Foucault

 

No es ilegítimo, si se quiere, odiar al Estado. Digo, que lo que no debemos hacer es imaginarnos que describimos un proceso real, actual y que nos concierne, cuando denunciamos la estatización o la fascistización, el estableci­miento de una violencia estatal, etc. Todos los que participamos en la gran fobia al “Estado”, sepamos lo mejor posible que si se está siguiendo la corriente y que, en efecto, por doquier se anuncia desde hace años y años una disminución efectiva del Estado, de la estatización y de la gubernamentalidad estatizante y estatizada. De ninguna manera pretendemos que alguien se engañe sobre los méritos o deméritos del Estado cuando dice “está muy mal” o “está muy bien”. Decimos que no deberíamos engañarnos sobre la pertenencia Estado de un proceso de estatización que es exógeno y que refiere más a su disminución y su desmembramiento. Queremos decir  que no hay que engañarse acerca de la naturaleza del proceso histórico que en nuestros días hace que el Estado sea a la vez tan intolerable y tan problemático. Y por eso tenemos la intención de estudiar con un poco de detenimiento la organización de lo que podríamos llamar el modelo alemán y su difusión, teniendo en cuenta, por supuesto, que dicho modelo alemán, se resumirá no es el modelo tan frecuentemente descalificado, desterrado, insultado, haciendo asco del Estado bismarckiano en proceso de convertirse en hitleriano. El modelo alemán que forma parte de nuestra actualidad, que la estructura y la perfila en su recorte real, es la posibilidad de una gubernamentalidad neoliberal.

Y aquí estamos. En la plenitud del neoliberalismo originalmente construído desde la escuela alemana, en la Universidad de Friburgo y la escuela de economía austríaca con Hayeck entre otros, que fuera pensado como alternativa a la crisis post Primera Guerra Mundial, y reafirmado con la llegada de los modelos nazi-fascistas desde 1920 en adelante en Europa, además claramente diferenciado del ya estatuído formato marx-socialista en Rusia.

Lo que se denomina “mercado”, es en todo anterior a toda forma de gobernabilidad. Mercado, en economía, es un conjunto de transacciones de procesos o intercambio de bienes o servicios entre individuos. El mercado no hace referencia directa al lucro o a las empresas, sino simplemente al acuerdo mutuo en el marco de las transacciones. Viene desde el fondo de la historia desde el trueque original, a la invención del dinero y una serie de regulaciones que se fueron estableciendo desde casi siempre desde las sociedades más primarias de los hombres. Por lo tanto muy anterior a lo que pensamos como “Estado” desde la modernidad.

Claramente, acerca del mercado, en el sentido más general del término, tal como funcionó en el Medioevo y en los siglos XVI y XVII, podemos decir en pocas palabras que era esen­cialmente un lugar de justicia. En varios sentidos. Ante todo era un lugar, desde luego, investido de una reglamentación extremadamente abundante y estricta: reglamentación en cuanto los objetos que debían llevarse a los mercados, al tipo de fabricación de esos objetos, al origen de los productos, a los derechos que había que pagar, a los procedimientos mismos de venta, a los precios fijados. Por lo tanto, lugar cargado de reglamentación: eso era el mercado.

