heidegger

Lo que se oculta nos arrastra, y a la Naturaleza en su infinitud, es un misterio pleno de ocultamientos, con independencia de que demos (nos) cuenta o no inmediatamente, o nunca.

Cuando estamos bajo la corriente de lo que se sustrae al dar cuenta, estamos en distinto modo que las aves de paso se comportan con las corrientes a las que siguen,  mientras nosotros solo estamos en camino hacia lo que nos atrae, y nos atrae ocultándose. Así atraídos, estamos en el camino que lleva hacia lo que nos atrae, la esencia del hombre está marcada ya por ese <camino que nos lleva a..›. En el camino hacia lo que se oculta, apuntamos a lo que se nos retira. Somos nosotros en cuanto indicamos hacia allí, y  azarosamente, sino que ese «estar en camino hacia…» es en sí  una constante indicación de lo que se oculta.

Por eso estamos en vías de aprender a pensar, nos dice Heidegger.

Aprender implica (en cuanto pensamos como significado de un significante) poner el acto y la omisión en correspondencia con lo que en cada caso se da en lo más esencial. Según el tipo de eso esencial, según el ámbito del que procede su dotación, es diferente la manera de correspondencia y con ello la forma de aprender. Ahora bien, la dotación esencial del hombre, desde siempre, es el pensamiento.

Así, el camino se presenta hacia lo que podemos dar cuenta, aunque la cuenta sea lo oculto en el infinito de la Naturaleza. Esa naturaleza permitió la evolución de la especie hombre. La dotación diferencial del hombre como especie animal respecto del resto, es el pensamiento.

Y el pensamiento, piensa. Se trata de expresar en el lenguaje en cada lugar, el lenguaje que arbitrariamente los mismos hombres crearon para comunicar cosas, experiencias, peligros, prácticas, lo que hace frente en ese tiempo y espacio en el que  son y están, nombres, signos, palabras, y como puedan sus propios pensamientos.

Una  vez en la cuenta de ello, algunos piensan y se preguntan: ¿Qué es esto de poder pensar? ¿Si digo árbol (palabra, signo, símbolo) pienso en un árbol determinado por los que ya fueron identificados como objetos árboles, pero si digo pensamiento, en que pienso?.

¿Pensar acerca del pensamiento que piensa? ¿Habrá que aprender a pensar, como señala Heidegger?

No es una cuestión nueva en filosofía, mucho más remota que los intentos positivistas de la neurobiología actual que intenta reducir al pensamiento a ramificaciones de transmisiones de energía o de precursores químicos interneuronales, que nunca podrán explicar las cualidades esenciales de esa cuestión del pensar. En su intento no hacen más que repetir el fracaso reconocido por Freud en su Proyecto 11 Física del pensamiento .

¿Deseamos aprender a pensar?. Una respuesta positiva es la primera afirmación requerida, si damos cuenta que hay algo que imperativamente nos lleva a pensar, en una época grave en la que todavía no pensamos.

baruch Recordemos el objeto en Spinoza (Tratado de la reforma del entendimiento. editado póstumamente en 1677). El tratado quedó inconcluso, a despecho del deseo del autor de completarlo, debido a «la dificultad de la obra, a las profundas investigaciones y al infinito saber que requería». Frente a eso estamos, en una época grave, todavía.

A diferencia de Descartes, Spinoza es moralista y no físico. Las diversas ciencias  enumeradas al comienzo del Tratado de la reforma del entendimiento corresponden a la vida humana tal como él la concibe; no son, sin embargo, de primera necesidad: el hombre puede llegar a la libertad por la sola reflexión, con tal que sepa que nada en él ni fuera de él es ininteligible. Así, el ordenamiento, según la recta razón, de las cosas humanas, y la salvación del individuo, no exigen la constitución previa de una ciencia de la naturaleza considerada en la multiplicidad de sus modos, aunque elija no hacerlo.

