El Eterno Retorno es formulable así:
El número de todos los átomos qué componen el mundo es, aunque desmesurado, finito, y sólo capaz como tal de un número finito (aunque desmesurado también) de permutaciones. En un tiempo infinito, el número de las permutaciones posibles debe ser alcanzado, y el universo tiene que repetirse. De nuevo nacerás de un vientre, de nuevo crecerá tu esqueleto, de nuevo arribará esta misma página a tus manos iguales, de nuevo cursarás todas las horas hasta la de tu muerte increíble. Tal es el orden habitual de aquel argumento, desde el preludio insípido hasta el enorme desenlace amenazador. Es común atribuirlo a Nietzsche.

LA DOCTRINA DE LOS CICLOS. Jorge Luis Borges. HISTORIA DE LA ETERNIDAD

JLB

Borges es inteligente. Se lanza desde un concepto: “Para nosotros, la última y firme realidad de las cosas es la materia— los electrones giratorios que recorren distancias estelares en la soledad de los átomos—”. Y hay que entenderlo.

Las cosas a las cosas, el lenguaje al lenguaje. Le damos nombre a las cosas, pero no por ello dejan de serlo. 1 La nueva cosmología.

No descreemos de la realidad y capacidad de las palabras y sus efectos, pero no por eso dejan de sorprendernos. hay una materialidad primera que las cuestiones del uso del lenguaje no pueden invalidar, aunque no sea lo Uno más popular y público.

En criollo sería: no me la cuentes, porque hay algo más cercano a las cosas que lo que se “cuenta”. Se cuenta en tanto que se relata, pero no cae en la cuenta que hay un trasfondo inefable que ES, por más que se relate de infinitas maneras, y que además el sustento que entre otras cosas hizo posible al hombre y su lenguaje. Después, y trataremos de entender porqué el lenguaje se hizo lenguaje del lenguaje y el mundo se volvió humano, demasiado humano, independizado en su modo de ser de un trasforno más original.

Dejaremos para otra ocasión la cuestión del SER, inicio del camino del pensar filosófico en nuestro Occidente, sino mejor, en este momento contrataremos el relato de lo eterno frente a la conceptualización de lo que es pensado desde la materialidad del espacio y el tiempo,y con ello nos referimos a Lo eterno y hoy. Entre filosofía y la nueva ilusión de la realidad.

Nietzshe Zaratustra Portada

“En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Friedrich Nietszche, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral.

Durante poco tiempo en el tiempo cósmico, el sol se helará y los hombres, antes que eso perecerán. Como ficción, luego de ese acontecimiento alguien podría llegar a fabular lo que pasó, pero no podría describir suficientemente cuán lastimoso, sombrío y caduco, estéril y arbitrario era el estado del intelecto humano. Hubo casi una eternidad en las que el hombre no existía; y cuando de nuevo se acabe todo no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto de breve historia no hay ninguna opción posterior más allá de la vida humana.

El intelecto, para la conservación de la vida humana, se despliega con potencia fingiendo, es el medio por el que sobreviven los individuos débiles y poco robustos, y que no pueden servirse, en la lucha por la existencia de la ferocidad y armas por medio de los cuales los animales si lo consiguen. Es entre los hombres que alcanza su máximo el arte la ficción; del disfraz, de la mimetización, de la mentira y del fraude, la murmuración, el falseamiento, el vivir de otros, la máscara, el convencionalismo que todo encubren. La actuación como puesta en escena frente a  los demás y ante uno mismo, revolotea siempre alrededor de la figura de la vanidad que es es  regla y ley, nada parece tan inconcebible como el que haya podido reinar  entre los hombres alguna tendencia sincera y pura hacia la verdad.

En un estado “natural” de cosas, el individuo, en la medida en pretende mantenerse frente y entre los demás, utiliza su inteligencia la mayor parte de las veces solamente para fingir, porque desea existir en sociedad y gregariamente, para lo necesita un tratado de paz y de acuerdo, trata, al menos, que desaparezca el hecho señalado en Hobbes (Leviatán) que “El hombre es un lobo para el hombre” y el de “la guerra de todos contra todos. En ese momento se establece lo que ha de ser “verdad”, es decir, se  inventa la designación de las cosas uniformemente validada y obligatoria, el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad, y tiene su origen la oposición entre verdad y mentira, que es una dialéctica del nunca acabar.