También un lugar de justicia en el sentido de que tanto teóricos como prácticos consideraban que el precio de venta fijado en el mercado era un precio justo o, en todo caso, debía serlo, es decir, uh precio que debía tener una relación determinada con el trabajo realizado, con las necesidades de los comerciantes y, por supuesto) con las necesidades y las posibilidades de los consumidores. Lugar de justicia a tal punto que el mercado debía ser un ámbito privilegiado de la justicia distributiva, porque, como bien lo saben, al menos para una serie de productos básicos como los productos alimenticios, mediante las reglas del mercado se disponía que, si no los más pobres, por lo menos algunos de los más pobres pudieran comprar cosas al igual que los más ricos. En tal sentido,entonces, ese mercado era un lugar de justicia distributiva. En fin, era un lugar de justicia en la medida en que lo que debía asegurarse esencialmente en el mercado, por el mercado o, mejor, por sus reglamentaciones, ¿qué era? ¿La verdad de los precios, como diríamos hoy en día? En absoluto. Lo que debía asegurarse era la ausencia de fraude. En otras palabras, la protección del com­prador. La reglamentación del mercado tenía entonces por meta, por un lado la distribución más justa posible de las mercancías, y además la ausencia de robos, la ausencia de delitos. Para decirlo de otro modo, en esa época el mercado era percibido, en el fondo, como un riesgo que acaso corría el comerciante, por una parte, pero seguramente también  el comprador, por otro. Y era necesario proteger al comprador contra el peligro constituido por una mala mercancía y el fraude de quién la vendía. Era preciso, por tanto, garantizar esa ausencia de fraude en cuanto a la naturaleza de los objetos, a su calidad, etc. El sistema de reglamentación, precio justo, sanción del fraude- hacía por consiguiente que el mercado fuera en esencia y funcionara realmente como un lugar de justicia, un lugar donde algo que era la justicia debía aparecer en el intercambio y formularse en el precio. Digamos que el mercado era un lugar de jurisdicción.

El programa ordoliberal que los alemanes formularon desde 1930 hasta la fundación y el desarrollo de la economía alemana contemporánea merecen un cierto modo de lectura. El ordoliberalismo, proyecta una economía de mercado competitiva, acompañada de un inter­vencionismo social que, en sí mismo, implica una renovación institucional en torno de la resignificación de la unidad “empresa” como agente económico fundamental. No tenemos simplemente la consecuencia lisa y llana y la proyección en una ideología, o en una teoría económica, o en una elec­ción política, desde las crisis sucesivas del capitalismo. Lo que vemos nacer es, por un período tal vez breve o tal vez un poco más largo, algo así como un nuevo arte de gobernar, o en todo caso contiene la  renovación del arte liberal de gobernar. Podemos aprehender la especificidad de este arte de gobernar, los objetivos históricos y políticos que se asigna, si los comparamos con Schumpeter.

En el fondo, esos economistas, trátese de Schumpeter, de Röpke, de Eucken, parten  del problema weberiano de la racionalidad y la irracionalidad de la sociedad capitalista. Schumpeter, como los ordoliberales, y éstos como Weber, creen que Marx, o en todo caso los marxistas, se equivocan al buscar el origen exclusivo y fundamental de esa racionalidad/irracionalidad de la sociedad capitalista en la lógica contradictoria del capital y su acumulación. Schumpeter y los ordoliberales consideran que no hay contradicción interna en la lógica del capital y su acumulación, y que, por consiguiente, desde un punto de vista econó­mico y sólo económico, el capitalismo es perfectamente viable.Tales son, a grandes rasgos, las tesis comunes a Schumpeter y los ordoliberales.

Y aquí empiezan las diferencias. Pues para Schumpeter, si bien es cierto que, en el plano del mero proceso económico, el capitalismo no es contradictorio en absoluto, y por ende, si bien en el capitalismo lo económico siempre es viable, en realidad, dice Schumpeter, histórica y concretamente, el capitalismo no puede disociarse de las tendencias monopólicas. Y esto no es por causa del proceso económico, sino por razones que son las consecuencias sociales del proceso de competencia, es decir, el hecho de que la organización misma de la competencia y su dinámica exijan necesariamente una organización cada vez más monopólica. De modo que para Schumpeter el fenómeno monopolístico es un fenómeno social, consecuente con respecto a la dinámica de la competencia, pero no inherente al proceso económico de esta misma. Hay una tendencia a la centralización, hay una tendencia a una incorporación de la economía a centros de decisión cada vez más próximos a la administración y el Estado.

