Desolación: sensación de hundimiento o vacío provocada por una angustia, dolor o tristeza grandes.

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Uno, no el Uno heideggeriano que hace un concepto del uno que se identifica con las mayorías proyectadas a el medio social en el que nace y del que no tiene oportunidad de salirse salvo propia oportunidad, uno mismo que intenta aislarse o se lanza por propia elección lanzarse hacia un camino de un pensamiento en nombre propio, y luego, si se encuentra con un otro (y no muchos más)  podrá hacerlo en su singularidad. Pero cuando sale a la calle por las mañanas o se mezcla con la cotidaneidad que hace frente, está solo ante el dispositivo, si no se deja atrapar. Es el desierto nietzscheano. Se siente la desolación.

Coincidiremos con Kierkegaard, que polemiza continuamente contra las pretensiones a la vez sistemáticas y racionalistas de aquella filosofía que se le aparece como la negación pura y simple de todo lo existencial: la filosofía de Hegel ( lo leo, me identifico, le escribo, y sin embargo admiro la inteligencia de Hegel, y es un ejemplo). Contra el sistema, Kierkegaard afirma la distinción, la separación, el abismo. Contra la razón, la existencia. Contra la continuidad, la ruptura. Contra la tranquilidad, la desazón, la angustia, la impotencia. Somos una mezcla de alma y extensión. El alma duele cuando baja la potencia de ser, y actúa sobre el cuerpo. Cuerpo y alma son una misma cosa. La desolación provoca parálisis del cuerpo. Kierkegaard, Spinoza, se mezclan. Y el poder lo exige.

Existir angustia, o tal vez, angustia a algunos pocos, a la vista de la cotidaneidad. Por lo menos a los que nos angustia la soledad.

Algunos hombres saben que su ser es existir, y saben, además, que este existir es acompañado por temor y temblor, desesperación y angustia. El hombre sabe que vive en falta de algo externo o interno, y que su ser —y aun parezca un genio— es una falta. Sabe, en suma, que está suspendido continuamente en cierta nada, que es el reino del azar. Sabe todo esto, pero se lo oculta a sí mismo porque pretende llevar una vida sabia y objetiva, porque tiene la ilusión de poder vivir en su propia estética, porque aspira a cierta felicidad, a la satisfacción de lo que aun ocultos son sus propios fantasmas. Semejante aspiración es un síntoma del horror que siente la existencia hacia su propio vacío. Para colmar este vacío el hombre se oculta. Pretende ignorar que el existir no puede reducirse a ninguna esencia, que la verdad radica en la subjetividad. Pretende, en suma, ignorar el decisivo y tremendo carácter «decisivo» de la existencia. Pues la existencia es una elección.

Leyendo un poco a Heidegger la angustia es  una disposición afectiva fundamental como modo eminente de la apertura del Dasein (Ser-ahí, aquí y ahora, en medio del mundo que hace frente). Y estamos en un terreno de palabras que en español, requieren tal vez una traducción de la traducción de Ser y Tiempo. Nos vamos a divertir.

Denota Martin: “el fenómeno de la disposición afectiva deberá ser ilustrado más  concretamente por medio de ese modo determinado que es el miedo“.

El ante qué del miedo, aquello“temible”, es en cada caso algo que se presenta dentro del mundo en el modo de ser de lo a la mano (lo que la mano  puede, como el cuerpo), de lo que está‐ahí (para el Dasein) o de la coexistencia. No se trata de informar ónticamente (del ser o relacionado con él) acerca del ente que repetida y regularmente puede ser “temible”, sino de determinar fenoménicamente lo temible en su carácter de tal. ¿Qué es lo propio de lo temible en cuanto tal, de lo temible que comparece cuando tenemos miedo? El ante qué del miedo tiene el carácter de lo amenazante. Lo amenazante comprende varias cosas:

1. Lo compareciente (el rendir cuentas) tiene la forma de condición respectiva de lo perjudicial. Se muestra dentro de un contexto que nos rodea.

2. Esta perjudicialidad apunta hacia un determinado ámbito de cosas que pueden ser afectadas por ella. En cuanto así determinada, ella misma viene de una zona bien determinada.

