33. Cero. 1 Darse cuenta

Dar cuenta: ‘advertirlo’ o ‘percatarse de ello’ y el complemento de esta locución verbal se introduce con la preposición ‘de,’ aun en los casos en los que sigue la conjunción ‘que’. Definición.

dar cuenta

De mucho de lo que se expuso antes, pretendemos dar cuenta.

Permitir o permitirse advertir ‘el’  o el ‘que’ de algo, en principio lo que sea, o lo mismo acerca de percatar o percatarse. Lo adoptamos como un axioma, la mínima de las acciones de pensamiento necesarias para poder pensar lo que da contenido a la acción del pensamiento, también supuesta como la esencia primaria que nos convierte desde los inicios en seres humanos, como sapiens.

Se consideran Homo sapiens sapiens de forma indiscutible a los que poseen las características principales que definen a los humanos modernos: primero la equiparación anatómica con las poblaciones humanas actuales y luego lo que se define como “comportamiento moderno”.

Se conjetura que en la genealogía de la evolución humana habría existido un antepasado común masculino y uno femenino a los que se los nombró de acuerdo la fábula religiosa, dependiendo del sexo. Los restos más antiguos son los de Omo I, llamados Hombres de Kibish, encontrados en Etiopía con 195.000 años, y restos en cuevas del río Klasies en Sudáfrica con 125.000 años y con indicios de una cierta conducta más colectiva. Ésta antigüedad coincide con lo estimado para la Eva mitocondrial, la cual está considerada la antecesora de todos los seres humanos actuales y de la que se cree que vivió en el África Oriental​ (probablemente Tanzania) hace unos 200.000 años. Por otra parte, la línea patrilineal nos lleva hasta el Adán cromosómico, quien nos confirma un origen para los humanos modernos en el África subsahariana y se le calcula unos 140.000 años de antigüedad.

Sea como fuera el discurso antropológico, más allá de los 4 millones de los que se encuentra Homus, aún no sapiens, deberíamos conceder a la historia del pensamiento una largo período de unos 2000 siglos, del que solo en general se apela a unos pocos de los últimos. Y esta cientificidad para señalar la insignificancia de lo que aparezca en la corta existencia que nos toca. No haremos números de lo efímero que somos, solo quisiéramos dar cuenta de esa efimeridad que contradice tantas reglas y morales que se establecen ya aquí y ahora, y de su formato que adquiere en cualquier cotidaneidad, en la época que se la quiera re-presentar.

Sea cual fuera el punto de partida de toda pretensión de empezar a pensar libremente, cualquiera de los discursos inferidos de todo objeto de pensamiento, en toda época que se refiera, a nivel del individuo singular nacido homo y sapiens, sin que lo haya decidido ni elegido, tiene poco tiempo para dar cuenta de todo. Por lo tanto debería comenzar, decimos, por atender a esa primordial racionalidad, que se ha nacido racional, y que ya no se puede saberlo todo. Se nace ya arrojado, como proyectado en un mundo, que además de genealógicamente ya está presente, sino que también cosmologicamente es infinitesimal en el cosmos que tiene también su historia. 1 La nueva cosmología.

Advertimos o nos percatamos cuando leemos a los filósofos, esa singularidad de cada época. Desde los primeros amigos de la sabiduría, de ese descubrimiento de la infinita capacidad de generar contenidos de pensamiento que empezaron por las primeras cosas, los griegos desde Parménides hasta los cotemporáneos que estaban en nuestra misma instancia del tiempo en la historia, con la lucidez que el trabajo de conocimiento y capacidad de dar cuenta nos transmiten sus interpretaciones e inferencias, con nuevas palabras  acomodadas a la semántica que corresponde al momento en que se produce su producción.

La cuestión de dar cuenta, de ó que se parece mucho el epígrafe de la Introducción 32 Cero. Introducción:  Lo mejor sería escribir los acontecimientos cotidianamente. Llevar un diario para comprenderlos. No dejar escapar los matices, los hechos menudos, aunque parezcan fruslerías, y sobre todo clasificarlos. Es preciso decir cómo veo esta mesa, la calle, la gente, mi paquete de tabaco, ya que es esto lo que ha cambiado.
Es preciso determinar exactamente el alcance y la naturaleza de este cambio. Haberse ayudado también bastante del estudio de otros que transitaron el camino, el que nos queda aún por transitar. El nuestro propio.

Los conceptos y  su teorización en el Ámbito de lo humano en general y la filosofía en particular han acompañado los medioambientes de cada época en la historia, desde la lucidez original griega, a la escolástica medieval cristiana, al modernismo cartesiano, a la ilustración  kantiana, al idealismo hegeliano, al perspectivismo marxista y nietzsheano, a la fenomenología husserliana y luego el existencialismo de Heidegger y Sartre, en brevísimo resumen, que contiene. Luego parece terminarse la historia, Llega el postmodernismo y los eclécticos que se amoldan al clima de los nuevos poderes postGuerra Mundial, se imponen paradigmas científicos que encuentran adeptos cuyo intento es cientifizar la filosofía, si dar cuenta que además de ser ámbitos diferentes, no deberían irrumpir con la simplicidad de las fórmulas matemáticas, con la compleja diversidad del fenómeno humano.

No hay una 11 Física del pensamiento. El imperio de la razón simplificadora de las nuevas doctrinas cientificistas intentando mezclarse con la razón filosófica, deben tener un origen como se dice imperativo, ajustado a lo que pretende el nuevo orden del poder mundial y por lo tanto con arreglo a fines.