Esa sería entonces la condena histórica del capitalismo. Pero no condena en términos de contradicción: condena en términos de fatalidad histórica. Para Schumpeter, el capitalismo no puede evitar esa concentración,es decir que no puede evitar que se produzca, dentro de su mismo desarrollo, una suerte de pasaje al socialismo, o sea -pues tal es la definición del socialismo para Schumpeter-, “un sistema en el cual una autoridad central va a poder controlar los medios de producción y la producción misma”. Ese tránsito al socialismo se inscribe por lo tanto en la necesidad histórica del capitalismo, no por un ilogismo  o una irracionalidad propia de su economía, sino a causa de la necesidad organizacional y social acarreada por un mercado competitivo. Se pasará entonces al socialismo desde luego con cierto costo político duro de pagar para Schumpeter pero, a su juicio, no absolutamente impagable, es decir, no del todo insoportable ni incorregible; vamos, por consiguiente hacia una sociedad socialista cuya estructura política, por supuesto, deberá ser objeto de una gran vigilancia y elaboración para evitar determinado precio que, en líneas generales, es el totalitarismo. Ese precio es evitable, aunque no sin esfuerzo.

Digamos que para Schumpeter la cosa no será graciosa, pero sucederá. Sucederá y, si se presta mucha atención, no será acaso tan mala como cabe imaginar.

Para responder a este análisis de Schumpeter -análisis del capitalismo y a la vez previsión histórico política-, a esa especie de pesimismo, o, en fin, lo que se ha denominado pesimismo de Schumpeter, los ordoliberales, de alguna manera, lo retoman y dicen: en primer lugar, no debe creerse que ese costo político que en opinión de Schumpeter habrá que pagar cuando estemos en un régimen socialista -en resumidas cuentas-, esa pérdida de libertad, si se quiere no ha de ser, como él supone, aceptable. ¿Y por qué no es aceptable? Porque, de hecho, no se plantean simplemente los inconvenientes asociados a una economía de tipo planificado. En realidad, una economía planificada no puede dejar de ser políticamente costosa, es decir, cobrarse el precio de la libertad. Y, por consiguiente, no hay ninguna corrección posible. Ningún dispositivo posible logrará soslayar lo que es la consecuencia política necesaria de la planificación, es decir, la pérdida de la libertad. ¿Y por qué esa pérdida de la libertad es inevitable en una planificación? Muy sencillo: porque la planificación implica una serie de errores económicos fundamentales que habrá que reparar constantemente. Ahora bien, ¿cómo se podrá evitar ese error de la planificación?.

Justamente, haciendo que esa tendencia que Schumpeter identificó en el capitalismo -y sobre la que luego vio con claridad que no era la del proceso económico sino la de sus consecuencias sociales, esa tendencia a la organización, la centralización, la absorción del proceso económico dentro del Estado, sea corregida, precisamente, por una intervención social. De ese modo, la intervención social, la Gesellschaftspolitik, el intervencionismo jurídico, la definición de un nuevo marco institucional de la economía protegida por una legislación propiamente formal como la del Rechtssta to el rule oflaw, per­mitirán anular, expulsar las tendencias centralizadoras que, en efecto, son inma­nentes a la sociedad capitalista y no a la lógica del capital: Esto permitirá entonces mantener la lógica del capital en su pureza y, por consiguiente, hacer funcionar un mercado verdaderamente competitivo que no corra el riesgo de caer en esos fenómenos monopólicos, esos fenómenos de concentración que han podido constatarse en la sociedad moderna. Y así podrán ajustarse una a otra una economía de tipo competitivo, tal como la definieron o en todo caso la problematizan los grandes teóricos de la economía de la competencia, y una práctica institucional cuya importancia mostraron los grandes trabajos. de los historiadores o los sociólo­gos de la economía; como Weber signó al Derecho, campo institucional definido por el carácter propiamente formal de las intervenciones del poder público y despliegue de una economía cuyo proceso se ajustará a la competencia pura: a grandes rasgos, ésa es en opinión de los ordoliberales la oportunidad actual del liberalismo.

