20 Juegos de palabras…….

La condición postmoderna es, sin embargo, tan extraña al desencanto, como a la positividad ciega de la deslegitimación. ¿Dónde puede residir la legitimación después de los metarrelatos? El criterio de operatividad es tecnológico, no es pertinente para juzgar lo verdadero y lo justo. El consenso obtenido por discusión, como piensa Habermas? Violenta la heterogeneidad de los juegos de lenguaje. Y la invención siempre se hace en el disentimiento. El saber postmoderno no es solamente el instrumento de los poderes. Hace más útil nuestra sensibilidad ante las diferencias, y fortalece nuestra capacidad de soportar lo inconmensurable. No encuentra su razón en la homología de los expertos, sino en la paralogía de los inventores.

De Lyotard  La condición postmoderna.

El positivismo es un pensamiento filosófico que afirma que el conocimiento auténtico es el conocimiento científico y que tal conocimiento solamente puede surgir de la afirmación de las hipótesis a través del método científico Deriva de la  epistemología que surge en Francia a inicios del  XIX de la mano del pensador francés Saint Simon, de  Auguste Comte, y del británico  John Stuart Mill  y se extiende y desarrolla por el resto de Europa en la segunda mitad del siglo XIX. Uno de sus principales precursores en los siglos XVI y XVII fue el filósofo, político, abogado, escritor y canciller de Inglaterra Francis Bacon (en esa época un pensador se destacaba en cualquier campo). A esta corriente alude Lyotard para contraponerla al modo postmoderno, como una entrada a su explicación que da lugar a la primera mención, en el terreno de la filosofía de esa condición ( 1.979 ). Época del resurgimiento de las potencias más industrializadas luego de la 2da Guerra Mundial.

Esta epistemología surge como manera de legitimar el estudio científico naturalista del hombre (casi hegeliano), tanto individual como colectivamente. Según distintas versiones, la necesidad de estudiar científicamente al ser humano nace debido a la experiencia sin parangón que fue la Revolución Francesa la que obligó por primera vez a ver a la sociedad  y al  individuo como objetos de estudio científico. Lo que permite pensar que tiene su edad, para 1979. Además vuelve a resurgir antes y durante la última guerra mundial, porque a los soldados había que adoctrinarlos en que quizá murieran después de embarcar.

La positividad ciega de la deslegitimación, entonces está indicando que algo de lo positivo — lo comprobable a través del método puramente científico —  es que no legitima, aprueba, todo aquello que no sea verificable con acuerdo al método.

Se pregunta, por lo tanto y desde esa formalidad que deviene desde la Ilustración, que es lo que legitima los metarrelatos, propios de la condición postmoderna.

Una metanarrativametarrelato o macrorrelato (o, también en plural grandes narrativas o grandes relatos) es, en el contexto de la teoría crítica y el postmodernismo, “un esquema de cultura narrativa global o totalizador que organiza y explica conocimientos y experiencias”, según se explica. El prefijo meta significa “más allá”, y una narrativa es una historia. La metanarrativa será, por tanto, una historia más allá de la historia, que es capaz de abarcar otros “pequeños relatos” en su interior, dentro de esquemas totalizantes, trascendentes …….

El positivismo de esa manera violenta la heterogeneidad de los juegos de lenguaje. Y las invenciones siempre se hacen en el disentimiento de lo anterior, sino no serían invenciones. El saber postmoderno no es solamente el instrumento de los poderes. Hace más útil, según Lyotard,  nuestra sensibilidad ante las diferencias, y fortalece nuestra capacidad de soportar lo inconmensurable (lo que es difícil o imposible de medir o valorar). No encuentra su razón en la homología de los expertos, sino en la paralogía de los inventores.

Un paralogismo ( expresado en singular femenino por Lyotard) es un argumento o razonamiento inválido, que se plantea sin una voluntad de engaño, y que tiene la forma de un silogismo o más frecuentemente de un entinema (que ya reside en la mente, es el nombre que recibe un silogismo en el que se ha suprimido alguna de las premisas o la conclusión, por considerarse obvias o implícitas en el enunciado). A diferencia de un sofisma (un argumento falso o erróneo, pero aparentemente correcto) el paralogismo no depende de una confusión malintencionada en los términos, sino de un error de razonamiento.