Ahora  bien, tal como  estamos  aquí, si no queremos que nos vengan con historias,  lo adecuado parece ser que rechacemos  lo dicho  esgrimiendo  que lo expuesto nada tiene que ver con la ciencia.

Es bueno que nos mantengamos tanto tiempo como sea posible en esa actitud  de rechazo de lo dicho,  pues sólo así nos situa­mos a la debida distancia  para un arranque que quizá permita  al uno o al otro dar un salto al pensamiento. En efecto, es cierto que lo dicho hasta ahora,  y toda la exposición que ha de seguir, nada tiene que ver con la ciencia, y nada tiene que ver con ella precisa­mente si nuestra disquisición aspira a ser un pensar. El fundamen­to de este hecho está en que la ciencia por su parte  no piensa, ni puede  pensar, y, por cierto,  para su propio  bien, o sea, para asegurar la propia marcha que ella se ha fijado. La ciencia no piensa. Esta afirmación resulta escandalosa. Dejemos a la frase su carácter escandaloso, aun  cuando  afirmemos inmediatamente que,  no obstante, la ciencia tiene que habérselas con el pensar en su propia forma especial. En cualquier caso, esa forma sólo es auténtica  y en consecuencia fértil, si se hace visible el abismo que media entre el pensar y las ciencias, y que media entre ambos polos como infran­queable. Aquí no hay ningún puente, hay solamente un salto. Por eso, son perjudiciales  todos los puentes  provisionales y los puentes de vía estrecha  que precisamente hoy quieren  instalar  un có­modo tráfico recíproco entre el pensar y las ciencias. Y, por tanto, nosotros ahora,  en cuanto  procedemos de las ciencias, hemos de soportar lo escandaloso  y extraño del pensar, supuesto  que este­mos dispuestos al aprendizaje del  mismo.  Aprender significa: poner nuestro hacer y omitir en correspondencia con aquello que de esencial se nos adjudica en cada caso. Para que seamos capaces de lograrlo, hemos de ponernos en camino. Y si nos entregamos a la empresa  de aprender a pensar,  en el camino  que tomamos  al hacerlo, sobre todo no hemos de engañarnos precipitadamente so­bre las preguntas cruciales, y hemos de entregarnos a preguntas donde  se busca aquello  que no puede encontrarse mediante  ningún invento.

Recurrimos una vez más a Heidegger, que ya preveía la amenaza simplificadora en 1948, y que además renueva la singularidad de cada camino, pero que nos preanuncia nuestro cometido, liberado de los inventos ya establecidos, que decimos, nada pueden coercionar sobre la condena de libertad que la condición sapiens hace hombre al hombre.

Estamos instalándonos en un punto de partida. Un cero. Tan independiente como nos sea posible, dando cuenta de las coerciones vigentes, de todo color, olor, textura, sonido y paladar. Su inmediatez y urgencia, su origen en cuanto percepciones primeras, animales, no nos permiten admitirlas como contenido de pensamiento sino como lo que apenas pueden llegar a ser para la inteligencia del sapiens, los medios atávicos de la percepción primaria, los primeros signos de algo que acontece y que dan que pensar. Dar cuenta de los matices, los hechos menudos, aunque parezcan fruslerías, para pasar a entendernos con el mundo que hace frente, para liberar a nuestro camino de pensamiento de las ligaduras que se imponen o tratan de imponer, para hacernos 24 Amos y esclavos en un teatro que elegimos. Tampoco elegimos nacer, ni morir, pero son hechos consumados o consumarse, en cuyo tránsito de uno a otro si podemos elegir dar cuenta, pensarnos, o ser pensados, condenarnos a la libertad o ser sumisos a los vientos que el clima social de la época nos brinda en bandeja para que no nos molestemos y menos molestemos al statu quo normalizador que convenga a los que nos piensan como mansos esclavos resignados a los amos que así se lo creen.

Por lo tanto nos iniciamos, una vez más, hacia ese camino de aprender lo que nos diferenciaría como hombres singulares de lo grave de la época que es que aún no piensa, para el solo regocijo de los que arreglan los fines que convienen a sus singularidades, en cada caso.

El objeto, queda explícito.

 

 

 

 

 

32 Cero. Introducción

Lo mejor sería escribir los acontecimientos cotidianamente. Llevar un diario para comprenderlos. No dejar escapar los matices, los hechos menudos, aunque parezcan tonterías, sobre todo clasificarlos. Es preciso decir cómo veo esta mesa, la calle, la gente, mi paquete de tabaco, ya que es esto lo que ha cambiado. Es preciso determinar exactamente el alcance y la naturaleza de este cambio.

Jean Paul Sartre. La Náusea.

El pensamiento de la época parece haber perdido algún rumbo. No volveremos a Heidegger y su gravedad acerca que aún no pensamos, ni al progreso sartriano de reducción lo existente a la serie de apariciones que lo manifiestan, aunque esto último si bien se ajusta mejor al clima de esta época, nos ocupa la serie de apariciones que más de setenta años después se presentan, están ya ahí, hacen frente. Será la hora de hacernos pensadores de los cambios ocurridos en esos setenta años, que frente al asombro, la perplejidad y la angustia que provocan, intentamos con herramientas popularmente caducas, entendernos con lo que sucede, o pero, con lo que no sucede.

