68 Odio al estado IV. El capital humano

 

La teoría del capital humano.

Parece que el interés de esta teoría del capital humano radica en el hecho de que representa dos procesos; uno que puede nombrarse intromisión del análisis económico en un dominio hasta entonces inexplorado, y, segundo, a partir de ese adelanto, la posibilidad de reinterpretar en términos económicos y nada más que económicos todo un dominio que, hasta ahora, podía considerarse y de hecho se consideraba como no económico.

Una intromisión del análisis económico dentro de su propio dominio pero acerca de un punto en el que, justamente, estaba bloqueado o en suspenso. Los neoliberales norteamericanos, en efecto, dicen esto: si bien la economía política clásica siempre indicó que la producción de bienes dependía de tres factores -la tierra, el capital y el trabajo-, es extraño, no obstante, que el trabajo haya quedado inexplorado en su teoría. Fue la página en blanco en la que los economistas no escribieron nada.  la economía de Adam Smith comienza con una reflexión sobre el trabajo, en la medida en que la división  y su especificación constituyeron para Smith la clave sobre cuya base pudo erigir su análisis económico.

Más acá de Smith,  desde ese momento, la economía política clásica jamás analizó el trabajo mismo, o mejor dicho, se dedicó a neutralizarlo sin cesar, y lo neutralizó mediante su reducción exclusiva al factor tiempo. Así lo hizo Ricardo cuando, con la intención de analizar lo que era el aumento del factor trabajo, definió ese aumento de una manera cuantitativa y de acuerdo con la variable temporal. Consideró que el aumento del trabajo o el cambio, el crecimiento del factor trabajo, no podía ser otra cosa que la presencia en el mercado de una cantidad adicional de trabajadores, o sea, la posibilidad de utilizar más horas de trabajo puestas así a disposición del capital.

Neutralización, por consiguiente, de la esencia misma del trabajo, en relación con una  sola variable cuantitativa: las horas trabajadas y el tiempo de trabajo, y de esa reducción ricardiana del problema del trabajo al mero análisis de la variable cuantitativa del tiempo, que en desde su raíz la la economía clásica nunca salió.

Con Keynes, luego, encontramos como un no análisis análisis del trabajo que no es tan diferente, no es mucho más elaborado que el no análisis de Ricardo; en efecto, ¿qué es el trabajo para Keynes? Un factor de producción, un factor productor, pero que en sí mismo es pasivo y sólo encuentra utilización, actividad, actualidad, gracias a determinada tasa de inversión, con la condición de que ésta, como es obvio, sea bastante elevada.

El problema de los neoliberales, tratan de reintroducir el trabajo dentro del campo del análisis económico; y eso es lo que procuraron hacer unos cuantos de ellos: en primer lugar, Theodore Schultz, quien, durante las décadas de 1950 y 1960, publicó una serie de artículos cuyo balance figura en un libro publicado en 1971 y titulado Investment in Human CapitaL Más o menos en los mismos años, Gary Becker publicó un libro con el mismo título y además tenemos un tercer texto que es bastante fundamental y .más concreto, más preciso que los otros, de Mincer sobre la escuela y el salario, publicado en 1975.

En la práctica, los neoliberales difieren con Marx quizá por esnobismo económico, no importa. Pero si hicieran el esfuerzo de discutir con él, se vería muy bien lo que podrían decir a propósito ele su análisis. Dirán: es muy cierto que Marx convierte al trabajo en el elemento principal, uno de los elementos esenciales de su análisis. Pero ¿qué hace cuando analiza el trabajo? ¿Muestra que el obrero vende qué? No su trabajo, sino su fuerza de trabajo. Vende su fuerza de trabajo por cierto tiempo, y lo hace contra un salario establecido sobre la base de determinada situación de mercado que corresponde al equilibrio entre la oferta y la demanda de fuerza de trabajo. Y el trabajo hecho por el obrero es un trabajo que crea un valor, una parte del cual le es arrebatada. En ese proceso, como es sabido, Marx ve la mecánica o la lógica misma del capitalismo. ¿Y en qué consiste esa lógica? En lo siguiente: el trabajo, por todo eso, es “abstracto'”, es decir que el trabajo concreto transformado en fuerza de trabajo, medido por el tiempo, colocado en el mercado y retribuido como salario, no es el trabajo concreto; es un trabajo que, por el contrario, está amputado de toda su realidad humana, todas sus variables cualitativas, y justamente -eso es, en efecto, lo que muestra Marx­ la mecánica económica del capitalismo, la lógica del capital, sólo retiene del trabajo la fuerza y el tiempo. Hace de él un producto de mercado y sólo rescata los efectos del valor producido. Bueno, lo que les es conveniente.