Así, de entrada se va a cotejar a lo mencionado excesivamente, creo, como postmoderno contra un paradigma tantas veces criticado y en cierta forma superado con las corrientes posteriores, kantiana, nietzscheana, heideggeriana, freudiana, sartriana y hasta algunos postmodernos, de acuerdo al calendario como Foucault y Deleuze, entre otros tantos.

Esa entrada de Lyotard surte efecto, nos conviene a la que tratamos de exponer, que debería ser ni uno ni lo otro.

De alguna manera ya esta lo escrito de Lyotard, acerca de la revalidación de la paralogía de los inventores. Imprevistamente nos chocamos con la misma sensación. Lo paralógico es lo que hace grave a la época, postmoderna, en la que los metarrelatos no solo son cuestión de lo cotidiano sino de muchos best-sellers y libreto del periodismo mass-mediático y político hoy día, en que poco queda como que no sea una continuidad de relatos desde acontecimientos amarillos o anecdóticos  o de prosa literaria desde algún pasado histórico como metáfora infinita de lo actual.

A ver, nos gusta Quignard, toma a veces trozos de la historia en la que se traslucen indirectamente contrarios a la generalidad, como una honestidad, alguna cuestión sentida como ética, conductas ejemplares de algún momento de la historia común de algún hecho particular, donde el sentido sería, hoy no no nos comportamos así. ¿Es postmoderno Pascal Quignard?. Mejor lo pensaríamos como un lector inteligente de los libros y que en su estilo nos viene a decir que se puede obrar de otras maneras a las más convencionales que la cotidianidad hoy.

Veamos a Wittgenstein, filósofo, matemático, lingüista y lógico austríaco. Publicó el Tractatus logico-philosophicus que influyó en gran medida a los positivistas lógicos del círculo de Viena. Más tarde, póstumamente,  se auto-criticó severamente en Los cuadernos azul y Marrón y en sus Investigaciones filosóficas. Las Investigaciones filosóficas (Philosophische Untersuchungen) es, junto al Tractatus una de las dos obras principales de Wittgenstein. En ella Wittgenstein discute numerosos problemas y «puzzles» de la semántica, la lógica y las filosofías de la matemática y la mente. Enuncia el punto de vista de que las confusiones conceptuales que rodean al uso del lenguaje son la causa de la mayoría de los problemas filosóficos. El libro está reconocido como una de las obras filosóficas más importantes del siglo XX y continúa ejerciendo influencia en filósofos contemporáneos, especialmente en el estudio del lenguaje.

En la parte de su teoría que se refiere al simbolismo se ocupa de las condiciones que se requieren para conseguir un lenguaje lógicamente perfecto. Dice, hay varios problemas con relación al lenguaje. En primer lugar está el problema de qué es lo que efectivamente ocurre en nuestra mente cuando empleamos el lenguaje con la intención de significar algo con él. En segundo lugar está el problema de la relación existente entre pensamientos, palabras y proposiciones y aquello a lo que se refieren o significan. En tercer lugar está el problema de usar las proposiciones de tal modo que expresen la verdad antes que la falsedad. En cuarto lugar está la cuestión siguiente: ¿Qué relación debe haber entre un hecho (una proposición, por ejemplo) y otro hecho para que el primero sea capaz de ser un símbolo del segundo?

Positivista o no, de nuevo, hay una cuestión de actitud y de conducta en Wittgenstein, que se enfrenta con el liberalismo postmoderno que Lyotard pretende explicar y justificar desde el post-industrialismo, casi como inexorable y justificando los usos indiscriminados de juegos del lenguaje, como hecho positivo, no solo en su acontecimiento, sino además entendido como favorable para las gentes que sostienen el sistema vigente. Casi como que viviríamos en el mejor de los mundos posibles, parafraseando a Leibnitz.

Veamos el siguiente párrafo de Lyotard:

Cuando Wittgenstein, retomando desde cero el estudio del lenguaje, centra su atención en los efectos de los discursos, nombra los diferentes tipos de enunciados que localiza, y por tanto, enumera algunos de los juegos de lenguaje. Significa con este último término que cada una de esas diversas categorías de enunciados debe poder ser determinada por reglas que especifiquen sus propiedades y el uso que de ellas se pueda  hacer, exactamente como el juego de ajedrez se define por un grupo de reglas que determinan las propiedades de las piezas y el modo adecuado de moverlas.

