Dejaremos toda teoría y lecturas por un momento.

Hoy 13 de julio 2017 la policía desalojó a trabajadores despedidos de Pepsico en Florida, muy cerca de la Ciudad de Buenos Aires. Las imágenes y escenas nos hacen a los argentinos recordar las peores épocas de los últimos años, en que se reprimían severamente a pobres con pobres.

500 pobres mal despedidos por una multinacional que no incluyó alternativas en el análisis de la decisión no brindó opciones algunas, en un país raro, en el que cada día hay menos trabajo genuino, y un gobierno, bueno, de alguna manera hay que nombrarlo, es apático a las mínimas necesidades de la población, esa gente de la calle que como un estribillo de pueblo chico ha ya comenzado a circular en la formación de una lengua tan devaluada como la moneda, los valores, la dignidad, el trabajo y el respeto.

Ese gobierno no se movió nada para paliar la situación, pero si movió a más de 500 policías, tan pobres como los obreros despedidos, pertrechados con equipo que cuesta muchísimo más que un año de sus magros salarios, para reprimirlos y sacarlos de la fábrica que habían tomado, en espera de alguna acción o ayuda de alguna parte.

Solamente estamos arrancando desde una caso de los muchos que se presentan en el país actual. Casi todos se resuelven más sencillamente: “basta” con la indiferencia oficial, entendiendo como que alcanza con la indiferencia. Pero hay otro entendimiento:

!Basta con la indiferencia oficial!

Y hasta aquí el caso. Que da que pensar.

Marx lo dedujo, el capitalismo, en su esencia sistémica, derivaría en la concentración de los capitales adueñados de los medios de producción, incluidos los trabajadores,  en su lógica de maximizar la plusvalía a través, entre otras tantas maniobras, la baja de los costos, que derivaría en eliminación de puestos de trabajo, disminución de las ayudas sociales que compensan la falta de poder de subsistencia, algo así como la muerte del hombre foucaultiana en las sociedades disciplinarias modelo de su época.

En la Europa del S XIX, en pleno auge de la segunda versión capitalista, con cada vez más tecnología a la mano, y necesidad de más trabajadores, se vivió un equilibrio que tuvo la apariencia  de estabilidad , y la población  se duplicó, creciendo como nunca antes. El desarrollo de la Revolución Industrial tuvo bastante que que ver con ese aumento, especialmente en Gran Bretaña, Alemania y Francia. Sin embargo, los problemas económicos y políticos generaron luego una gran emigración hacia América (finales del siglo XIX y principios del XX), y luego las dos guerras mundiales provocaron una gran mortandad.

Casi nadie entre los pensadores y ninguno de los estadistas, dieron cuenta acerca de lo que se estaba preparando. No se previó el fenómeno de la superpoblación.

La depresión de 1873 fue causada por una profunda crisis industrial y también agraria. Agotado el empuje del primer ciclo industrializador –el del algodón, el vapor y el ferrocarril-, eran muchos los países que en Europa y fuera de ella se habían incorporado, mejor o peor, a la nueva economía industrial. La producción había crecido tanto que en algunos sectores se crean situaciones de exceso de oferta. Fue quizá el primer aviso.

El descubrimiento y difusión de nuevas fuentes de energía (electricidad y petróleo), nuevas técnicas (motores eléctricos, radio), nuevos sectores industriales (química y electricidad) o nuevas formas de organización de la industria (cárteles o “trusts”, principio de la concentración) permitieron a algunos países salir de la crisis en mejores condiciones.  El imperialismo –la expansión económica y militar de Europa en otros continentes— fue otra de las formas para tratar de superar la crisis. En todo caso, cuando la gran depresión comenzó a remitir hacia la década de 1890, la economía mundial había cambiado sustancialmente.

Luego vendrá, La Gran Depresión, también conocida como Crisis del 29, fue una crisis económica mundial que se prolongó durante la década de 1930 , en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial . Su duración depende de los países que se analicen, pero en la mayoría comenzó alrededor de 1929 y se extendió hasta finales de la década de los años treinta o principios de los cuarenta . Fue la depresión más larga en el tiempo, de mayor profundidad y la que afectó a mayor número de países en el siglo XX, hasta ese momento. En el siglo XXI ha sido utilizada como paradigma de hasta qué punto se puede producir un grave deterioro de la economía a escala mundial.

