La genealogía es gris; es meticulosa y pacientemente documentalista. Trabaja sobre sendas embrolladas, garabateadas, muchas veces reescritas.

Así comienza Michel Foucaualt su 1. NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA, LA HISTORIA en el compendio editado como La microfísica del poder.

En su definición Genealogía (del latín genealogiagenos en griego, γενεάgenea: raza, nacimiento, generación, descendencia + logos λόγοςlogia: ciencia, estudio) es el estudio y seguimiento de la ascendencia y descendencia de una persona o familia.

Fue Nietzsche quien propiamente agrega sentido a esta definición en Genealogía de la moral, haciendo de la moral un  conjunto de reglas de comportamiento de colectivos: personas, familias, pueblos, razas, escarbando en su conocimiento de los objetos que componen la posibilidad humana y trasciende con una lectura filosa los orígenes de esa cosa, poco objetivable, como es la moral, que está incrustada en cuanto forma en la historia del hombre en su ámbito preferido que es la multiplicidad social.

Aquí no apelaremos tanto a las referencias de los autores sino a la metodología que enseñan en el laborioso camino de independización de propias formas de pensar en lugar de las atávicas, dogmatizadas, estabilizadas en el uso y las costumbres que devienen desde el fondo de la historia, enseñadas en parroquias, escuelas,  universidades de prestigio, y hasta en la calle de la cotidianeidad, que no hacen mucho más que repetir las viejas fórmulas que se aplicaron en cada momento como si hubieran habido algo así como verdades absolutas que debían ser aprendidas casi de memoria como los poesías en la primaria, bajo el supuesto que eso entrenaba la memoria.

La memoria claramente es un atributo conveniente, porque brinda al pensamiento al menos la historia de los propios aciertos y errores, de las originales alegrías y tristezas experimentadas en la propia existencia, de las que una mente libre aprende, pacientemente, a convenir con unas y alejarse de las otras.

Para nada es la memoria inculcada a través de la tradición de la historia, de las fábulas pastoriles, de las interpretaciones de sabiondos que suponen a los receptores una suerte de giles que se las creen, de los deber ser que se heredan como las cadenas genéticas en una saga familiar. o de la historia propia del devenir de los tiempos, aún cortos, desde la lenta y aún no del todo conocido acerca de la especie hombre, que demandó millones de años de una evolución desde su estado original de pura naturaleza al actual aglomerado en conjuntos sociales exageradamente agregados sin formas efectivas de hacer de ello hombres libres. Sujetos de la naturaleza los primeros, sujetos del sistema de control del biopoder actual los otros.

Demasiadas veces tendemos a rendirnos ante la evidencia, y ahí nos viene lo que no debiera ser si no comprendido el trabajo que debe realizar cada uno, según su deseo o necesidad de des-sujetarse  de los cánones genealógicamente heredados. Se heredan toda clase de mandatos, pero ninguna libertad. Esa solo la puede crear ese trabajo gris y pacienteme que ayuda a descreer de las fórmulas establecidas para crearse las propias desde la esencia de la que caigamos en cuenta que somos.

Todo este prolegómeno venía a cuenta de unas líneas borrosas que fueron escritas en el ámbito de lo más actual, presente ya, y en un paisaje como el de 26 Cuestiones vigentes, desde Giorgio Agamben:

“Hoy sabemos que para efectuar la destrucción de la experiencia no se necesita en absoluto de una catástrofe”: para ello basta perfectamente con la pacífica existencia cotidiana en una gran ciudad. “Pues la jornada del hombre contemporáneo ya casi no contiene nada que todavía pueda traducirse en experiencia: ni la lectura del diario, tan rica en noticias que lo contemplan desde una insalvable lejanía, ni los minutos pasados al volante de un auto en un embotellamiento; tampoco el viaje a los infiernos en los trenes del subterráneo, ni la manifestación que de improviso bloquea la calle, ni la niebla de los gases lacrimógenos que se disipa lentamente entre los edificios del centro, ni siquiera los breves disparos de un revólver retumbando en alguna parte; tampoco la cola frente a las ventanillas de una oficina o la visita al país de Jauja del supermercado, ni los momentos eternos de muda promiscuidad con desconocidos en el ascensor o en el ómnibus. El hombre moderno vuelve a la noche a su casa extenuado por un fárrago de acontecimientos –divertidos o tediosos, insólitos o comunes, atroces o placenteros– sin que ninguno de ellos se haya convertido en experiencia”.

Cuan poco pueden las palabras escritas tantas veces, hoy día pleno de discursos vacíos y con sentidos dirigidos. Pero vamos a las líneas borrosas. Porque de algunas de esas cuestiones se trata.