Tres observaciones deben hacerse a propósito de los juegos de lenguaje. La primera es que sus reglas no tienen su legitimación en ellas mismas, sino que forman parte de un contrato explícito o no entre los jugadores (lo que no quiere decir que éstos las inventen). La segunda es que a falta de reglas no hay juego, que una modificación incluso mínima de una regla modifica la naturaleza del juego, y que una «jugada» o un enunciado que no satisfaga las reglas no pertenece al juego definido por éstas. La tercera observación acaba de ser sugerida: todo enunciado debe ser considerado como una «jugada» hecha en un juego.

Esta última observación lleva a admitir un primer principio que subtiende todo nuestro
método: que hablar es combatir, en el sentido de jugar, y que los actos de lenguaje se derivan de una agonística general. Eso no significa necesariamente que se juegue para ganar. Se puede hacer una jugada por el placer de inventarla: ¿qué otra cosa existe en el trabajo de hostigamiento de la lengua que llevan a cabo el habla popular o la literatura?

La invención continua de giros, de palabras y de sentidos que, en el plano del habla, es lo que hace evolucionar la lengua, procura grandes alegrías. Pero, sin duda, hasta ese placer no es independiente de un sentimiento de triunfo, conseguido al menos sobre un adversario, pero de talla, la lengua establecida, la connotación. Esta idea de una agonística del lenguaje no debe ocultar el segundo principio que es complemento suyo y que rige nuestro análisis: que el lazo social está hecho de «jugadas» de lenguaje.

Queda claro, según Lyotard ya lo percibió, se trata de un juego, aunque propiamente no sintamos que ese sea el sentido de una existencia humana, aun cuando lo paradigma lo actualice.

Wittgenstein sostiene que todo aquello que es propiamente filosófico pertenece a lo que sólo se puede expresar, es decir: a aquello que es común al hecho y a su contraparte “figura” lógica. Según este criterio se concluye que nada exacto puede decirse en filosofía. Toda proposición filosófica es un error gramatical, y a lo más que podemos aspirar con la discusión filosófica es a mostrar a los demás que la discusión filosófica es un error. «La filosofía no es una de las ciencias naturales. (La palabra ‘filosofía’ debe significar algo que esté sobre o bajo, pero no junto a las ciencias naturales). El objeto de la filosofía es la aclaración lógica de pensamientos. La filosofía no es una teoría, sino una actividad. Una obra filosófica consiste especialmente en explicaciones. El resultado de la filosofía no son ‘proposiciones filosóficas’ sino el esclarecimiento de las proposiciones. La filosofía debe esclarecer y delimitar con precisión los pensamientos que de otro modo serían, por así decirlo, opacos y confusos» (en oposición a las formas de decir del S XVII, claras y distintas) . De acuerdo con este principio todas las cosas para que se comprenda la teoría de Wittgenstein son todas ellas cosas que la propia teoría condena como carentes de sentido.

Estaríamos así enfocados, entre dos posiciones iniciales diferentes, y ya expresado por Lyotard. Una la liberalidad de los metarrelatos y la otra anterior positivista de la solo posibilidad de explicación. Y como dijimos intentamos, ni la una ni la otra. Casi es es como una dialéctica hegeliana, entre los opuestos de la trampa lógica que impide todo lo que no sea solo explicación, y la otra la apertura al liberalismo que cualquier relato permita dar a entender.

En las “llamadas” ciencias no exactas, la primera dificultad reconocida es la falta de método, y de allí que siempre se haga referencia a los nombres propios de los autores de tal o cual doctrina. Se acepta que usan en cierta manera figuras diferentes, particulares, procedentes de su formas singulares posibles de expresar las cosas, cuales fueran, y terminamos de exponer uno de cuantos casos.

Lo común en cada caso que se proponga, es que siempre la confrontación, lo agonístico, que se hace mediante juegos del lenguaje. Que no serían las religiones o  la política, sino efectivos de juegos de lenguaje para conseguir adeptos. Y solo nombramos 2 formas entre muchas que obedecen a la misma formulación.

Desde una posición filosófica (que es amiga o amante de la sabiduría) imparcial frente la multiplicidad de opuestos que se pueden jugar, existe una pretensión que no haya ya más adeptos, creyentes, crédulos,  obedientes a discursos regalados sea el lugar de donde se donen “sentidos” a través de juegos infinitos de palabras. Se donan, son gratuitos, aparentemente, aunque luego se paguen con la obediencia y la credulidad que obtura alternativas posibles, propias a la propia esencia de haber nacido humano en este rincón del universo.

