61 Formas de la rebelión 2

Hay crímenes  de  pasión  y  crímenes  de  lógica.  La fron­tera que los separa  es incierta. Pero el Código Penal los distingue, bastante cómodamente, por la premeditación. Es­tamos en la época de la premeditación  y del crimen perfecto. Nuestros  criminales  no son  ya esos muchachos  desarmados que invocaban la excusa del  amor.  Por el  contrario, son adultos, y su coartada es irrefutable, es la filosofía, que puede servir para todo, hasta para convertir a los asesinos en jueces

Albert Camus. El hombre rebelde. 1951

 

albert camus

Nadie se indigna por los asesinos que ya saben que van a matar. No lo deseamos como otras tantas miserias, pero no nos cabe mucho más que aceptar esa forma de realidad del momento, que es, ó denominémoslo, el crimen lógico, lo que es un absurdo desde que lo decimos y pensamos, quisiéramos poder entender algo aún absurdo que se da en nuestra época. Una época que desde hace cien años, desarraiga, avasalla o mata a mansalva a seres humanos, debe primero, y ante todo, ser juzgada. Es necesario que se comprenda su culpabilidad y se la condene, como posible forma de rebelión a un statu quo que en principio aparece como perverso. En otros momentos más ingenuos de la historia en los que los tiranos arrasaban las ciudades para su mejor ego, en los que los esclavos encadenados al carro del vencedor desfilaban por las ciudades como trofeos, o el enemigo era arrojado a las fieras, la conciencia podía quizá ser firme y el juicio claro ante crímenes tan sencillos, comparados a los nuevos y tecnológicos que circulan hoy por hoy. Los campos de esclavos bajo la bandera de la libertad, las matanzas justificadas por el amor del hombre o el deseo de sobrehumanidad, dejan huérfano el juicio de la razón. Esperamos que el día en que, por una curiosa inversión propia de esta nuestra época que se engalana con los despojos de la inocencia a quien se intime a justificarse, podamos honrar ese desafío.

Hemos mencionado lo absurdo. La filosofía del absurdo, establece que el trabajo intelectual efectuado por el hombre para encontrar el significado absoluto y predeterminado dentro del universo fracasarán finalmente debido a que no existe tal significado (al menos en relación al hombre), caracterizándose así por su escepticismo en torno a principios universales de la existencia. Por lo tanto, pretende que el significado de la existencia es la creación de un sentido particular desde que la vida es insignificante por sí misma (estamos en falta con la necesidad de reconocimiento de otros), y que la inexistencia de un significado supremo de la vida humana es una situación de alegría y no de tristeza, pues significa que cada individuo de la especie humana es libre para modelar su vida, edificándose en nombre propio su posible devenir, en nombre propio.

La noción de lo absurdo no nos agrega sino una contradicción en lo que se refiere al asunto del asesinato. El sentimiento de lo absurdo, cuando se pretende ante todo extraer de él un procedimiento que dirija la acción, hace al asesinato al menos indiferente y, por lo tanto, posible. Si no se cree en nada, sí nada tiene sentido y no pode­mos afirmar valor alguno, todo vale (no por valor sino por posible) y nada tiene importancia. Nada en pro ni en contra, el asesino no tiene ni deja de tener cierta propia razón. Se pueden avivar las llamas de los crematorios como puede uno dedicarse al cuidado de esquizofrénicos en un hospital psiquiátrico. Maldad y virtud aparecen como un sospechoso azar.

Una misma consideración del razonamiento absurdo es, en efecto, el rechazo del suicidio y el sostenimiento de una lucha desesperada entre la interrogación humana y el silencio del mundo, que es humano. El suicidio tiene como significado el de terminar esta lucha. La razón absurda entiende que no podría aprobarlo sino negando sus propias premisas. La conclusión, según lo absurdo, sería el suicidio como una huida o una liberación. Pero al mismo tiempo, esa razón admite la vida como el único bien necesario, pues permite precisamente esa confrontación y sin ella la apuesta absurda no tendría fundamento. Para decir que la vida es absurda la conciencia necesita estar viva. ¿Cómo, sin una nota­ble concesión al sentimiento de bienestar, se puede conservar para sí mismo el beneficio exclusivo de semejante razonamien­to? Desde el instante en que está uno bien se reconoce como tal, en nombre de todos los hombres. No se puede dar coherencia al asesinato si se la niega al suicidio. Un espíritu inculcado en la idea del absurdo admite sin duda el asesinato por fatalidad, pero no debería aceptar el asesinato por razonamiento. Ante la confrontación, asesinato y suicidio son una misma cosa que hay que aceptar o rechazar en conjunto.