Para Marx, dicen los neoliberales -y éste es el punto preciso en que su análisis se separaría de la crítica de Marx-, ¿quién tiene la culpa de esa “abstracción”? .   Respuesta: El propio capitalismo. Es culpa de la lógica del capital y de su realidad histórica. Los neoliberales, por su parte, dicen: esta abstracción del trabajo que sólo aparece efectivamente a través de la variable del tiempo no es obra del capitalismo real, sino de la teoría económica que se ha elaborado sobre la producción capitalista. La abstracción no procede de la mecánica real de los procesos económicos, procede de la manera como se ha reflexionado sobre ella en la economía clásica. Y justamente porque la economía clásica no ha sido capaz de hacerse cargo de ese análisis del trabajo en su especificación concreta y sus modulaciones cualitativas, porque dejó esa página en blanco, esa laguna,  en su teoría, se precipitó sobre el trabajo toda una filosofía, toda una antropología, toda una política cuyo representante es precisamente Marx. Por consiguiente, lo que debe hacerse no es en absoluto prolongar la crítica en cierto modo realista de Marx cuando reprocha al capitalismo real haber abstraído la realidad del trabajo; hay que llevar adelante una crítica teórica sobre la manera como, en el discurso económico, el trabajo mismo fue objeto de una abstracción. Y si los economistas ven el trabajo de una manera tan abstracta, si dejan escapar su especificación, sus modulaciones cualitativas y los efectos económicos de éstas, lo hacen, en el fondo, porque los economistas clásicos nunca contemplan el objeto de la economía en otros términos que los del proceso, el capital, la inversión, la máquina, el producto, etc.

En la práctica, desde Adam Smith hasta principios del siglo XX, el análisis económico se atribuyó como objeto el estudio de los mecanismos de producción, los mecanismos de intercambio y los hechos de consumo dentro de una estructura social dada, y las interferencias entre esos tres mecanismos. Para los neoliberales, el análisis económico no debe consistir en el estudio de esos mecanismos, sino en el de la naturaleza y las. consecuencias de lo que ellos llaman decisiones sustituibles:  el estudio y el análisis del modo de asignación de recursos escasos a fines que son antagónicos, o sea, fines alternativos, que no deben superponerse unos a otros. Los recursos son escasos por lo tanto es necesario elegir, y el punto de partida y el marco general de referencia del análisis económico debe ser el estudio del modo como los individuos asignan esos recursos escasos a fines que son excluyentes entre sí.

Así coinciden, o mejor , llevan a la práctica, una definición del objeto económico que fue propuesta hacia 1930 o 1932, por Robbins, quien, al menos desde ese punto de vista, puede considerarse también como uno de los fundadores de la doctrina económica neoliberal: “La economía es la ciencia del comportamiento humano, la ciencia del comportamiento humano como una relación entre fines y medios escasos que tienen usos que se excluyen mutuamente”. Esta definición de la economía no le propone como tarea el análisis de un mecanismo relacional entre cosas o procesos, del estilo del capital. la inversión, la producción, en el que el trabajo está insertado hasta cierto punto sólo como engranaje; le asigna la tarea de analizar un comportamiento humano y su racionalidad interna, creando un sesgo respecto de la antropología, sociología y psicología e las cuales ya eran objeto de sus dominios. Visto desde afuera la forma de pensar de de los economistas necesitaba meterse por afuera en campos que le eran ajenos, por cierto con arreglo a fines.