Ahora bien, este análisis de los ordoliberales, este proyecto político, esta apuesta histórica ha sido muy importantes porque constituyen la base misma de la política alemana contemporánea. Y si bien es cierto que existe un modelo alemán que; como saben, asusta mucho que ese modelo no sea el que se invoca a menudo. El modelo alemán, el modelo que se difunde, no es el Estado de policía, es el Estado de derecho. Y si se expusieron todos estos análisis es para tratar de mostrar que ese modelo alemán pudo difun­dirse, por un lado, en la política económica contemporánea y, por otro, también en unos cuantos problemas, teóricos y utopías liberales como las que vemos desarrollarse en los Estados Unidos. las utopías liberales norteamericanas.

La cuestión del poder designa un marco de relaciones, la gubernamentabilidad, la manera de conducirla conducta de los hombres es precisamente la regulación de esas relaciones.

Los hombres somo siempre los mismos, aunque demasiados no lo piensen de esa manera y que forma parte de la gravedad de la época. Los mismos mecanismos que regulan los psiquiátricos, las escuelas, las fábricas, la policía y otras fuerzas armadas, no difieren en lo conceptual del ejercicio a otra escala del gobierno del Estado. Vamos a empezar por escribirlo en minúscula, el estado.

Toda la historia entera, acerca del advenimiento de la forma alemana ordoliberal,no es más que un preámbulo, un intento racional, que con algún buen resultado en los post Segunda Guerra Mundial, por exitosa, fue luego intentada en otros países. Sin embargo la adaptación de un modelo en cada caso no depende del modelo, sin de los quienes lo implementan. Es necesario un arte para ello, pero no todos advenimos artistas. Y siempre será esto parte de las diferencias.

Hay una razón que puede calificarse de moralidad crítica. Al considerar la recurrencia de los temas, podríamos decir que lo que se pone en cuestión hoy día, y a partir de horizontes tremadamente numerosos, es casi siempre el estado; el estado y su inmoralidad por la expectativa de crecimiento indefinido de su poder, el estado y su omnipresencia, el estado y su desarrollo burocrático, el estado con los gérmenes de fascismo que conlleva, el Estado y su violencia intrínseca debajo de su paternalismo providencial… Como el modelo cristiano, ya se expuso en otro lugar.

La idea de que el estado posee en sí mismo y en virtud de su propio dinamismo una especie de poder de expansión, una tendencia intrínseca a crecer, un imperialismo interno que lo empuja sin cesar a ganar en superficie, en extensión, en profundidad, en detalle, a tal punto y tan bien que llegaría a hacerse cargo por completo de lo que para él constituye a la vez su otro, su exterior, su blanco y su objeto, a saber, la sociedad civil (que feo suena, los participantes del estado no son civiles, y lo hacen sentir). El primer elemento que, en efecto, recorre toda esta temática general de la fobia al estado es ese poder intrínseco del estado con respecto a su objeto y blanco, que sería la sociedad civil (todos nosotros).

Tomado de Foucault quien diferencia y contrapone el estado a una sociedad civil, y está diciendo mucho con eso, duele lo implícito de un poder auto-arrogado por el estado sobre otros obedientes civiles. Ahora el estado como tal no existe, sino tipos que ocupan cargos oficiales en una organización, que además es temporal, y que el uso de modelos militarizados para lograr cierto grado de gubertamibilidad utilicen métodos autoritarios,  descifra no solo la ineficiencia de la organización, y sobre todos las que la ocupan, como bien propio, incluidos los gobernados obedientes. No es muy diferente de los modelos eclesiásticos, monárquicos, feudales, militares y autoritarios que recorren casi toda la historia.

Pensamos entonces que estos temas ponen en circulación cierto valor crítico, cierta moneda crítica que podría­mos calificar de inflacionaria. ¿Por qué inflacionaria?

