nuevasMiradasActuales

 

En uno de nuestros primeros capítulos Miradas Actuales resumíamos intempestivamente y con cierta bronca de lo que no había que hablar, que se puede pensar de lo que no conviene pensar, por invasión y porque pensarlas es internamente darles una entidad que no merecen por representantes del dispositivo de sujetación que se convierte en objeto de estas nuevas miradas, y además ocupa por distracción el camino hacia un pensar en nombre propio, lo que sería una deuda de uno con uno mismo, cuando se ha elegido libremente ese camino.

Siempre la deuda se cambió de ser una obligación económica a una obligación moral. Desde el inicio de los primeros imperios agrarios, los humanos han usado elaborados sistemas de crédito para vender y comprar bienes, antes incluso de la invención de la moneda. Es hoy, transcurridos 5000 años, cuando por primera vez nos encontramos ante una sociedad dividida entre  deudores  y acreedores,  con  instituciones erigidas con la voluntad única de proteger a los prestamistas. 21 Las deudas.

Aquí nos referimos a una deuda propia, no es para nada económica en el sentido anterior, tampoco es moral, que fue y quizá lo siga siendo, una condición heredada de la historia para que los deudores pagaran sus deudas, sus pecados, sus desvíos de lo más conveniente para los inventores de la deuda, que se entiende, encadena.

No somos historiadores y entendemos que una clasificación tan cruda entre deudores y acreedores, parece un punto de inicio para reflexionar algunas o muchas de las cosas que las cosas de lo cotidiano y las que “ordenan”, desordenadamente, el statu quo de la actualidad.

Queremos, en nombre propio, entender lo que pasa para no caer en las trampas que la cotidaneidad ofrece para convertirse en sujeto de acreedores que en principio creen que los son y en segundo lugar que los deudores lo revivan aun cuando los afectos que provoca deban ser disfrazados y convivir con la eterna sensación que solo hay que seguir hasta donde la anatomía lo permita. El simulacro que el sujeto debe forzar para seguir estando disminuye su potencia de ser, se pone el traje de la alegría en contra de su propia tristeza y esclavitud. Se convierte el sujeto en esquizofrénico, tiene dos personas dentro de sí, la que simula y la que siente. Y demasiadas veces se enferma de eso.

Un banquero borracho que, tras darse cuenta de que se hablaba de dinero, comenzó a contar chistes acerca de riesgo moral, que no  tardaron en convertirse en una historia larga y no especialmente interesante acerca una de sus conquistas sexuales. Me alejé del grupo. (David Graeber.En deuda).

Sin embargo, la frase siguió resonando durante varios días.

«Uno debe pagar sus deudas».

La razón por la que es tan poderosa es que no se trata de una declaración económica:  es una  declaración moral. Al fin y al cabo, ¿no trata la moral, esencialmente, de pagar las propias deudas? Dar a la gente lo que le toca. Aceptar las propias responsabilidades. Cumplir con las obligaciones con respecto  a  los  demás  como esperaríamos que los demás las cumplieran hacia nosotros. ¿Qué mejor ejemplo de eludir las propias responsabilidades que renegar de una promesa, o rehusar pagar una deuda?

A esta distancia de nuestro camino, pensamos, es casi siempre más de lo mismo. Demasiadas veces el mensaje cotidiano propone lo mismo, como un eterno retorno, hazte cargo de tus obligaciones que has tomado a cuenta que los otros hagan lo mismo contigo. Nos decimos, al observar el paisaje de todos los días, eso no sucede así, y cuando los demás no se comportan de la misma manera que la que supones tú cumples respecto de ellos, entonces te cambias a la otra manera, pero lo haces a costa tuya. Te has convertido en payaso en un escenario donde solo cabe esperar que cada día transcurra y que el azar te confíe en suerte ser respetado como lo esperas.

Todo este juego infinito de casualidades y dominio de un rizoma en el que los atractores, que hasta cierto punto son núcleos del azar del juego, han aprendido hace ya largo tiempo a dominar a los supersticiosos de la mítica de lo natural.

El hombre medio, el “uno” heideggeriano, está proyectado de antemano, antes de nacer, ya en un mundo que se conduce tal como se presenta. Eso no permite objeciones al pensar de las cosas. No interesa el pasado a ese tiempo presente en cada caso, no hay elección, se nace arrojado a ese mundo humano, sea cual fuere en ese momento inicial. Lo que siga es azaroso, depende de geografía, de la estructura familiar y del medio social que esté vigente. Algunos logran separarse de esas estructuras que determinan lugares y contenidos posibles. El objeto de nuestra mirada trata de esa separación, desde lo ya establecido hacia la propia posibilidad de la condenación de libertad propia de la esencia del homo sapiens. Una línea de fuga hacia el pensar en nombre propio.

