54 Desatención a la memoria y al recto pensar.

desatención

 

Contemporáneamente se está debilitando y desprestigiando a la memoria, se considera elegante, y aun típico de un intelectual moderno, presumir de mala memoria, aunque nadie presume de mala inteligencia, en cambio.

Síntoma extraño y débil, que está expresando parte de lo que Heidegger denomina como la grave de la época. Para efectivamente poder pensar razonablemente se requiere de la memoria. Los intelectuales típicos que mencionamos prescinden de ella apelando al retorno de lo inconsciente, que es una artimaña vulgar que evita el trabajo necesario para poder pensar en nombre propio lo conscientemente trabajado. La memoria se consigue, no solo desde ese consciente que retorna cuando “ello” quiere, sino también a través de un laborioso andar hurgando las propias razones y experiencias, y las de los que las expusieron a su momento, generalmente escritas, o la menos de las veces disponibles en los medios tecnológicos de última generación, que como última, desatienden a mucho de lo pasado, y si no lo desatiende no se sumergen en las profundidades del océano del verdadero pensar, además de incapaces de transmitir la sensibilidad de la experiencia de estudiar escritos,  leerlos, meterse dentro las ideas del autor, y llegar a interiorizar el modo en que forjó su camino de pensamiento que sus palabras escritas casi nunca alcanzan a transmitir. Ése trabajo es una arqueología del saber que se debe realizar, lenta y meticulosamente, y se requiere un archivo sin el que no hay aprendizaje del propio pensamiento, que a fin de cuentas, es el único válido. Ese archivo, que es individual es la memoria de la experiencia y sensibilidad de la experiencia, son los fundamentos radicales necesarios de cualquier pensar en nombre propio. Y eso no lo reemplaza ninguno de los mensajes ni discursos regalados en bandejas de plata, que se ofrecen desde el fondo de la historia para quien prefiera aceptarlos ni en los medios actuales de comunicación, cuales fueran.

Ya la palabra “historia”, remite a lo humano, y remite a cierta memoria. Las cosas no pensantes no requieren historia ni memoria, aunque las tengan, desde la edad del tiempo del cosmos que las formó. Para los sapiens, reducir la memoria a prescindible, señala la debilidad y falta de empeño que Kant denunciaba como incapacidad de servirse de la propia inteligencia sin la guía de otro. Y la inteligencia tampoco es un regalo del cielo ni una herencia cromosómica, propia del hombre, y como en cualquier actividad humana, requiere de tenacidad, entrenamiento, y paciencia para fortalecerla, como un atleta al  cuerpo, pero referida en ésto al alma. Esa alma, parte espiritual y esencia que hace hombre al hombre, capaz de entender, desear y ser sensible a las cosas que hacen frente pero sobre todo a la propia experiencia de vida que dispone. Unas y otros, las cosas no pensantes y los hombres, tienen un mismo origen, que proviene del devenir cósmico y las leyes que lo fundamentan, son un trasfondo común e inexorable, del que lo todo proviene como ya dieron cuenta los primeros griegos en la era del pensamiento occidental.

Nos metemos con todo lo que tenemos en lo que es pensar cuando pensamos nosotros mismos. Para ello es necesario estar dispuesto al transcurso de lo que sea necesario para lograrlo. la sensación más primaria cuando emprendemos el camino del aprender, es honesto aceptar que todavía no somos capaces de pensar. Hemos venido a este mundo humano con la facultad de poder pensar pero no con la capacidad de hacerlo, que solo puede ser adquirida mediante un aprendizaje que tenga esa dirección. Cualquier concepción en contrario puede ser calificada de intencionada o no, como analfabeta y cómoda, es menos arduo no aprender a pensar, se eso no cabe mucha duda.

El hombre incluye en su propia denominación la capacidad de pensar, y esto con razón. Es un viviente racional. La  razón sólo puede construirse en el pensamiento. Como el ser viviente racional, el hombre ha de poder pensar, siempre que primero pueda y luego lo desee, en el mundo de lo cotidiano pueden encontrarse obstáculos que lo impidan. Quizá algunos quieran pensar y no lo logren. Quizá se desee demasiado y, por ello, se pueda demasiado poco. Se puede pensar en cuánto se tiene  la  posibilidad para  ello.  Pero la sola posibilidad no garantiza que se sea capaz de hacerlo. Solo el deseo de ser capaz lo hace posible. Y, en verdad, deseamos sólo lo que anhelamos en nosotros  mismos en cuanto es nuestra esencia. Mantenerse en ese anhelo significa propiamente proteger, dejar crecer en la tierra los pastos. Lo que  nos  mantiene en  nuestra esencia sólo nos sostiene mientras nosotros mismos por nuestra parte retengamos lo  que  sostiene. Lo retenemos porque si no lo dejamos escapar de la memoria. La memoria es la congregación del pensamiento a la necesidad de apoyar lo que nos sostiene, en cuanto esto es pensado en nosotros, pensado precisamente porque es lo que merece pensarse.  Lo pensado es lo derivado con  un  recuerdo, y porque lo deseamos. Sólo si deseamos lo que en sí merece pensarse, somos capaces de pensamiento.