Pensamos que esta temática que hace crecer, y con una velocidad que se acelera sin cesar, el carácter intercambiable de los análisis. Desde el momento, en efecto, en que se puede admitir que entre las distintas formas estatales existe esa continuidad o parentesco genético, y puesto que se puede atribuir al estado un dinamismo evolutivo constante, resulta posible no sólo apoyar los análisis unos sobre otros, sino remitirlos unos a otros y hacerles perder la especificidad que cada uno de ellos debería tener. En definitiva, un análisis, por ejemplo, de la seguridad social y del aparato administrativo sobre el que ésta se apoya nos va a remitir, a partir de algunos desplazamientos y gracias al juego con algunas palabras, al análisis de los campos de concen­tración y de la seguridad social que diluyen la espe­cificidad necesaria del análisis. Por lo tanto, hay inflación, en el sentido de que hay crecimiento de la intercambiabilidad de los análisis y pérdida de su especificidad, que aparece con un resultado con arreglo a fines, como un cuento de nunca acabar.

Esta crítica parece igualmente inflacionaria por una segunda razón. Y esa segunda razón es que permite practicar lo que podríamos llamar una descalificación general por lo peor, habida cuenta de que, sea cual fuere el objeto del análisis, sea cual fuere aún tenue, o exiguo del objeto del análisis, sea cual fuere el funcionamiento real del objeto del análisis, siempre se lo puede remitir, en nombre de un dinamismo intrínseco del estado y de las formas últimas que ese dinamismo puede asumir, a algo que va a ser lo peor; pues bien, se puede descalificar lo menos por lo más, lo mejor por lo peor. En líneas gene­rales, si se quiere, tomar el ejemplo de lo mejor, desde luego, pero para situarnos un poco imaginemos, que en un sistema como el nuestro, el ladrón de gallinas va a parar a los tribunales y recibe una condena un poco pesada; siempre encontraremos gente que dirá que esa condena es el signo de una fascistización del estado, como sí, mucho antes de cualquier estado fascista, no hubiera habido condenas de ese tipo, y mucho peores. Cuando verdaderos delincuentes se pasean por las calles y los restaurantes de moda.

Otro mecanismo inflacionario que caracteriza este tipo de análisis es: permiten evitar pagar el precio de lo real y lo actual, en la medida en que, en efecto, en nombre del dinamismo del estado, siempre se puede encontrar algo asf como un parentesco o un peligro, algo así como el gran fantasma del estado paranoico y devorador. En ese sentido, poco importa en definitiva qué influjo se tiene sobre lo real o qué perfil de actualidad presenta éste. Basta con encontrar, a través de la sospecha y de la “denuncia”, algo parecido al perfil fantasmático del estado para que ya no sea necesario analizar la actualidad. La supresión de la actualidad sería el tercer mecanismo inflacionario que encontramos en esta crítica.

Por último, esta crítica por el mecanismo del estado, esta crítica del dinamismo del estado, es inflacionaria en la medida en que no efectúa, a mi entender, su propia crítica ni su propio análisis. Es decir que no se busca saber de dónde viene realmente esa especie de sospecha antiestatal, esa fobia al estado que circula hoy en tantas formas diversas de nuestro pensamiento. Ahora bien, ese tipo de análisis -y es por eso que explayamos sobre el neoliberalismo de las décadas 1930-1950, esa crítica del Estado, esa crítica del dinamismo intrínseco y en apariencia irreprimible del estado, esa crítica de las for­mas estatales que encajan unas en otras, se llaman unas a otras, se apoyan unas en otras y se engendran de manera recíproca; la encontramos ya formulada de manera concreta, perfecta y muy clara en los años 1930-1945, esta vez con una localización bien precisa. En esa época no tenía la fuerza de circulación que tiene en nuestros días. Se la encontraba muy localizada dentro de las elecciones neoliberales que se formularon en ese momento. Esta crítica del Estado polimorfo, omnipresente, todopoderoso, la encontramos en esos años, cuando para el liberalismo o el neoliberalismo, o, más precisamente aún, para el ordoliberalismo alemán, se trataba a la vez de deslindarse de la crítica keynesiana, criticar las políticas, digamos, dirigistas e intervencionistas de tipo New Dea! o Frente Popular, criticar la economía y la política nacionalsocialistas, criticar las decisiones políticas y económicas de la Unión Soviética y, para terminar y de manera general, criticar el socialismo. Allí, en ese clima y, si tomamos las cosas en su forma más restringida o casi más mezquina, en esa escuela neoliberal alemana, hallarnos este análisis de los parentescos necesarios y de algún modo inevitables de las diferentes formas estatales y la idea de que el estado tiene en sí mismo una dinámica propia por la que jamás puede detenerse en su ampliación y en su cobertura de la totalidad de la sociedad civil.