3. La propia zona y lo que desde ella viene son experimentados como “inquietantes”.

4. Lo perjudicial, en cuanto amenazante, no está todavía en una cercanía dominable, pero se acerca. En ese acercarse, la perjudicialidad irradia y cobra su carácter amenazante.

5. Este acercamiento acontece dentro de la cercanía. Lo que puede ser dañino en grado máximo y se acerca, además, constantemente, pero en la lejanía, no se revela en su temibilidad. Pero, acercándose en la cercanía, lo perjudicial es amenazante: puede alcanzarnos, o quizás no. A medida que se acerca, se acrecienta este “puede, pero a la postre quizás no”. Es terrible, decimos.

6. Esto significa que lo perjudicial, al acercarse en la cercanía, lleva en sí la abierta posibilidad de no alcanzarnos y pasar de largo, lo cual no aminora ni extingue el miedo, sino que lo constituye. El tener miedo, en cuanto tal [das Fürchten selbst], es el dejar‐se‐afectar que libera lo amenazante tal como ha sido caracterizado. No es que primero se constate un mal venidero (malum futurum) y que luego se lo tema. Pero tampoco empieza el miedo por constatar lo que se acerca, sino que primeramente lo descubre en su temibilidad.  Y teniendo miedo, el miedo puede, enseguida, en una explícita mirada observadora, aclarar qué es lo temible. La circunspección (seriedad y reserva de una persona al hablar o actuar, para comportarse comedidamente) ve lo temible porque está en la disposición afectiva del miedo. El tener miedo, en cuanto posibilidad latente del estar‐en‐el‐mundo afectivamente dispuesto —vale decir, la “medrosidad” (Que asusta con facilidad o tiende a hacer sentir miedo) —, ha abierto ya de tal manera el mundo que desde él puede acercarse lo temible. El poder‐acercarse mismo queda liberado por medio de la esencial espacialidad existencial del estar‐en‐el‐mundo.

No es fácil Heidegger, pero brevemente está diciendo que el tener miedo es un modo de ser del Ser-ahí, por el solo hecho de estar donde se está en un mundo, medio ambiente social, que en cada momento que amenaza. Y esa amenaza real o potencial, puede alcanzarnos, lo que causa temor anticipado (lo entendemos como herramienta principal de los dispositivos de poder para dominarnos: el miedo al futuro, que apelan como promisorio en los discurso aún cuando la justa razón descree de las palabras ateniéndose a los hechos concretos del aquí y ahora.

Y yendo de Heidegger a Sartre, en su Ser y La nada:

No lleva mucho tiempo advertir el progreso que la teoría de la nada representa con respecto a la de Hegel. En primer lugar, el ser y el no-ser no son ya abstracciones vacías. Heidegger, en su obra principal, ha mostrado la legitimidad de la interrogación sobre el ser: éste no tiene ya ese carácter de universal escolástico que conservaba aún en Hegel; hay un sentido del ser que es necesario elucidar; hay una «compensación pre ontológica» del ser, que está involucrada en cada una de las conductas de la «realidad humana», es decir, en cada uno de sus proyectos. De la misma manera, las aporías (paradojas) que es costumbre plantear  desde que un filósofo toca el problema de la Nada, se revelan carentes de todo alcance: no tienen valor sino en cuanto que limitan el uso del entendimiento y muestran simplemente que ese problema no es de la competencia del entendimiento. Existen, al contrario, numerosas actitudes de la «realidad humana» que implican una «comprensión» de la nada: el odio, la prohibición, el pesar, etcétera. Hasta hay para el Dasein una posibilidad permanente de encontrarse «frente a» la nada y descubrirla como fenómeno es la angustia. Empero, Heidegger, aun estableciendo las posibilidades de una captación concreta de la Nada, no cae en el error de Hegel y no conserva al No-ser un ser, así fuera abstracto: la Nada no es, se nihiliza. Está sostenida y condicionada por la trascendencia. Sabido es que, para Heidegger, el ser de la realidad humana se define como «ser-en-el- mundo». Y el mundo es el complejo sintético de las realidades manuales en tanto que mutuamente indicativas según círculos cada vez más amplios, y en tanto que el hombre, a partir de este complejo, se hace anunciar lo que él mismo es. Esto significa a la vez que la «realidad humana» surge en tanto que está investida por el ser, en tanto que «se encuentra» (sich befinden) en el ser; y, a la vez, que ella hace disponerse en torno suyo, en forma de mundo, a ese ser que la asedia. Pero la realidad humana no puede hacer aparecer al ser como totalidad organizada como mundo sino trascendiéndolo. Toda determinación, para Heidegger, es un trascender, ya que supone retroceso, toma de perspectiva. Este trascender el mundo, condición del surgimiento mismo del mundo como tal, es operado por el Dasein hacia sí mismo. La caracteristerística de la ipseidad (Selbstheit), en efecto, es que el hombre está siempre separado de lo que él es por toda la amplitud del ser que él no es. El hombre se anuncia a sí mismo del otro lado del mundo, y retorna a interiorizarse hacia sí mismo, a partir del horizonte: el hombre es «un ser de lejanías.