Veamos la advertencia del propio Baruch, al inicio:

ADVERTENCIA AL LECTOR
 Este Tratado de la reforma del entendimiento, que le damos aquí inconcluso, benévolo lector, lo escribió su autor hace muchos años. Siempre alimentó la intención de concluirlo; pero impedido por otras ocupaciones y arrebatado finalmente por la muerte, no pudo llevar su obra al término deseado, Como contiene, no obstante, muchos cosas excelentes y útiles, que sin duda alguna serán de mucho provecho para el investigador sincero de la verdad, no hemos querido privarte de ellas; y para que no ignores y puedas perdonar las oscuridades,   rudezas e imperfecciones que aquí y allá se encuentran, hemos redactado esta advertencia. Adiós.

 

Por ahora reflexionamos, qué tipo humilde Baruch, tal como muchos de los grandes pensadores de cualquier época. ¿será que la falta de humildad denuncia al anafalbetismo y la gravedad de la época? ¿Será la soberbia, la imposición del poder, las ideas y los discursos un mecanismo de defensa a quedar al descubierto de la ignorancia? Por cierto por el momento son solo hipótesis, que esperamos poder descifrar en algún debido momento.

La experiencia enseña a quien desea aprender que cuanto ocurre frecuentemente en la vida ordinaria es vano y que carece de importancia o interés por su falta de fundamento; lo que es causa u objeto de temor no contiene en sí nada bueno ni malo, fuera del efecto que excita al alma: ¿Habrá algo que sea algo verdadero, posible de alcanzar y capaz de afectar el alma una vez rechazadas todas las demás cosas? ¿Un bien cuyo desocultamiento y posibilidad tengan por resultado un sosiego en alguna forma posible? Parece insensato renunciar a algo seguro por algo inseguro. Se derivan de lo cotidiano las ventajas que procuran el honor y la riqueza y cuya consecución debia abandonarse si se pretende seriamente a algo nuevo; si la felicidad máxima residiera en ellos (lo que parece pero no se asegura como seguro, sin pensar por un momento el precio a pagar por ello) , convendría renunciar a conseguirlas; y en el caso de que no la tuvieran, el apego a esas supuestas ventajas nos hará perder igualmente: tiempo y energía. Lo ser y poder hacer.

Se siente inquieta el alma por saber si acaso es posible instituir una  nueva, o cuando menos adquirir alguna certeza respecto de ello, sin cambiar el orden ni la conducta ordinaria de la vida. Pues lo más frecuente en la vida, lo que los hombres, según puede inferirse de sus acciones, consideran como el bien supremo, se reduce, en efecto, a estas tres cosas: riqueza, honor y placer sensual. Cada una distrae el espíritu de cualquier pensamiento relativo a otras posibilidades: en el  placer el alma queda en suspenso como si descansara en algo verdadero, que le impide en pensar en modo diferente,  propiamente; al puro supuesto placer suceden tristezas profunda, que, o suspende el pensamiento, o lo perturba y embrutece.

El orden natural nos requiere revisar los modos de percepción cotidianos para afirmar o negar con certeza, a fin de poder elegir el mejor camino y empezar al mismo tiempo a conocer la propia capacidad y  esencia de lo que ya somos en tanto homos sapiens.

Si se presta atención, lo que se puede hacer es reducir los modos de percepción a cuatro:

  • Existe una percepción adquirida de oídas o mediante algún signo convencional arbitrario, por ejemplo las opiniones.
  • Existe una percepción de experiencia vaga, es decir, por una experiencia que no está determinada por el entendimiento; se llama así porque, adquirida azarozay no contradicha, subsiste como inquebrantable.
  • Existe una percepción en que la esencia de una cosa se deriva de otra, pero no adecuadamente, como ocurre cuando de un efecto inferimos la causa, o bien cuando una conclusión se extrae de algún carácter general, ya apropiado.
  • Existe, como cuarta, una percepción en la cual la cosa es percibida por su sola esencia o por el conocimiento de su causa próxima.