Reacción de Ropke en junio-julio. de 1943, publicada en una revista suiza donde criticaba el plan Beveridge que acababa de difundirse en esos momentos, y en la que dice esto:

Como consecuencia de ese plan habrá cada vez más seguros sociales, cada vez más burocracia social, cada vez más confusión en los ingresos, cada vez más pegatina de estampillas y sellos, cada vez más aportes y contribuciones, cada vez más concentración de poder, ingreso nacional y responsabilidad en las manos del estado que, de todas maneras, abarca todo, reglamenta todo, concentra y controla todo con el único resultado cierto de ejercer sobre la sociedad una acción aún más centralizada, destructora. de la clase media, una acción de proletarización y estatización.

[El ejemplo del New Deal, y otros como el ejemplo inglés y, en particular, de los ejemplos de la política keynesiana de los grandes programas Beveridge puestos en práctica durante la guerra, similares a los neofascistas que criticaban]

Y exactamente en la misma época, en 1943, siempre como reacción a esos planes de la posguerra que los anglonorteamericanos, y sobre todo los ingleses, elaboraban en esos momentos, Hayek escribía en Inglaterra lo siguiente: “Estamos en peligro de correr la misma suerte que Alemania”. Y no lo decía a causa del riesgo de una invasión alemana, que en ese momento estaba conjurado, y de manera definitiva. Correr la misma suerte que Alemania era para Hayek, en 943, ingresar a un sistema Beveridge, un sistema de socialización, de econo­mía dirigida, de planificación, de seguridad social. Por otra parte, agregaba a modo de rectificación: no estamos exactamente cerca de la Alemania hitleriana, sino de la Alemania de la otra guerra. Como en ésta, se pretende “[conservar] con fines productivos la organización montada con vistas a la defensa nacional”.  Muchos se niegan a “reconocer que el ascenso del fascismo y el nazismo no ha sido una reacción contra las tendencias socialistas del período anterior, sino un resultado inevitable de esas mismas tendencias”. Por lo tanto, decía Hayek con referencia al plan Beveridge, estamos cerca de Alemania es verdad, decía, de la Alemania guillermina o en todo caso de la Alemania de la guerra de 1914, pero esa Alemania, con sus prácticas dirigistas, sus técnicas planificadoras, sus decisiones socialistas, es en realidad la que engendró el nazismo y, de aproximarnos a la Alemania de 1914-1918, nos aproximamos así mismo a la Alemania nazi: Los peligros de la invasión alemana distan de haberse disipado en forma definitiva. Los socialistas ingleses, el laborismo, el plan Beveridge: esos serán los verdaderos agentes de la nazificación de Inglaterra por complemento, crecimiento de la estatización. Como ven, entonces, todos estos temas son antiguos, están localizados, y los tomamos según su formulación de 1945.

Llega norteamérica. Bueno, trataremos de no explayarnos tanto ya que es bastante actual. Una economía y una sociedad hechas de unidades-empresas: éste es a la vez el principio de desciframiento ligado al liberalismo y su programación para la racionalización de una sociedad y una economía.

