Dar cuenta: ‘advertirlo’ o ‘percatarse de ello’ y el complemento de esta locución verbal se introduce con la preposición ‘de,’ aun en los casos en los que sigue la conjunción ‘que’. Definición.

dar cuenta

De mucho de lo que se expuso antes, pretendemos dar cuenta.

Permitir o permitirse advertir ‘el’  o el ‘que’ de algo, en principio lo que sea, o lo mismo acerca de percatar o percatarse. Lo adoptamos como un axioma, la mínima de las acciones de pensamiento necesarias para poder pensar lo que da contenido a la acción del pensamiento, también supuesta como la esencia primaria que nos convierte desde los inicios en seres humanos, como sapiens.

Se consideran Homo sapiens sapiens de forma indiscutible a los que poseen las características principales que definen a los humanos modernos: primero la equiparación anatómica con las poblaciones humanas actuales y luego lo que se define como “comportamiento moderno”.

Se conjetura que en la genealogía de la evolución humana habría existido un antepasado común masculino y uno femenino a los que se los nombró de acuerdo la fábula religiosa, dependiendo del sexo. Los restos más antiguos son los de Omo I, llamados Hombres de Kibish, encontrados en Etiopía con 195.000 años, y restos en cuevas del río Klasies en Sudáfrica con 125.000 años y con indicios de una cierta conducta más colectiva. Ésta antigüedad coincide con lo estimado para la Eva mitocondrial, la cual está considerada la antecesora de todos los seres humanos actuales y de la que se cree que vivió en el África Oriental​ (probablemente Tanzania) hace unos 200.000 años. Por otra parte, la línea patrilineal nos lleva hasta el Adán cromosómico, quien nos confirma un origen para los humanos modernos en el África subsahariana y se le calcula unos 140.000 años de antigüedad.

Sea como fuera el discurso antropológico, más allá de los 4 millones de los que se encuentra Homus, aún no sapiens, deberíamos conceder a la historia del pensamiento una largo período de unos 2000 siglos, del que solo en general se apela a unos pocos de los últimos. Y esta cientificidad para señalar la insignificancia de lo que aparezca en la corta existencia que nos toca. No haremos números de lo efímero que somos, solo quisiéramos dar cuenta de esa efimeridad que contradice tantas reglas y morales que se establecen ya aquí y ahora, y de su formato que adquiere en cualquier cotidaneidad, en la época que se la quiera re-presentar.

Sea cual fuera el punto de partida de toda pretensión de empezar a pensar libremente, cualquiera de los discursos inferidos de todo objeto de pensamiento, en toda época que se refiera, a nivel del individuo singular nacido homo y sapiens, sin que lo haya decidido ni elegido, tiene poco tiempo para dar cuenta de todo. Por lo tanto debería comenzar, decimos, por atender a esa primordial racionalidad, que se ha nacido racional, y que ya no se puede saberlo todo. Se nace ya arrojado, como proyectado en un mundo, que además de genealógicamente ya está presente, sino que también cosmologicamente es infinitesimal en el cosmos que tiene también su historia. 1 La nueva cosmología.

Advertimos o nos percatamos cuando leemos a los filósofos, esa singularidad de cada época. Desde los primeros amigos de la sabiduría, de ese descubrimiento de la infinita capacidad de generar contenidos de pensamiento que empezaron por las primeras cosas, los griegos desde Parménides hasta los cotemporáneos que estaban en nuestra misma instancia del tiempo en la historia, con la lucidez que el trabajo de conocimiento y capacidad de dar cuenta nos transmiten sus interpretaciones e inferencias, con nuevas palabras  acomodadas a la semántica que corresponde al momento en que se produce su producción.

La cuestión de dar cuenta, de ó que se parece mucho el epígrafe de la Introducción 32 Cero. Introducción:  Lo mejor sería escribir los acontecimientos cotidianamente. Llevar un diario para comprenderlos. No dejar escapar los matices, los hechos menudos, aunque parezcan fruslerías, y sobre todo clasificarlos. Es preciso decir cómo veo esta mesa, la calle, la gente, mi paquete de tabaco, ya que es esto lo que ha cambiado.
Es preciso determinar exactamente el alcance y la naturaleza de este cambio. Haberse ayudado también bastante del estudio de otros que transitaron el camino, el que nos queda aún por transitar. El nuestro propio.

Los conceptos y  su teorización en el Ámbito de lo humano en general y la filosofía en particular han acompañado los medioambientes de cada época en la historia, desde la lucidez original griega, a la escolástica medieval cristiana, al modernismo cartesiano, a la ilustración  kantiana, al idealismo hegeliano, al perspectivismo marxista y nietzsheano, a la fenomenología husserliana y luego el existencialismo de Heidegger y Sartre, en brevísimo resumen, que contiene. Luego parece terminarse la historia, Llega el postmodernismo y los eclécticos que se amoldan al clima de los nuevos poderes postGuerra Mundial, se imponen paradigmas científicos que encuentran adeptos cuyo intento es cientifizar la filosofía, si dar cuenta que además de ser ámbitos diferentes, no deberían irrumpir con la simplicidad de las fórmulas matemáticas, con la compleja diversidad del fenómeno humano.