Hace muchos años daba clases de matemática avanzada en un instituto para jóvenes que debían ser formados para trabajar en las industrias de la zona. Rejuvenecían en mí con ello anteriores estudios en las ciencias, porque encontrábamos cierto placer de entenderlas y aplicarlas a casos complejos. Éramos jóvenes todavía. Suponíamos que había un campo que nos iba a presentar la oportunidad de aplicarlas en casos que la realidad exigiera. Nos formaron en esas formas de pensamiento que requirieron extensas horas de estudio y prácticas validadoras de la teoría. También leíamos a Sartre, y a Nietzsche, y nos sentíamos felices.

Los artistas compartían sus obras en la calle, en fondas, en ferias abiertas, en teatros independientes. Vivíamos cortazarianamente, los sábados nos tirábamos en el suelo a leernos escritos, escuchar la música libre que nos gustaba, hablábamos de bueyes perdidos o de la vigencia de los filósofos u otras literaturas sensibles a la condición de libertad indiscutible de cada propia posibilidad. En mi grupo de amigos había gente de las más diversas profesiones, arquitectos, psicólogos, matemáticos, ingenieros, de los incipientes analistas de sistemas, no profesionales inteligentes a pesar de sus cánceres irreversibles, amas de casa separadas, poetas independientes, músicos de la calle. Una noche les leí uno de mis cuentos más catártico que pensado para lecturas externas, y lloramos juntos. El valor que nos agenciaba era la compañía y el respeto de la experiencia de cada uno, al final de cuentas o cuentos, éramos simples gentes que vivíamos lo que nos tocaba, con honestidad y aceptación, sin censuras ni diferencias, con el grado posible de libertad que nos quedara, cuando en el país gobernaba la dictadura militar.

Hoy, me coloco frente a mi ordenador, y pretendo reemplazar lo que antes escribía con birome sobre cuadernos de trabajo, por estas cuestiones muy parecidas a la simpleza de lo que en el epígrafe transcribimos del comienzo del personaje de Sartre en la Náusea, Antoine Roquentin. Sentado en un bar, tratando de clasificar lo que ha cambiado, y que agregamos que va a seguir cambiando, sin solución de continuidad y menos como un retorno a los valores más sencillos que debieran hacer de la existencia algo valioso, para cada uno y de unos con los otros. Y hay veces, como un lunes antes de salir para el trabajo que me invade cierta parecida sensación a la náusea, hay que salir a la calle.

No me entretendré poniendo todo lo que acontece por escrito. En fin; lo cierto es que en ciertos momentos tengo miedo o algo parecido. Si por lo menos supiera de qué ya sería un gran paso.

Es incómodo, y demasiadas veces enferma, sentir miedo o angustia por algo invisible al pensamiento. aunque sea atributo de ser ya aquí, duele, obliga, nos drogamos para no sentirlo, y que siga el carnaval.

Sigo leyendo a mis amigos pensadores hasta Agamben, me ayudan desde Parménides. 2600 años de ayudas esfumadas en un sentimiento adverso cuando amanece el temor de hacer frente a lo que ya hace frente. No deseo ya discutir ni intercambiar posiciones filosóficas frente a un ejército tecnocrático que se impone, con una lógica rara, a toda la complejidad de haberse creado un mínimo lugar de libertad, un bunker donde pueda uno blindarse de tanta metralla post-moderna, post-capitalista, post-verdad como se explica últimamente el desapego a valores de todo color, no valen los anteriores, no tenemos los nuevos que devendrán.

Comienzo con una catarsis y agradezco la paciencia de quien pueda a llegar a leer esto. Cuando en esta época esclavizada por las finanzas, cuando las finanzas gobiernan al mundo, rebautizado global, con su semántica que parece provenir de los apostadores y los contrabandistas, algo fuerte, se opone y duele, da miedo o causa angustia. ¿Cómo empezar de nuevo?. El mundo humano que conocimos ya no existe. Pensadores sustituidos por pastores de todo color y especie. COn siempre la misma fórmula, que más allá de toda química comprobable, se parece más a un alquimia de palabras infinitas en las que el sentido está perdido.

Si comenzamos por el principio, denotaremos que hubo muchos principios en la historia, pero en la magia de las palabras reemplazadas en las diferentes épocas, si bien cambian las palabras luego se infieren falsamente nuevos principios. y esa paradoja no tiene final.

Por lo que estableceremos un método, el que si bien las palabras se suceden cambiante y arbitrariamentE, los principios siempre lo serán. Discutiremos a los valores a que refieren, pero para nada a los usos de la sana razón que nos convierte en hombres aún admitiendo la inconsciencia no como irracional sino como resultado propio del ser lo que somos y cómo podemos ser en este único mundo que es el que inventamos, ya hace demasiados miles de años, los devenidos humanos.

El olvido, característica primordial, esa imposibilidad de retener los orígenes de la racionalidad, que nos permite acaso comenzar de nuevo cada día, y no decirnos que lo grave es que aún no pensemos, nos hace modernos, como pájaros que salen de sus nidos durante la mañana en busca de alimento o pareja si no es que ya la tienen, y si la tienen cuidar de sus hijos hasta que vuelen solos en la vida que les pertenece.

No debería haber magia en esa simplicidad. Preguntamos, nos preguntamos, ¿Porqué se complica la simplicidad?.

 

 

 

 

 

 

 

 

31 Abriendo cierto camino

En este país ya nadie se acuerda del 2 x 1, de las coimas de Oberbrecht, del intento de separación de Julio de Vido como diputado de la nación. ¿Nación?. Nos preguntamos que queremos decir con eso desde este lugar al sur de América, y partimos de cierta adivinación que se cubrió en 8 2×1 Ejemplo de esta época, mucho se habla y pocas cosas se concretan, al menos en favor de la gente. Hoy día nuevos distractores y confabulaciones están en circulación, hubo otros, y los seguirá habiendo.

