56 Cuentos que nos cuentan

 

cuentos

 

El hecho  de que  no pensemos todavía sin duda sería digno de pensarse y, sin embargo, como un estado  instantáneo y suprimible del  hombre  actual,  nunca  po­dría llamarse  lo digno de pensarse  por designación a quien o cosa le conviene con más propiedad. No obstan­te, lo caracterizamos provisionalmente así, y con ello indicamos lo siguiente: el hecho de que no pensemos  de ninguna  manera se debe a que el hombre todavía  no se dirija en medida  suficiente  a lo que originalmente  quisiera ser pensado, que en su esencia permanece como lo que ha de pensarse.  Nuestra  tardanza en pensar procede, más bien, de que  lo merecedor mismo  de ser pensado  se aparta  del hombre y se ha apartado ya desde hace tiempo.

¿No sentimos la curiosidad de saber cuándo y porqué sucedió esto? Pero antes  habremos de preguntar, y habremos de preguntarlo con mayor curiosidad todavía:  ¿cómo podemos sa­ber algo de tal acontecimiento?

Preguntas de ese tipo están al acecho y se arrojan sobre  nosotros, y si agregamos además:  lo que  propiamente nos da que pensar no se alejó del hombre  alguna vez, en una determinada fecha histórica, sino que lo propiamente merecedor de pensarse se mantiene en ese alejamiento desde tiempos  inme­moriales.

Por otra parte, el hombre de nuestra  historia siempre  ha pen­sado algo de alguna  manera, e incluso  ha pensado  cosas profundas y las ha confinado en la memoria. Como el que así piensa, permaneció y permanece referido a lo que ha de pensarse. A pesar de eso, el hombre  no puede pensar propiamente mientras lo que ha de pensarse se sustraiga (propia o externamente).

El hombre  no puede pensar propiamente mientras lo que ha de pensarse se sustraiga. Ahora  bien, tal como  estamos  aquí, si no queremos que nos vengan con historias,  lo adecuado parece ser que rechacemos  lo que se dice y por lo tanto se escucha antes como una única cadena de afirmaciones vacías, destacando que lo que se expone nada tiene que ver con la ciencia.

Es bueno que nos mantengamos tanto tiempo como sea posi­ble en esa actitud de desapego hacia lo dicho,  pues sólo así nos situamos a la debida distancia  para un inicio que quizá permita  a unos u otros dar un salto en el pensamiento, un salto que nos aleje suficientemente de lo dicho. En efecto, es cierto que lo dicho, y toda la exposición que ha de seguir, nada tiene que ver con la ciencia científica, y nada tiene que ver con ella precisa­mente si nuestra argumentación aspira a ser un pensar. El fundamen­to de este hecho está en que la ciencia por su parte  no piensa, ni puede  pensar, y, por cierto,  para su propio  bien, necesario para asegurar la propia marcha que ella se ha fijado. La ciencia no piensa. Esta afirmación resulta en cierta forma escandalosa para los creyentes en la rigurosidad que se entiende de la labor científica. Dejemos a la frase su carácter escandaloso, aun  cuando  asignemos inmediatamente que la ciencia tiene que habérselas con el pensar en su propia forma especial. En cualquier caso, esa forma sólo es auténtica  y en consecuencia progresista, si se hace visible la profundidad que media entre el pensar y sus propios métodos, y que media entre ambos polos como infranqueable. Aquí no hay ningún puente, hay solamente un salto. Por eso, son perjudiciales  todos los puentes  provisionales y los puentes de estrechos que precisamente hoy quieren instalar un conveniente tránsito recíproco entre el pensar y las ciencias. Y, por tanto, nosotros ahora, aún cuando  procedemos de las ciencias, hemos de soportar lo escandaloso y extraño del pensar, bajo el supuesto que este­mos dispuestos al aprendizaje del mismo.

Decimos  que el hombre  no piensa todavía, y esto porque se aleja de él lo que habría de pensarse; la razón de que no piense de algún modo está tan sólo en que el hombre no dirige en grado suficiente sus esfuerzos intelectuales a lo que merece pensarse.

