parménides

 

Escribió de la filosofía en verso, a imitación de Hesíodo, Jenófanes y Empédocles. Dijo que la razón es el criterio que juzga las cosas, y que los sentidos no son criterios exactos ni seguros. Sus palabras son:

Ni los dioses te induzcan
a un camino común por ser trillado.
No resuelvan los ojos sin examen;
no juzguen por el eco los oídos,
ni por la lengua juzgues.
Juzgue, sí, la razón en las cuestiones.

Diógenes Laercio

 

SOBRE LA NATURALEZA de Parménides

[fragmento]

La diosa me acogió benévola, con la mano mi mano derecha tomó mientras decía la palabra, y me habló:

-Oh, joven, compañero de inmortales conductoras, con las yeguas que te llevan llegas a nuestra casa, ¡salve! , pues no es un mal destino el que te ha empujado a recorrer
este camino (pues está fuera del paso de los hombres), sino la ley y la justicia.

Es necesario que oigas todo, tanto la entraña inmóvil de la Verdad bien redonda,
como las opiniones de los mortales, en las cuales no hay creencia verdadera.

Pues también aprenderás esto: cómo las apariencias es necesario que aparentemente sean, penetrando todas por todo.

Pues bien, te contaré, ten cuidado de escuchar el mito, cuáles son los únicos caminos indagables con el pensar: el de lo que es y que no es no ser; es sendero digno de ser creído (pues marcha a través de la verdad); o bien, el de lo que no es y en cuanto que necesariamente es no ser, el cual, yo te digo, ciertamente es vereda completamente indigna de ser creída; pues ni siquiera es posible que conozcas el no ente (pues no es posible) ni lo darás a conocer.

… pues pensar y ser son lo mismo.

Pero mira, aunque en el pensamiento lo rechazado se haga presente con insistencia;
pues no separará el pensamiento el ente contenido en el ente, ni dispersándolo del todo enteramente en el universo, ni concentrándolo.

Lo mismo me da por dónde he de comenzar; pues nuevamente ahí habré de volver.
Es necesario decir y pensar que el ente permanece; pues es ser, mientras que la nada no es. Yo te ordeno que medites esto.

 

Sobre estos pensadores, antes Heráclito, ahora Parménides, se construyó la forma de pensamiento occidental, y somos herederos de ella. Fue Heidegger el que delata el olvido, o la renuncia, a estas formas de pensamiento que son como una grave enfermedad que oculta aún o aun más hoy día, las rectas formas de abrir el camino al pensamiento.

Somos sapiens, si no lo ejercemos, nos acercamos a los monos que nos precedieron. Que Parménides en una épica propia del estilo de su época, 2600 años atrás ya diera cuenta de ello  nos habla de una medianía vulgar que nos atraviesa, desde casi siempre, como especie social.

Antes mencionamos a Kant y a Nietzshe y a Hegel y a Heidegger y a Deleuze, repitiendo siempre el mismo canto, así el de Kant: “La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro”.

Es demasiadas veces la  misma  música, para nada popular, no escuchada, oculta por eso ignorante de la posibilidad que implica haber nacido ser humano, en este cosmos, que todo lo permite. Por eso a un pensador le daría vergüenza presentarse como terrestre ante un dios cósmico, que por suerte no existe.

Junto con Heráclito, quien habría dejado un escrito al estilo délfico, con aforismos que reproduce la realidad ambigua y confusa que explica, usando el oxímoron y la antítesis para dar idea de la misma, que se habría titulado igual que el poema de Parménides, singular coincidencia para épocas similares a la distancia de Éfeso y Jonia.

Nos remite a una misma intuición acerca de la que el hombre es espectador: la preeminencia del cosmos, en su forma particular que adquiere en este planeta: La Tierra.

Dice Parménides: “Ya sólo un mito como camino queda: lo que es. Y en éste hay indicios
numerosos de que el ente es inengendrado e imperecedero, pues es completo e inmóvil y ya ahora perpetuo.  Ni fue ni será, ya que es ahora todo al mismo tiempo, uno, continuo. Pues, ¿qué nacimiento le buscarías? ¿Cómo, de dónde creciera? No permitiré que del no ente digas ni pienses; pues ni expresable ni pensable es que no es”.

Fragmentos de Heráclito:  “Este mundo, el mismo para todos, no lo hizo ninguno de los dioses ni de los hombres, sino que ha sido eternamente y es y será un fuego eternamente viviente, que se enciende según medidas y se apaga según medidas”.   “Menester es que quienes hablan con mente se hagan fuertes en lo común a todos, como la ciudad en la ley, y mucho más fuertemente aún. Pues todas las leyes humanas son alimentadas por la divina única, que impera tanto cuanto quiere, y basta a todo, y de todo redunda”.  “En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]” (citado erróneamente, debido a una obra de Platón, como «Ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río»).

Entendemos que el hombre, sapiens, tiene la cualidad de la inteligencia, independientemente de la ignorancia de sus raíces ocultas aún en lo más avanzado de las ciencias que la tienen por objeto. Ya en La cuestión de pensar señalamos el viraje freudiano desde su intento fisiologista a otras tópicas irreductibles al trasfondo de las cosas de la sicología humana, a su debida época.