Así como las palabras dichas guardaron su sentido, como los deseos su dirección y las ideas su lógica, también hubo invasiones, luchas, rapiñas, disfraces y trampas, lo que deriva una función genealógica de la propia y singular historia de los sucesos, fuera de toda finalidad monótona, recurrente aun día. Se los encuentra allí donde menos se los espera, o pasan desapercibidos por los disfraces que lo encubren. 30 Estado actual de cosas y la mirada filosófica.

Esa lectura deviene desde Nietzsche a Foucault, 1971. Cuarenta y seis años son nada en las cuestiones del pensar, si se piensa que no se piensa en lo general en la historia de los sucesos. Sucesos como acontecimientos. El término acontecimiento nombra la alteración azarosa, singular y continua cuyos efectos modifican el sentido de lo histórico, lo social o lo político. En un sentido más coloquial es todo lo que sucede y posee un carácter poco común o excepcional. Un grave ejemplo: el 11S.

Pre-establezcamos como inicio algunas premisas: hoy a nivel “global”, se inicie un análisis del estado de la filosofía y algunas otras cosas asumiendo los tres siguientes enunciados:

1. Heidegger es el último filósofo universalmente reconocible.

2. Los dispositivos formadores de pensamiento, sobre todo los americanos, que siguieron las mutaciones de las matemáticas, la lógica y los trabajos del círculo de Viena, mantienen como modelo dominante el de la racionalidad científica.

3. Se está desplegando una formulación post-cartesiana del sujeto cuyo origen es atribuible a prácticas no filosóficas (la política, o las “enfermedades mentales”)  y su régimen de interpretación, marcado por los nombres de Marx (y de Lenin), de Freud (y de Lacan), antes de nietzsche, enredado en operaciones, clínicas o militantes, intransmisibles. Nos lo dicen, pero no se entiende.

¿Algo común entre estos enunciados preliminares?

Uno, designan, cada uno a su manera, la clausura por definición de una época entera del pensamiento y de sus apuestas. Heidegger, en el tema de la deconstrucción de la metafísica, piensa la época como regida por un olvido original del Ser y propone un retorno a lo griego. La corriente “analítica” anglosajona descalifica la mayor parte de los conceptos clásicos como desprovistos de sentido o limitadas al ejercicio de juegos de palabras. Marx anunciaba el fin de la filosofía y su realización práctica: la revolución. Lacan habla de la “antifilosofía” y remite al imaginario la totalización especulativa. ¿Que nos pasa?

Dos, la desconexión en esos enunciados es evidente. La posición dominante de la ciencia, tal como organiza al pensamiento anglosajón hasta en su denegación anarquizante, fue ya señalada por Heidegger como un efecto último, y nihilista, acerca de la indisposición novedosa hacia la metafísica, un tanto más compleja que cualquier matemática, cuando debería dejárselas circunscritas a sus diferentes ámbitos de acción. En tanto que Freud y Marx conservan sus ideales y el mismo Lacan reconstituía  a través de la lógica y la topología, los apoyos de eventuales matemas a su idealismo postfreudiano. Y bueno, lo complacía la diferencia frente a un público entre ilustrado que no los alejaba ser como todos, gente de la calle.

La idea de una emancipación –o de una salvación– es propuesta por Marx o Lenín bajo las formas de la revolución social, pero es considerada por Freud o Lacan con un pesimismo escéptico, examinada por Heidegger en la anticipación retrospectiva del “retorno de los dioses”, en tanto que grosso modo, los americanos se adaptan al consenso alrededor de los procedimientos de la democracia representativa que ya se ha visto varias veces donde nos deja. 26 Cuestiones vigentes, por ejemplo.

Asistimos a cierto acuerdo general en cuanto a la “convicción” (que resuena a las verdades y mentiras ilusorias de Nietzsche) que no sería concebible ninguna sistemática especulativa y que ha pasado la época en que la proposición de una doctrina original del ser/lo no-ser/las formas de pensar (y si se admite que es en triángulo que se origina, desde Parménides, lo que se llama “filosofía”) podía hacerse bajo la forma de un discurso acabado, digámoslo, matemático. El tiempo del pensamiento está así ante una supuesta apertura a un régimen de comprensión diferente.

Hay desacuerdo en lo que respecta a saber si esta apertura, provisionalmente supuesta, cuya esencia es cerrar la edad metafísica, se caracteriza como revolución, retorno o crítica.

Si se traza entre los desacuerdos una diagonal (concepto geométrico), dado que que el trayecto de pensamiento que se intenta pasa por tres puntos, cada uno de los cuales está suturado a alguno de los tres lugares que designan los enunciados antes citados.

  • Con Heidegger, sostendremos que es desde de la cuestión ontológica que se sostiene la re-calificación de la filosofía como tal, en cuanto a las preguntas sobre el ser.
  • Con la filosofía analítica, diremos que la “revolución” (recordemos que las comillas indican multiplicidad de sentidos) matemático-lógica de Frege-Cantor fija orientaciones nuevas en el pensamiento. Con ellos comienza una época de subordinar a los conceptos matemáticos, otros infinitos. La teoría del significado de Frege se enfrenta a la tradición psicologista que asigna contenidos mentales a las palabras como sus significados. Frege se enfrenta a esta tradición en su artículo Sobre el sentido y la referencia, e inaugura una importante tradición en la filosofía del lenguaje.
  • Convendremos, finalmente, que ningún aparato conceptual es pertinente si no es homogéneo con las orientaciones teórico-prácticas de la doctrina moderna del sujeto, de por sí interna a procesos prácticos (clínicos o políticos). Al final de cuentas todos hablan acerca del mismo sujeto, que permanece en esa condición, sujetado. Casi olvidado por las sabidurías de época.