En algún sentido -y esto es lo que se dice tradicionalmente-, el neoliberalismo aparece en esas condiciones como el retorno al homo economicus. Es cierto, aunque verán que lo es con un desplazamiento considerable, porque ¿qué es ese hombre económico en la concepción clásica del homo economicus. Pues bien, es el hombre del intercambio, el socio, uno de los dos socios en el proceso de intercambio. Y este homo economicus socio del intercambio implica, claro está, un análisis de su esencia, una descomposición de sus com­portamientos y maneras de actuar en términos de utilidad que se refieren, por supuesto, a una problemática de las necesidades, ya que a partir de éstas podrá caracterizarse o definirse, o en todo caso podrá fundarse, una utilidad que intro­ducirá el proceso de intercambio. Homo economicus como socio del intercambio, teoría de la utilidad a partir de una problemática de las necesidades: esto caracteriza la concepción clásica del horno a!conomicus.

En el neoliberalismo -que no lo oculta, lo proclama- también vamos a encontrar una teoría del homo economicus, pero en él éste no es en absoluto un socio del intercambio. El homo economicus es un empresario, y un empresario de sí mismo. Y esto es tan cierto que, en la práctica, va a ser el objetivo.

Seguiríamos la historia que nos para en la flecha del tiempo hoy, y aquí. Es interesante saber que muchos estudiosos llegaron a describir la concepción económica desde los inicios para concluir en esa materia en la prosecución menos peor de las formas que convendría adoptar, para el mundo humano en su realización histórica,  ya superpoblado, ya pasadas las experiencias extravagantes experiencias que nos dejan proyectados en la actualidad, época grave en la que aún no pensamos.

Un estado, no existe, más que como construcción tan ficticia como las religiones. Un ansiolítico a la falta kantiana de dejarse llevar por la pesadez de decidir por uno mismo. Y hay aquí una paradoja, en las formas llamadas democráticas hoy, bien diferentes de su antepasada griega. El pueblo no asiste a un ágora y discute, hoy la gente cómodamente vota y unos tipos que no califican se ocupan de los asuntos de un estado que no existe sino en lo imaginario, por la sencillez de haber recolectado más votantes que otros, y una legislación vigente que nunca se actualiza de acuerdo a las necesidades sino que obedece, independientemente de su deber ser independiente, a los disvalores a conveniencia de los que asumieron ciertos cargos, temporales, en un estado que pura ilusión.

La economía requiere, según quien la imaginación de quién la exponga, de una low of order, un New Deal, que no son fórmulas académicas para expresar la obediencia necesaria de los más y la verdadera timba, ruleta, juego de azar, como se la quiera expresar que es la economía en sí.  Todos apuestan. Los que disponen de poder de decisión, como la de disponer en qué número cae la bolilla en una ruleta, a ganar o perder lo menos posible. y en esa timba, todo vale.

Por eso un estado es una ilusión, los afortunados que ganaron en el azar de una elección, luego inventarán nuevas lows of order, nuevos New Deals, total la mayoría seguirán apostando a perder lo menos posible porque ya saben que los están robando con arreglo a fines, siempre propios.

Se usa la mentira ampliamente difundida, por que todavía hay crédulos que se creen en los cuentos que les cuentan. Toda forma de influencia siempre es bienvenida por los astutos que ocupan cargos innecesarios en demasiados cargos del estado que no existe. Ya nadie agrega valor, sino es para el bolsillo propio. Esta se ha puesto feo.

La mediocridad intelectual de los políticos, su falta de valores y respeto, su ansia en ser creídos en discursos tan livianos, como impensadas, como explayando su ignorancia en todas las artes de la no gobernabilidad, en la historia y en la filosofía, denuncian su falta de idoneidad, su falta de calle y experiencia en carne viva de lo que es ser humano en una sociedad, no pretendemos que sean como Sócrates, pero sí al menos como César.

Estado policía, más controlador que los estalinistas, vigilante, chorro y buchón. Los que saben de lunfardo tienen mucho para agregar. Cambalache.

Esto da mucho para hablar y filosofar, sentimos que el espacio es corto, y el medioambiente  difícil, y cuesta filosofar cuando la urgencia prevale,  y la injusticia y el hambre. Odiamos estos estados, en todos los sentidos que se le otorguen a esa palabra.

 

 

Un comentario sobre “65 Odiar al Estado

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