La “cosa en sí” (que sería la verdad pura) es inalcanzable y no es deseable para los inventores del lenguaje que solo designa las relaciones de las cosas con los hombres y para decirlas emplea las metáforas más audaces. ¡En primer lugar, un impulso nervioso extrapolado en una imagen! Primera metáfora. ¡La imagen transformada de nuevo en un sonido! Segunda metáfora.

Con la ayuda de Nietzsche hemos comprimido en 30  líneas el antes, durante y después del hombre, que nos coloca frente a las concepciones, demasiadas, con las que se ha despachado el intelecto respeto del tiempo y su eternidad.

En un pasaje de las Enéadas (de Plotino) se quiere interrogar y definir la naturaleza del tiempo, y afirma que es se necesita conocer antes a la eternidad, que —según todos saben (Platón)— es el modelo y arquetipo de aquél. Esa advertencia es tanto más grave
si la creemos honesta, aniquila cierta esperanza de entendernos con Plotino. El tiempo es un problema del hombre, exigente, acaso el más vital de la metafísica: la eternidad, un juego o una cansada esperanza. Se puede leer en el Timeo de Platón que el tiempo es una imagen móvil de la eternidad; y ello es apenas un acorde de una sinfonía que a ninguno distrae de la convicción de que la eternidad es una imagen hecha con sustancia de tiempo.

Hay demasiadas oscuridades cuando referimos al tiempo: misterio metafísico, natural, que debe preceder a la eternidad que es hija de los hombres, como tantas otras invenciones solo validadas por la credulidad.

Una de esas oscuridades, no la más ardua pero no la menos hermosa, es la que nos impide precisar la dirección del tiempo. Fluye del pasado hacia el futuro es la creencia más común, pero no es más ilógica la contraria. De hecho en la física, hasta Prigogine, se admitían tiempos negativos, hoy cero (0), después positivo (+), antes negativo (-). La teoría permitía extrapolar el pasado. Desde las formulaciones, conocido el estado actual, nada impedía aplicar al valor de tiempo negativos, que permitían conocer que debió haber ocurrido antes para llegar al conocido hoy, y además prececir cierto futuro.

Prigogine, modernamente, y desde la irreversibilidad de algunas transformaciones físico-químicas relaciona a su modo de pensar algunas cuestiones, que vienen al caso.

El tiempo exterior a la física es común a la mayoría de los hombres, Bergson, Einstein, Heidegger entre los que debieron usarlo en sus meditaciones y desarrollos. Volviendo al pensamiento filosófico occidental, Aristóteles dice que el el tiempo es el estudio del movimiento, desde la perspectiva de un antes y un después, es su número (Física). Ahora si nos preguntamos de donde viene esa perspectiva, del antes y del después, Aristóteles no da una respuesta, sino una suposición de la que tal ves sea el alma la que establezca tal operación.

Einstein se formula la misma pregunta: ¿Donde está el tiempo?. ¿Tal vez en la física?. Dice, no, no está en la física.

Tomando la pura concepción de la física el tiempo como reversible es una ilusión, y por lo tanto no es objeto de la ciencia. Bergson, Einstein, Hedegger coinciden, es demasiado complejo para ser objeto de la física.

Hay irreversibilidades en la Naturaleza. Se forman nuevas estructuras y organizaciones espaciales promovidas por la irreversilidad.  No se puede desde esta perspectiva volver atrás. En muchas disciplinas se retoma la importancia del tiempo, y se infiere que debería considerarse al tiempo como conductor del hombre y no al hombre como creador del tiempo, como por ejemplo la categoría de eternidad a la que referíamos como Borges, como invento intelectual. Sobreviven aún en las ciencias la controversia acerca que el observador, hombre consciente, crea el tiempo; mientras más cerca de nosotros el hombre formaría parte de la irreversibilidad, esencia constitutiva del Universo. Conviene pensar el Universo como evolución irreversible, y a las reversibilidades y continuidades como casos particulares.

