Podremos entender que hay muchas que dan que pensar. Y más allá del inexorable uso de las palabras en el lenguaje que fuera, señalábamos bastante antes que las palabras, sin temor a repetirnos, entre otras cosas y lugares que: «Aprendamos a escuchar, si se afirma que lo más urgente  de pensarse radica en que no pensamos  todavía. No se dice que ya no pensamos, el «todavía no», dicho con precaución, quiere  indicar que sin duda estamos  en el camino  del pensamiento desde hace mucho tiempo,  no sólo en camino hacia el pensamiento como un comportamiento ejercitado, sino además  de camino en el pensamiento, en el camino  del pensamiento, dentro de él. Y lo entendemos como un cierto optimismo. la  afirmación pretende un amanecer en el horizonte del desierto, que no es cosmológico sino exclusivamente humano». 9 El desierto.

Detengámonos un momento, diría el maestro a sus discípulos, memoricen la primera percepción que se les aparece en el pensamiento al expresar en voz alta las palabras amo y esclavo. Por favor, agrega regístrenla, para no olvidarla.

No se exige demasiado con el ejercicio, y es un comienzo del camino que pretende un amanecer en el horizonte del desierto. Como se lo quiera pensar en primera instancia, operación supremamente individual, que sólo será útil a la mano del que lo ejercite. Es como el significante sausseuriano de la palabra árbol. Cada pronunciación de árbol remite a la imagen en cualquier lengua convencional, es el significado, propio de cada uno de su árbol. Improbablemente habrá dos imágenes iguales cuando alguien perciba su árbol. Y esto es lo que señala el maestro, en cuestiones menos simples, como la del amo y el esclavo.

Y re-señalamos, en este caso, las usaremos de entrada, con fines predeterminados para quizá poder expresar en palabras posibles una imagen, significado, de una realidad presente y significante.

En nuestro caso, en primerísima instancia, pensamos en los mercaderes que trajeron esclavos a América, donde hacían falta trabajadores, y que determinados amos, los compraban a buen precio (como una inversión en maquinaria, más modernamente) a esos mercaderes, para ponerlos a trabajar a su provecho al costo de la supervivencia de los esclavos comprados, que como valor laboral era el mínimo necesario, y bajísimo comparado con las ganancias cuyo trabajo producía. El tráfico era ilegal, pero los intermediarios hacían fortunas, muchas de las cuales subsisten todavía. Y nos queda la imagen de la discriminación que en algunos lugares aún se hace a los descendientes de aquellos raptados a sus orígenes para beneficios de los más, tratando de nombrarlos de una manera entre provisional y nominal, “poderosos” amos.

Y ahí estamos, entre una propuesta a seguir pensando, la imagen preliminar de cada uno y la explicitación de la nuestra primaria presentación a nuestro modo de pensamiento inicial. Y tomamos registro de ese mismo.

Platón, tiene sus cuestiones favoritas: una principal es si la virtud puede ó no puede enseñarse. La respuesta sólo puede darla el que conozca la virtud en sí misma, porque nuestro espíritu se resiste á determinar con certidumbre ninguna de las propiedades de un ser, cuya naturaleza no le sea claramente conocida. Son argumentos que alimentan algo así como el retorno retorno a pesar del enojo de Nietzsche con el idealismo platónico. Y solo para irlo pudiendo pensar.

¿Pero que se piensa como virtud? ¿Dejamos esa palabra de lado? ¿Que significado es remitido a esa cadena de letras v i r t u d ? Menón responde a Sócrates, en obra de Platón:  La primera es, que la virtud de un hombre, de una mujer, de un niño, de un anciano, consiste en el cumplimiento de ciertos deberes públicos y privados, y que es fácil determinar.

Menón contesta con su imagen más primaria, no puede hacer otra cosa. Ya está en el diálogo y debe responder a una pregunta.  Y lo hace a su propia y directa manera.