Se proponen entonces periodizaciones entrecruzadas, cuya unificación parece arbitraria a cada pensador, y conduciría a la elección unilateral de una de las tres orientaciones contra las otras. Somos todos sabios mientras el hombre concreto es siempre el mismo, en su momento. Algo se nos cruza en el orden del pensamiento.

Vivimos una época compleja, hasta confusa, grave en el decir heideggeriano, en razón de que las rupturas y las continuidades que constituyen su trama no se dejan reunir en palabras únicas, eso no existe.  No existe hoy “una” revolución (o “un” retorno, o “una” crítica). Se podría resumir el múltiple desfase temporal que organiza nuestro lugar de la siguiente manera:
1. Somos contemporáneos de una tercera época de la ciencia, después de la griega y la
galileana. La pausa identificable que abre esta tercera época no es (como para la griega)
una invención –la de las matemáticas demostrativas– ni (como para la galileana) un
corte –el que matematiza al discurso físico–. Es una reestructuración, a partir de la cual
se revela la naturaleza de la base matemática de la racionalidad y el carácter de la
decisión de pensamiento que la establece, y agregamos eso no sería parte de la filofía sino de un paradigma

.
2. Somos asimismo contemporáneos de una segunda época de la doctrina del Sujeto, que
ya no es el sujeto fundador , centrado y reflexivo, que circula desde Descartes a Hegel y sigue siendo todavía legible hasta Marx y Freud (y hasta Husserl y Sartre). El Sujeto contemporáneo es vacío, escindido, a-sustancial, irreflexivo. Además, no corresponde suponerlo sino respecto de procesos particulares cuyas condiciones son rigurosas. El hombre ha muerto para los analistas, según resumía Foucault. 

3. Somos, por último, contemporáneos de un comienzo en lo que hace a la doctrina (Conjunto de ideas, enseñanzas o principios básicos defendidos por un segmento de enunciadores) de la verdad, después de haberse deshecho su relación de consecución orgánica con el saber. Retroactivamente, se percibe que hasta aquí reinó, de manera absoluta, designado como lo verídico,  y conviene también decir, por extraño que esto pueda parecer, que la verdad es un término nuevo en Europa (como en otros sitios). Asimismo, este tema de la verdad cruza a Heidegger (que fue el primero en sustraerlo al saber) con los matemáticos (que rompen, a fines del siglo XIX, tanto con el objeto como con la adecuación) y con las teorías modernas del sujeto (que descentran la verdad respecto de su pronunciación subjetiva).

Dejaremos ahora la introducción al El Ser y el acontecimiento de Alain Badiou, por cierta cautela a seguir anunciando lecturas mezcladas que refieren en última instancia de cualquier acontecimiento humano a lo mismo. Si damos cuenta del enorme trabajo de pensamiento, que cada época agrega posibilidades a nosotros que somos el resto de hoy y en adelante.

El fenómeno del cambio de paradigma anunciado en su introducción por Badiou, que en la historia representa algo así como los últimos 200 años de formaciones sucesivas y alternativas a las formas de poder pensar la misma esencia, que es la que interesa, la del ser Ser Humano, en este mundo. Del hombre condenado a la libertad, dijo Sartre. Pero hombre que para cumplir con esa condena debe poder llegar a pensar, en épocas en las que todavía no piensa, como se explicaba desde Heidegger.

Se denomina lo que, en este contexto, es lo gravísimo y tal como se muestra en nuestra época, a lo que de por sí ha de ser ponderado y concurrentemente pensado. Todo lo grave da que pensar. Lo primero, y en principio, a ser pensado es lo gravísimo. Para eso tendremos que poder explicitar que es gravísimo en nuestra época que es ya se presenta como grave. 7 Alejándonos de Heidegger.

Si escuchamos entonces nos diríamos, hay algo antes del paradigma ofrecido que nos explica, cuando Tomas Kuhn circunscribía el asunto de los paradigmas a las Revoluciones del pensamiento científico, donde claramente se evidencia el concepto y que se requirieron, de Ptolomeo a Copérnico, De Copérnico a Newton, de Newton a Einstein, de Einstein a los físicos cuánticos, y toda esa historia propia de la ciencias, que agradecemos en cuanto permitan mejorar la calidad de la existencia y el tránsito del hombres en el tiempo de su vida.

Confundir la inteligencia científica con la esencia del hombre y su existencialidad, no es responsabilidad de los tantos pensadores que expusieron sus ideas con la misma inteligencia y mucho de lo que se requiere: conocimiento.

Claro está que bienvenidos las exposiciones de formas alternativas de pensar, sin olvidar que el objeto final de toda tan fantástica especulación es siempre el mismo Hombre, el sujeto desde Descartes, al escindido de esta época postfreudiana. Lo inconsciente no tiene leyes, y menos las matemáticas.

Si el hombre es sujeto inconsciente, no podrá nunca gobernárselo ccambian la realidad cotidiana del hombre comúnon las leyes y fórmulas físicas o matemáticas.

