14 Sin vergüenza

La vergüenza es una sensación solamente humana, de conocimiento totalmente consciente de deshonor, desgracia, o condenación. Modernamente se llama a la vergüenza «la emoción que nos hace saber que somos finitos».
Su sinónimo ignominia (del latín ignominĭa, cuya etimología remite a la «pérdida del nombre» —de in-nomen, «sin nombre»—) da a entender el efecto de una acción deshonrosa o injusta, términos de los que es sinónimo. La XXI edición del diccionario de la Real Academia la define como una afrenta pública, en el sentido en que constituye una ofensa personal que queda a la vista de la comunidad que la condena unánimemente. Por ello, la acción ignominiosa está relacionada con la desvergüenza y el deshonor de un individuo a quien las consideraciones morales le son indiferentes y que es consecuentemente objeto del descrédito general. Se suele emplear este término para denunciar una situación de injusticia, generalmente cuando se trata de la obra de un solo individuo que reúne cierta autoridad sobre una comunidad.

 

La virtud, cuanto a lo que toca a su ser y a la definición que declara lo que es medianía, es cierto la virtud, pero cuanto a ser bien y perfección, es extremo.
Pero no todo hecho ni todo afecto es capaz de medio, porque, algunos, luego en oírlos nombrar los contamos entre los vicios, como el gozarse de los males ajenos, la desvergüenza, la envidia, y en los hechos el adulterio, el hurto, el homicidio.

Lo ético está en el medio, equidistante de todo extremo, ni extrema virtud ni vicios, y claro suena antiguo, tanto como que pertenece a la Ética de Aristóteles. No es fácil, no es difícil, sería aun su edad, razonable y casi obvio. Ya contaba Aristóteles entre los extremos de lo vicioso (en el sentido de su época) la desvergüenza, entre otras.

Sentimos, hay que ser sinvergüenza para usufructuar de otros y además gozarse de sus males, que van de la mano. Y eso es consciente. Es como el fetiche, es un síntoma, pero no entristece al neurótico.

Yo os enseño el superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué  habéis hecho para superarlo?”  (Prólogo de Zaratustra)

Dejar de ser hombre (no se trata de ser “más” hombre, sino de ir más allá de él) implica superarlo de como es hoy (un hoy con cientos de miles de años), como los hombres superaron a los animales. Hay una dirección vital, una “gran marea” que va en esa dirección. El hombre debe ser para el superhombre, una irrisión o vergüenza así como el mono lo es para el hombre. Hay que entender que “hombre” no significa la esencia de la humanidad, sino una figura o estado del ser humano, que es la que debe ser superada por otra más vital.

Si el hombre no es más una esencia, tiene un pasado (oruga, mono), pero también un futuro, siempre y cuando deje de estar escindido, mezcla de fantasma (alma) y cuerpo vegetativo. Ser fiel a la tierra implica dejar esa existencia fantasmal (alma divina) y asumir la corporalidad plena. Es esa corporalidad plena la que se transforma.

Los griegos, sus pensadores y entre ellos los filósofos, entendían bellamente a la ético como la estética de la existencia, aquella prerrogativa de cada quien de poder vivir como una obra de arte admirable por otros. La existencia ya para ese momento estaba en relación con otros, el salto del hombre natural, a la manera de los otros animales que lo precedieron, hubo de cambiar desde las hordas primitivas a formas más culturales o civilizadas de convivencia.

La cultura humana, todo aquello en lo cual la vida humana se ha elevado por encima de sus condiciones animales y se distingue de la vida animal (indiferenciado entre cultura y civilización)— muestra a quien lo pretenda y con cierta evidencia, dos aspectos. Por un lado, abarca todo el saber y poder-hacer que los hombres han adquirido para gobernar las fuerzas de la naturaleza y arrancarle bienes que satisfagan sus necesidades; por el otro, comprende todas las normas necesarias para regular los vínculos recíprocos entre
los hombres y, en particular, la distribución de los bienes asequibles. Principio básico de la economía material y anímica.

Primero Nietzsche y luego Freud, hicieron notar que ante los progresos inmensos de la técnica y la ciencia para administrar las fuentes de la Naturaleza, debía darse una clase superior de hombre a la vigente, tanto en regulación de la explotación de los materiales como en las relaciones entre sí. No debería repetirse la historia de los habitantes de la isla de Pascua, donde durante siglos solo quedaron las estatuas (moais).

Se estima que la población de la Isla de Pascua sufrió una crisis social, que se ha atribuido a la sobre población y devastación del ecisostema en los siglos XVI a XVIII. La tala de los bosques y la sobre explotación agrícola disminuyó la producción de cultivos, les impidió construir balsas para la pesca en alta mar y el conseguir leña para el fuego. A esto se le sumó el agotamiento de recursos marítimos costeros y de los huevos de las aves marinas que anidaban en la isla.

La falta de alimentos llevó al colapso de su compleja sociedad, empezó a simplificarse y dividirse en clanes que competían por los recursos restantes. La población cayó hasta la nueva capacidad de carga poblacional de la isla (Roggeveen estimaba el número de isleños en unos dos mil), de treinta mil que llegaron a ser.

Según la tradición ocurrió una guerra civil y los Hanau Momoko (Orejas Cortas), el pueblo común, se levantaron contra la clase dominante, los Hanau Eepe (Orejas largas), con la consiguiente destrucción de los altares ceremoniales y el abandono de las canteras en que se tallaban los moais. Los nativos comenzaron a vivir en cuevas para defenderse de los ataques, algunos estudios indican que se llegó incluso al canibalismo para sobrevivir.

