32 Cero. Introducción

Lo mejor sería escribir los acontecimientos cotidianamente. Llevar un diario para comprenderlos. No dejar escapar los matices, los hechos menudos, aunque parezcan tonterías, sobre todo clasificarlos. Es preciso decir cómo veo esta mesa, la calle, la gente, mi paquete de tabaco, ya que es esto lo que ha cambiado. Es preciso determinar exactamente el alcance y la naturaleza de este cambio.

Jean Paul Sartre. La Náusea.

El pensamiento de la época parece haber perdido algún rumbo. No volveremos a Heidegger y su gravedad acerca que aún no pensamos, ni al progreso sartriano de reducción lo existente a la serie de apariciones que lo manifiestan, aunque esto último si bien se ajusta mejor al clima de esta época, nos ocupa la serie de apariciones que más de setenta años después se presentan, están ya ahí, hacen frente. Será la hora de hacernos pensadores de los cambios ocurridos en esos setenta años, que frente al asombro, la perplejidad y la angustia que provocan, intentamos con herramientas popularmente caducas, entendernos con lo que sucede, o pero, con lo que no sucede.

Hace muchos años daba clases de matemática avanzada en un instituto para jóvenes que debían ser formados para trabajar en las industrias de la zona. Rejuvenecían en mí con ello anteriores estudios en las ciencias, porque encontrábamos cierto placer de entenderlas y aplicarlas a casos complejos. Éramos jóvenes todavía. Suponíamos que había un campo que nos iba a presentar la oportunidad de aplicarlas en casos que la realidad exigiera. Nos formaron en esas formas de pensamiento que requirieron extensas horas de estudio y prácticas validadoras de la teoría. También leíamos a Sartre, y a Nietzsche, y nos sentíamos felices.

Los artistas compartían sus obras en la calle, en fondas, en ferias abiertas, en teatros independientes. Vivíamos cortazarianamente, los sábados nos tirábamos en el suelo a leernos escritos, escuchar la música libre que nos gustaba, hablábamos de bueyes perdidos o de la vigencia de los filósofos u otras literaturas sensibles a la condición de libertad indiscutible de cada propia posibilidad. En mi grupo de amigos había gente de las más diversas profesiones, arquitectos, psicólogos, matemáticos, ingenieros, de los incipientes analistas de sistemas, no profesionales inteligentes a pesar de sus cánceres irreversibles, amas de casa separadas, poetas independientes, músicos de la calle. Una noche les leí uno de mis cuentos más catártico que pensado para lecturas externas, y lloramos juntos. El valor que nos agenciaba era la compañía y el respeto de la experiencia de cada uno, al final de cuentas o cuentos, éramos simples gentes que vivíamos lo que nos tocaba, con honestidad y aceptación, sin censuras ni diferencias, con el grado posible de libertad que nos quedara, cuando en el país gobernaba la dictadura militar.

Hoy, me coloco frente a mi ordenador, y pretendo reemplazar lo que antes escribía con birome sobre cuadernos de trabajo, por estas cuestiones muy parecidas a la simpleza de lo que en el epígrafe transcribimos del comienzo del personaje de Sartre en la Náusea, Antoine Roquentin. Sentado en un bar, tratando de clasificar lo que ha cambiado, y que agregamos que va a seguir cambiando, sin solución de continuidad y menos como un retorno a los valores más sencillos que debieran hacer de la existencia algo valioso, para cada uno y de unos con los otros. Y hay veces, como un lunes antes de salir para el trabajo que me invade cierta parecida sensación a la náusea, hay que salir a la calle.

No me entretendré poniendo todo lo que acontece por escrito. En fin; lo cierto es que en ciertos momentos tengo miedo o algo parecido. Si por lo menos supiera de qué ya sería un gran paso.

Es incómodo, y demasiadas veces enferma, sentir miedo o angustia por algo invisible al pensamiento. aunque sea atributo de ser ya aquí, duele, obliga, nos drogamos para no sentirlo, y que siga el carnaval.

Sigo leyendo a mis amigos pensadores hasta Agamben, me ayudan desde Parménides. 2600 años de ayudas esfumadas en un sentimiento adverso cuando amanece el temor de hacer frente a lo que ya hace frente. No deseo ya discutir ni intercambiar posiciones filosóficas frente a un ejército tecnocrático que se impone, con una lógica rara, a toda la complejidad de haberse creado un mínimo lugar de libertad, un bunker donde pueda uno blindarse de tanta metralla post-moderna, post-capitalista, post-verdad como se explica últimamente el desapego a valores de todo color, no valen los anteriores, no tenemos los nuevos que devendrán.

Comienzo con una catarsis y agradezco la paciencia de quien pueda a llegar a leer esto. Cuando en esta época esclavizada por las finanzas, cuando las finanzas gobiernan al mundo, rebautizado global, con su semántica que parece provenir de los apostadores y los contrabandistas, algo fuerte, se opone y duele, da miedo o causa angustia. ¿Cómo empezar de nuevo?. El mundo humano que conocimos ya no existe. Pensadores sustituidos por pastores de todo color y especie. COn siempre la misma fórmula, que más allá de toda química comprobable, se parece más a un alquimia de palabras infinitas en las que el sentido está perdido.

Si comenzamos por el principio, denotaremos que hubo muchos principios en la historia, pero en la magia de las palabras reemplazadas en las diferentes épocas, si bien cambian las palabras luego se infieren falsamente nuevos principios. y esa paradoja no tiene final.

Por lo que estableceremos un método, el que si bien las palabras se suceden cambiante y arbitrariamentE, los principios siempre lo serán. Discutiremos a los valores a que refieren, pero para nada a los usos de la sana razón que nos convierte en hombres aún admitiendo la inconsciencia no como irracional sino como resultado propio del ser lo que somos y cómo podemos ser en este único mundo que es el que inventamos, ya hace demasiados miles de años, los devenidos humanos.

El olvido, característica primordial, esa imposibilidad de retener los orígenes de la racionalidad, que nos permite acaso comenzar de nuevo cada día, y no decirnos que lo grave es que aún no pensemos, nos hace modernos, como pájaros que salen de sus nidos durante la mañana en busca de alimento o pareja si no es que ya la tienen, y si la tienen cuidar de sus hijos hasta que vuelen solos en la vida que les pertenece.

No debería haber magia en esa simplicidad. Preguntamos, nos preguntamos, ¿Porqué se complica la simplicidad?.

 

 

 

 

 

 

 

 

Publicado por dosztal

Busco un pensar en nombre propio libre de las sujetaciones del mundo humano que ya hace frente

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