Camino

Se sabe que Nietzsche envidiaba públicamente a Stendhal su fórmula: “La única excusa de Dios es que no existe”. A la mitad del mundo (occidente) el estar privado de la voluntad divina, se lo priva igualmente de unidad y de finalidad.  Y no se lo puede juzgar por eso. Todo juicio  de  valor acerca de él llevaría finalmente a la calumnia de la vida. Se juzga  entonces lo que es en referencia a lo que debería ser , reino del cielo, ideas eternas o imperativo  moral.

Pero lo que debería  ser no es; este mundo no puede ser juzgado en nombre de nada. “Las ven­tajas de esta época: nada es cierto, todo está permitido”. Estas fórmulas, que repercuten en millares de otras, suntuosas o irónicas, bastan en todo caso para demostrar que Nietzsche acepta  toda  la carga  del  nihilismo  y de la rebelión.  En sus consideraciones, por lo demás pueriles, sobre “el adiestramiento y la  selección”, ha formulado también la lógica extrema del razonamiento nihilista: ”Problema: ¿por qué medios se obtendría  una forma rigurosa de gran nihilismo contagioso que enseñara  y practicara  con una con­ ciencia  enteramente científica  la  muerte  voluntaria?”.  Y vinieron las guerras y la ciencia estableció los medios.

Pero Nietzsche invade en provecho del nihilismo los valores  que, tradicionalmente, fueron  considerados como frenos del  nihilismo.  Principalmente, la  moral. La conducta moral, tal como la ilustró  Sócrates, o tal como la recomienda el cristianismo, que son en sí mismos signo de decadencia. Quieren sustituir al  hombre de carne por un hombre reflejo. Condenan el universo de las pasiones y los gritos en nombre de un mundo armonioso completamente imaginario. Si el nihilismo es la  impotencia para creer, su síntoma más gra­ve no se encuentra en el ateísmo, sino en la impotencia para  creer lo que es, para ver lo que se hace, para vivir lo que se ofrece. Esta enfermedad está en la  base de todo idealismo. La moral no tiene fe en el mundo. La verdadera moral, para Nietzsche, no se separa de la lucidez. Es severo con los “calumniadores  del mundo” porque descubre en esa calumnia la vergonzosa inclinación a la evasión.  La moral tradicional no es para él sino un caso esencial de inmoralidad. “Es el bien -dice- el que necesita que lo justifiquen”.  Y también: “Un día se dejará de hacer el bien por razones   morales”.

Con Nietzsche, el nihilismo parece hacerse profético. Pero no se puede sacar de Nietzsche sino la crueldad baja y mediocre que él  odiaba con todas sus fuerzas, mientras no se    ponga en el primer plano de su obra, mucho antes que al profeta, al clínico. El carácter provisional, metódico, estratégico, en  una   palabra, de su pensamiento, no puede ser puesto  en duda. En él el nihilismo, por primera vez, se hace consciente. Los cirujanos tienen en común con los  profetas que piensan y operan en función del porvenir.

Nietzsche no pensó nunca sino en  función de un  apocalipsis futuro, no para ensalzarlo, pues adivinaba el aspecto sórdido y  calculador que ese apocalipsis tomaría al final, sino  para evitarlo y transformarlo en renacimiento. Reconoció el nihilismo y lo examinó como un hecho clínico. Se decía el primer nihilista cabal de Europa. No por gusto, sino  por disposición, y porque era demasiado grande para rechazar la herencia de su época.

Diagnosticó en sí mismo y en  los otros la imposibilidad de creer y la desaparición del fundamento primitivo. de toda su fe, es decir, la creencia en la vida. El “¿se  puede vivir en rebelión?”  se convierte en el  “¿se  puede vivir sin creer en nada?”. Su respuesta  es positiva. Sí, si se hace de la falta de fe un método, si se lleva al nihilismo hasta sus    últimas consecuencias y si, desembocando entonces en el desierto y confiando en lo que va a venir, se siente en ese mismo movi­miento primitivo dolor y alegría.

En vez de la duda metódica ha practicado la negación me­tódica, la  destrucción  esmerada de todo lo que  todavía se oculta en el nihilismo, la destrucción de los ídolos que disimulan  la  muerte de  Dios. “Para elevar  un  santuario nuevo hay que destruir otro santuario;  tal es la iey”. Quien quiere ser creador en el bien y en el mal debe ante todo, según  él, ser  destructor  y romper  los valores. “Así,  el supremo mal forma parte del supremo bien, pero el supremo bien es creador”.

Hoy día la paradoja aparece en la coparticipación de masas obedientes a las tablas religiosas con otras en las que mayoritariamente obedecen a sus sustitutos. 46 Una salida a la manipulación.

Nietzsche no ha concebido el proyecto de matar a Dios. Lo ha encontrado muerto en el      alma de su época. Es el primero que ha comprendido la inmensidad del acontecimiento  y decidido que esta rebelión del hom­bre no podía llevar a un renacimiento si no era  dirigida. Cualquier otra actitud con respecto a ella, ya fuese a pesar o la  complacencia, debía llevar al apocalipsis. Nietzsche no ha formulado, por lo tanto, una filosofía de la rebelión, sino que ha edificado una filosofía sobre la rebelión.