¿Qué querrá decir hacer el análisis económico del trabajo? ¿Qué querrá decir reintroducir el trabajo en el análisis económico? No quiere decir saber dónde se sitúa el trabajo entre, digamos, el capital y la producción. El problema de la reintroducción del trabajo en el campo del análisis económico no consiste en preguntarse a cuánto se lo compra, qué produce esto desde un punto de vista técnico o cuál es el valor agregado por el trabajo. El problema fundamental, esencial o primario que se planteará cuando se pretenda hacer el análisis del trabajo en términos económicos será saber cómo utiliza el trabajador los recursos de que dispone. Es decir que, para introducir el trabajo en el campo del análisis económico, habrá que situarse en la perspectiva de quien trabaja; habrá que estudiar el trabajo como conducta económica, como conducta económica practicada, puesta en acción, racionalizada, calculada por la persona misma que trabaja. ¿Qué significa trabajar para el que trabaja? ¿Y a qué sistema de decisiones, a qué sistema de racionalidad obedece esa actividad laboral? De golpe, a partir de esa grilla que proyecta sobre la actividad laboral un principio de racionalidad estratégica, podrá verse en qué sentido y cómo las diferencias cualitativas de trabajo pueden tener un efecto de tipo económico. Situarse, entonces, en el punto de vista del trabajador y hacer, por primera vez, que éste sea en el análisis económico no un objeto, el objeto de una oferta y una demanda bajo la forma de fuerza de trabajo, sino un sujeto económico activo.

Schultz, Becker, dicen: en el fondo, ¿por qué trabaja la gente? Trabaja para contar con un salario. Ahora bien, ¿qué es un salario? Un salario es simplemente un ingreso. Desde el punto de vista del trabajador, el salario no es el precio de venta de su fuerza de trabajo, es un ingreso. Y en este punto, entonces, los neoliberales norteamericanos se refieren a la vieja definición, de comienzos del siglo XX, de Irving Fisher, que decía: ¿qué es un ingreso? ¿Cómo se lo puede definir? Un ingreso es sencillamente el producto o rendimiento de un capital. Y a la inversa, se denominará “capital” a todo lo que pueda ser, de una manera u otra, fuente de ingresos futuros. Por consiguiente, sobre esa base, si se admite que el salario es un ingreso, el salario es por lo tanto la renta de un capital. Ahora bien, ¿qué es el capital cuya renta es el salario?

Es el conjunto de los factores físicos, psicológicos, que otorgan a alguien la capacidad de ganar tal o cual salario, de modo que, visto desde el lado del trabajador, el trabajo no es una mercancía reducida por abstracción a la fuerza de trabajo y el tiempo durante el cual se lo utiliza. Descompuesto desde la perspectiva del trabajador en términos económicos, el trabajo comporta un capital, es decir, una aptitud, una idoneidad, como suelen decir, es una “máquina”. Y por otro lado es un ingreso, un salario.

Recordemos, los mercados como modelo regulatorio fueron adoptados por los estados. Luego de la economía clásica, menos verborrágica en cuanto a los trabajadores que trabajan que el discurso neoliberal, descubre que el trabajo es un capital, una “maquina” que genera además de las ganancias del capital, los ingresos de un trabajador cuyo capital agregado es su aptitud e idoneidad. Es de notar la intromisión, desde el acto concreto de trabajar para poder vivir y con ello seguir trabajando, porque no nacieron de padres millonarios, son ahora objeto de análisis que ya se olfatea la intromisión.