Esa pretensión, y más allá de la convención supuestamente alineada con la realidad de Badiou o Lyotard, lectores y libre-pensadores a su debida época y singularidad,  interpretan a su manera, y respetable en cuanto a construcción de su propio contenido de pensamiento,  no indican en cada propio lugar y posibilidad la capacidad de encontrar los propios y únicos caminos de tránsito que nos debemos, en cuanto condenados a la libertad, como señalábamos de Sartre. Es poco más o menos, la enseñanza de Heidegger, el último de los filósofos creadores de una nueva concepción, como tantos desde Parménides. Todos agregan valores, y facilitan el aprendizaje que requiere hacerse de cada propia libertad de pensamiento.

Solo una cosa agregamos aquí, aunque entendemos lo inacabable del tránsito de cierto camino que cada quién puede encontrar: llama a la atención tanto discurso intercambiable entre ciencias y filosofía, cuando lo prudente sería mantenerlas en su ámbitos de facilitadores a formas de coexistencia social mejores y benéficas para los hombres de esta Tierra, a su momento. El discurso científico necesariamente es riguroso, y esa rigurosidad no la entendemos del todo aplicable a la esencialidad propia del ser humano sujeto, de la historia, de su posibilidad de conciencia y regido por los impulsos  inconscientes que lo dejan afuera de toda coherción o formulación por rigurosa o razonada que fuera.

No demeritamos el gigantesco valor de la rigurosidad y razonabilidad propia de las ciencias, sino al contrario, y decimos, por favor no las mezclen con las cuestiones propias de las existencialidad del hombre en tanto hombre existente, de su tiempo. El hombre vive de acuerdo al tiempo del reloj sobre la superficie de la tierra y de su posibilidad de conocimiento y reconocimiento del mundo que, ya ahí, justo al frente, hace frente cada día. Sin negar que ese mismo tiempo transcurra más lento o más rápido en lugares con diferente velocidad relativa.

Llama la atención, cierta imposición y rigurosidad de los nuevos discursos acerca de las mismas cosas. Y aproximamos una mínima relación entre la condena de libertad que señalamos del haber nacido hombre con la experiencia ya explicada de los nuevos poderes político económicos imperantes, y en cuanto imperantes impositivos y rigurosos.

24 Amos y esclavos ; 30 Estado actual de cosas y la mirada filosófica

 

 

 

 

 

30 Estado actual de cosas y la mirada filosófica

La genealogía es gris; es meticulosa y pacientemente documentalista. Trabaja sobre sendas embrolladas, garabateadas, muchas veces reescritas.

Así comienza Michel Foucaualt su 1. NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA, LA HISTORIA en el compendio editado como La microfísica del poder.

En su definición Genealogía (del latín genealogiagenos en griego, γενεάgenea: raza, nacimiento, generación, descendencia + logos λόγοςlogia: ciencia, estudio) es el estudio y seguimiento de la ascendencia y descendencia de una persona o familia.

Fue Nietzsche quien propiamente agrega sentido a esta definición en Genealogía de la moral, haciendo de la moral un  conjunto de reglas de comportamiento de colectivos: personas, familias, pueblos, razas, escarbando en su conocimiento de los objetos que componen la posibilidad humana y trasciende con una lectura filosa los orígenes de esa cosa, poco objetivable, como es la moral, que está incrustada en cuanto forma en la historia del hombre en su ámbito preferido que es la multiplicidad social.

Aquí no apelaremos tanto a las referencias de los autores sino a la metodología que enseñan en el laborioso camino de independización de propias formas de pensar en lugar de las atávicas, dogmatizadas, estabilizadas en el uso y las costumbres que devienen desde el fondo de la historia, enseñadas en parroquias, escuelas,  universidades de prestigio, y hasta en la calle de la cotidianeidad, que no hacen mucho más que repetir las viejas fórmulas que se aplicaron en cada momento como si hubieran habido algo así como verdades absolutas que debían ser aprendidas casi de memoria como los poesías en la primaria, bajo el supuesto que eso entrenaba la memoria.

La memoria claramente es un atributo conveniente, porque brinda al pensamiento al menos la historia de los propios aciertos y errores, de las originales alegrías y tristezas experimentadas en la propia existencia, de las que una mente libre aprende, pacientemente, a convenir con unas y alejarse de las otras.

Para nada es la memoria inculcada a través de la tradición de la historia, de las fábulas pastoriles, de las interpretaciones de sabiondos que suponen a los receptores una suerte de giles que se las creen, de los deber ser que se heredan como las cadenas genéticas en una saga familiar. o de la historia propia del devenir de los tiempos, aún cortos, desde la lenta y aún no del todo conocido acerca de la especie hombre, que demandó millones de años de una evolución desde su estado original de pura naturaleza al actual aglomerado en conjuntos sociales exageradamente agregados sin formas efectivas de hacer de ello hombres libres. Sujetos de la naturaleza los primeros, sujetos del sistema de control del biopoder actual los otros.

Demasiadas veces tendemos a rendirnos ante la evidencia, y ahí nos viene lo que no debiera ser si no comprendido el trabajo que debe realizar cada uno, según su deseo o necesidad de des-sujetarse  de los cánones genealógicamente heredados. Se heredan toda clase de mandatos, pero ninguna libertad. Esa solo la puede crear ese trabajo gris y pacienteme que ayuda a descreer de las fórmulas establecidas para crearse las propias desde la esencia de la que caigamos en cuenta que somos.