No hay una 11 Física del pensamiento. El imperio de la razón simplificadora de las nuevas doctrinas cientificistas intentando mezclarse con la razón filosófica, deben tener un origen como se dice imperativo, ajustado a lo que pretende el nuevo orden del poder mundial y por lo tanto con arreglo a fines.

Ahora  bien, tal como  estamos  aquí, si no queremos que nos vengan con historias,  lo adecuado parece ser que rechacemos  lo dicho  esgrimiendo  que lo expuesto nada tiene que ver con la ciencia.

Es bueno que nos mantengamos tanto tiempo como sea posible en esa actitud  de rechazo de lo dicho,  pues sólo así nos situa­mos a la debida distancia  para un arranque que quizá permita  al uno o al otro dar un salto al pensamiento. En efecto, es cierto que lo dicho hasta ahora,  y toda la exposición que ha de seguir, nada tiene que ver con la ciencia, y nada tiene que ver con ella precisa­mente si nuestra disquisición aspira a ser un pensar. El fundamen­to de este hecho está en que la ciencia por su parte  no piensa, ni puede  pensar, y, por cierto,  para su propio  bien, o sea, para asegurar la propia marcha que ella se ha fijado. La ciencia no piensa. Esta afirmación resulta escandalosa. Dejemos a la frase su carácter escandaloso, aun  cuando  afirmemos inmediatamente que,  no obstante, la ciencia tiene que habérselas con el pensar en su propia forma especial. En cualquier caso, esa forma sólo es auténtica  y en consecuencia fértil, si se hace visible el abismo que media entre el pensar y las ciencias, y que media entre ambos polos como infran­queable. Aquí no hay ningún puente, hay solamente un salto. Por eso, son perjudiciales  todos los puentes  provisionales y los puentes de vía estrecha  que precisamente hoy quieren  instalar  un có­modo tráfico recíproco entre el pensar y las ciencias. Y, por tanto, nosotros ahora,  en cuanto  procedemos de las ciencias, hemos de soportar lo escandaloso  y extraño del pensar, supuesto  que este­mos dispuestos al aprendizaje del  mismo.  Aprender significa: poner nuestro hacer y omitir en correspondencia con aquello que de esencial se nos adjudica en cada caso. Para que seamos capaces de lograrlo, hemos de ponernos en camino. Y si nos entregamos a la empresa  de aprender a pensar,  en el camino  que tomamos  al hacerlo, sobre todo no hemos de engañarnos precipitadamente so­bre las preguntas cruciales, y hemos de entregarnos a preguntas donde  se busca aquello  que no puede encontrarse mediante  ningún invento.

Recurrimos una vez más a Heidegger, que ya preveía la amenaza simplificadora en 1948, y que además renueva la singularidad de cada camino, pero que nos preanuncia nuestro cometido, liberado de los inventos ya establecidos, que decimos, nada pueden coercionar sobre la condena de libertad que la condición sapiens hace hombre al hombre.

Estamos instalándonos en un punto de partida. Un cero. Tan independiente como nos sea posible, dando cuenta de las coerciones vigentes, de todo color, olor, textura, sonido y paladar. Su inmediatez y urgencia, su origen en cuanto percepciones primeras, animales, no nos permiten admitirlas como contenido de pensamiento sino como lo que apenas pueden llegar a ser para la inteligencia del sapiens, los medios atávicos de la percepción primaria, los primeros signos de algo que acontece y que dan que pensar. Dar cuenta de los matices, los hechos menudos, aunque parezcan fruslerías, para pasar a entendernos con el mundo que hace frente, para liberar a nuestro camino de pensamiento de las ligaduras que se imponen o tratan de imponer, para hacernos 24 Amos y esclavos en un teatro que elegimos. Tampoco elegimos nacer, ni morir, pero son hechos consumados o consumarse, en cuyo tránsito de uno a otro si podemos elegir dar cuenta, pensarnos, o ser pensados, condenarnos a la libertad o ser sumisos a los vientos que el clima social de la época nos brinda en bandeja para que no nos molestemos y menos molestemos al statu quo normalizador que convenga a los que nos piensan como mansos esclavos resignados a los amos que así se lo creen.

Por lo tanto nos iniciamos, una vez más, hacia ese camino de aprender lo que nos diferenciaría como hombres singulares de lo grave de la época que es que aún no piensa, para el solo regocijo de los que arreglan los fines que convienen a sus singularidades, en cada caso.

El objeto, queda explícito.

 

 

 

 

 

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