Ejemplos. por oído conocemos el día que nacimos, de tales padres, y no dudamos de ello.  Por experiencia vaga sabemos que moriremos. También por experiencia vaga sabemos que el aceite es es apto para alimentar la llama, y que el agua lo es para apagarla; sabemos del mismo modo que el perro es un animal que ladra  y el hombre un animal racional; y así hemos aprendido casi todo lo que se refiere a los usos y abusos en la experiencia de la vida. Ahora, ¿cómo inferimos una cosa de otra? Cuando percibimos que sentimos este cuerpo propio y no otro, inferimos que es claro que el alma está unida a ese cuerpo y que esta reunión es causa de esa sensación; pero no por eso sabemos en qué consiste esta sensación de unión. Una  cosa es percibida por su sola esencia cuando, por el hecho mismo de que conozco algo, sé qué es conocer alguna cosa, o bien cuando, por el conocimiento que poseo de la esencia del alma, sé que está unida al cuerpo. A partir de ese conocimiento sabemos que dos y tres son cinco, y cuestiones parecidas. Sin embargo, son muy pocas las cosas que partiendo de la sensación misma, de cuyo efecto hemos inferido la causa, de la cual nada sabemos.

Tal conclusión, aunque cercanamente cierta, es poco segura, a menos que se tomen muchas precauciones. Si no se procede así, se caerá en el error; en efecto, cuando se conciben las cosas de este modo abstracto y no por su esencia  verdadera, la imaginación produce confusiones. Pues por la imaginación los hombres se representan lo uno como múltiple: a las cualidades concebidas abstracta, separada, confusamente, dan los nombres que emplean para  designar cosas más familiares, por lo cual las imaginan de la misma manera que aquellas a las cuales han aplicado primero esos nombres.

Para escoger ahora el mejor entre esos medios de percepción, es preciso numerar los medios necesarios para llegar al objeto de nuestro propio poder pensar las cosas:

  • Conocer nuestra naturaleza y poseer también un conocimiento suficiente de la naturaleza de las cosas.
  • Para inferir con ello rectamente las diferencias, las semejanzas y las oposiciones de las cosas.
  • Para concebir rectamente lo que se puede y lo que no se puede hacer con ellas.
  • A fin de comparar ese resultado con la naturaleza y la potencia del hombre. Con ello se verá hasta donde el hombre puede llegar.

En cuanto al primero, es evidente que de oídas, además de que este modo es muy incierto, no percibimos esencia alguna de la cosa. Como se ha señalado sólo podemos conocer la existencia singular de una cosa si conocemos su esencia, resulta que la certidumbre adquirida de oídas debe excluirse de las ciencias. Por simple audición, en efecto, sin un acto previo del entendimiento propio, nadie puede ser afectado.

En cuanto al segundo modo, tampoco se puede decir que sea la idea vaga tenga alguna medida Además esta forma es demasiado incierta y nunca definitiva, jamás se percibirá por experiencia vaga sino los accidentes de las cosas de la Naturaleza, de las que sólo tenemos idea clara si conocemos previamente las esencias.

Respecto del tercer modo, podemos decir que nos da la idea de una cosa y nos permite sacar conclusiones sin gran peligro de error; sin embargo, no es por sí mismo un medio para lograr nuestra esencia entre pensante y sensible.

Sólo el cuarto modo aprehende propiamente la esencia de una cosa sin peligro de error. Cómo emplearlo para lograr de las cosas desconocidas un conocimiento claro y cómo llegaremos a él más directamente, es lo que se intenta descifrar.

Es preciso dar cuenta que no se trata aquí de una búsqueda infinita: para hallar el mejor método de acceso a cierta verdad no necesitamos un método por el cual constituya una investigación, no necesitaremos un tercero, y así hasta el infinito; pues de este modo no llegaríamos jamás al conocimiento de la cierta verdad ni a conocimiento alguno. Sucede aquí lo mismo que con los instrumentos materiales, acerca de los cuales se originaría un razonamiento semejante. En efecto, trabajar el hierro requiere, un martillo, y para tener un martillo hay que previamente hacerse de uno, para eso se necesita un martillo y otros instrumentos; y para poseer estos instrumentos se requieren otros, más otros aún, y así hasta el infinito. Por eso algunas paradojas intentan probar, aunque vanamente, que los hombres carecen de poder para forjar el hierro. En realidad, los hombres han podido, con los instrumentos naturales, y con mucho trabajo e imperfectamente, aún facilísimas. Luego pasaron a otras más difíciles, con menos trabajo y con mejor realización más perfecta; y así, gradualmente, desde los trabajos más simples a los instrumentos, de éstos a otros trabajos y a otros instrumentos, llegaron, por un progreso constante, a ejecutar tantas y tan difíciles obras con poquísima dedicación. Aprendieron. También el entendimiento desde su fuerza nativa se forja instrumentos intelectuales por los cuales logra otras fuerzas para realizar otras obras intelectuales; de éstas extrae otros instrumentos, es decir, el poder de adelantar su investigación, y continúa así, progresando, hasta llegar a la sabiduría. Que así sucede para el enten- miento, será fácil verlo, con tal de que se comprenda en qué consiste el método de investigación de la verdad y cuáles son esos instrumentos naturales por cuya sola ayuda forja otros que le permiten avanzar. Para mostrarlo se procederá del siguiente modo:

La idea verdadera (pues tenemos una idea verdadera) es cosa distinta de aquello de lo cual ella es la idea: una cosa es el círculo y otra la idea del círculo. La idea del círculo no es un objeto con centro y periferia, como el círculo, y lo mismo, la idea de un cuerpo no es ese mismo cuerpo. Puesto que es distinta de aquello de que es la idea, será también en sí misma conocible; es decir, que la idea considerada en su esencia formal, puede ser objeto de otra esencia objetiva, y, a su vez, esta esencia objetiva, considerada en sí misma; será alguna cosa real  y conocible, y así indefinidamente.

Pedro, por ejemplo, es un objeto real; la idea verdadera de Pedro es la esencia objetiva de Pedro, que es también en sí misma cosa real y enteramente distinta de Pedro mismo. Dado, pues, que la idea de Pedro es alguna cosa real, con su peculiar esencia, será también el objeto de otra idea que contendrá objetivamente en sí todo lo que la idea de Pedro contiene formalmente; a su vez esta idea, cuyo objeto será la idea de la idea de Pedro, tendrá también su esencia, que igualmente podrá ser una nueva idea, y así indefinidamente.

Vale lo que cada uno puede experimentar al ver que si sabe lo que Pedro es, sabe que sabe, y también sabe que sabe que lo sabe, etc. Por eso, para conocer la esencia de Pedro no es necesario que el entendimiento conozca la idea misma de Pedro y menos aún la idea de la idea de Pedro; lo que quiere decir que para saber no necesito saber que sé, y menos aún saber que sé que sé; como para conocer la esencia del triángulo no es necesario conocer la del círculo. En estas ideas sucede lo contrario: para saber que sé es necesario que se sepa anteriormente. Síguese de ahí, evidentemente, que la certidumbre no es más que la esencia objetiva misma; es decir, que la manera como percibimos la esencia objetiva es la certeza misma. Por ello es también evidente que para poseer la certidumbre de la verdad no se requiere nada fuera de la posesión de la idea verdadera, pues para saber no se necesita saber que se sabe. De aquí resulta también que sólo se puede saber qué es la suprema certidumbre aquel que posea la idea adecuada o la esencia objetiva de una cosa; y ello es necesario porque certidumbre y esencia objetiva son lo mismo.

Puesto que la verdad no requiere signo alguno y basta poseer las esencias objetivas de las cosas o, lo que es lo mismo, las ideas de las cosas, para descartar toda duda, resulta que el verdadero método no consiste en buscar el signo por el cual se reconoce la verdad después de la adquisición de las ideas; el verdadero método es el camino por el cual la verdad misma, o las esencias objetivas de las cosas, o sus ideas (todos estos términos significan lo mismo) son buscadas en el orden debido. Por lo demás, el método debe necesariamente tratar del razonamiento y de la intelección; es decir, el método no es el razonamiento mismo por el cual conocemos las causas de las cosas, y menos aún el conocimiento de estas causas; consiste en comprender lo que es una idea verdadera, distinguirla de otras percepciones y estudiar su naturaleza, a fin de llegar a comprender nuestro poder de conocer y obligar a nuestro espíritu a conocer, según esta norma, todo lo que debe ser conocido; trazarle, además, a manera de auxiliares, reglas seguras que le ahorren caminos inútiles. Por consiguiente, el Método no es más que el conocimiento reflexivo o la idea de la idea; y como no hay idea de la idea si la idea no ha sido dada previamente, no habrá método si una idea no ha sido dada previamente. El buen método es, pues, el que muestra cómo el espíritu debe ser dirigido según la norma de la idea verdadera.

Gracias Baruch. Seguiremos tu lección.

 

 

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