Cada quien lo podrá exponer a su posibles formas de pensar, entender y expresarlo. En términos, esa donación, por principios que trataremos de explicar nos parece sumamente lo más “caro”, ya que nos cuesta la vida.

Aún queda espacio para  retornar a unos otros juegos del lenguaje.

La  pregunta «¿qué significa  pensar?»  indaga acerca de aquello que por primera  vez nos remite al pensamiento, entonces preguntamos por lo que nos afecta a nosotros mismos, en cuanto nos llama  hacia nuestra  esencia. Todo Heidegger  en “¿Que significa pensar?”

«¿Qué significa pensar?»,  vista así, nosotros mismos somos  los interrogados directamente. Nosotros mismos nos metemos en el texto,  es decir, en la construcción de esta pregunta. Si preguntáramos «¿qué nos dice el pensar?» nos hemos ya incluidos en la interrogación. Nosotros somos los interrogados en el sentido estricto  de la palabra.  Esa pregunta nos golpea inmediatamente como un rayo en la tormenta. Y, así planteada, la pregunta «¿qué significa pensar?» no se reduce a andar  dando vueltas con  un objeto, por ejemplo como en el orden de la cosa científica.

No obstante frente a la dirección que apunta el  «¿qué significa pensar?», que en principio resulta extraño, se puede oponer lo siguiente:  Como extraído un nuevo sentido de  la  pregunta «¿qué significa pensar?» se logra por el hecho  de que intercalamos de forma en apariencia arbitraria y violenta un significado distinto, poniéndolo en lugar de la significación que la cuestión presentada tiene de inmediato efecto para el que la oye o lee.

El truco empleado para esto puede “descubrirse” con facilidad. Sin duda se ayuda en un mero  juego de palabras. La víctima del juego es la palabra que, como palabra expresada, sostiene la frase de la interrogación «¿qué signi­fica pensar?». Jugamos  con  el verbo  «significar» (alemán: heissen: «decir, llamar, significar», etcétera).

No seguiremos aquí ni con Lyotard, ni Wittgenstein ni con Heidegger que nos ayudan en el cometido de lo que intenta nuestra propia búsqueda.

No seguiremos aquí ni con Lyotard, ni Wittgenstein ni con Heidegger que nos ayudan en el cometido de lo que intenta nuestra propia búsqueda

Veamos algunas confesiones, o consentimientos que tienen que ver con la fábula y el fantasma, con espectros. En griego, tienen en sentido estricto  y en sentido clásico, esas palabras, no dirigen ni a lo verdadero, ni a lo falso, ni a lo veraz, ni a lo falaz. Se comparan mejor con una especie de simulacro o de la virtualidad. Sin duda, no son en sí mismos verdades o enunciados verdaderos, pero tampoco son errores, engaños, falsos testimonios o perjurios.

Propongamos un título, del orden de la “confesión”: «Historia de la mentira». Si se lo desplaza apenas, deslizando una palabra por otra, estará imitando el título de un texto en El ocaso de los ídolos, donde Nietzsche llama «Historia de un error» (Geschichte eines Irrtums) a un relato en seis cortísimos episodios que presenta en forma muy breve la historia del «mundo verdadero» que da cuenta cómo el mundo verdadero se convirtió en una fábula, o mejor al revés, como una fábula se convirtió en lo que se nombra al mundo verdadero.

«Historia de un error» no es más que un subtítulo, es un truco teatral. Pone en escena personajes, más o menos presentes como espectros, entre los bastidores: en primer lugar Platón, quien, según Nietzsche, dice: «Yo, Platón, soy la verdad», después la promesa cristiana con rasgos de mujer, luego el imperativo kantiano, la «pálida idea koenigsberguiana», después aún el canto del gallo positivista y por fin el mediodía zaratustriano.

En este texto irónico de Nietzsche sostiene su anterior «Verdad y mentira en sentido extramoral» donde la verdad, la idea del «mundo verdadero» sería un «error», como ilusión.

Desde el principio en su determinación clásica, la mentira no es el error. Se puede estar en el error, engañarse sin tratar de engañar, y por consiguiente, sin mentir. Es verdad que mentir, engañar y engañarse se incluyen en la categoría de lo pseudológico. Pseudos,en griego, puede significar la mentira tanto corno la falsedad, la astucia o el error, el engaño, el fraude, tanto como la invención poética, lo que multiplica los malentendidos sobre lo que puede querer decir.

