63 Entre filosofía e historia. Paul Valery

Es un signo de los tiempos, y no muy bueno, que hoy sea necesario -y no sólo necesario, sino incluso urgente- interesar a los espíritus en la suerte del Espíritu, es decir en su propia suerte.

Esta necesidad surge al menos en hombres de cierta edad (cierta edad es, desgraciadamente una edad demasiado cierta), en hombres de cierta edad que han conocido una época completamente diferente, que han vivido una vida completamente diferente, que han aceptado, sufrido, examinado los males y bienes de la existencia en un medio completamente diferente, en un mundo muy diferente.

Admiraron cosas que ya casi no se admiran; vieron vivas verdades que están casi muertas; especularon, en fin, acerca de valores cuyo descenso o derrumbe es tan claro, tan manifiesto y tan ruinoso para sus esperanzas y sus creencias, como el descenso o el derrumbe de los títulos y las monedas que consideraban, como todo el mundo, valores inquebrantables.

Asistieron a la bancarrota de la confianza que habían tenido en el espíritu, confianza que fue para ellos el fundamento y, de alguna manera, el postulado de su vida ¿pero qué espíritu, y qué entendían por esa palabra?…

Esa palabra es infinita, ya que evoca el origen y el valor de todas las demás. Pero los hombres de los que hablo le adjudicaban una significación particular: tal vez entendían por espíritu una actividad personal pero universal, actividad interior, actividad exterior -que da a la vida, a las fuerzas mismas de la vida, al mundo y a las reacciones que el mundo suscita en nosotros-, un sentido y un uso, una aplicación y una expansión del esfuerzo, o expansión de acción, muy diferentes de los que están adaptados al
funcionamiento normal de la vida ordinaria, a la mera conservación del individuo.

Paul Valery.La libertad del espíritu.

 

Aquiles y la tortuga

Nosotros, los de cierta edad, nos enfrentamos con una nueva cotidianidad, la de la caída y la bancarrota que de los valores de la vida; y por ese término «valor» se unen en una misma forma de usar la palabra que de por sí, además de la sola pronunciación conlleva varios sentidos al pensamiento, en este contexto bajo un mismo signo: los valores de según su uso material y los valores del orden de lo espiritual.

Decimos «valor» y es de eso de lo que esperamos confrontar; el acerca de lo que se pretende prestar atención.

El resaltado «valor», sin perder la articulación que nos propone Valery, dispone en cuanto palabra una multiplicidad de significados:

  • Al coraje, una virtud humana;
  • En la ética, al valor, un atributo de los objetos que representa su grado de importancia;
  • Al valor, también llamado luminosidad o luz, uno de los elementos del arte;
  • En axiología (del griego άξιος ‘valioso’ y λόγος ‘tratado o filosofía de los valores, es la rama de la filosofía que estudia la naturaleza de los valores y juicios valorativos), al valor, la cualidad de las acciones y las cosas que permite ponderar la bondad, maldad, belleza, fealdad de cada una;
  • En matemática, al valor, también llamado magnitud, la cifra o cantidad de algún dato o medida;
  • En informática, al valor, la secuencia de bits que se interpreta según algún tipo de datos;
  • En finanzas, al  valor, un documento con valor monetario;
  • En contabilidad, valor razonable.
  • Al valor económico, un concepto económico;
  • A la teoría del valor-trabajo, que considera que el valor de un bien o servicio depende directamente de la cantidad de trabajo que lleva incorporado;
  • En numismática, al valor de las monedas;

Hoy día estamos, como observadores y partícipes de lo cotidiano, en una verdadera y
enorme transmutación de valores (para utilizar la misma expresión de Nietzsche, aunque no con el resultado que él proponía), y considerando la «Libertad del Espíritu», simplemente para aludir a uno de los valores esenciales que en la hoy por hoy padece de la misma suerte que la de los valores materiales. Decimos «valor» y decimos que hay un valor llamado «espíritu», como hay un valor materia prima, jornada laboral o tipo de cambio, entre muchas de las formas económicas de medirlo.

Ya pensar en esa clase de valor hay una evaluación, cierto nivel de importancia y también conjeturas respecto del precio que se está dispuesto a pagar por este valor: el del  espíritu, esa actividad personal pero universal, actividad interior, actividad exterior -que da a la vida, a las fuerzas mismas de la vida, al mundo y a las reacciones que el mundo suscita en nosotros-, un sentido y un uso, una aplicación y una expansión del esfuerzo, o expansión de acción, que no pueden separarse del ejercicio del pensamiento y su expresión en algún lenguaje posible.