El humorista argentino ya fallecido, con el ingenio de la ironía popular, Fontanarrosa, saca un breve comic, que se publicaba diariamenente en Clarín en su última página: un periodista micrófono en mano, y acompañando la caminata del entonces ministro de economía Martínez de Hoz, pregunta: — ¿Señor ministro, cree usted que la actual crisis va a ser superada? —. El ministro responde: — Seguro señor periodista, ya vendrán otras peores —.

La Crisis del 29 tuvo efectos devastadores en casi todos los países, ricos y pobres, donde la inseguridad y la miseria se transmitieron como un virus, cayeron la renta nacional, los ingresos fiscales, los beneficios empresariales y los precios.

El comercio internacional descendió entre un 50% y un 66%. El desempleo en Estados Unidos aumentó al 25%, y en algunos países alcanzó el 33%.​ ​ (todos lo números aburren) Ciudades de todo el mundo se vieron gravemente afectadas, especialmente las que dependían de la industria pesada, y la industria de la construcción se detuvo prácticamente en muchas áreas. La agricultura y las zonas rurales sufrieron la caída de los precios de las cosechas, que alcanzó aproximadamente un 60%.​  

Ante la caída de la demanda, las zonas dependientes de las industrias del sector primario, con pocas fuentes alternativas de empleo, fueron las más perjudicadas.​ ​

Los países comenzaron a recuperarse progresivamente a mediados de la década del 30, pero sus efectos negativos en muchas zonas duraron hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.​ La elección de Roosevelt como presidente y el establecimiento del New Deal en 1932, marcó el inicio del final de la Gran Depresión en Estados Unidos, Keynes mediante. Sin embargo, en Alemania, la desaparición de la financiación exterior a principios de la década de 30 y el aumento de las dificultades económicas, propiciaron la aparición del nacional-socialismo y la llegada de Hitler al poder, mientras en Rusia se imponía el stalinismo.

El mundo era autoritario.

Keynes al respecto enunció en 1936 (inspirado por la Gran Depresión), en su libro conocido como la Teoría General: “Los especuladores podrían no resultar perjudiciales si fuesen como burbujas en una corriente empresarial estable. Pero la situación es grave cuando es la empresa la que se convierte en un remolino de especulación. Cuando el desarrollo del capital de un país se convierte en un subproducto de las actividades de un
casino, es probable que el trabajo se haya hecho mal. (Y no explicitaba la participación de la grandes empresas internacionales en la Alemania nazi).

Palabras proféticas, de hecho.

En los años setenta, Minsky explicaba un poco más allá de Keynes , combinándola con lo cíclico las crisis paradójicas del capitalismo, sugiriendo que los períodos de estabilidad y crecimiento financieros hacen que caiga la tasa de morosidad en préstamos y, por esta razón, inspiran en los bancos la confianza de que los préstamos serán devueltos. Por lo tanto, los tipos de interés caen. Esto anima a los inversores a asumir riesgos crecientes, a fin de mejorar sus beneficios. El aumento de riesgos genera una burbuja. Cuando la burbuja estalla, hay efectos desagradables para el resto de la economía. Los tipos de interés aumentan rápidamente, los mercados rechazan el riesgo enloquecidos, los precios de los activos se hunden y a continuación se produce un estado de estabilidad deprimida o estancamiento. No obstante, en esta historia la crisis desempeña su papel redentor habitual: una vez que se instala la aversión al riesgo, sólo los «buenos»  proyectos de inversión buscan financiación. Esto estabiliza los nervios de los financieros, se restaura la confianza y se le da otra vuelta al ciclo.

Dos guerras mundiales, nuevos aumentos de la población, alguna idea de no volver a pasar por lo mismo, fue el embrión de una nueva formación económica.

Una vez que la Segunda Guerra empezó a perder impulso y la paz parecía cercana (aún no había muerto paro ya la estaban velando), los más altas niveles de la administración estadounidense fueron presas del pánico. Con una en apariencia de inteligente reacción al temor de que la Crisis (durante la cual ya habían adquirido experiencia en el 29) pudiese asomar otra vez su fea cabeza en cuanto acabara la guerra, se pusieron manos a la obra. Planificaron la ingeniería socioeconómica de mayor alcance que la historia humana haya visto nunca. El Plan Global.