Esta descomposición del trabajo en capital y renta induce cierta cantidad de consecuencias importantes. Primero, se cae en le cuenta que el capital definido como lo que hace posible una renta futura -renta que es el salario- es un capital en la práctica indisociable de su poseedor. Y en esa medida no es un capital como los demás. La aptitud de trabajar, la idoneidad, el poder hacer algo: todo esto no puede separarse de quien es idóneo y puede hacer ese algo. La idoneidad del trabajador es en verdad una máquina, pero una máquina que no se puede separar del trabajador mismo, lo cual no quiere decir exactamente, como lo decía por tradición la crítica económica, sociológica o psicológica, que el capitalismo transforma al trabajador en máquina y lo aliena. Es necesario considerar que la idoneidad que contiene la carne con el trabajador es, de alguna manera, el aspecto en que éste es una máquina, una máquina entendida en el sentido positivo (tangible), pues va a producir  flujos de ingresos. Flujos de ingresos y no ingresos, justamente porque, en cieno modo, la máquina constituida por la idoneidad del trabajador no se vende de manera puntual en el mercado de trabajo a cambio de un salario determinado. De hecho, esa máquina tiene su vida útil, su período de utilidad, Su obsolescencia, su envejecimiento. De modo que es preciso considerar que la máquina constituida por la idoneidad del trabajador, la máquina constituida por idoneidad y trabajador ligados entre sí, será remunerada durante un período mediante una serie de salarios que, para tomar el caso más simple, comenzarán por ser relativamente bajos cuando la máquina empiece a utilizarse, luego aumentarán y terminarán por bajar con la obsolescencia de .la máquina misma o el envejecimiento del trabajador en la medida en que es una máquina. Es necesario, en consecuencia, considerar el conjunto como un complejo máquina/flujo, dicen los neoeconomistas -todo esto está en Schultz-, y como ven, nos encontramos en las antípodas de una concepción de la fuerza de trabajo que deba venderse según el precio de mercado a un capital que esté invertido en una empresa. No es una concepción de la fuerza de trabajo, es una concepción del capital-idoneidad que recibe, en función de diversas variables, cierta renta que es un salario, una renta-salario, de manera que es el propio trabajador quien aparece como si fuera una especie de empresa para sí mismo. Podrán advertir que aquí tenemos, llevado al extremo, el element , la idea de que el análisis económico debe reencontrar como elemento de base de esos desciframientos no tanto al individuo, no tanto procesos o mecanismos, sino empresas. Una economía hecha de unidades-empresas, una sociedad hecha de unidades-empresas: éste es a la vez el principio de desciframiento ligado al liberalismo y su programación para la racionalización de una sociedad y una economía.

Va quedando claro, que de filosofía, ni hablar. Racionalizar la economía, buen0, a pesar de la ruleta de la realidad, pero ya creer que racionalizar una sociedad, hay un equívoco grande que se lleva por delante la esencia propia de los hombres que la forman.

El  neoliberalismo aparece en esas condiciones como el retorno al homo oeconomicus. Es  un desplazamiento considerable, porque ¿qué es ese hombre económico en la concepción clásica del homo oeconomicus. Pues bien, es el hombre del intercambio, el socio, uno de los dos socios en el proceso de intercambio. Y este homo oeconomicus socio del intercambio implica, claro está, un análisis de su esencia, una desintegración de sus comportamientos y maneras de actuar en términos de utilidad que se refieren, por supuesto, a una problemática de las necesidades, ya que a partir de éstas podrá caracterizarse o definirse, o en todo caso podrá fundarse, una utilidad que introducirá el proceso de intercambio. Homo oeconomicus como socio del intercambio, teoría de la utilidad a partir de una problemática de las necesidades: esto caracteriza la concepción clásica del horno oeconomicus.

En el neoliberalismo -que no lo oculta, lo proclama- también se vá a a encontrar una teoría del homo oeconomicus, pero en él éste no es en absoluto un socio del intercambio. El homo oeconomicus es un empresario, y un empresario de sí mismo. Y esto es tan cierto que, en la práctica, va a ser d objetivo de todos los análisis que hacen los neoliberales: sustituir en todo momento el homo oeconomicus socio del intercambio por un homo oeconomicus empresario de sí mismo, que es su propio capital, su propio productor, la fuente de sus ingresos. En Gary Becker encontrarán toda una teoría muy interesante del consumo. Él dice: de ninguna manera hay que creer que, en un proceso de intercambio, el consumo sólo consiste en el hecho de que alguien compra y hace un intercambio monetario para obtener una cantidad de productos. El hombre del consumo no es uno de los términos el intercambio. En la medida en que consume, el hombre del consumo es un·productor. ¿Y qué produce? Pues bien, produce simplemente su propia satisfacción. Y el consumo debe considerarse como una actividad de empresa por la cual el individuo, precisamente sobre la base de un capital determinado el que dispone, producirá algo que va a ser su propia satisfacción. Por consiguiente, la teoría, el análisis clásico y cien veces reiterado de quien por un lado es consumidor, pero también. es productor, y en la medida en que es productor por un lado y consumidor por otro está de algún modo dividido con respecto a sí mismo, todos los análisis sociológicos (pues jamás han sido económicos) del consumo masivo, de la sociedad de consumo, etc., no se sostienen y no valen nada en comparación con lo que sería un análisis del consumo en los términos neoliberales de la actividad de producción. Hay, por lo tanto, un cambio completo en la concepción del homo oeconomicus, aun cuando haya en efecto un retorno a la idea de éste como plano de análisis de la actividad económica.