En algún momento Sócrates por letra de Platón dice:

“Estoy tan distante de saber si la virtud, por su naturaleza , puede enseñarse, que hasta ignoro absolutamente lo que es la virtud.  En el mismo e idéntico caso, de tí Menón, me hallo yo; tan falto de recursos como mis conciudadanos ; y en verdad siento mucho no tener ningún conocimiento de la virtud. ¿Ni cómo podría conocer yo las cualidades de una cosa, cuya naturaleza ignoro? ¿Te parece posible, que uno que no conozca la persona de Menón, pueda saber si es hermoso, si es rico, noble; ó si es todo lo contrario? ¿Crees tú que ésto sea posible?. Yo no he encontrado aún á nadie que lo sepa, a juicio mío”.

El método socrático es una forma dialéctica o demostración lógica para la indagación o búsqueda de ideas, conceptos o temores subyacentes en el contenido de lo expresado. Este método fue descrito por Platón en sus diversos diálogos socráticos, de los que aquí se muestra muy parcialmente el Menón.

Es una forma de búsqueda de  cierta verosimilitud filosófica. Son dos interlocutores cada uno a su turno, con uno liderando la discusión y el otro asintiendo o concordando a ciertas conjeturas que se le muestran para su aceptación o rechazo.

Un diálogo socrático puede pasar en cualquier momento entre dos personas cuando éstas buscan la respuesta a una pregunta si ésta la admite mediante su propio esfuerzo de reflexión y razonamiento . Se empieza haciendo todo tipo de preguntas hasta que los detalles del ejemplo son evidenciados para ser luego usados como plataforma para alcanzar valoraciones más generales.

Es la forma antigua de poder pensar el camino en el pensamiento, en el camino  del pensamiento, dentro de él, 2500 años después.

Ante la explicación de multiplicidad de formas acerca de las virtudes en diversos casos de Menón, Sócrates responde:

“Aunque haya muchas y de muchas especies, todas tienen una esencia común, mediante la que son virtudes; y el que ha de responder á la persona que sobre esto pregunte, debe fijar sus miradas en esta esencia, para poder explicar lo que es la virtud. ¿No entiendes lo que quiero decir?

En la mayéutica, nadie se enoja ante tal pregunta fuerte, porque en el relato platónico, lo que se trata es de aquella manera en que el primer entendimiento primario acerca de algún objeto, puede ir creciendo en volumen y profundidad, en la medida que nuevas acepciones intercambiadas permiten agregar significados a los mismos significantes. Estamos así citando a los inicios de la filosofía, podemos dar cuenta de ello, y seguir algún método aun cuando no fuera aquél primario.

Dice Sócrates: “Pero dime, Menon: ¿consiste la virtud de un hijo ó de un esclavo en ser capaz de mandar a su dueño?.

MENÓN: No me parece, Sócrates. ,

SÓCRATES: Eso seria contra razón, querido mío. Considera ahora lo que voy á decirte. Haces consistir la virtud en la capacidad de mandar; ¿no te parece que añadamos justamente y no injustamente?

La justicia, se sigue, es una de las formas de la virtud.

No se transcribirá todo el Menón. Es solo un ejemplo de lo que no hacemos sencillamente cuando algo se presenta al pensamiento.

¿Qué  nombramos con la palabra  «pensar»?. Y nos repetimos quizá porque nos cuesta alejar la importancia que esto le brindamos. Oímos  las palabras «pensar», «pensado», «pensamiento», y unimos con ellas un sentido. Lo que allí nos viene a la mente  es en primer  lugar algo huidizo  y confuso.  En general nos basta con quedarnos en ese plano,  que da cierta satisfacción  a las exigencias  del hablar usual dentro de la comprensión corriente, una comprensión que no quiere  perder  tiempo  demorandose en el sentido  de las palabras. Más bien, las palabras  se desperdician incesantemente y se consumen  en la disipación.  Y eso contiene  una sorprendente ventaja, pues con ayuda de las palabras gastadas todos  pueden  hablar sobre  cualquier cosa. Y no es lo que presentamos desde el inicio aquí.

Pero ¿qué pasa cuando preguntamos en nombre propio qué es lo nom­brado  en la palabra, aquí en la palabra  «pensar»? Entonces  atendemos  a la palabra  como  tal. Al tomar ese camino nos atrevemos a entrar  en el juego del lenguaje, hacia el cual está orientada nuestra  esencia. Y no  podemos  eludir  ese riesgo desde  el momento en que  nos damos cuenta  del hecho de que el pensar es el decir esencial y en qué medida lo es.