Todo este prolegómeno venía a cuenta de unas líneas borrosas que fueron escritas en el ámbito de lo más actual, presente ya, y en un paisaje como el de 26 Cuestiones vigentes, desde Giorgio Agamben:

“Hoy sabemos que para efectuar la destrucción de la experiencia no se necesita en absoluto de una catástrofe”: para ello basta perfectamente con la pacífica existencia cotidiana en una gran ciudad. “Pues la jornada del hombre contemporáneo ya casi no contiene nada que todavía pueda traducirse en experiencia: ni la lectura del diario, tan rica en noticias que lo contemplan desde una insalvable lejanía, ni los minutos pasados al volante de un auto en un embotellamiento; tampoco el viaje a los infiernos en los trenes del subterráneo, ni la manifestación que de improviso bloquea la calle, ni la niebla de los gases lacrimógenos que se disipa lentamente entre los edificios del centro, ni siquiera los breves disparos de un revólver retumbando en alguna parte; tampoco la cola frente a las ventanillas de una oficina o la visita al país de Jauja del supermercado, ni los momentos eternos de muda promiscuidad con desconocidos en el ascensor o en el ómnibus. El hombre moderno vuelve a la noche a su casa extenuado por un fárrago de acontecimientos –divertidos o tediosos, insólitos o comunes, atroces o placenteros– sin que ninguno de ellos se haya convertido en experiencia”.

Cuan poco pueden las palabras escritas tantas veces, hoy día pleno de discursos vacíos y con sentidos dirigidos. Pero vamos a las líneas borrosas. Porque de algunas de esas cuestiones se trata.

Hay alguna diferencia en la percepción de los mismos acontecimientos, la mayoría de ellas responden a un modelo casi automático: te lo informan por los noticieros, lo propagan los medios para muchos que los atienden sobre chismes y noticias de la farándula, te trata mal el taxista que no te quiere llevar porque no vas en la dirección que le conviene, se hablan chusmas que no se entienden, se opina sin fundamentos (estudiados, claro) desde cualquier lugar de difusión pública o no, los políticos son de cuarta categoría en relación a los que sí alguna vez estudiaron, pensaron, escribieron, haciéndolo desde su sensibilidad y cierta capacidad de interpretar el acerca del porqué las cosas pasan, en oposición al “sentido común” (el menos común des sentidos) de policastrados que te tratan de ganar algo desde cualquier cosa por nada , e internet es un modelo, la cotidaneidad es un sufrimiento y un espectáculo. Asistir a un evento masivo conlleva la publicidad que lo masifica, los adeptos que lo adoptan, horas de viaje, sin lugares adecuados para estacionar el auto si lo tenés, sino horas interminables de viajes colectivos y inexplicables por la asistencia que además se pagan a valores inconcebibles, y a crédito, la gente se endeuda así por respirar y pasar un tiempo en la aglomeración del colectivo sensiblero, mientras acepta un mundo que ya es como es, sin poder tener oportunidad si pudiera ser o pensar de otra manera.

No podemos olvidar a las congregaciones frente a las iglesias los domingos, o la popularidad de pastores (bien usada la palabra tan devaluada para quienes lo piensan, pastores de ovejas) que llenan salas de órdenes cristianas, musulmanas, evangélicas, y de otras especies de color y olor.

La enumeración de la cotidaneidad es imposible de abarcar en su multiplicidad, el número de posibilidades entre la superpoblación alienada son casi infinitos. Lo que si permite inferir las reglas de los dispositivos que las alienta y promueve. La esencia de  las reglas, en la expresión filosófica.

Las cosas son, en principio una percepción, y en su enumeración de posibilidades que la percepción permite, llegamos en algún momento a pretender no desorientar a nuestra capacidad de pensar esas cosas, en los infinitos de modos que la percepción nos presenta, ya que si lo hiciéramos nos quedaríamos en el día a día de la cotidaneidad que nos sacude sin solución de discontinuidad. Por lo tanto deseamos entender algo, de la infinito y múltiple, la relación que existe entre las cosas tan crudas en su acontecimiento, con las causas que las promueven o posibilitan.

Nos quedaríamos ese día menos incómodos, permitiéndonos primero pensarlo y segundo decirlo, que tanta variedad al infinito es función de algunas menores causalidades que las provocan. Al mismo tiempo daremos cuenta, a un nivel ya secundario de nuestra forma de pensar, que esas supuestas causas son a su vez efectos de otras causas antecesoras que producen efectos que luego se constituyen en causas.

No volveremos aquí sobre los filósofos griegos que en la cuenta de causas de efectos que se constituyen en causas, en una regresión a lo más primario determinan una causa única primordial, causa primera, origen de todas las cosas y que cada quién en su andar la obtendrá, y llamará por el nombre que mejor lo exprese.  Para nada es nuestro cometido aquí y hoy. Solo estamos tratando de volver desde lo cotidiano a las formas posibles de poderlo pensar, quizá para agenciarnos en lugares más tranquilos que no sea la soledad en medio de un bosque donde otras amenazas acechan.

Estamos denotando la cotidaneidad como una amenaza, y si lo afirmamos, es un crimen de lesa humanidad no evitar en el fárrago, de lo que cada día apremia, la posibilidad más lenta de poder ponerse a pensar al menos un poco de lo que sucede, que vemos, que nos arrolla, y aprender a entenderlas para encontrar un rincón de entre memoria e inferencia una explicación que nos inmunice de esa robotización, entre sistémica y determinada con arreglo a fines.

Expliquemos un poco las palabras.