Se llega por ende a la idea de que el salario no es otra cosa que la remuneración, la renta afectada a cierto capital, un capital que va a calificarse de capital humano en cuanto, justamente, la idoneidad-máquina de la que constituye una renta no puede disociarse del individuo humano que es su portador.

Entonces, ¿de qué está compuesto ese capital? En este punto, la reintroducción del trabajo en el campo del análisis económico va a permitir pasar ahora al análisis económico de elementos que, hasta aquí, lo habían eludido por completo. Los neoliberales dicen: el trabajo formaba parte con toda legitimidad del análisis económico, pero el análisis económico clásico no era capaz de hacerse cargo de ese elemento del trabajo. Nosotros sí lo hacemos. Y desde que lo hacen?: lo hacen en los términos señalados, se ven en la necesidad de estudiar el modo de constitución y acumulación de ese capital humano, lo cual les permite efectuar análisis económicos de campos y dominios que son totalmente novedosos.

¿De qué está compuesto este capital humano? Pues bien, está compuesto, dicen, de algunos elementos innatos y otros adquiridos. Hablemos de los elementos innatos. Están los que podemos llamar hereditarios, y otros que son simplemente congénitos.

Diferencias que son obvias, claro está, para cualquiera que tenga lo más elemental de la biología. No se supone que hasta el momento se hayan hecho estudios sobre el problema de los elementos hereditarios del capital humano, pero se ve con mucha claridad cómo podría hacérselos, y sobre todo se advierte muy bien, a través de una serie de inquietudes, preocupaciones, problemas, etc., que está naciendo algo que podría ser interesante o inquietante. En efecto, en los análisis de esos neoliberales que apenas se separan de poder llamarlos como clásicos, en los análisis de Schultz o en los de Becker, por ejemplo, se dice claramente que la constitución del capital humano sólo tiene interés y resulta pertinente para los economistas en la medida en que ese capital se constituye gracias a la utilización de recursos escasos, y de recursos escasos cuyo uso es alternativo para un fin dado. Ahora bien, es muy evidente que no debemos pagar por tener el cuerpo que tenemos ni por nuestra constitución genética. No cuestan nada, habrá que ver.lo.. Y es fácil imaginar que algo así pueda suceder (lo que hace os ahora aquí es apenas ciencia ficción; se trata de una especie de problemática que en nuestros días empieza a ser bastante común).

loselegidos

 

