19 Discordancias: ciertas señales.

La existencia es la única vida que disponemos en el horizonte de tiempo que dura. Estamos “predispuestos” (las comillas indican más de un sentido, al menos ya dispuestos en tato especie viva, y también ya listos para cuando llegue el momento) a morir, la diferencia es que lo sabemos, desde el mismo momento que disponemos de eso que se llama pensar, lo que podría contener desde lo más inmediato, hasta la más profunda de las meditaciones.

Arrojados en el mundo de lo humano, en “cierta” época y en “cierto lugar, en los modos de esas determinaciones (ciertas), en algún  momento  deseamos “saber”.  «Todos los hombres por Naturaleza desean saber», así comienza el Libro I de la Metafísica de Aristóteles. ¿Qué haremos con es única oportunidad, desde el mismo instante en que nos damos a cuenta que ya estamos aquí?

Dar cuenta, que es darse cuenta, ese momento casi místico en el que el pensamiento se abre a su propiedad, íntima y singular, superando la melodía del uno proyectado en lo cotidiano inefable, poderoso, impositivo y medianizador, que permite que  nazcamos, nos nombren, nos domestiquen (si pueden) vivamos un tiempo y muramos, mientras la fábula de la coexistencia social que sigue el rumbo de las olas del mar que lo dirige. y en el podríamos sumergirnos y nadar en conjunto con los marineros que lo único que conocen es el mundo de su barco, y se emborrachan para sosegar su angustia, de la que no saben decir algo que los aliente.

Hoy, alguien dice:

Nunca una discordancia o un disfuncionamiento anunciaron la muerte de una máquina social que, por el contrario, tiene la costumbre de alimentarse de las contradicciones que levanta, de las crisis que suscita, de las angustias que engendra, y de operaciones infernales que la fortalecen: el capitalismo lo ha aprendido y ha dejado de dudar de sí mismo, mientras que incluso los socialistas renuncian a creer en la posibilidad de su muerte natural por desgaste. Nunca se ha muerto nadie de contradicciones. Y cuanto más ello se estropea, más esquizofrenia, y mejor marcha, a la americana.

El «principio de individuación» ha sido desde siempre una cuestión fundamental para lo últimos pensadores. Plantearse qué es lo que hace singular a un individuo ha parecido siempre una pregunta decisiva que, con sólo planteársela, cada uno se ve en la obligación de suponer que el individuo es un punto de llegada de un proceso complejo, y no un punto de partida predeterminado. El concepto de «principio de individuación» permite pensar eso que es único e irrepetible (la singularidad) en relación estrecha con aquello que es común a (compartido por) todos.

Lo que Paolo Virno expone como «principio de individuación»,  (en latín, principium individuationis, de individuare, que a su vez proviene de individuus: indivisible) designa aquello que condiciona y posibilita la individualidad y concreción de cada ente y que explica la pluralidad y diferenciación de los individuos, que se abstrae especialmente frente a la concepción del mundo, la realidad o el universo como un todo indiviso.

La cuestión del principio de individuación se vuelve un problema en todas las filosofías que no reconocen que la  realidad objetiva existe fundamentalmente gracias a las formas concretas e individuales, en la medida en que sobrevaloran lo universal como lo original y lo consideran como el auténtico núcleo del ser de todo  ente. Para estas doctrinas surge forzosamente la cuestión de cómo sucede que las especies o géneros no existen como tales, sino que más bien lo hacen en la forma de una más o menos grande pluralidad de individuos. El principio de individuación da respuesta a eso. Contesta, pues, a la cuestión: ¿Qué se tiene que añadir lo ente a lo universal que se capta en el concepto para que llegue a ser algo singular y concreto?

Estamos yendo de adelante hacia atrás. Partimos de una cuestión sobre las discordancias presentes en la cuestión política de la maquinaria social que es como lo universal, en los términos más convencionales de ciertas líneas de pensamiento filosóficas, que más temprano o tarde se topan con eso que implica la individuación, en la posibilidad de cada ente, y ya en concreto.  Tal seríamos, en conceptos de Heidegger, los «Daseins», los hombres de esta época, los últimos, en la perspectiva nietzscheana.

Deseamos saber, diría Aristóteles, deseamos poderlo pensar, Heidegger.