Con esto nos estamos mezclando entre filosofía y ciencia en profundidades nunca resueltas entre los hombres que aún piensan. Ambas son creaciones del hombre, seguramente la primera permitió fundar la segunda. Y cada una dispone de su camino.

No mencionaremos, por principio de simplificación y además para no comprometer el tiempo del que disponemos para pensar las cuestiones teológicas, casi infinitas, acerca del tiempo y la eternidad, aunque sean ejemplo claro de hasta donde el poder de pensar hasta lo que no ocurrió ni va a ocurrir, porque la omniconciencia divina ya todo lo sabría. Esta ha encantado a demasiadas personas durante demasiado tiempo como para volver sobre ellas. Entendemos, a pesar de Leibnitz, que este no es el mejor de los mundos posibles, porque sino se hubieran distraído tantos siglos de fantasía e ilusión en las creaciones del lenguaje fantástico, hoy estaríamos más cerca de una nueva forma de hombre, que memorioso apartaría todo lo inservible ya histórico, como pasatiempo de la finitud que aqueja al las especies vivas.

Tampoco, al menos hoy, entraremos en el detalle de lo concreto que valida la concepción irreversible del tiempo, de la inexistencia de la eternidad sino como construcción fantástica de ciertos modos de inconsciencia que se realizan en sugestiones masivas y permitieron a la historia del ser humano ser como se supone que fue.

Todos tienen razón, por la tanto nadie la tiene.

No inventamos metáforas que agiten las sensaciones, no tenemos ya más tiempo para ello. Nos dirigimos, en el propio camino de aprender a pensar en nombre propio hacia las cosas más concretas, ya materiales, ya relatadas, que hacen frente en lo cotidiano de lo que  nos aparece hoy, justo hoy, aunque ya no sea más hoy, cunado lo terminemos de escribir.

Nacimos proyectados en un lugar geográfico y en una época, lo que no se puede negar. Las condiciones de borde ya estaban establecidas, e iniciamos nuestro tiempo de vida y experiencias desde ese momento. ¿Habremos hecho lo mejor para nosotros mismos y-o obedecimos las leyes y reglas ya instituidas, por la naturaleza y por las condiciones inventadas por los hombres desde antes?.

Posiblemente nunca lo sabremos, aunque el ansia de verdad nos impulse a entenderlo, al menos para no tropezar de nuevo con la misma piedra. Nos convoca la pretensión de no ser inocentes de nuestra fatalidad de hombres que quieren saber y trazar su propio camino más allá de lo ya establecido, al menos de los inventos que la historia humana hubo de prescribir con arreglo a fines de los que nadie habla, pero que se pueden inferir.

Estamos dotados de lo sapiens, memoria y la lógica mínima para no caer en la popularidad de lo que ofrecido como pasatiempos nos permitirían morir como si el tiempo de nuestra propia vida hubiera sido nada, salvo una molestia para los administradores de nos pagan el sueldo que siempre es demasiado, o los prestadores de la seguridad social que siempre pierden (bueno es lo que proclaman), para los curas que fracasan en lograr la sumisión de los que más puedan, para los que a través de los medios masivos quieren que compremos  sus productos o sus intelecciones, en aras a su supervivencia o arreglo a otros fines que no nos permiten adivinar. Y la lista podría seguir, tal como en los antecedentes preliminares ya fuera anunciado.

El epílogo de este soliloquio, demás está decirlo, por repetido, es que no nos sentimos en un lugar ni en la época en que pueda vivirse con cierta nobleza y honestidad (valores inexistentes en lo que ya hace frente) sin estorbar la vida de nadie, y como recompensa, que  no sea estorbada la nuestra, para llegar a ser lo que somos, conociéndonos a nosotros mismos, como indicaba el Oráculo de Delfos.

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