Puede haberse hecho una “inversión” en este valor; se la puede seguir, como en la Bolsa; se pueden observar sus fluctuaciones, como en cualquier cotización que representa la opinión general del mundo sobre él.

Entrecomillamos “inversión” ya que no pensamos cuando la escribimos en valor económico o cantidad de trabajo que conllevan las cosas del pensar (incluyendo la cuestión del pensar en el centro de lo expresado como espiritual), sino también en la de dar la vuelta hacia lo opuesto, fuera del orden económico pero sí posibilidad de las cosas que hacen al pensamiento en nombre propio.

Se publican en todos los medios cómo vienen compitiendo los valores aquí y allá. Hay entonces valores rivales. Por ejemplo: el poder político, que no siempre está de acuerdo con el valor espíritu, el valor seguridad social, y el valor organización del Estado. Socio-económicamente hay algo así como un ritmo especulativo de los valores.

Esos valores que suben y bajan constituyen el gran mercado de los asuntos materiales del hombre. Entre ellos,  aun evaluado erróneamente como material, el desfavorecido valor del espíritu casi siempre está en baja. El grado de valor es una medida de la confianza que puesta en él. (Esta subjetividad que es la confianza señala ya el modo del temor que nos es condición de ser aquí y ahora, de puro Dasein, que somos en términos de Heidegger, en tanto desconfianza).

Hay quienes depositaron todo, sus expectativas, sus economías de vida no solo material, las de su corazón y de su seguridad o confianza en algo o alguien, aunque no fuera más que él mismo.

Hay otros que las han calificado mediocremente. Para ellos, es una “inversión” (vale el opuesto) sin demasiado interés, se desentienden a medias de su consideración.

Hay otros que no se preocupan por ellas, que no pusieron su potencia vital en este asunto. Y por último, hay que aceptar, sin demasiado temor a equivocarse, que están quienes lo hacen descender lo más posible, posiblemente con arreglo a fines.

Estamos tomando prestado el lenguaje de la Bolsa. Suena claramente extraño, aplicado a las cosas que pensamos como la del espíritu de un hombre; pero es el paradigma hoy vigente y lo empleamos, y tal vez sea el que convenga para expresar relaciones de esta clase, pues la economía espiritual, como la economía material, cuando se las piensa, se resumen una y otra muy bien en un simple conflicto de evaluaciones. Sorprenden las analogías que aparecen, sin que fueran admitidas en absoluto, entre la vida del espíritu y sus manifestaciones, y la vida económica y las suyas. Una vez que se ha percibido esta similitud es casi, al menos, imposible no seguirla hasta el límite.

Se encontrará en esta noción de valor económico, que es esencial en los dos órdenes,
como lo es la noción de intercambio y la de oferta y demanda.

Es simple, se explica fácilmente; son términos que tienen sentido tanto sobre
el mercado interior (donde cada hombre pensante discute, negocia o transige con otros o consigo mismo) como en el mundo de los intereses materiales.

Este paralelismo sorprende a la reflexión del Uno, cotidiano; la analogía al menos puede aparecer como natural; y la razón sería: primero interviene el mismo tipo conceptual bajo los nombres de producción que son inseparables de los intercambios; pero, aún más, todo lo social resulta de las relaciones entre el quizá el número demasiado grande de los hombres pensantes (o más o menos pensantes), cada uno de los cuales es o convenientemente sería a la vez solidario con todos los demás, e indistinguible o inexistente en el interior de su número grande.

Puede verificarse tanto en el orden práctico como en el orden espiritual:  de un lado, el individuo, uno mismo solo; del otro, la cantidad indistinta de individuos y las cosas; la generalidad de esas relaciones no puede ser muy diferente, ya sean producción, intercambio o consumo de productos para el espíritu para la vida material.

Reencontramos generalmente el mismo asunto; entre un individuo y la cantidad anónima de otros en relaciones directas o indirectas; sobre todo indirectas, porque, en el mayor número de casos, se obliga indirectamente la imposición exterior tanto en materia económica como en las formas de poder pensar lo que en principio pertenecerían al mismo orden de cosas, desde su administración.