Las palabras  fácilmente  aparecen  en primer  lugar como  pala­bras. Y a su vez como habladas aparecen  primeramente en la acús­tica verbal.  El sonido  es percibido sensiblemente. Lo sensible se tiene por lo inmediatamente dado. Al sonido de la palabra va unida su significación.  Este componente de la palabra  no es perceptible sensiblemente. Lo no sensible en las palabras es su sentido, la significación. Por eso se habla de actos que confieren sentido, que dotan de sentido al sonido. Entonces las palabras están llenas de sentido, o tienen una mayor significación. Las palabras son algo así como un cubo o un tonel, de los que se puede sacar significación. Casi repetimos a Saussure.

No deberíamos  tomar  esta palabra “pensar” en un sentido  que nos ha venido a dar en la mano, para desarrollarlo en un concepto  sobre cuya fundamento nos exigimos acerca del pensamiento. No está confiado a la arbitrariedad. Lo que significa «pensar» determina el mandato  de pensar. Pero el mandato que encomienda el pensamiento a nues­tra esencia humana no es ninguna coacción. El mandato lleva nuestra esencia a lo libre, y lo hace en forma tan decisiva que, lo que nos llama al pensamiento, nos da por  primera vez la libertad  de lo libre, para que allí pueda habitar lo humanamente libre. La esencia ini­cial de la libertad se esconde en el mandato  que da a pensar a los mortales lo más merecedor de pensarse.

Ni las palabras dicen lo que dicen ni la esclavitud es un mandato. Tal vez alguna vez la corriente de lo uno, mayoritario, rinda cuentas a ese don esencial del hecho concreto de haber nacido humano.

Estamos escribiendo palabras acerca de qué pensamos sobre el pensar y nos volvemos sobre lo dicho para volver al principio, acerca de amos y esclavos. Hay cierta arbitraria carencia en el alcance inmediato de las palabras que elijamos para intentar describir lo más ciertamente posible de lo que ocupa a nuestro pensamiento y sensación. De todas maneras nuestros pensadores, siempre lo han intentado, y eso merece respeto, aunque no sea muy popular en épocas graves como la que nos toca devenir, algunos años solamente.

[ Aristóteles· Política· libro primero· I· II· III· IV· V ] Política · libro primero, capítulo II. De la esclavitud: La vida es el uso y no la producción de las cosas, y el esclavo sólo sirve para facilitar estos actos que se refieren al uso. Propiedad es una palabra que es preciso entender cómo se entiende la palabra parte: la parte no sólo es parte de un todo, sino que pertenece de una manera absoluta a una cosa distinta que ella misma. Lo mismo sucede con la propiedad; el señor es simplemente señor del esclavo, pero no depende esencialmente de él; el esclavo, por lo contrario, no es sólo esclavo del señor, sino que depende de éste absolutamente. Esto prueba claramente lo que el esclavo es en sí y lo que puede ser. El que por una ley natural no se pertenece a sí mismo, sino que, no obstante ser hombre, pertenece a otro, es naturalmente esclavo. Es hombre de otro el que en tanto que hombre se convierte en una propiedad, y como propiedad es un instrumento de uso y completamente individual.

Es preciso ver ahora si hay hombres que sean tales por naturaleza o si no existen, y si, sea de esto lo que quiera, es justo y útil el ser esclavo, o bien si toda esclavitud es un hecho contrario a la naturaleza. La razón y los hechos pueden resolver fácilmente estas cuestiones. La autoridad y la obediencia no son sólo cosas necesarias, sino que son eminentemente útiles. (parece Locke)
Algunos seres, desde el momento en que nacen, están destinados, unos a obedecer, otros a mandar; aunque en grados muy diversos en ambos casos……..

Por lo pronto el ser vivo se compone de un alma y de un cuerpo, hechos naturalmente
aquella para mandar y éste para obedecer. Por lo menos así lo proclama la voz de la naturaleza, que importa estudiar en los seres desenvueltos según sus leyes regulares y no en los seres degradados……

Recortamos, de Aristóteles, el esclavo es en sí y lo que puede ser. El que por una ley natural no se pertenece a sí mismo, sino que, no obstante ser hombre, pertenece a otro, es naturalmente esclavo.

