de lo presente real y demasiadas gentes lo creen, o lo aceptan, como hecho de la naturaleza de la época en la que les toca vivir.  No hay cuenta de la artificialidad del dispositivo, entre perverso y lastimoso al verdadero espíritu de libertad que implica haber nacido sapiens, de la Naturaleza real que lo permitió. El dispositivo es anti-natura. Es un medio artificial inventado por delirantes para la exhaustiva dominación de otros delirantes  crédulos por necesidad, analfabetismo además promovido, miedo profundo al poder que ignoran pero fantasían, al dispositivo que ordena a unos y otros el delirio y la esquizofrenia. Lo que se percibe, aún irracional, es que surte efecto. El mejor de los mundos posibles, ojalá renaciera Leibnitz.

Tal vez podamos leerlo por lo positivo, si pudiera haber otro mundo posible mejor, lo habría. Pero como no lo hay, entonces es el mejor. Triste destino el de la especie, si solo se lo acepta.

Imaginamos, como un sueño que realiza algún deseo, que por alguna razón de supervivencia o cansancio, los hombres más, la mayoría, aprendieran a pensar y rebelarse contra la paradoja y la mentira fundada en el temor que mantiene el dispositivo vigente, para los menos y los más.

En todo caso, no hemos de buscar la forma esencial de un nuevo hombre en aquellas figuras que, como funcionarios principales de una predominante y tergiversada voluntad de poder, se sitúan en las cumbres de las diversas maneras de organización de la misma. Ese nuevo hombre no es un mago que haya de conducir a las mayorías a una felicidad paradisíaca en la tierra.

«El desierto crece: ¡ay de aquel que esconde desiertos!». ¿A quién va dirigida esa exclamación del «¡ay!»? Se refiere al  nuevo hombre que hace falta. El camino del nuevo hombre comienza con el ocaso del actual.

Aunque hemos de seguir con estas cuestiones dejamos para poderlo pensar: En la última y suprema instancia no hay otro ser que el querer. Querer es ser originario, y solamente a éste [es decir, al querer] corresponden todos los predicados del mismo [o sea, del ser originario]: carencia de fundamento, eternidad, independencia del tiempo, afirmación de sí mismo. La filosofía entera no aspira sino a encontrar esta expresión suprema.  Nietzsche, Obras póstumas.

 

 

 

 

 

 

 

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