Se ataca al cristianismo en cuanto moral (productor de obediencia debida), pero no a la figura de Jesús ni a los cínicos de la iglesia. “En el fondo escribe: -“Solo el dios moral es refutado”. Cristo, tanto para Nietzsche como para Tolstoi, no es un rebelde. Lo esencial de su doctrina se resume en el asentimiento total, la no resistencia  al mal. No hay que matar,  ni siquiera impedir  que se mate, hay que aceptar al mundo tal como es, negarse a aumentar su desdicha, pero consentir en sufrir personalmente el mal que contiene. El  reino de los cielos se halla inmediatamente a nuestro alcance.  No es sino disposición  interior que nos permite poner nuestros actos en relación  con estos principios  y que puede darnos la beatitud inmediata.  El mensaje de Cristo, según Nietzsche, es: NO la fe, sino las obras.  Desde entonces, la historia del cristianismo no es sino una larga  traición  a este mensaje. El Nuevo Testamento está ya corrompido y, desde Pablo hasta los Concilios, el servicio  de la fe hace olvidar  las obras.

einstein

El ser humano lo es por poder pensar y consecutivamente hablar.

He olvidado la palabra que quería
pronunciar y mi pensamiento, incorpóreo,
regresa al reino de las sombras.
(De un poema de O. Mandelstam)

Pensar se dice con una palabra, pero no es necesario que el pensar se haga con palabras. Tal vez por eso no sea fácil transmitir el contenido de un pensamiento con solo palabras, seguramente se requiere una experiencia, inefable.

Las palabras surten efectos. Y de multiplicidad infinita, que no pueden explicarse tan solo con palabras. Hay mucho escrito en cuanto a la relación entre pensar y hablar, lo hablado se escucha. La escucha percibida se procesa en infinitas maneras, y lo sorprendente es que el destino de la percepción demasiadas veces se convierte en efecto uniforme, en el pensamiento y en la conducta de los cuerpos de los escuchantes.

Si esto puede entenderse, podremos diferenciar distintos modos de hablar, o de escribir. Para un lector, si lo hiciera en voz alta, los signos en un papel o una pantalla, se convierten en palabras. Éstas, escuchadas, permiten contenidos en el pensamiento, que luego siguen algún tipo de camino que asegurado o no, en alguna memoria, y de acuerdo al juicio que el procedimiento mismo del pensamiento lo destine.

Hace ya muchos capítulos que giramos con Heidegger, respecto de la gravedad de la época en la que aún no pensamos, que viene a nombrar uno de los destinos posibles del procedimiento. No es momento aquí de hacer una crítica de la razón pura ni práctica, siguiendo a Kant, aunque ya lo citamos en 36 Frente a frente con lo cotidiano  en relación a su concepción acerca que la ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro. Ese es otro destino de la palabra percibida, definámosla por un momento como escucha no ilustrada, la de la aceptación sin juicio ni pensamiento en nombre propio, directa, creída y memorizada. Es como la señalización heideggeriana, no aprendemos a pensar en nombre propio y dejaríamos fácilmente ocupar a los discursos ajenos nuestra memoria como una no ilustrada invasión permitida. Cómo empezó esta parte vendría a ejemplificarse con el cristianismo tradicional, y todos sus análogos o sustitutos dispositivos de manipulación.

El opuesto a este destino es el ya presentado, al menos parcialmente, nihilismo.

Y adoptamos una tercera opción, no del todo descifrada, que es la de la búsqueda de caminos alternativos al todo o nada de las anteriores, una filosofía de la rebelión en nombre propio que exige a cada uno aprender a transitar el camino del aprendizaje de formas independientes de pensar las cosas, que en perspectiva histórica no son los demasiado siglos del apogeo cristiano ni los que los del nihilismo que lo reemplazan, sino más identificado con el mundo griego, el originario del pensamiento basado en la razón en occidente.

Sin dioses, ni semidioses, ni héroes míticos, ni dispositivos de sujetación o manipulación, sin ciencias aplicadas a su servicio que como una forma llevada a un extremo de gran nihilismo contagioso que enseña y pone en práctica la  muerte  voluntaria, y todas las derivaciones intermedias no tan extremas pero que aplican a lo que en efecto serían casi lo mismo: dominar, imponer o manipular el pensamiento de las mayorías, con arreglo a fines que no sean los propios de cada uno, y que hacen de las gentes adopten una actitud de complacencia, son casi equivalentes a la decisión de muerte voluntaria, porque esa complicidad cuesta la vida. Las ciencias deberían ganarse el respeto de ayudar a las personas, nunca  en dominarlas. La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas, que bien lo sabían los fundadores de cualquier religión.

Con asentimiento total, sin resistencia al mal. No hay que matar,  ni siquiera impedir que se mate, hay que aceptar al mundo tal como es, negarse a aumentar su desdicha, pero consentir en sufrir personalmente el mal que contiene, eso es parte del trabajo.que propiamente cada incomplaciente debería practicar consigo mismo.

No es sino una disposición  interior la que permitirá poner nuestros actos en relación con estos principios  y que puede brindar cierta tranquilidad inmediata, antes que se la muerte involuntaria aparezca. Solo la anatomía debiera ser el destino.

El mensaje es: no a alguna clase de fe, si a los hechos concretos derivados de la práctica libre del propio aprendizaje de pensamiento, honrando de esa manera a la esencia de la especie homo sapiens.

Nuestra filosofía no es una ilusión. Pero sería una ilusión suponer que lo que esta filosofía no nos puede dar lo que no podemos conseguir en cualquier otra parte. Es una experiencia nueva, cercana a la rebelión, que empieza necesariamente desde lo individual, por lo tanto requiere una elección, un elección libre. La libertad no se lo olvide, es la condena del hombre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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