Cuantas, quizá muchas, e impelidas por sus propias razones, lealtades, necesidades y sus consecuencias emotivas, porque producen afectos reúnen a las gentes de multiplicidad de formas organizadas, agenciamientos, que resisten a la universalización de lo más convencional que “establece” lo uno  hoy día, neoliberalismo triunfante. Serían formas intermedias con la última y singular individuación,  que se constituiría en forma trascendente  de lo que sigue a los últimos hombres. Y merecen el respeto que el «sistema» no le brinda. Vieja ya, palabrita la de sistema, corrida de su lugar científico al campo de lo social, queriendo explicar que las relaciones de unas coas con otras configuran una maquinaria que se autosustenta,  en la que en las fuerzas que entran en juego en las relacione de las partes terminan equilibrándose en un “estado” estable (quizá l mejor de los mundos leibnitziano) . Una facilidad para componer la descomposición, en términos spinozistas, que el mundo presenta, hace frente al que pretende una oportunidad más libre, mínimamente o máximamente, da o mismo, de pensar y pensase a sí mismo.

Dijimos: A veces se siente como una trampa, nos embaucan con el uso de solo palabras, y no se encuentran las palabras que hagan frente (18 Hacia ciertas respuestas ), pera jamás habrá que dejar de intentarlo, además de las acciones concretas que reúnan lo que se dice con lo que se hace, para no terminar siendo igual que los objetos de la crítica que han gobernado durante siglos las almas de los humanos, con solo discursos construidos con palabras mal ubicadas, para crear sentidos sujetadores a  «sistemas», que fueron siendo cualquier cosa, pero claramente inestables, en sentido de depredación de la vida y alma de los sujetos, que no tuvieron otra posibilidad que creer en el los milagros de la palabra.

Algo esencial deben contener los paisajes de las costas de los ríos y de los mares,  paisajes en lo que la política se representa en ellos. Sabemos que la filosofía ha tomado parte destacada en esta representación; sus pretensiones respecto a la política pueden resumirse bastante bien a través de este imperativo: para arrancar a la política del peligro que le es propiamente de suyo es necesario arrastrarla sobre seco,
instalarla en tierra firme.

La totalidad de la empresa política platónica puede ser pensada como una polémica anti-marítima. En el Gorgias Platón insiste en ese punto : Atenas está enferma de su puerto, de la predominancia de una empresa marítima en que la supervivencia y el lucro son los únicos principios. La política empírica – entiéndase, el hecho democrático – se identifica al reino marítimo de esos deseos de posesión que recorren los mares, exponiéndose simultáneamente al vaivén de las olas y la brutalidad de los marinos: el gran animal popular, la asamblea democrática de la polis imperialista podría ser identificada como un trirreme de marinos ebrios.

Para salvar la política, honorables griegos,  hay que arrastrarla sobre tierra de pastores. En la discusión con que se inicia el Cuarto libro de las Leyes, los ochenta estadios que separan la ciudad de Clinias de su puerto parecen demasiado escasos al Ateniense. Sólo la existencia de algunas montañas que la rodean impide que esta proximidad haga desesperada la empresa de fundación.  Y es se está siempre demasiado cerca del muelle, del olor salobre. El mar huele mal,  y no por los deshechos. El mar huele a marino, huele a democracia. El trabajo de la filosofía consiste en fundar una política distinta, una política de conversión que vuelva las espaldas al mar.

Esto es antes como un desplazamiento de imágenes: caverna y montaña en lugar de mar y tierra. Antes de hacernos descender en su célebre caverna, Sócrates nos ha hablado abundantemente de trirremes, marinos incorregibles y pilotos impotentes. Ya en la caverna puede decirse adiós a este paisaje marino, seductor y fatal. La caverna  es el mar conducido bajo tierra, privado del resplandor de su prestigio: en lugar del horizonte oceánico, el encierro; hombres encadenados sustituyen al banco de remeros; la opacidad de las sombras contra el muro, el reflejo de la luz sobre las olas.

Según la metáfora en que se libera al prisionero y se le invita a conversar encontramos esa otra y primera que consistía en enterrar el mar, secarlo, en privarle de sus reflejos, en cambiar la naturaleza misma de su espejo que proyecta la luz. Si la metáfora  se cumpliera, tal violencia sería que se puede adivinar que el mar se vengará. De ahí la paradoja de esta empresa: para conducir la política al elemento firme del saber y el coraje se hace necesario abordar las islas de la refundación y para ello atravesar nuevamente el mar y su vengaza.

¿Podremos preguntarnos para que nos sirven estas historias y semi-transparentes intenciones de poder pensar propiamente, más allá de lo devenido en cuanto cotidiano, y por ello político?