Lo material hoy vale algo, durante corto tiempo, porque está sujeto a fluctuaciones más lentas o rápidas, pero si continuas; lo mismo se observa con los valores en materia de gusto, doctrinas, formas discursivas, estilos, ideales, etc. Y claramente debemos diferenciar que en la economía de lo espiritual  hay no solo más fenómenos sino además más difíciles de definir, pues en general no son calculables y no están pre-establecidos, o mejor no deben estarlo.

La analogía que seguimos es en una forma silvestre de expresarlo, tiene que ver con la identidad. Así, cuando hablamos del pensar, se señala un aspecto y una propiedad de la vida primero individual y luego colectiva; y en ese aspecto, con atributo de propiedad tan reale como la riqueza material, y a veces tan precaria como ésta.

El comercio de las formas y contenidos del pensamiento es el primer comercio del mundo, el primero, el que ha comenzado, el que necesariamente es el inicial, pues antes de intercambiar cosas, es necesario que se intercambien signos, y por lo tanto es necesario que haya signos. No hay mercado, no hay intercambio sin lenguaje; el primer instrumento de todo tráfico es el lenguaje. Fue necesario que el lenguaje precediera al acto mismo del intercambio. Pero esa mención al lenguaje no es otra cosa que uno de los nombres más originales de lo que se ha llamado al pensamiento. Es el griego «logos» que quiere decir simultáneamente cálculo, razonamiento, palabra, discurso, conocimiento, y al mismo tiempo expresión.

La economía del pensamiento (mucho antes que Freud) precede pues al comercio de las palabras y las cosas. No sólo es lógicamente necesario que sea así, sino que también puede establecerse históricamente.

Las regiones del mundo que han conocido el comercio de cosas más desarrolladas, el más activo y más antiguamente establecido, son también las regiones donde la producción de los valores del logos, la producción de ideas, la producción de obras de arte han sido más precoces y más fecundas y más diversas. En  esas regiones, lo que se
llama libertad del pensamiento ha sido más ampliamente admitida, y no podía ser de otro modo. Las relaciones se vuelven más frecuentes, activas, numerosas entre los hombres, se dirimen las diferencias de comprensión. La conversación, incluso entre amos y esclavos, adquiere familiaridad y facilidad que no surge en las regiones donde las relaciones son mucho menos frecuentes; por ejemplo en Roma, el esclavo y su patrón mantenían relaciones totalmente familiares a pesar de la dureza, la disciplina y las atrocidades que podían ejercerse legalmente.

La libertad de pensamiento se ha desarrollado más en las regiones donde  se desarrollaba el comercio (y nos es difícil captar la relación). En cualquier época, sin excepción, una producción intensa de arte, de ideas, de valores del espíritu se revela en puntos culminantes para la actividad económica. Por ejemplo: la cuenca del Mediterráneo. Efectivamente es un lugar privilegiado, predestinado, como para que sobre sus márgenes, se estableciera uno de los comercios más activos. Es la región más templada del planeta, ofrece facilidades muy particulares para la navegación; baña tres zonas del mundo diferentes; y como consecuencia atrae a las más diversas razas; las pone en contacto, ya en armonía o en conflicto; las enciende, como también
a los intercambios de cualquier naturaleza. Tiene la la facilidad de que se puede llegar bien por vía terrestre siguiendo el litoral o bien atravesando el mar, de un punto a otro totalmente diferente de su contorno, y durante siglos ha sido el lugar de la mezcla y de los contrastes de diferentes familias, que mutuamente se enriquecieron con experiencias de todo orden. El mismo navío, la misma barca traían mercaderías y dioses; ideas y procedimientos. Cuántas cosas se desarrollaron en las costas del Mediterráneo, por contagio o por expansión. Así se constituyó ese tesoro al que nuestra cultura debe casi todo, al menos en sus orígenes; se puede decir que el Mediterráneo constituyó una verdadera máquina de fabricar de la civilización. Pero todo esto establecía necesariamente la libertad de pensamiento, estableciendo al mismo tiempo
intercambios.

Hay otro ejemplo.La línea del Rin, esta línea de agua que va desde Basilea hasta el mar, y donde la vida que se ha desarrollado sobre las costas de esta vía fluvial, desde los primeros siglos de esta era hasta la guerra de los Treinta Años (que vivan las religiones).