Hay alguna diferencia en la percepción de los mismos acontecimientos, la mayoría de ellas responden a un modelo casi automático: te lo informan por los noticieros, lo propagan los medios para muchos que los atienden sobre chismes y noticias de la farándula, te trata mal el taxista que no te quiere llevar porque no vas en la dirección que le conviene, se hablan chusmas que no se entienden, se opina sin fundamentos (estudiados, claro) desde cualquier lugar de difusión pública o no, los políticos son de cuarta categoría en relación a los que sí alguna vez estudiaron, pensaron, escribieron, haciéndolo desde su sensibilidad y cierta capacidad de interpretar el acerca del porqué las cosas pasan, en oposición al “sentido común” (el menos común des sentidos) de policastrados que te tratan de ganar algo desde cualquier cosa por nada , e internet es un modelo, la cotidaneidad es un sufrimiento y un espectáculo. Asistir a un evento masivo conlleva la publicidad que lo masifica, los adeptos que lo adoptan, horas de viaje, sin lugares adecuados para estacionar el auto si lo tenés, sino horas interminables de viajes colectivos y inexplicables por la asistencia que además se pagan a valores inconcebibles, y a crédito, la gente se endeuda así por respirar y pasar un tiempo en la aglomeración del colectivo sensiblero, mientras acepta un mundo que ya es como es, sin poder tener oportunidad si pudiera ser o pensar de otra manera.

No podemos olvidar a las congregaciones frente a las iglesias los domingos, o la popularidad de pastores (bien usada la palabra tan devaluada para quienes lo piensan, pastores de ovejas) que llenan salas de órdenes cristianas, musulmanas, evangélicas, y de otras especies de color y olor.

La enumeración de la cotidaneidad es imposible de abarcar en su multiplicidad, el número de posibilidades entre la superpoblación alienada son casi infinitos. Lo que si permite inferir las reglas de los dispositivos que las alienta y promueve. La esencia de  las reglas, en la expresión filosófica.

Las cosas son, en principio una percepción, y en su enumeración de posibilidades que la percepción permite, llegamos en algún momento a pretender no desorientar a nuestra capacidad de pensar esas cosas, en los infinitos de modos que la percepción nos presenta, ya que si lo hiciéramos nos quedaríamos en el día a día de la cotidaneidad que nos sacude sin solución de discontinuidad. Por lo tanto deseamos entender algo, de la infinito y múltiple, la relación que existe entre las cosas tan crudas en su acontecimiento, con las causas que las promueven o posibilitan.

Nos quedaríamos ese día menos incómodos, permitiéndonos primero pensarlo y segundo decirlo, que tanta variedad al infinito es función de algunas menores causalidades que las provocan. Al mismo tiempo daremos cuenta, a un nivel ya secundario de nuestra forma de pensar, que esas supuestas causas son a su vez efectos de otras causas antecesoras que producen efectos que luego se constituyen en causas.

No volveremos aquí sobre los filósofos griegos que en la cuenta de causas de efectos que se constituyen en causas, en una regresión a lo más primario determinan una causa única primordial, causa primera, origen de todas las cosas y que cada quién en su andar la obtendrá, y llamará por el nombre que mejor lo exprese.  Para nada es nuestro cometido aquí y hoy. Solo estamos tratando de volver desde lo cotidiano a las formas posibles de poderlo pensar, quizá para agenciarnos en lugares más tranquilos que no sea la soledad en medio de un bosque donde otras amenazas acechan.

Estamos denotando la cotidaneidad como una amenaza, y si lo afirmamos, es un crimen de lesa humanidad no evitar en el fárrago, de lo que cada día apremia, la posibilidad más lenta de poder ponerse a pensar al menos un poco de lo que sucede, que vemos, que nos arrolla, y aprender a entenderlas para encontrar un rincón de entre memoria e inferencia una explicación que nos inmunice de esa robotización, entre sistémica y determinada con arreglo a fines.

Expliquemos un poco las palabras.

Sistémico refiere a un conjunto de relaciones que se dan entre los componentes de un colectivo determinadas por las propiedades inherentes a cada componente. Se componen si agregan sus fuerzas en el mismo sentido, o al contrario se descomponen si las oponen. Eso es de lo más puro cotidiano, y de lo primario de la percepción. Me las entiendo con fulano, o lo niego hasta la muerte. Sucede a cada infinitesimo del tiempo de la vida en sociedad, a lo criollo, con tales me las entiendo, el resto que se muera. El conjunto de componentes luego se estabiliza en función a esas relaciones en un estado, entre estable e inestable, aunque convencionalmente lo estable es lo que se adopta, entre inexorable, obediente, o por la pulsión que sea puesta en juego en la interpretación.