En 1944, las ansiedades de los partidarios del New Deal llevaron a la famosa conferencia de Bretton Woods. La idea de diseñar un nuevo orden global no era tan espectacular sino esencial, en su convicción. En Bretton Woods se diseñó un nuevo marco monetario, reconociendo la importancia del dólar y una relación directa de paridad de otras monedas, sino también dando pasos hacia la creación de unos amortiguadores internacionales en caso de que flaqueara la economía estadounidense. Pasaron quince años antes de que el acuerdo pudiera ser puesto en práctica en su totalidad. Durante esa fase preparatoria, los Estados Unidos tuvieron que reunir las piezas necesarias del rompecabezas del Plan Global, del que Bretton Woods era una pieza importante.

Dos de las instituciones que se diseñaron en Bretton Woods están aún entre nosotros y ocupando sus lugares. Una es el Fondo Monetario Internacional (FMI) (que causa tristeza recordar), la otra, el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF), hoy conocido simplemente como Banco Mundial. El FMI iba a ser el «cuerpo de bomberos» del sistema capitalista global, una institución que se apuraría a socorrer a cualquier país que se incendiara (fiscalmente), facilitando préstamos con estrictas condiciones que asegurarían que cualquier déficit en la balanza de pagos se arreglara y se devolvieran los préstamos. En cuanto al Banco Mundial, su papel sería el de un banco de inversión internacional, con la competencia de canalizar inversiones productivas hacia regiones del mundo devastadas por la guerra. Éstas, más un sistema de tipos de cambio fijos, con el dólar en su centro, o  la propuesta más audaz que nunca llegara a una mesa de negociaciones por parte de Keynes: crear una Unión monetaria internacional (UMI), una única moneda (a la que incluso dio nombre: el bancor). De esas cuestiones hablan otros por todos nosotros, en reuniones casi secretas, como la de Bretton Woods.

La condición básica del capitalismo es lo que se denomina reciclaje de excedentes, y proviene desde la transición a los finales del feudalismo. Significa que el valor de las «cosas» aún no producidas y el excedente anticipado de su producción eran reciclados del futuro hacia el presente. Es en este sentido en que el reciclaje de excedentes fue siempre un componente esencial de las actividades de producción. Asumió al menos dos formas diferentes: reciclando del futuro al presente (como se dijo) y reciclando de una región a otra (los beneficios de una localización podían transferirse a otra, por ejemplo de la India a Inglaterra). Nacen así las formalidades del crédito que anticipa los gastos a incurrir en la producción a cuenta de los excedentes que se produzcan a futuro. El más arriesgado el dador de los créditos, luego es el que más gana, si todo va bien.

Pero la historia tuvo algunas otras guerras, desde la Seguna; Corea, Vietnam. Otro obstáculo, para el modelo global, fue Mao elegido en China, y entre países, y como ejemplo  Japón creció generando excedentes no calculados.

Solo Vietnam sin determinar la numéricamente el sufrimiento humano (el horror), la guerra costó al gobierno estadounidense alrededor de 113.000 millones de dólares y otros 220.000 millones a su economía. Los beneficios empresariales reales de se redujeron en un 17%, mientras que en el período 1965-70 los incrementos inducidos por la guerra en los precios medios forzaron la caída de los ingresos medios reales de la clase trabajadora americana en cerca de un 2%.

La guerra pasó una factura no sólo ética y política, pues toda una generación de jóvenes americanos quedó marcada por el miedo y la aversión a Vietnam (miedo que siempre causa efecto, y desde Reagan-Tatcher utilizado como método de sujeción, en Argentina tuvo su formato a través de sucesivas dictaduras militares y la represión), sino también en  términos de una pérdida tangible de ingresos de la clase trabajadora, lo que avivó las tensiones sociales, además de acumular grado de deuda hacia el sistema financiero imposible de pagar.

A principios de 1971, los pasivos excedían los 70.000 millones de dólares, mientras que el gobierno americano. poseía solamente 12.000 millones en oro con los que respaldarlos.
Una creciente cantidad de dólares estaba inundando los mercados mundiales, generando presiones inflacionarias en lugares como Francia y Gran Bretaña. Los gobiernos europeos se vieron obligados a aumentar el volumen de sus monedas para mantener sus tipos de cambio constantes frente al dólar, tal y como estaba estipulado en el sistema Bretton Woods. Ésta es la base de las acusaciones de Europa contra Estados Unidos de que, al seguir adelante con la Guerra de Vietnam, estaba exportando inflación al resto del mundo. Y no fue la última vez.