La genética actual muestra que una cantidad mucho más considerable de elementos de lo que podíamos imaginar hasta el momento está condicionada por el equipamiento genético que hemos recibido de nuestros ancestros. Y permite en particular establecer en cualquier individuo las probabilidades de contraer tal o cual cipo de enfermedad a una edad determinada, durante un período dado de su vida o de cualquier manera en cualquier momento de su vida. En otras palabras, uno de los intereses actuales de la aplicación de la genética a las poblaciones humanas radica en permitir reconocer a los individuos en riesgo y el tipo de riesgo que corren a lo largo de toda su existencia. Se puede pensar: por ahora no se puede hacer nada, nuestros padres nos hicieron así y punto. Sí, desde luego, pero desde el momento en que se puede establecer cuáles son los individuos en riesgo y cuáles son las probabilidades de que la unión de individuos en riesgo produzca una persona que ha de tener tal o cual característica con respecto al riesgo del que será portadora, se puede imaginar perfectamente lo siguiente: las buenas constituciones genéticas -es decir, las capaces de producir individuos de bajo riesgo o cuya tasa de riesgo no sea perjudicial para ellos mismos, para su entorno o para la sociedad- se van a convenir, sin lugar a dudas, en algo escaso, y en la medida en que sean algo escaso podrán resueltamente entrar, y es lógico que entren, en circuitos o cálculos económicos, es decir, en decisiones alternativas. Más claramente esto querrá decir que, dada mi constitución genética, si deseo tener un descendiente cuya constitución sea por lo menos tan buena como la mía o mejor, en la medida de lo posible, deberé además procurar casarme con alguien cuya constitución genérica también sea buena. Se advierte claramente que el mecanismo de producción de los individuos, la producción de niños, puede encontrar toda una problemática económica y social a partir de la cuestión de la escasez de buenas constituciones genéticas. Y si uno quiere tener un hijo cuyo capital humano sea elevado, entendido. simplemente en términos de elementos innatos y elementos adquiridos, necesitará hacer una completa inversión, vale decir, haber trabajado lo suficiente, tener ingresos suficientes, tener un estatus social tal que le permita tener por cónyuge o coproductor en ese futuro capital humano a alguien cuyo capital propio sea importante. En última instancia, no se trata en absoluto de una broma; es simplemente una forma de pensamiento o una problemática que en la actualidad se encuentra en estado de emulsión.

Si el problema de la genética suscita en nuestros días tanta inquietud, no creo que sea útil o interesante recodificar esa inquietud con respecto a ella en los términos tradicionales del racismo. Si se quiere captar lo que hay de políticamente pertinente en el desarrollo actual de la genética, habrá que procurar aprehender sus implicaciones en el nivel mismo de la actualidad, con las problemáticas reales que la situación plantea. Y cuando una sociedad se plantea el problema de la mejora del capital humano en general, no podrá dejar. de encarar, o en todo caso, exigir la cuestión del control, el filtro, el mejoramiento del capital humano ele los individuos, en función, claro, de las uniones y procreaciones que resulten. Y en consecuencia, el problema político de la utilización de la genética se formula entonces en términos de constitución, crecimiento, acumulación y mejora del capital humano.

Los efectos racistas de la genética, por decirlo de algún modo, son por cierto algo que debemos temer y que distan de haberse enjugado. Parece que ésa es la gran apuesta política de la actualidad.

Nos disgusta, a este momento, tener que pensarlo de esta manera. Un programa neoliberal inmerso en campos que no le competen, y además adoptado por gobernantes como política de acción, en el sentido de lo expuesto, promueven una selección para el trabajo de elementos que ellos ya aplican. Parece algo así como el renacimiento de las castas. Y demasiadas veces se siente de esa manera. Gobernar estados, con las consignas neoliberales, es solo para los genéticamente favorecidos. Los desfavorecidos, lamentablemente para ellos mismos, es una fuerza mayor genética o hereditaria en la que el estado, hoy, no tiene responsabilidad. La casta de lo pobres no es culpa del neoliberalismo imperante, es culpa de los padres, de los padres de los padres, salvajes gauchos que para lo que mejor servían era para mandarlos a matar y morir en las guerras ridículas de este país, en su momento, a decir de Sarmiento en su Facundo.

La sensación, hasta ese momento es que nada ha cambiado. Los poderes siempre renovarán sus discursos alineados a los Hayek, Schumpeter, Schultz, Becker, Fukuyama, Friedman, más muchos otros que siempre encuentran teorías y explicaciones para la fuerza de gravedad que nos retorna a la filosofía.

Hoy dejamos aqu´, pero sorprenderá hasta donde la fantasía de estos explicadores de lo que es, llegan a fantasear usando las herramientas del lenguaje para interpretar lo interpretable y seguir inventando nuevas teorías de lo mismo.

Lo que terminamos de leer nos recuerda la Alemania nazi, y duele el recuerdo y la percepción que seguimos el mismo camino.

Seguirá….

 

 

 

 

Publicado por dosztal

Busco un pensar en nombre propio libre de las sujetaciones del mundo humano que ya hace frente

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