El pensar es, y ser es pensar. Aporía de la que no podremos apartarnos, salvo libre decisión de no pensar en que aun no pensamos del todo acerca de eso que nos hace los sapiens de la especie homo. Ya mucho hemos expuesto en páginas anteriores, y de la multiplicidad, claramente parcial, de los modos del no pensar, que precisamente por esa negación pueden producir todo tipo de resultados u maneras de “ser” (léase no ser) entre divertidas, perversas, interesantes como relatos, pero nunca pensamiento  del modo que entre otros, y desde el inicio de la forma occidental, nos enseñan Heráclito y Parménides.

Sin ellos occidente pensaría al modo de los hindúes del siglo VI AC. ¿Fue mejor o peor? ¿un bien o un mal?. Nada importa frente a la frontalidad de que ya sólo un mito como camino queda: lo que es. Y que Este mundo, el mismo para todos, no lo hizo ninguno de los dioses ni de los hombres, sino que ha sido eternamente y es y será un fuego eternamente viviente, que se enciende según medidas y se apaga según medidas.

Miraban el mismo horizonte que cualquiera de nosotros. Y a su debida manera dieron cuenta de lo que veían. Principios de la historia de la razón, que ni es ingenua ni deja de entender las singularidades.

Parménides es claro, aun cuando lo expresa al modo suyo y del contexto que sabía muy bien que era el soplo en el viento eterno que lo tocaba en la Jonia en aquél tiempo, habló en el idioma que se entendía:

“La diosa me acogió benévola, con la mano mi mano derecha tomó mientras decía la palabra, y me habló:

-Oh, joven, compañero de inmortales conductoras, con las yeguas que te llevan llegas a nuestra casa, ¡salve! , pues no es un mal destino el que te ha empujado a recorrer
este camino (pues está fuera del paso de los hombres), sino la ley y la justicia. Es necesario que oigas todo, tanto la entraña inmóvil de la Verdad bien redonda,
como las opiniones de los mortales, en las cuales no hay creencia verdadera. Pues también aprenderás esto: cómo las apariencias es necesario que aparentemente sean, penetrando todas por todo. Pues bien, te contaré, ten cuidado de escuchar el mito, cuáles son los únicos caminos indagables con el pensar: el de lo que es y que no es no ser; es sendero digno de ser creído (pues marcha a través de la verdad); o bien, el de lo que no es y en cuanto que necesariamente es no ser, el cual, yo te digo, ciertamente es vereda completamente indigna de ser creída; pues ni siquiera es posible que conozcas el no ente (pues no es posible) ni lo darás a conocer, … pues pensar y ser son lo mismo”.

No fueron inocentes, como iniciadores de una nueva forma de ejercer la razón a nivel del pensamiento, aún cuando se refirieran con figuras y  la retórica propias del contexto, debía nombrar a dioses, por ejemplo, que eran griegos, y nada divinos, sino supuestos herederos de una sabiduría al estilo mítico. No tenían muchas otras semánticas, las ciencias tal cual las entendemos hoy día no existían, y hoy día todavía no se entiende ese nacimiento de las ciencias como resultado de su disciplina racional, mal tributo hacen demasiados científicos a los pensadores del pensar.

Eran tipos de su época, y convirtieron las opiniones en objetos del más puro pensamiento, revirtieron el discurso mítico en algo pensable, por lo tanto juzgable como con valor de verosimilitud, o su contrario. Persiguieron el camino de la verosimilitud que la razón de su pensar les indicaba con señales complejas, en un medio ambiente todavía propenso a la comodidad de admitir las cosas como regalo de los dioses que aun no comprendían que no existían, sino que eran medios inventados por tus antecesores para establecer las normas mínimas de la convivencia en la sociedad, de las que los administradores indispensables de las nuevas polis se valían para imponer un cierto orden en el objeto principal de los que aparecían en lo inmediato: los hombres mismos.

Parece lenta la historia del pensamiento humano, por lo tanto debe ser difícil.  Y señala resistencias a humanizarlo, a volverse definitivamente razonable, ético, honesto y abierto.

Heidegger en 1926 señala la necesidad de la apertura, explica palabra por palabra cada contenido de los pensadores, hace docencia del método, y nos dice: Esta es un época grave porque aún no pensamos.

Estudiamos con afán de erudición a todos, miles de libros se escribieron acerca de Parménides, o Heráaclito, o de Hedegger. Pocos los leyeron, y de los que los leyeron no es enumerable los que intentaron re-vivenciar las ideas expresadas por ellos.

Si ser es pensar, Parménides, sin pensar no hay ser. Sino pensamos o no somos o lo somos en modo incompleto, somos egoístas con nosotros mismos que debe ser el peor de los egoísmos, además que tierra fértil de los discursos míticos, irracionales, que cundieron antes del siglo VI AC, por necesidad, y siguen 27 siglos después merodeando, ya no por necesidad sino con arreglo a fines.

Ignorancia elegida para gobernar a analfabetos de su capacidad. Una fórmula formidable para ejercitar el poder, y en oposición a nuestros pensadores iniciales, con objetivos bien determinados en sociedades superpoblados, en los que las mayorías sujetadas e impedidas de toda ilustración, permiten los desmanes que el poder decisor y sus diseños muy bien calculados cometen y cumplen sus fines, a costa del tiempo, la libertad de ser, y por lo tanto la vida de miles de millones de tipos tan capaces, en potencia, como Heráclito, o nuestro ejemplo hoy, Parménides.

 

 

 

 

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