Así, el nihilismo absoluto, el que acepta la legitimación del suicidio, va a parar más rápidamente al asesinato lógico. Si nuestro tiempo admite con facilidad que el asesinato tiene sus justificaciones, es debido la indiferencia por la vida que caracteriza al nihilismo. Ha habido, sin duda, épocas en que la pasión de vivir era tan fuerte que también ella estallaba en excesos criminales (por ej: los revolucionarios rusos en los fines del XIX). Pero esos excesos eran como un ardor, de una realización de deseos terribles. No eran ese orden aburrido instaurado por una lógica pobre a los ojos de la cual todo se iguala. Esta lógica ha llevado los valores del suicidio de la que nuestra época se ha sostenido hasta su resultado más extremo, que es el asesinato legitimado.

Al mismo tiempo, culmina en el suicidio colectivo. La demostración más evidente la proporcionó el apocalipsis hitleriano de 1945. Destruirse no era nada para los locos que se preparaban en sus madrigueras una muerte apoteó­tica. Lo esencial era no destruirse solo y arrastrar a todo un mundo con ellos. De cierta manera, el hombre que se mata en soledad preserva todavía un valor, porque, al parecer, no se reconoce derechos sobre la vida de los de­ más. Prueba de ello es que nunca utiliza para dominar a otro la fuerza terrible y la libertad que le da su decisión de morir; todo suicidio solitario, cuando no es por resentimiento, es, en cierto modo, generoso o despreciativo. Pero se desprecia en nombre de alguna cosa. Si el mundo es indiferente al suicida es porque éste tiene una idea de lo que no le es o podría no serle indiferente. Se cree destruir todo y llevarse todo consigo, pero de esa muerte misma renace un valor que quizá habría merecido que viviera. La negación absoluta no se agota, pues, con el suicidio. Sólo puede ago­tarla la destrucción absoluta, de sí mismo y de los demás. No se la puede vivir, por lo menos, sino tendiendo hacia ese límite placentero. Suicidio y asesinato son aquí dos aspectos del mismo orden, el de una inteligencia desdichada, que prefiere al sufrimiento de una condición limitada la negra exacerbación en la que tierra y cielo se aniquilan.

Son absurdos los sistemas que asesinan a las gentes por simple decisión, por más administrativa o de balance de cuentas que lo requieran. Y no referimos a los asesinatos premeditados en el orden delictivo o mafioso que se han agenciado en las poblaciones modernas, superpobladas con arreglo a fines que convenían en determinada época al capitalismo creciente. Sí nos referimos a los que desprotegen a enormes cantidades de gentes que no tienen responsabilidad alguna del hecho de haber nacido en algún momento en el medio social y geográfico que fuera, en nombre de razones de Estado. Sería desde esto que la razón de Estado es por lo tanto absurda.

Todas las revoluciones modernas terminaron robusteciendo al Estado. En 1789 Napoleón, 1848 Napoleón III, 1917 a Stalin, en la década del 20 a Mussolini y la república de Weimar de Hitler. Resulta falso decir que no podía dejar de suceder eso tal como ha sucedido, pero quizá explicarlo de alguna manera sirva de ejemplo y lección, que aprendida invierte la muerte en la lucha por la del hambre y enfermedades propias de la pobreza.

El extraño y aterrador crecimiento del Estado moderno puede pensarse como el resultado lógico de ambiciones técnicas y filosóficas desmesuradas, ajenas todo honesto espíritu de rebelión, pero que dieron origen al espíritu de nuestra época. El sueño profético de Marx y las potentes anticipaciones de Hegel o de Nietzsche terminaron suscitando, luego de ser arrasada la aldea de Dios, un Estado racional o irracional, pero en ambos casos, terrorista.

Para merodear cierta verdad, las revoluciones fascistas del siglo xx no merecen el título de revolución. Les ha faltado la ambición universal. Mussolini y Hitler trataron, sin duda, de crear un imperio y los ideólogos nacionalsocialistas pensa­ron, explícitamente, en el imperio mundial. Su diferencia con el movimiento revolucionario clásico consiste en que, siendo herederos del nihilismo, prefirieron divinizar lo irracional, y sólo ello, en vez de divinizar la razón. Al mismo tiempo renunciaban a lo universal.  Ello no impide que Mussolini se declare heredero de Hegel, y Hitler de Nietzsche; ilustran en la historia algunas de las profecías de la ideología alemana. Pertenecen en este sentido a la historia de la rebelión y el nihilismo.

La insurrección contra el mal sigue siendo, ante todo, una reivindicación de unidad. Al mundo de los condenados a muerte, a la mortal opacidad de la condición, el rebelde opone incansablemente su exigencia de vida y de transparencia definitiva. Busca sin saberlo, una moral o algo sagrado. La rebelión es una ascesis, aunque ciega. Si el rebelde maldice, lo hace con la esperanza de un nuevo dios. Se estremece bajo el choque del primero y más profundo de los movimientos religiosos, pero que es un movimiento decepcionado. Lo noble no es la rebelión en sí misma, sino lo que ella exige, aunque lo que obtenga esté aún a medio camino de una real  nobleza.