Con arreglo a fines, tomado de Max Weber claro está, es cuando, en esas relaciones intervienen ciertos componentes que regulan la capacidad de interacción con cierto arreglo. Un arreglo en ciencias duras es un ordenamiento, pero en la blandura de la flexibilidad de las relaciones humanas, es una intervención que fuerza a la multiplicidad a obedecer ciertas reglas impuestas según ciertos fines. Los fines pueden, y desearíamos que así fuera, la mejor alternativa para tantos componentes que hacen a la sociedad, o cómo son determinados,  esos fines bien podrían ser bien otros cualesquiera, entre otros que beneficien a los que tienen la potestad (desde divina a democrática, desde empática a mafiosa) de establecer las reglas. Una regla impuesta en lo interior del sistema de interrelaciones no necesariamente es directa, o sea, comunicada, entendida y aceptada. Por lo general es indirecta, elíptica, incomunicada, inentendible e inaceptable, pero si impuesta, y lo peor, ignorada por los que las deben cumplir. Y abreviamos, la fuerza que impone el cumplimiento, como en toda la historia de la humanidad, es el miedo que provoca la soledad del incumplimiento.

Volvemos a los garabatos en una página borrador: Miro películas de toda época, atiendo a los noticieros de todos los colores políticos, salgo a la calle, y siempre veo casi el mismo paisaje, el de un mundo de iglesias que entretienen el tiempo que nos designa el ser humanos finitos, mientras se sujetan las mentes a formas de modelos pre-establecidos casi una naturalidad irrefutable, como si todos lo hacen así, porque no debería ser así. Desde el pensamiento causa-efecto es una arbitrariedad infundada, inexplicable pero cotidiana, y esa sería su validación. Por cierto apodíctica por lo tanto falsa.

Escribí, y lo voy a explicar, ingleses como ingleses, chinos como chinos. ¿Que nos pasa?. ¿Somos diferentes por nacionalidad o iguales por ser humanos?. Pueden más las diferencias de idioma, color de piel y forma de los ojos, las cárceles, que el designio de libertad que se nos otorga como especie pensante?

Quisiéramos escribir un manual del nuevo hombre que debe advenir, más honesto, más valiente, más claro en su expresión de pensamientos propios, sin censuras,  con el tiempo necesario para convenir los arreglos a fines que convengan a todos y los saberes que ello requiera, que no se acepten vivarachos que usufructen necesidades ajenas, sino lo contrario, que las necesidades los una en auxilio de otros a quienes que pueden brindarlo,  sin recompensas, con la simple gentilidad de ser gentil, noble, creíble y derecho. Desechando los mendigos que no se esfuercen en dejar de serlo, y que el común de los nobles valoren ese esfuerzo, y colaboren en su auxilio ya no al menesteroso si no al que se dirige al camino de dejar de serlo. 

Con acuerdos de arreglos sin fines predeterminados, sino por la sencilla necesidad de convivencia y supervivencia comunitaria a la necesidad y el respeto por las individualidades creíbles, entendibles por el uso de cierta sana razón, no harán falta gobiernos regulatorios, la administración se hará de acuerdo y con arreglo a cuestiones consensuadas, para el mejor beneficio y aceptado, inteligentemente, no solo por la mayoría, sino por los más.

No será ya la utilidad la preocupación, fuente genealógica de la moral. Así como las palabras dichas guardaron su sentido, como los deseos su dirección y las ideas su lógica, también hubo invasiones, luchas, rapiñas, disfraces y trampas, lo que deriva una función genealógica de la propia y singular historia de los sucesos, fuera de toda finalidad monótona, recurrente aun día. Se los encuentra allí donde menos se los espera, o pasan desapercibidos por los disfraces que lo encubren.

Los valores se capturan desde las diversas escenas en la que participan ausentes algún rol. Aprender a captar sentimientos, conciencia e instintos desde los actores reales en cada caso exige cierto saber minucioso, un pila de libros, y paciencia. Se los encontrará como “pequeñas verdades sin apariencia, establecidas por un método sever0” (F. Nietzsche, Humano, demasiado humano). 

Hace falta entonces un cierto empecinamiento en el conocimiento. La genealogía no se opone a la historia como la mirada de un águila y profunda del filósofo en relación con la mirada detallista del sabio; se opone por el contrario a las significaciones ideales y a los indefinidos teleológicos (teleología es la doctrina centrada en las llamadas causas finales, es decir, los fines). Se opone también a la búsqueda del origen.

Entendemos, aunque esto va seguir, que entonces lo grave del estado actual de cosas, tiene bastante que ver, que a todo nivel, el cierto empecinamiento por el conocimiento es un valor perdido en el fárrago de la cotidaneidad que obstaculiza el acceso al tiempo gris que tal conocimiento requiere. Mientras tanto, cantaremos, que siga el baile, porque todo el año es carnaval.

  

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