Se oye durísimo, pero tiene que ver con el uso de las palabras.  Si escuchamos y 2.500 años después, lo exploramos como si entonces fuera hoy, deberíamos con cierta honestidad que ya entonces decía lo que hace frente en lo grave del cotidiano que hace frente. Y traducimos, más allá de la “ley natural”, que perdón Aristóteles, no entendemos del todo bien, el no pertenecerse a sí mismo, es equivalente a no pensar por sí mismo, que es el don natural que disponemos los humanos, desde que aparecimos en este planeta.

Más tarde Spinoza, y que agrada mejor a la armonía de nuestro camino de pensamiento hace del alma y del cuerpo dos atributos equivalentes, señalando que lo que uno pueda también el otro, y entonces se permite preguntar ¿cuanto puede el cuerpo?, desde situaciones extremas o peligrosas o la fuerza de un puño que destroza la cabeza de la madre, y claramente paraleliza que la potencia del cuerpo es en todo igual a la del alma. Fueron necesarios 2.200 años para permitir esta diferencia de concepción, y no nos parece para nada poco tiempo, aún una eternidad pendiente1 La nueva cosmología

Para los calificados esclavos, ¿que es? ¿Miedo a la posibilidad de supervivencia? ¿Miedo a la libertad?. (Véase a Erich Fromm respecto del nazismo).

KARL MARX
(Hegel … considera el trabajo como la esencia, como la esencia probatoria del
hombre.)

Del capítulo IV de la Fenomenología del Espíritu, titulada: “Autonomía y dependencia de la Autoconciencia: Dominio y Servidumbre”. De Hegel:

“El Deseo humano debe dirigirse sobre otro Deseo. Para que haya Deseo humano es indispensable que haya ante todo una pluralidad de Deseos (animales). Dicho de otro modo, para que la Autoconciencia pueda nacer del Sentimiento de sí, para que la realidad humana pueda constituirse en el interior de la realidad animal, es menester que esa realidad sea esencialmente múltiple. El hombre no puede, en consecuencia, aparecer sobre la tierra sino en el seno de un rebaño. Por eso la realidad humana sólo puede ser social. Más para que el rebaño devenga una sociedad, la sola multiplicidad de Deseos no basta; es necesario aún que los Deseos de cada uno de los miembros del rebaño conduzcan -o puedan conducir – a los Deseos de los otros miembros. Si la realidad humana es una realidad social, la sociedad sólo es humana en tanto que conjunto de Deseos que se desean mutuamente como Deseos”.

El hombre se “reconoce” humano al arriesgar su vida para satisfacer su Deseo humano, es decir, su Deseo que se dirige sobre otro Deseo. Pero desear un Deseo es querer superponerse a sí mismo al valor deseado en ese Deseo. Porque sin esta sustitución se desearía el valor, el objeto deseado y no el Deseo mismo. Desear el Deseo de otro es pues en última instancia desear que el valor que yo soy o que “represento” sea el valor deseado por ese otro: quiero que él “reconozca” mi valor como su valor; quiero que él me “reconozca” como un valor autónomo. Dicho de otro modo, todo Deseo humano, antropógeno, generador de la Autoconciencia, de la realidad humana, se ejerce en función del deseo de “reconocimiento”. Y el riesgo de la vida por el cual se “reconoce” la realidad humana es un riesgo en función de tal Deseo. Hablar del “origen” de la Autoconciencia implica por necesidad hablar de una lucha a muerte por el “reconocimiento”. (Lacan expresa casi lo mismo)

Tampoco transcribimos toda la dialéctica del Amo y el Esclavo de Hegel, pero retendremos su conceptos, recortados, de la larguísima Fenomenología del Espíritu, que fuera ampliamente considerada y paradigma en su época.  Destacamos su introducción, no tan difundida hasta entonces de la palabra, y concepción asociada, del Deseo, con mayúsculas. Luego vendrían nuevos modelos que lo rankeaban en primerísimos lugares, de esta cuestión de entenderse como humano en una época, grave, que demasiados aún no podemos dar total cuenta de la enorme multiplicidad que se intenta abarcar, y asumimos, por un momento que tal pretensión sea entre errada o equivocada, cuando lo que nos enseña la sabiduría (que es experiencia), es acercarse a lo que rodea al ser uno mismo, en cualquier lugar y circunstancia, cuyas causas aunque se las explore al infinito, ya son efectos concretos en cada caso que se pueda pensar.