Hegel

La libertad, esta palabra temible escrita en medio de las tempestades, está en el principio de todas las revoluciones. Sin ella, la justicia es inimaginable a los rebeldes. Sin embargo, llega un tiempo en que la justicia exige la suspensión de la libertad (alertado por Hegel en su Fenomenología). El terror, pequeño o grande, viene entonces a coronar la revolución. Cada rebelión es nostalgia de inocencia y apelación al ser. Pero la nostalgia toma un día las armas y asume la culpabilidad total, es decir, el asesinato y la violencia. Las rebeliones de los esclavos, las revoluciones regicidas y las del siglo XIX han aceptado así, conscientemente, una culpabilidad cada vez mayor en la medida en que se proponían instaurar una liberación cada vez más total. Esta contradicción, que se hace evidente, impide que nuestros revolucionarios tengan el aire de dicha y de esperanza que se  manifiesta en el rostro y en los discursos de nuestros constituyentes y politiqueros de cualquier color. Si es inevitable, si caracteriza o revela el valor de la rebelión, es la pregunta planteada a propósito de la revolución del mismo modo que se plantea a propósito de la rebelión metafísica. La revolución no es sino una consecuencia lógica de la rebelión metafísica, y en el análisis del movimiento revolucionario advertiremos el mismo esfuerzo desesperadamente sangriento  para afirmar al hombre frente a lo que se le niega. El espíritu revolucionario se encarga así de la defensa de esa parte del hombre que no quiere inclinarse. Sencillamente, trata de dar su gobierno a los que no se inclinan, en su tiempo. Al rechazar a Dios elije la historia, debido a una lógica aparentemente inevitable.

Es raro encontrar en la obra de Hegel el espíritu de rebelión. De hecho, en cierto sentido, toda su obra se huele el horror a la desobediencia: pretendió ser el espíritu de la reconciliación. Pero no se trata sino de uno de los aspectos de un sistema promovido por su método, es el más ambiguo de la literatura filosófica. En la medida en que para él lo real es racional, justifica todas las especulaciones del ideólogo sobre lo real. Lo que se ha llamado el panlogismo (Doctrina idealista objetiva de la identidad del ser y el pensamiento, según la cual todo el desarrollo de la naturaleza y la sociedad es la realización de la actividad lógica de la razón mundial, de la idea absoluta) de Hegel es una justificación del estado de hecho. Pero su pantragismo (Los principios del mundo objetivos y subjetivos sin irreconciliables) exalta también la destrucción por sí misma. Todo se reconcilia, sin duda, en la dialéctica y no se puede plantear un extremo sin que surja el otro; hay en Hegel, como en todo gran pensamiento, con qué corregir a Hegel. Pero rara vez se lee a los filósofos con sólo la inteligencia; con frecuencia se los lee con el corazón y sus pasiones, las que no reconcilian nada.

En todo caso, los revolucionarios del siglo XX han tomado de Hegel el arsenal que ha destruido definitivamente los principios formales de la virtud. Han conservado de él la visión de una historia sin trascendencia, reducida a una disputa perpetua y a la lucha de las voluntades de dominio. En forma crítica, el movimiento revolucionario de nues­tra época es, ante todo, una denuncia que vulnera con violencia la hipocresía formal que rige a la sociedad burguesa. La pretensión, fundada en parte, del comunismo moderno, como la más frívola del fascismo, es denunciar la farsa que pudre a la democracia de tipo burgués, sus principios y sus virtudes. Hasta 1789, la trascendencia divina servía para justificar la arbitrariedad imperial. Después de la Revolución Francesa, la importancia de los principios formales, razón o justicia, sirve para justificar una dominación que no es justa ni razonable. Esta importancia es, por lo tanto, una máscara que todavía hay que arrancar. Dios ha muerto, pero como había predicho Stirner, hay que matar la moral de los principios, en la que se encuentra todavía el recuerdo de Dios. El odio a la virtud formal, testigo degradado de la divinidad, falso testigo al servicio de la injusticia sigue siendo uno de los mó­viles de la historia actual. Nada es puro: este grito convulsiona al siglo. Lo impuro y por lo tanto la historia, se va a convertir en la regla y la tierra desierta será entregada a la fuerza desnuda que decidirá o no la divinidad del hombre. Se entra entonces en la mentira o en violencia como se entra en religión, y con el mismo movimiento patético.

Publicado por dosztal

Busco un pensar en nombre propio libre de las sujetaciones del mundo humano que ya hace frente

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