Sistémico refiere a un conjunto de relaciones que se dan entre los componentes de un colectivo determinadas por las propiedades inherentes a cada componente. Se componen si agregan sus fuerzas en el mismo sentido, o al contrario se descomponen si las oponen. Eso es de lo más puro cotidiano, y de lo primario de la percepción. Me las entiendo con fulano, o lo niego hasta la muerte. Sucede a cada infinitesimo del tiempo de la vida en sociedad, a lo criollo, con tales me las entiendo, el resto que se muera. El conjunto de componentes luego se estabiliza en función a esas relaciones en un estado, entre estable e inestable, aunque convencionalmente lo estable es lo que se adopta, entre inexorable, obediente, o por la pulsión que sea puesta en juego en la interpretación.

Con arreglo a fines, tomado de Max Weber claro está, es cuando, en esas relaciones intervienen ciertos componentes que regulan la capacidad de interacción con cierto arreglo. Un arreglo en ciencias duras es un ordenamiento, pero en la blandura de la flexibilidad de las relaciones humanas, es una intervención que fuerza a la multiplicidad a obedecer ciertas reglas impuestas según ciertos fines. Los fines pueden, y desearíamos que así fuera, la mejor alternativa para tantos componentes que hacen a la sociedad, o cómo son determinados,  esos fines bien podrían ser bien otros cualesquiera, entre otros que beneficien a los que tienen la potestad (desde divina a democrática, desde empática a mafiosa) de establecer las reglas. Una regla impuesta en lo interior del sistema de interrelaciones no necesariamente es directa, o sea, comunicada, entendida y aceptada. Por lo general es indirecta, elíptica, incomunicada, inentendible e inaceptable, pero si impuesta, y lo peor, ignorada por los que las deben cumplir. Y abreviamos, la fuerza que impone el cumplimiento, como en toda la historia de la humanidad, es el miedo que provoca la soledad del incumplimiento.

Volvemos a los garabatos en una página borrador: Miro películas de toda época, atiendo a los noticieros de todos los colores políticos, salgo a la calle, y siempre veo casi el mismo paisaje, el de un mundo de iglesias que entretienen el tiempo que nos designa el ser humanos finitos, mientras se sujetan las mentes a formas de modelos pre-establecidos casi una naturalidad irrefutable, como si todos lo hacen así, porque no debería ser así. Desde el pensamiento causa-efecto es una arbitrariedad infundada, inexplicable pero cotidiana, y esa sería su validación. Por cierto apodíctica por lo tanto falsa.

Escribí, y lo voy a explicar, ingleses como ingleses, chinos como chinos. ¿Que nos pasa?. ¿Somos diferentes por nacionalidad o iguales por ser humanos?. Pueden más las diferencias de idioma, color de piel y forma de los ojos, las cárceles, que el designio de libertad que se nos otorga como especie pensante?

Quisiéramos escribir un manual del nuevo hombre que debe advenir, más honesto, más valiente, más claro en su expresión de pensamientos propios, sin censuras,  con el tiempo necesario para convenir los arreglos a fines que convengan a todos y los saberes que ello requiera, que no se acepten vivarachos que usufructen necesidades ajenas, sino lo contrario, que las necesidades los una en auxilio de otros a quienes que pueden brindarlo,  sin recompensas, con la simple gentilidad de ser gentil, noble, creíble y derecho. Desechando los mendigos que no se esfuercen en dejar de serlo, y que el común de los nobles valoren ese esfuerzo, y colaboren en su auxilio ya no al menesteroso si no al que se dirige al camino de dejar de serlo. 

Con acuerdos de arreglos sin fines predeterminados, sino por la sencilla necesidad de convivencia y supervivencia comunitaria a la necesidad y el respeto por las individualidades creíbles, entendibles por el uso de cierta sana razón, no harán falta gobiernos regulatorios, la administración se hará de acuerdo y con arreglo a cuestiones consensuadas, para el mejor beneficio y aceptado, inteligentemente, no solo por la mayoría, sino por los más.

No será ya la utilidad la preocupación, fuente genealógica de la moral. Así como las palabras dichas guardaron su sentido, como los deseos su dirección y las ideas su lógica, también hubo invasiones, luchas, rapiñas, disfraces y trampas, lo que deriva una función genealógica de la propia y singular historia de los sucesos, fuera de toda finalidad monótona, recurrente aun día. Se los encuentra allí donde menos se los espera, o pasan desapercibidos por los disfraces que lo encubren.

Los valores se capturan desde las diversas escenas en la que participan ausentes algún rol. Aprender a captar sentimientos, conciencia e instintos desde los actores reales en cada caso exige cierto saber minucioso, un pila de libros, y paciencia. Se los encontrará como “pequeñas verdades sin apariencia, establecidas por un método sever0” (F. Nietzsche, Humano, demasiado humano). 

Hace falta entonces un cierto empecinamiento en el conocimiento. La genealogía no se opone a la historia como la mirada de un águila y profunda del filósofo en relación con la mirada detallista del sabio; se opone por el contrario a las significaciones ideales y a los indefinidos teleológicos (teleología es la doctrina centrada en las llamadas causas finales, es decir, los fines). Se opone también a la búsqueda del origen.

Entendemos, aunque esto va seguir, que entonces lo grave del estado actual de cosas, tiene bastante que ver, que a todo nivel, el cierto empecinamiento por el conocimiento es un valor perdido en el fárrago de la cotidaneidad que obstaculiza el acceso al tiempo gris que tal conocimiento requiere. Mientras tanto, cantaremos, que siga el baile, porque todo el año es carnaval.