Todo un sistema de ciudades parecidas se asentó a lo largo del río, que juega el papel de un conductor como el Mediterráneo, y de un colector. Ya se trate de Estrasburgo, de Colonia o de otras ciudades hasta el mar, estos poblados se conforman en condiciones
análogas y presentan una similitud notable en su espíritu, sus instituciones, sus funciones y su actividad a la vez material e intelectual.

Son ciudades donde la prosperidad surge tempranamente; ciudades de comerciantes y de banqueros; su sistema, se extiende hacia el mar y se comunica al oeste con las ciudades industriales de Flandes y con los puertos hanseáticos hacia el nordeste. Allí, la riqueza material, la riqueza espiritual o intelectual y la libertad de las formas comunales, se instituyen, se consolidan, se fortifican de siglo en siglo. Son plazas financieramente potentes y son posiciones estratégicas para el espíritu. Encontramos una industria que requiere de técnicos a la vez que la banca exige diseñadores y diplomáticos de negocios, gente especialmente dedicada en una época donde los medios de intercambio y de circulación eran muy poco prácticos; pero también descubrimos vitalidad artística, curiosidad erudita, producción de pintura, de música, de literatura -en suma, una creación y una circulación de valores totalmente paralela a la actividad económica de los mismos centros. Se inventa la imprenta; desde allí se propaga por el mundo.

Lo que denominamos la Edad Media se transformó en mundo moderno por la acción de los intercambios -acción que lleva al punto más alto la actividad del pensamiento-. No porque la Edad Media haya sido un período oscuro, como se ha dicho. Están sus testigos de piedra. Pero esos trabajos, las construcciones de catedrales, obras incomparables
que levantaron sus arquitectos, franceses sobre todo, son para nosotros verdaderos enigmas si nos preguntamos sobre las condiciones de su concepción y su ejecución. Saber que nunca fue documentado además del asombro que aún hoy provocan.

La vida del espíritu es, en todo Occidente, significativamente pobre entre los siglos V al XI. Ya en la época de las primeras cruzadas (siempre religiones mediante con o sin arreglo a otros fines), no se compara con lo que se observaba en Bizancio y en el Islam, de Bagdad a Granada, en el orden de las artes, las ciencias y las costumbres. Saladino (Al-Nāsir Ṣalāḥ ad-Dīn Yūsuf ibn Ayyūb (en kurdo: Selahedînê Eyûbî, y en árabe: صلاح الدين يوسف بن أيوب), más conocido en Occidente como Saladino)​ fue uno de los grandes gobernantes del mundo islámico, siendo sultán de Egipto y Siria e incluyendo en sus dominios Palestina, Mesopotamia, Yemen, Hiyaz y Libia.​ Con él comenzó la dinastía ayubí, que gobernaría Egipto y Siria tras su muerte).debía ser, por sus gustos y cultura, muy superior a Ricardo Corazón de León.

¿Esta mirada sobre la alta Edad Media no se corresponde con nuestro tiempo?. Sería lo grave de la época. 

¿De qué se compone el capital Cultura o Civilización?.

Primero está constituido por cosas, objetos materiales -ideas, libros, cuadros, instrumentos, hoy día teatro, cine, televisión, exposiciones de todo tipo, etc.-, que tienen su duración probable, son frágiles, precarios, cosas, temporales. Pero ese material no basta. No más que un lingote de oro, una hectárea de tierra, o una máquina no son capitales en ausencia de hombres que tienen necesidad de ellos y que saben utilizarlos.

Para que el material de la cultura sea un capital exige, también él, la existencia de hombres que lo necesiten y que puedan utilizarlo -es decir hombres que tengan ansia de conocimientos y de poder de acercarse su propio camino interior de poder pensar en nombre propio, necesidad de desarrollo de su sensibilidad; y que sepan, además, adquirir o ejercer lo que corresponde a hábitos, disciplina intelectual, convenciones y prácticas para utilizar el tesoro de documentos y de instrumentos que los siglos han acumulado. Decimos que el capital de nuestra cultura está en peligro, bajo varios aspectos. Lo está de diversas maneras. Brutalmente. Está atacado por más de uno. Disipado, descuidado, envilecido por todos nosotros. El progreso de esta disgregación son evidentes.