Descartes: “Pienso, luego existo”. Principio de la modernidad.

La locución latina «cogito ergo sum», que en español se traduce frecuentemente como «Pienso, luego existo», siendo más precisa​ la traducción literal del latín «pienso, por lo tanto soy», es un planteamiento filosófico de René Descartes, el cual se convirtió en el elemento fundamental del racionalismo occidental, piedra basal de la ilustración y la modernidad.

El hombre con ello se separaba de veleidoso origen divino que, criatura privilegiada por haber sido creado por algún dios al que luego debía pleitesía. Se retorna, siempre se retorna, primero en la Naturaleza y luego como devenido de una evolución a la concepción anterior griega, la del homo sapiens. Con sus virtudes y sus defectos.

En la concepción pre cartesiana el hombre debía hasta su vida a algún ser mítico o fantaseado dueño de la verdad y las tablas de valores que debían regir la vida y hasta la muerte de sus criaturas.

Si se entiende que un hombre es en cuanto piensa, siendo la razón una forma recta de pensamiento, sin más dirección que la honestidad de cifrarse en su propio acontecimiento, liberado de los preceptos heredados de cualquier especie, es como un renacer, un retorno al homo sapiens de los griegos.

Así el hombre re-adquiere su lugar en el entorno que lo rodea. Con sus virtudes y sus defectos, lo que para nada interesa, esas categorías clasificadas desde lo social no pueden todavía tener  capacidad del descubrimiento de lo inconsciente en 1900, por Sigmund Freud.

Antes de eso se podía hablar de cualidades y nombrarlas con palabras, virtud, defecto, bueno, malo, loco, perverso, y toda otra calificación aquí no nombrada, como consecuencia de la ignorancia de los modos posibles en el que lo sapiens dispone, constelaciones que son singulares a cada uno y la que la forma de la conciencia es solo una de ellas, que es la que siempre única que se puede conquistar por la influencia de dispositivos exógenos, nunca el infinito del resto de la capacidad síquica que le es propia y que interviene en la formación de pensamientos conscientes  independientes de toda influencia si se cuida mediante discernimiento de esa intervención.

Con ese cuidado es que se puede entender que las palabras son demasiadas para la cantidad de cosas que acontecen, y demasiado pocas para expresar los contenidos de un pensamiento propio. Si lo que espera es poder comunicarse honestamente con otros a través del uso del lenguaje, nos damos cuenta que estamos solos.

Se habla mucho en lo cotidiano, demasiado, se usan demasiadas palabras para explicar lo inexplicable en el dominio de la sana razón, y como ya lo expresamos tantas veces lo curioso es que surten efectos sobre las mayorías, lo que un primer intento de entendimiento, volvemos a apelar a la queja kantiana, acerca de que es la ilustración:

“La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón! : he aquí el lema de la ilustración”. 39 Crítica de la realidad.

No se puede hablar cuando las palabras no alcanzan a expresar en forma inequívoca de comunicación a otros, que nos pasó en Miradas Actuales . Con una prisa generada por una rápida mirada al mundo que hace frente hoy, quisimos apartarnos, como con un golpe furioso de karateca que concluye con su combate dejando al rival desvanecido sobre el suelo, de la sumisión de las mayorías a las que se le presentan los representantes prototípicos de generadores de ilusión, de palabras infinitas sin salida ni solución,forjadores de ilusión al mismo modelo pre cartesiano, y lo recomendamos con toda fuerza y voluntad, de ellos no se debe hablar porque no existen.

Si no habláramos de ellos, no existirían, se irían apagando lentamente en el silencio que se provocaría en el mundo humano. Fue un importante expresión de deseo en ese momento, que no se hable más de ellos, que no se piense más en ellos ni en lo que dicen. Hay tantas cuestiones más graves y serias en que pensar en nombre propio, que distraer la producción de contenidos de pensamiento en las representaciones que estos tipos nos ofrecen, es en realidad un efecto buscado, logrado, para sostenerse en sus lugares ilusorios de poder obediente a fines arreglados según diseños de dominación y control de las mayorías crédulas que siempre deben algo a alguien.

Hay seculares fórmulas que lograron y siguen logrando esos efectos. Es como un reino del Mal, del Diablo en sus propias concepciones, expertos especuladores y perversos que usan la inocencia del hombre común para mantener un statu quo que solo a ellos conviene, a costa de la ilusión que crean el mejor de los mundos posibles para inmensas mayorías encadenadas y encantadas. Pero, bueno, nos estamos repitiendo, de pura bronca, no más.

El hombre, sapiens, está “Más allá del Bien y del Mal”, se dá cuenta de las mentiras que lo cotidiano repite hasta el cansancio,  busca en lo alto de una montaña un lugar respetable por él mismo, porque sabe, que el dispositivo ni sus súbditos lo respetarán.

 

 

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