Lo que ha de ser objeto  de pensamiento se aleja del hombre, se le sustrae, en el término que se lo niega y fuerza al olvido. ¿Pero cómo  podemos saber  lo más mínimo,  cómo podemos siquiera  nombrar lo que desde siempre  se nos sustrae? Lo que escapa de nosotros se niega o es negado a llegar. Sin embargo, esa sustracción no es mera nada. El que se lo retire es un acontecimiento. Lo que se nos escapa puede afectarnos e incitarnos más que todo lo presente, que nos sale al encuentro (hace frente) y nos rodea. Somos  propensos a tomar la afección de lo real por la realidad de lo que acontece en nuestro mundo. Ahora  bien, precisamente la afección por parte de lo real puede cerrar  al hombre en el escenario que lo afecta, si bien lo hace en una forma enigmática, de tal manera que se le escapa en cuanto se le sustrae. El acontecimiento de esa sustracción podría ser lo más presente en todo lo hoy presente  y así superar  infinitamen­te la actualidad de todo  lo actual.

Nos preguntamos, ¿es el puro azar del juego escenificado? ¿es parte de la condición esencial del homo sapiens? ¿no hay alternativas de un acercamiento posible al aprendizaje que nos acerque al recto pensar? ¿seremos tan pesimistas para concluir esa sustracción, en principio, enigmática?

Lo que se nos sustrae  precisamente nos arrastra consigo, con independencia de que lo percibamos o no inmediatamente, con in­dependencia de que ni siquiera lo notemos. Cuando estamos bajo la corriente de la sustracción, nos hallamos -en forma  muy distinta de la manera como las aves de paso se comportan con las corrientes- en camino  hacia lo que nos atrae,  y nos atrae escapándose­nos. En cuanto nosotros, como  los así atraídos, estamos  en  el camino  que lleva hacia lo que nos atrae,  nuestra  esencia está sellada ya por ese «camino que nos lleva a…». En el camino  hacia lo que se sustrae, nosotros mismos  apuntamos a lo que se retira. Nosotros somos  nosotros en cuanto  indicamos  hacia allí, y no indicamos hacia allí como de pasada, fortuitamente, sino que ese «estar en camino  hacia…» es en sí una esencial y, por eso, cons­tante indicación de lo que se sustrae. «En camino  hacia…» significan ya: señalando lo que se nos sustrae.

Mientras los unos y otros nos abocamos a «estar en camino  hacia…» que es en sí una esencial y por lo tanto cons­tante indicación de lo que se sustrae, no queremos que nos vengan con historias,  lo que se dice y por lo tanto se escucha antes como una única cadena de afirmaciones vacías, destacando que lo que se expone nada tiene que ver con el estar en el camino hacia un pensar propio hacia lo que se nos sustrae. No queremos escuchar los cuentos que nos cuentan, que es uno de los modos en que la cotidianeidad, en ese modo “uno” en que fuimos sin elegirlo arrojados por el solo hecho de haber nacido.

El mundo (que es humano y nombra al conjunto creciente los individuos que lo componene) de que se presenta no solo permanece en el modo de la sustracción sino también escucha, cree y reproduce los dichos que reproducen el efecto de sustracción.

No vamos a listar el infinito de cuentos que nos cuentan, amplificados en éstas épocas por la masividad que permiten los medios tecnológicos que si se los atiende, lo que recomendamos hacerlo en dosis muy bajas, ya se tendrán en pocos minutos una muestra representativa de ese inventario de cuentos que nos cuentan, que nos invaden, nos distraen y nos sustraen de la posibilidad de pensar en nombre propio. También recomendamos desapegarse de esos mensajes, y una primera actitud de rebelión sería drástica y seguramente parcial, que luego se podrá revisar independizado el propio pensar, que consiste en decirse a uno mismo solamente: Esos cuentos son mentiras, creadores de ilusión y fantasía, que nos inducen a acciones que a los manipuladores creadores de los cuentos conviene, con arreglo a sus propios fines y convirtiéndonos en robots que obedecen a la programación transmitida por todo ese contar.

Los cuentos eran para los niños, y quizá lo sigan siendo aunque sean de terror, como los que se ven hoy por hoy en la programación infantil. Pero que a nosotros, ya adultos, nos traten como niños debería ofender por simple falta de respeto a la condición humana.

 

 

 

Publicado por dosztal

Busco un pensar en nombre propio libre de las sujetaciones del mundo humano que ya hace frente

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