«Para ser capaces de pensamiento hemos de aprenderlo. ¿Qué es aprender? El hombre  aprende en cuanto  pone su hacer y omitir en correspondencia con lo que de esencial se le adjudica  en cada caso. Aprendemos el pensamiento en la medida en que atendemos  a lo que da que pensar». (Matrin Heidegger, ¿Qué significa pensar?).

Nuestro lenguaje llama, por ejemplo, amistoso a lo que pertenece a comunidad del amigo. Análogamente, a lo que en sí es lo que ha de pensarse, es lo que comunitariamente nos pone en concurrencia desde lo que hace frente, pensativos. Todo lo que nos pone pensativos  da que pensar. Pero esta cualidad se confiere solamente si lo que pone  pensativo  es por sí lo que ha de pensarse.  Ahora  y a continuación, a aquello  que ha de pensarse siempre, desde antiguo y antes de cualquier otra cosa, lo denominaremos convencionalmente lo más merecedor de pensarse. Y sigue la pregunta:  ¿Qué es lo que más merece pensarse?  ¿Cómo se muestra  en nuestro  tiempo que de entrada nos parece problemático?.

Heidegger agrega: Lo que más merece pensarse es que nosotros todavía  no pensamos, todavía  no, aunque  el estado del mundo se hace cada vez más problemático. Este hecho  parece exigir, más bien, que el hombre  actúe y actúe sin demora, en lugar de hablar en conferen­cias y congresos y moverse en la mera representación de lo que debería ser y de cómo habría de hacerse. Falta, por tanto, acción y de ningún modo pensamiento académico y de alguna otra calificación.

Quizá el hombre  hasta ahora,  desde hace siglos, ha actuado ya demasiado y pensado demasiado  poco.  Pero  ¿cómo hoy  puede  afirmar alguien  que  nosotros no  pensamos  todavía?. Siendo así que en todas partes hay un interés decreciente por la filosofía, un desinterés cada vez más patente, y aún así casi todos pretenden saber qué pasa con la cosas sin haberse puesto a pensar primero en cada uno mismo.  Los filósofos son «los» pensadores. Así se auto nombran porque  propiamente el interés por el pensamiento tiene su escenario en la filosofía.

«Interés» significa: ser cabe las cosas y entre las cosas, meterse en medio de una cosa y permanecer junto a ella. Pero lo cierto es que para el interés actual sólo vale lo interesante, que quizá no sea lo que merece ser pensado. Eso es lo que permite  estar indiferente y en el próximo momento y suplantar algo anterior por otra  cosa, por otra cosa que nos afecta tan poco como lo anterior. Con frecuencia  hoy creemos valorar algo especialmente  por el hecho de encontrarlo interesante. Pero, en verdad, a través de ese juicio lo interesante queda desplazado ya a lo indiferente y muy pronto aburrido. La siempre cambiante, en este sentido, dirección de la cotidaneidad la convierte en poco interesante y aburrida.

El que a algunos les interese  la filosofía, no es un prueba fehaciente de la disposición  a pensar. Sin duda  hay todavía una ocupación  seria con la filosofía y sus preguntas. Hay un aplaudible derroche de erudición para investigar su historia. Existen aquí  tareas  útiles y dignas de mérito, para cuya realización sólo las mejores intenciones son suficientemente buenas, sobre todo cuando los estudiosos ponen ante nuestros ojos los prototipos del gran pensamiento. Con todo, el hecho mismo que durante años nos  entreguemos con  auténtico empeño al estudio de los escritos de los grandes pensadores, todavía no nos concede la garantía que nosotros mismos pensemos  o estemos dispuestos  a aprender a pensar.

Sin embargo, sigue siendo extraño y parece pretencioso afirmar que en un tiempo  tan problemático como el nuestro, es el hecho de que no pensamos  todavía lo que más merece pensarse. De ahí que corresponde demostrar esta afirmación. En principio, será aconsejable esclarecerla preliminarmente. Pues podría suceder que, tan  pronto como  veamos con claridad  lo que está implicado en ella, se haga innecesaria  toda prueba.  La afirmación dice:

Lo que más merece pensarse en nuestro tiempo  problemático es el hecho de que no  pensamos.

Hemos  insinuado ya cómo debe entenderse la expresión «lo más merecedor  de pensarse». Es lo que nos da que pensar. Tengá­moslo muy en cuenta  y concedamos su peso a cada palabra.  Hay algo que por sí mismo, de suyo, en virtud de su origen,  digamos, nos da que pensar. Hay algo que nos incita a tomarlo en consideración, a que nos dirijamos a ello en forma pensativa, a que lo pensemos.

La demostración será el próximo capítulo.

 

 

Publicado por dosztal

Busco un pensar en nombre propio libre de las sujetaciones del mundo humano que ya hace frente

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