Tanto Nietzsche mediante su figura siempre mal traducida en interpretada del superhombre, como la de una posible una regulación nueva de los vínculos entre los hombres, que cegara las fuentes del descontento con respecto a la cultura renunciando a la compulsión y a la sofocación de lo pulsional, de suerte que los seres humanos, libres de toda discordia interior, pudieran consagrarse a producir bienes y y disfrutarlos, según el Porvenir de una ilusión, de Freud, serán necesarias a futuro. Hacen falta nuevas tablas, otros valores que los que en esta época grave aun no pensamos.

Y así nos reconectamos con los griegos, con Aristóteles, y su ética, para una estética de la existencia. Miramos desde lo primero en la cultura occidental, hasta la ilusión del porvenir. Y lo hacemos, con rapidez, para entender que en lo presente estamos en el medio, que a fin de cuentas molesta y jode a mucho más de medio mundo.

Hay una figura que se distingue en las épocas actuales, y en lo particular por estos lares de la tierra del lunfardo, que simboliza como modelo a un modo de ser entre admirado y molesto: la del sinvergüenza.

Del tango puro cuento, de Raimundo Rosales:

El tiempo es un latido
jugándose en la trampa del pasado y el olvido.
Maldito, sinvergüenza y adorable,
él ya sabe que es culpable
de una broma sin sentido

Del Que se vayan de Enrique Dizeo:

Que se vaya con él cuando quiera, con ese amigazo fayuto y sin fe;
que se vayan, que Dios los ayude, que tarde o temprano los encontraré.
Que se lleve los besos que, un día, juró que eran míos, con todo su amor;
que esta mala jugada que me hace le va a costar caro, tendrá su dolor.

Si los dos tienen la culpa de todo lo que me pasa,
ella porque nunca, nunca, tan mala la imaginé.
Y el otro por sinvergüenza, porque lo tuve en mi casa
y abusó de la confianza que siempre le dispensé.

Sos un charlatán, de Emilio Gonzáles Ortiz:

 

¡Charlatán!… Cachá el sombrero y rajá,
pronto de acá, decí, no palpitás, 
que la vas a ligar.
¡Charlatán!… haceme caso que te aviso
por tu bien, que por meterte a lengua larga, te van a pestar
pero muy bien.

Nunca lo digas que las amigas no tienen culpa la aconsejaron,
porque hablás, vos que disculpas pretenderás, si por el barrio
andás diciendo: que de ella que la largastes, que la farreás, haceme caso,
espiantá. ¡Charlatán!
Ya el hermano, yo vi que te embrocó, ¡por ser un chanta coy, ahora te va a cascar!
¡Charlatán! que has pisado y enlodado su honor… por sinvergüenza
y mal hablado, si no espiantás vas a cobrar.

 

Figura para algunos adorable la del sinvergüenza, al de a acción ignominiosa que está relacionada con la desvergüenza y el deshonor de un individuo a quien las consideraciones morales le son indiferentes y que es consecuentemente objeto del descrédito general. Se suele emplear este término para denunciar una situación de injusticia, generalmente cuando se trata de la obra de un solo individuo que reúne cierta autoridad sobre una comunidad. Esto en lo general.

Luego adquiere multiplicidad de particularidades, el caso del tiempo que siempre burlón nos espera, jugando entre el pasado y el olvido, que sino estuviera en un tango sería heideggeriano. O la de los fuleros que abandonan en quien confiaba, o la infaltable del charlatán que enloda el honor por mal hablado, el que no piensa en otra, u otro.

Hay miles de historias en lo cotidiano, los tangos lo ejemplifican al nivel de lo más callejero, al nivel de la trinchera de la vida, de esas cosas que los seres humanos nos cometemos todos los días, y muchas veces desde la inconsciencia o la ignorancia, y menos de tener en cuanta los efectos sobre los otros.

La inconsciencia se entiende, es esencia del sistema anímico, una represión de lo que jode, aunque luego retorne en otras formas o síntomas. La ignorancia ya no se entiende tanto, la elección de la ignorancia parece una falta de respeto hacia lo más propio de aquella esencia propia del homo sapiens, el amor a la sabiduría. Que los poderes y las religiones atenten contra la oportunidad de saber se entiende, tiene fines prácticos, con arreglo a fines, sojuzgar a las masas fue necesario, desde esos lugares claro está, con explicaciones entre absurdas y rebuscadas que intentaban que los esclavos lo fueran de todas maneras, y si crédulamente felices mejor. Pero no se entiende a los príncipes, bien educados, con acceso y cierto saber que les alcanzara, que incrementaran el dispositivo, ya perverso desde el origen, para mantener un estado de cosas que solo favoreciera a unos pocos. Eso es también sinvergüenza, maluso de la charlatenaría y juegos de presdigitación, condenados al infierno de los débiles, mentirosos de pura cepa o peor, si obligados por circunstancias que en las que pudieron intervenir y no lo hicieron. Serán famosos, pero descartables, al final de la historia y nuevos tiempos que inexorablemente se avecinan. El mundo ya no los resiste, se necesitan tipos estéticos de pura ética, nobles y fuertes, sino dejaremos como especie monumentos a nadie que los pueda admirar.

 

Publicado por dosztal

Busco un pensar en nombre propio libre de las sujetaciones del mundo humano que ya hace frente

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