El esclavo hegeliano desea llegar a ser amo. El amo hegeliano no puede sino desear seguir siéndolo. El amo depende del reconocimiento del esclavo, el esclavo desea el reconocimiento del amo cuando deje de ser esclavo para llegar a ser amo, y para ello debe arriesgar su vida, que es lo fuerza tal reconocimiento. En ambos sentidos de la dialéctica, ambos son esclavos.

Extrañas paradojas se detectan en estas cuestiones acerca de amos y esclavos, ya desde los inicios de la historia de la filosofía. Y nos miramos en el espejo de lo que hace frente hoy, época grave, donde cambiadas las palabras, rigen aún las categorías. Dueños del poder o de los medios de producción, los amos, versus lo trabajadores asalariados, o ya no, los sin trabajo, los esclavos que dependen, en relaciones perversas en un mercado cada vez más poblado de los unos y de los otros. El tablero del juego ha cambiado, aunque no entendemos que las reglas lo hayan hecho.

Ni la naturaleza aristotélica ni la dialéctica hegeliana nos permiten ampliar mucha nuestra capacidad de entendimiento frente al las cuestiones concretas de lo cotidiano en que no hallamos.  Hoy, poblaciones en aumento, tecnología creciente, robots que hacen los trabajos manuales, redes globales que reemplazan puestos de trabajo de administración y servicios, caída del poder de consumo generalizado, aumento de las cargas impositivas que los países imponen sobre las masas de sujetos imponibles, reparto irrespetuoso de los costo de asistencia y desprotección a los retirados que pagaron fortunas en su vida laboral,  mientras los “gobernantes” (y somos generosos con el sustantivo) se cubren con las comisiones de cada transacción las que se multiplican, sin auditoría ni control, ya que las leyes ya son de otra época, y seguramente muchos otros factores no enunciados, empobrecen a la mayoría, y enriquecen a las minorías que usufructúan del sistema neoliberal vigente, re-establecen de esa manera la categorización, aunque los discursos mantienen explicaciones que no tienen explicación, en sentidos contrarios, y excesivamente creídos, al modo del dogma religioso, como seguramente simple expresión inconsciente de deseos.

No hay una naturaleza que indique que nacer esclavo es inexorable, ni que se entienda la diferencia que unos nacen para gobernar y otros para obedecer, aunque el idealismo aristótelico  señala que debería ser mejor para todos. No es fácil incluir las leyes de la Naturaleza en el alma del ser humano, aún cuando de ella provenga.  Como solemos decir, las palabras, al no ser escuchadas sino sólo al nivel inmediato de alguna significación corriente, to lo permiten.

Los discursos de la religión cristiana son un modelo, explican lo inexplicable, crean milagros imposibles,  generan esperanzas gratuitas a los que al final van a morir, engañados y crédulos, igualmente, serán tierra en la Tierra. El capitalismo primero y el neoliberalismo, con toda la plataforma tecnológica disponible, explotan el modelo hasta les sea posible. Actúan como directores de conciencia masiva, porque aprendieron que da buenos resultados. Enormes masas obedientes a un poder que no lo tiene, sino que se lo apropiado por simple credulidad de su aceptación natural de haber nacido, aristotelicamente, obedientes.

Llegará el día y la hora, en que los esclavos nominales, ilusorios, jueguen su vida, en pos de una síntesis, no hay ni amos ni esclavos, somos iguales frente a la Naturaleza, y deberíamos asociarnos en ello. Está claro que no vendrá desde los “poderosos#” ni de los “gobernantes”. Está en el hombre, en su capacidad de llegar a pensarse así mismo, con nuevos valores, como el Übermensch nietzsheano.

3 comentarios sobre “24 Amos y esclavos

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