Toda la época actual, grave, constituye, bajo apariencias brillosas y seductoras, una verdadera enfermedad de la cultura, ya que somete a la riqueza que debe acumularse como una riqueza natural, ese capital que debe formarse mediante capas progresivas  estratificadas secularmente en los espíritus, nos somete a la agitación general del mundo, propagada, proyectada por la exageración y amarillismo de todos los medios de comunicación. En este punto, los intercambios demasiado rápidos son fiebre, la vida se devora a si misma. Conmociones, novedades, noticias; inestabilidad esencial, transformada en verdadera necesidad, nerviosidad generalizada por todos los
medios que el cierto modo de pensar ha creado. Se puede decir que hay suicidio en esta forma superficial de existencia del mundo civilizado. Que ya no es como el de los valores de la vida que los que tenemos alguna edad llegamos a experimentar. Hemos visto desaparecer a nuestros “sabios”, filósofos y escritores que identificaban los valores hoy en apariencia perdidos.

Estamos asediados por lecturas de interés (no el propio) inmediato y violento. Hay en medio masivos tal diversidad, tal incoherencia, tal intensidad de noticias (sobre todo en ciertos días) que el tiempo que se puede atender veinticuatro horas a la atención está completamente ocupada, y los espíritus luego turbados, agitados o sobreexcitados.

El hombre que todavía tiene un empleo, el hombre que gana su vida y que puede dedicar una hora por día a la lectura, lo haga en su casa, en el colectivo o en
el subte, la hora es devorada por las noticias criminales, necedades incoherentes, chismes y los hechos menos diversos, cuyo desorden y abundancia parecen concebidos para atontar y simplificar groseramente los espíritus. Nuestro hombre está perdido para el libro… Esto es fatídico y no podemos hacer nada.

Todo esto trae como consecuencia una disminución real de la cultura; y, en segundo lugar, una disminución real de la verdadera libertad de pensamiento, pues esta libertad exige un desprendimiento, un rechazo de todas esas sensaciones incoherentes o violentas que recibimos de la vida cotidiana a cada instante.

Si habláramos de libertad… Existe simplemente la libertad, la libertad de pensar. La libertad, palabra enorme, palabra que la política ha utilizado ampliamente -pero que proscribe; aquí y allá, desde hace algunos años- la libertad ha sido como un ideal, un mito; ¡ha sido una palabra llena de promesas para unos, llena de amenazas para otros! Una palabra que ha enfrentado a los hombres y agitado las calles. Una palabra que era la palabra de reunión de los que parecían más débiles y se sentían más fuertes, contra los que parecían los más fuertes y no se sentían más débiles aunque precisamente por ello lo fueran.

Jamás se impidió a nadie pensar como quisiera. Sería difícil; a menos que se tengan aparatos para controlar el pensamiento en los cerebros, que los hay. Se llegó a eso seguramente. La libertad de pensamiento, mientras tanto, existe en la medida en que no esté limitada por el mismo pensamiento.

Es muy bueno tener libertad para pensar, ¡pero aún hay que pensar algo!

Esta libertad da lugar a graves problemas: siempre suscita alguna dificultad; y tanto la Nación, como el Estado, como la Iglesia, tanto la Escuela, como la Familia, han criticado la libertad de pensar. Son ellas potencias más o menos celosas de las manifestaciones exteriores del individuo pensante.

La política, obligada a falsificar todos los valores que el espíritu tiene por misión liberar, admite todas las falsificaciones o todas las reticencias que le convienen, que estén de acuerdo con ella y rechaza incluso violentamente, o prohíbe a todas las que no
lo son.

Resumiendo ¿qué es la política?… La política consiste en la voluntad de conquista
y de conservación del poder; exige en consecuencia, una acción de coacción o de ilusión sobre los pensamientos, que son la materia de todo poder.

Necesariamente, todo poder piensa en impedir comunicación de cosas que no convienen a su ejercicio. Se empeña en eso al máximo. El espíritu político termina siempre por obligar a falsificar. Introduce en la circulación, en el comercio, la falsa moneda intelectual; introduce nociones históricas falsificadas; construye razonamientos aparentes; en suma, se permite todo lo que necesita para conservar su autoridad, que es llamada, no sabemos por qué, moral. Hay que confesar que en todos los casos, política y libertad de pensamiento se excluyen. Esta es la enemiga esencial de los partidos, como lo es, además, de toda doctrina en posesión del poder.

Esto equivale a decir que hay varios poderes sobre nosotros, pero al disponer de un único y mismo lenguaje, puede suceder que una misma palabra (como libertad) se utilice según necesidades de expresión muy diferentes. Es una palabra buena para todo.
Somos libres porque nada se opone a lo que se nos propone y nos seduce y también somos supremamente libres porque, al sentirnos desembarazados de una seducción o tentación, podremos actuar contra su tendencia: hay allí un máximo de libertad.