Ese país USA, si hay que nombrarlo nominalmente, ya no resistía el Plan Global.

El mejor relato sobre el violento abandono del Plan Global viene directamente de los implicados. En 1978, Volcker, el hombre que estuvo entre los primeros en recomendar que Bretton Woods debía ser descartado, pronunció un discurso ante un auditorio de estudiantes y personal de la Warwick University. El presidente Carter lo nombró presidente de la Reserva Federal poco después de aquel discurso. Cabe preguntarse si su público captó la relevancia de sus palabras: “Resulta tentador contemplar el mercado como un árbitro imparcial… Pero tras sopesar las necesidades de un sistema internacional estable contra la conveniencia de mantener la libertad de acción de la política nacional, una serie de países, incluidos USA, optaron por lo segundo…”
Y por si no era suficientemente alto y claro, Volcker añadió: «Una desintegración controlada de la economía mundial es un objetivo legítimo para los años ochenta» .

Fue el mejor epitafio para el Plan Global y la más clara exposición de la segunda fase de posguerra que estaba comenzando. El discurso de Volcker fue una contundente proclamación del futuro concebido por las autoridades de ese país: incapaces de mantener por más tiempo unos flujos financieros y comerciales internacionales razonablemente equilibrados, se preparaba para un mundo de flujos financieros y comerciales asimétricos en rápida aceleración. ¿Su objetivo? Permitirse el «exorbitante privilegio» de acumular déficits sin límite y, de esta manera, afianzar con mayor fuerza aún su hegemonía, no a pesar de, sino gracias a su posición deficitaria. ¿Y cómo llevaría a cabo semejante hazaña? La respuesta que dio Volcker, con su habitual
contundencia, fue: optando por lanzar a la economía mundial hacia un flujo caótico,
pero extrañamente controlado. Como un todo “vale”, y más allá del valor económico en su concepción de valor de conducta, todo compromiso ético, moral, incluso legal, queda desplazado.

Era el famoso: si le debés 10.000 (unidades monetarias) al banco, estás preocupado. Si le debés 10.000 millones, el preocupado es el banco. A nivel macroeconómicos, los preocupados debían ser el resto de los países, y parece que se sigue transitando ese camino.

Era una paradoja, para no decirlo en palabras más soeces.

Las paradojas humanizan, ese estado de perplejidad en el que se produce cuando las certezas se hacen añicos; cuando, de pronto, quedamos atrapados en punto muerto, sin poder explicar lo que vemos, lo que tocamos, lo oímos.

En esos momentos, mientras la razón se esfuerza en comprender lo que registran los sentidos, la paradoja humilla y nos prepara para realidades antes insoportables. Y cuando la paradoja se extiende a todo el mundo, sabemos que estamos en un momento demasiado especial de la historia. Septiembre de 2008 fue uno de esos momentos.

El mundo acababa de quedarse perplejo de una manera no vista desde 1929. Las certezas que había costado décadas de condicionamiento reconocer desaparecieron, de un golpe, junto con 40 billones de dólares de activos en todo el globo, 14 billones de dólares de riqueza doméstica sólo en USA, 700.000 puestos de trabajo mensuales perdidos en ese país, incontables viviendas embargadas en todas partes… La lista es casi tan larga como inimaginables las cifras que hay en ella

La paradoja colectiva se intensificó por la respuesta de los gobiernos que, hasta aquel instante, se habían aferrado tenazmente al conservadurismo fiscal como quizá la última ideología de masas superviviente del siglo xx: por lo contrario empezaron a inyectar billones de dólares, euros, yenes, etc., en un sistema financiero que, hasta pocos meses antes, había vivido una racha magnífica, acumulando fabulosos beneficios y manifestando, provocadoramente, que había encontrado la piedra filosofal al final de un arco iris globalizado. Y cuando esa respuesta resultó demasiado floja, los jefes de estado y primeros ministros, hombres y mujeres con impecables credenciales antiestatales y neoliberales, se embarcaron en una juerga de nacionalizaciones de bancos, compañías de seguros y fabricantes de automóviles que haría palidecer hasta las hazañas del Lenin posterior a 1917. (Nacionalizar significa hacerse cargo de las deudas luego transferidas a la población). 21 Las deudas

Para mayor perplejidad general, las altas esferas dieron a conocer que también
ellas habían dejado de comprender los nuevos giros de la realidad. En octubre de
2008, Greenspan, antiguo presidente de la Reserva Federal y considerado el mago de las finanzas de nuestros tiempos, confesó haber descubierto «un defecto en el modelo que consideraba la estructura funcional crítica que define el funcionamiento del mundo».