Sartre y Heidegger son contemporáneos, uno alumno del otro, Viven casi la misma época, la del nihilismo extremo de las guerras mundiales y su absurdidad, basada en la ignorancia y el miedo. Ignorancia de la inutilidad de la pura voluntad y el miedo que primero viene de adentro y luego se concreta en el mundo que nos rodea, es dialéctico, se teme a determinadas cosas luego los ejercitantes del poder, miedosos también ellos, los actualizan con todos los medios que tengan a su alcance. El miedo domina. Tanto Heidegger como Sartre están explicando que lo social se reduce a la sensación del miedo que nos tenemos respecto a nosotros mismos, y luego se actualiza en lo concreto de lo social, desde el mismo momento en los que lo ejercen son tan miedosos como nosotros mismos. Es una época de terror, y cuanto más seamos más terrorífica habrá de ser.

Desde este escepticismo, nos refugiamos. Volvemos sobre nosotros mismos, nos armamos una estrategia de sustentabilidad, nos quedamos con nuestros libros y un amigo además de los que nos identificamos a través del puente del tiempo a través de la lectura de sus libros y una cierta identificación con lo que yace en el trasfondo de sus escritos, ya que no podemos ya hablar con ellos.

Nos revivimos mediante la lectura de tipos que pensaros desde hace más de 25 siglos a hoy. Algo tiene que haber ahí. Y sentimos que es mucho más que los mass media nos regalan en bandejas de plata, hoy día, para que nos distraigamos con unos relatos de lo cotidiano que no sorprenden ya a los que reconocen las miseria en que los dispositivos pretenden que reconozcamos. Re-conocer, es volver a la memoria lo ya reconocido. No hay mucho más en lo actual que lo que ya reconocemos de la historia, Es, en esta conceptualización, nos divierten con más de lo mismo, sería el eterno retorno nietzscheano, cambian las formas, los nombres, los lugares, los discurso, las explicaciones, pero son siempre artificialidades retóricas que relatan siempre el mismo cuento. Y, alejados un poco, lo que se pueda, de la cotidaneidad uno de cansa. Es demasiado, siempre lo mismo, más de lo mismo, para que nada cambie en estructura positiva que permite y regula el dispositivos de poder, hoy día exaltados por la tecnología masiva de información que explota hasta el infinito todas las posibilidades de influencia y teorías abstractas de dominar las formas de pensamiento.

Todo empieza a ser una ficción, y en esa ficción se supervive, y no sabemos hasta cuando se anuncian siempre futuros promisorios a costa de la degradación del presente,  todo ilusión, mentira, creaciones de ficciones, basadas en que el hoy, mañana se olvida porque vuelve otro hoy, y será igual o diferente, pero existencialmente habrá que vivirlo de todas maneras. Si uno es partícipe del colectivo que pasa todas las mañanas por la esquina de la ficción ofrecida, todo estará como es, sigue igual o no, pero no importa.

Pero si Uno no se la cree, si ha buscado su propio camino de pensar y de ser, se sentirá solo, en un desierto lleno de gentes demasiado parecidas a los robots de las series y libros sobre ciencia ficción.

 

 

 

 

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