Podemos recorrer casi al infinito la Torre de Babel, como la biblioteca de Borges, para encontrarnos con todo y con nada. La historia de la Torre de Babel se relaciona con uno de los temas más universales del relato mítico fundacional. Las religiones y los mitos étnicos suelen darnos explicaciones acerca de los orígenes y desarrollo del lenguaje oral en cada pueblo. La mayoría de las mitologías no creen que el hombre sea el inventor de la lengua, pero sí creen en un lenguaje divino que antecede a las lenguas humanas. De esta creencia deduciríamos que el único lenguaje divino fue un jugador empedernido para divertirse con los hombres que no podían sino ser usados como marionetas del lenguaje que les fuera dotado.

Si cometemos otro mínimo desplazamiento, nos encontraremos con lo que en 1941, Jorge Luis Borges publicó «La Biblioteca de Babel», un relato que describe, en boca de uno de sus bibliotecarios, una biblioteca que contiene todas las combinaciones posibles del alfabeto, y en consecuencia toda la sabiduría del mundo, junto también con todas las combinaciones posibles de su galimatías (lenguaje difícil de comprender por la impropiedad de las frases o por la confusión de las ideas).

Borges reconoció desde un principio la paternidad de esa idea, de la que él confesó que sólo había hecho una elaboración, fue que cuarenta años antes, en 1901, un filósofo, matemático, historiador científico y novelista alemán, Kurd Lasswitz, había puesto la primera piedra a ese edificio que él, tan literariamente culminó.

Borges, tal cual Quignard, es al menos honesto, en principio consigo mismo.

Diremos entonces, que decir se puede de muchas maneras, y acerca de cualquier cosa que se ponga al frente y se lo considere o no un objeto, y de cualquier naturaleza, desde árbol más primario, hasta los conceptos más elaborados, y pasando por todos los intermediarios materiales o no. En todos los casos en tanto nacidos humanos, nos es dotada la posibilidad de pensar y hablar, decir, escribir (luego de la invención necesaria de la escritura, dada la finitud de la capacidad de la memoria y de la existencia).

Si decir se puede de muchas maneras, entonces como en la biblioteca, todo decir o escribir es posible. Sería la imagen de un caos o de una esquizofrenia de la que los modos gregarios adoptados desde los orígenes de la historia de la especie humana, se trata de impedir en salvaguarda de los conjuntos sociales, en todas las épocas. Desde las tribus más primitivas hasta las megápolis hoy día, pulsión de vida mediante, se buscan, prueban y generan medios de limitación a la pura naturaleza salvaje de la que hemos derivado.

Entre decir y pensar, o si el orden fuera el opuesto, entre pensar y decir, debe haber una relación, no necesariamente unívoca, pero sí fuerte.  Aunque cualquiera de ambas no dirijan ni a lo verdadero, ni a lo falso, ni a lo veraz, ni a lo falaz o se comparen mejor simulacros, se entiende que una puede actuar sobre la otra.

Aunque no lo pensemos, las palabras influyen a los pensamientos, y a través de estos a las conductas. No parece haber muchas posibilidades fuera la del sometimiento físico, de influencia que no sean palabras.

Para evitar el caos, y usando la herramienta más a la mano y común, parece ser que ninguna forma social eludió el uso del lenguaje, a su posibilidad y condición, para hacerlo. Desde los mitos, al descubrimiento de la razón, misterios creídos, religiones apodípticas, y sus imitadores más modernos como los mass-media y la política actual, la identificación de las masas sus líderes, los paradigmas científicos o filosóficos, las formas de control y administración de poblaciones en aumento, pueden caracterizarse como formas de juegos del lenguaje según reglas. que regulan la estabilidad de la tribu, desde la más primitiva hasta la actual, global.

No son formas que imponen la potencia física o material de unos contra otros, son más sutiles, aéreas, se respiran y causan efecto, que si se puede pensar, no son violentas en el sentido de la imposición de las armas, como una guerra. Si, nos reservamos la concepción que son más violentas que la guerra, por estar administradas, ocultas, dirigidas con arreglo a fines que nunca son los propios, y lo peor, es que causan efecto.

Publicado por dosztal

Busco un pensar en nombre propio libre de las sujetaciones del mundo humano que ya hace frente

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