La libertad, pues, no es sensible, no es concebida, no es deseada sino por efecto de un contraste. Si el cuerpo encuentra obstáculos en sus movimientos naturales, en sus reflexiones; si el pensamiento es perturbado en sus operaciones por algún dolor físico, por alguna obsesión, por la acción del mundo exterior, por la estridencia, por el calor excesivo o el frío, por la trepidación o por la música que hacen los vecinos, aspiramos a un cambio de estado, a una liberación, a una libertad. Tratamos de reconquistar el uso de nuestra potencia de ser.

Un ser poco sensible a los obstáculos que surgen a la libertad del espíritu, a las adversidades que le imponen los poderes públicos, por ejemplo, o a circunstancias exteriores de cualquier tipo, sólo reaccionará poco contra esas adversidades. No sufrirá ningún sentimiento de rebelión, ninguna resistencia contra la autoridad que le impone ese obstáculo. En muchos casos se encontrará aliviado de una sensación de responsabilidad. Liberarse, para él, su libertad, consistirá en sentirse descargado de la preocupación de pensar, de decidir y de desear.

Esta consecuencia se verifica muy cerca : observen en el horizonte los efectos más visibles de esta presión sobre el trabajo de pensamiento, y al mismo tiempo se puede notar la poca reacción que provoca. Esto es un hecho. Y evidente. No juzgamos, porque no nos corresponde juzgar. ¿Quién puede juzgar a los hombres?… ¿No es considerarse más que hombre, si apenas los somos?

No vemos qué haría el hombre si no hiciera eso, a menos que volviera a la condición animal. No olvidemos aquí decir que toda la actividad propiamente intelectual, a la par de las disposiciones materiales del planeta están relacionadas, es una verdadera disposición del poder pensar, que ha consistido en crear el conocimiento especulativo y los valores artísticos y producir una cantidad de obras, un capital de riqueza inmaterial. Pero, materiales o espirituales, nuestros tesoros no son imperecederos. Las civilizaciones son tan mortales como cualquier ser viviente, que no es tan difícil pensar que la nuestra pueda desaparecer con sus procedimientos, sus obras de arte, su filosofía, sus monumentos, como han desaparecido tantas civilizaciones desde los orígenes -como desaparece un gran navío que naufraga-. Hay que hacer que se conserve la vida intelectual. Esta simulación recuerda lo que pasaba antes, en la época en que Stendhal se burlaba de ciertos eruditos que había conocido: el despotismo los
condenaba a refugiarse en la discusión de las comas en un texto de Ovidio…

Tales miserias habían llegado a parecer increíbles. Su absurdo parecía condenado definitivamente… Pero está de vuelta y todopoderosas aquí y allí… Por todos lados percibimos adversidades y amenazas contra la práctica del pensar cuyas libertades son
combatidas al mismo tiempo que la cultura, y en nuestras invenciones y nuestros modos de vida y en la política general y en diversas políticas particulares, de manera que tal vez no sea ni vano ni exagerado dar la voz de alarma y mostrar los peligros que rodean
lo que nosotros, los hombres de mi edad, hemos considerado como el bien supremo.

Hace poco se pudo observar cierto interés en estas cosas, que las palabras expresaban sentimientos y pensamientos captados inmediatamente. veamos y escuchemos lo que resta por decir.

Si se nos permite expresar un deseo, que el mundo humano aún prisionero de preocupaciones, se transforme en el conservatorio, el templo donde se conserven las tradiciones de la más alta y más fina cultura, la del verdadero gran arte, la que se distingue por la pureza de la forma y el rigor del pensamiento; que también recoja y conserve todo lo que se elabora de más elevado y más libre en la producción de las ideas: ¡es eso lo que deseamos para la especie!

Tal vez las circunstancias son demasiado difíciles, las circunstancias económicas, políticas, materiales, el estado de las naciones, los intereses, los nervios, y la tormentosa atmósfera que nos hace respirar la inquietud. Pero después de todo, habremos  cumplido nuestra condición, si al menos lo decimos.

 

 

 

 

 

 

Publicado por dosztal

Busco un pensar en nombre propio libre de las sujetaciones del mundo humano que ya hace frente

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