Léimos por ahí:

«Cuando alguien pregunta para qué sirve la filosofía, la respuesta debe ser agresiva, ya que la pregunta se tiene por irónica y mordaz. La filosofía no sirve ni al Estado, ni a la Iglesia, que tienen otras preocupaciones. No sirve a ningún poder establecido. La filosofía sirve para entristecer. Una filosofía que no entristece o no contraria a nadie no es filosofía. Sirve para detestar la estupidez, hace de la estupidez una cosa vergonzosa. Sólo tiene éste uso: denunciar la bajeza del pensamiento en todas sus formas.».                                             Gilles Deleuze , Nietzsche y la filsofía)

Para encontrarse con esas identificaciones hay que buscar. Leer, releer, identificarse con los autores, muchas veces retornar sobre sí mismo, destacar lo propiamente pensado sobre lo solo oído, con cuidado, y mucha cautela. Lo que se dice en general en lo cotidiano y se escucha, que resulta hoy por hoy demasiado, merece la mayor de las indiferencias  a quien no se sienta desde ya sujetado por la fuerza de esa gravedad.

Postmodernamente  Chantal Mouffe declara: «Las sociedades democráticas se encuentran ante un conjunto de dificultades y muy mala preparación para afrontarlas.

Los múltiples gritos de alarma ante los peligros del populismo o de un posible retorno del fascismo son señales del creciente desasosiego de una izquierda,a las demandas sociales y culturales que se le escapan, prefiere agitar viejos fantasmas con la idea de poder así exorcizar los supuestos demonios de lo irracional.

En lo más general de la visión social de mundo occidental, tras haber creído en el triunfo definitivo del modelo liberal-democrático, encarnación del derecho y de la razón universal, los demócratas s han quedado completamente desorientados ante la multiplicación de los conflictos étnicos, religiosos e identitarios que, de acuerdo con sus teorías, habrían debido quedar sepultados en un pasado ya superado. Hay quienes, ante el surgimiento de esos nuevos antagonismos, evocan los efectos perversos del totalitarismo, y quienes ven en cambio un supuesto retorno de lo arcaico. En realidad, muchos pensadores políticos habían creído que con la crisis del marxismo y el abandono del paradigma de la lucha de clases podrían prescindir del antagonismo. Por esta razón se imaginaban que el derecho y la moral vendrían a ocupar el lugar de la política y que el advenimiento de las identidades ¿posconvencionales? aseguraría el triunfo de la racionalidad sobre las pasiones».

A ver, leemos, releemos, nos hacemos la introspección que podemos, y nos encontramos con un, digamos concepto,  identidades posconvencionales. Parece de entrada como que hace falta un retorno de lo mismo, entre pensadores que ojalá no desearan el éxito editorial que se aviene con la condición de la época. Se oye, no se entiende del todo, se propone la indeferenciación, porque suena como la flauta que sobresale con un tono alto en un concierto. Posconvencional, que bueno.

Las identidades,convencionalmente tienen una genealogía histórica, ya sean sociales o singulares. ¿Alguien, en una cuestión que se acerca lo absurdo, puede suponer que hay oportunidad por solo expresada de una identidad posconvencional?. O no se entiende el neologismo, o bien es un absurdo fácil de decir o escribir, sin contenido concreto a nivel de eso que se denomina como contenido de pensamiento. ¿Un derecho  y una moral que ocupen el lugar hediondo de la política, mediante identidades posconvencionales? Como la orquesta, suena bien, se oye bien, son como una poesía de la utopía, pero además suponen una democracia que la supone.  Es para hombres absurdos, precribiría Camus.

Es fácil escribir o decir canciones populares. Agradan y atrapan a las gente en lo cotidiano, que más quieren los poderes convencionales.

Leamos un poco más, un tal Iglesias congresiste español actual se apoya en el libro de Giorgio Agamben, ‘Homo sacer, poder soberano y nuda vida’ para llegar a la siguiente conclusión:

“El poder soberano no puede ser otro que el poder ilimitado de decisión sobre la vida”

Entendámonos: no es que a Pablo Iglesias le parezca mal este concepto de la política como poder supremo sobre la vida. Simplemente se limita a poner de manifiesto que esa es la “verdad política”, la “noción, digamos dura” de la política que se proponía desvelar. A partir de aquí es más fácil entender su admiración por Nicolás Maduro y su soberanía sobre las vidas de los venezolanos. Y remata por su propia cuenta:

“La lucha política llevada a sus últimas consecuencias ha de asumir necesariamente también una dimensión constituyente, esto es, ser capaz de crear y de sustraerse al mismo tiempo al Derecho. La lucha política es “verdadera” en la medida en que aplica una nueva fuerza soberana ante la cual la vida queda, de nuevo, al desnudo”.

Si esto, pos-convencional, no es un retorno a Hitler, ¿que es?

Pero esa será la próxima cuestión

Publicado por dosztal

Busco un pensar en nombre propio libre de las sujetaciones del mundo humano que ya hace frente

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