Dos meses después, Summers, anteriormente secretario del Tesoro de Clinton y, en aquel momento, asesor jefe en economía (director del Consejo Económico Nacional) del presidente electo Obama, dijo que «en esta crisis, hacer demasiado poco supone una mayor amenaza que hacer demasiado…». Cuando el Gran Mago confiesa haber basado toda su magia en un modelo defectuoso de cómo funciona el mundo y el decano de los asesores económicos presidenciales propone abandonar toda precaución, el público «lo pilla»: nuestro barco está surcando aguas traicioneras e inexploradas, su
tripulación no tiene ni idea, su capitán está aterrado.

Palabras menos, en los hechos concretos, se salvan a los que se “equivocaron”, pero que antes se hicieron millonarios, y para eso deben saquear a los pobres, gobiernos mediante. Nadie trabajador, de los que quedan, podrá donar fortunas a los bancos y financieras que quiebran, sino es a través del estado, que hace en estos casos de pasamanos.

La carne viva es la de los trabajadores sin trabajo, la de la indignación que provoca que los elegidos gobernantes no tengan sabiduría necesaria para preservar a la gente de la calle del modelo perverso del todo vale, o bien la tengan de acuerdo al modelo (y entonces no es sabiduría sino más bien obediencia debida) y a su propia conveniencia.

No ayudan a los más de 500 laburantes de Pepsico, como les resulta indiferente las decenas de miles de casos similares en este año. Hablan, eso si hacen, y 14 Sin vergüenza del futuro, cuando obedientes saben que como Volker la economía mundial hacia un flujo caótico, pero extrañamente controlado. Como un todo “vale”, y más allá del valor económico en su concepción de valor de conducta, todo compromiso ético, moral, incluso legal, queda desplazado. Y hasta un punto, desde la carne viva de los sentidos, parecen adherir a la nada que eligieron administrar. Nadie les pidió que se postularan. y una vez postulados, muchos los votaron.

De autoritario, el mundo se ha vuelto paradójico. o paradójicamente autoritario.

Quieren parecer otra cosa, se ponen a veces la corbata, hablan un inglés mínimo, se les nota el alto grado de auto control, no gritan ni estimulan a las masas, suponen parecer como estudiosos y  catedráticos, frente a la nada de sus interlocutores. Quieren parecer, ocultando, su olor a autoritario, su ignorancia teórica, frente a verdaderos estudiosos de cualquiera de las materias en las que solo saben opinar. Pero en un mundo donde todo “vale”, la opinión se ha convertido en una moneda corriente, y demasiado creída por escuchantes que se parecerían más a los fieles, pobres, que obedecen la palabra sagrada de dioses inexistentes.

En un mundo global, en el que el modelo es el del deudor que se caga en sus acreedores, y que usa su deuda como herramienta de poder, si además se agregan las criolladas como la de 15 Los chantas y los 16 Charlatanes de Feria da para pensar que no solo no es el mejor de los mundos posibles, sino una mierda, hablando mal y pronto.

Hay una pulsión de vida, que regenera la especie y alentada (como se entiende el S XIX en Europa antes expuesto) históricamente genera la superpoblación. Que ahora, los no-paradigmas del todo vale, en su pragmática del día a día olviden la responsabilidad de clase es una canallada de primer orden. Claramente el hombre, ese que somos todos seríamos desechables para tipos que pueden decidir sobre la vida y la muerte de los otros.

Terminamos con la solidaridad del sentimiento en carne viva —más allá de cualquier bandería como se suele delegar en discursos sin contenido de nuestros burócratas con arreglo a sus propios fines, que terminan responsabilizando a los pobres por ser pobres, cuando su falta de ideas e ideología humanista, es la que los provoca— con los trabajadores despedidos de Pepsico en particular y todos los trabajadores en general. Y pensamos como trabajadores a todos los que consumen parte de su tiempo de vida en la actividad que fuera, desde la más manual a la más intelectual. Claramente no podemos señalar como trabajadores a los funcionarios de gobiernos como los que, y como ejemplo de varios, suponen gobernar este país, hoy.

 

 

 

 

 

 

 

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