Está evidente que esto es una continuación de lo anterior.

¡Ah! ¡Levántate, dignidad!¡Dignidad de la virtud! ¡Dignidad del europeo!
¡Sopla, vuelve a soplar, fuelle de la virtud! ¡Ah! ¡Rugir una vez más aún, Rugir moralmente!
¡Como león moral rugir ante las hijas del desierto!  ¡Pues el aullido de la virtud, encantadoras muchachas, es, más que ninguna otra cosa, el ardiente deseo, el hambre voraz del europeo!
De nuevo estoy en pie, como europeo, ¡No puedo hacer otra cosa, Dios me ayude! ¡Amén!
El desierto crece: ¡ay de aquel que dentro de sí cobija desiertos!
(Entre Hijas del Desierto, Así habló Zaratustra. Friedrich Nietzsche)

 

Es un recorte del final de un poema de Nietzsche al comienzo de la parte citada. Nos estamos acostumbrando a usar su pensamiento, como el de cualquier otro que lo merezca, como ayuda para el nuestro propio. A veces nos parece difícil llegar al trasfondo de aquello que le hizo pensar lo que escribe, pero respetamos que si lo escribió, lo pensó de alguna manera. Y nos ponemos a pensar. Y deseamos que fuera desde cero (0).

Tenemos, claro, nuestra memoria, que no es menor, pero suponemos de entrada parcial, desde la propia historia y lugar y época que  nos toca vivir. Antes otros vivieron, pensaron, sintieron, lo que les tocó, en el mismo sentido de la palabra.

Y también nos parece claro que los se sucedan podrán alcanzar lo mismo. Y aquí se nos acerca Nietzsche., 140 años despúes.

Somos respetuosos de las palabras como las de Nietzsche. Conviene leerlo en voz alta, y dejar que el sentido se hunda lo más profundo del alma. El origen de sus palabras debe provenir de su pensamiento, digamoslo por un momento.

Usar palabras permite un equívoco, de entrada diremos insoslayable, aunque lo vamos a tratar de explicar. ¿Que significa pensar?, parece una cosa que se responde inmediatamente. Sería: ¿Que significa la palabra pensar? Pero, ¿se puede responder inmediatamente? ¿Cual es el significado de esa palabra, pensar? ¿Como se puede formularla desde la pura lógica, que no señalaría las formas del recto pensar?.

La lógica primero piensa como debería ser el recto pensar, y nos lo transmite, pero no puede responder a su propia esencia. De entrada contiene la misma paradoja que se anuncia con el ser de lo humano. Todos sabemos que significa pensar, pero no lo podemos significar. Pensar significa pensar, podríamos decir violando la misma lógica. Es la paradoja de Bertrand Russel en las matemáticas. La misma que se produce cuando decimos: “Esto que le digo es una mentira”. Se parece mucho a un nudo, a algo de que se vuelve en sí mismo, como un eterno retorno, pensaría en su momento Nietzshe. A lo gravísimo que da que pensar, afirmará más tarde Heidegger.

¿Que se necesita para que nosotros alcancemos la posibilidad de pensar en un modo esencialmente recto, de modo de llevarlo a un final razonablemente cómodo en su acción. Pensar es un verbo, gramaticalmente implica una acción, que no se vé, pero si se la puede decir o escribir. ¿Habría una física del pensamiento? Estamos usando las mismas palabras que deambulan cerca del camino que nos lleva al pensar. Se puede intuir cierta relación, pero una intuición, aún trascendental, de alguna forma debe poder ser transmitida.

¿Que es lo que nos consigna, o por decirlo, nos decide como inexorable, a pensar?

Ya lógica, ya intuición, ya de suyo, ya entendido, como sea. Pero aún nos es difícil encontrar palabras en torno a la acción de pensamiento. El desierto crece: ¡ay de aquel que dentro de sí cobija desiertos! No parece fácil encontrar esas palabras, ¿de donde provienen? ¿Como se entienden desde su origen?

En un principio se es león en el desierto, y con coraje de león se derrota a los dragones que compelen a llevar las pesadas cargas de los mandatos para los obedientes. Luego, encontratarás que en el  desierto  han  habitado  desde  siempre  los  veraces,  los espíritus  libres,  como  señores  del desierto; pero en las ciudades habitan los bien alimentados y famosos sabios, los animales de tiro. Pero, ¡ay de aquel que dentro de sí cobija desiertos!

No nos parece este un juego que se juegue cotidianamente, en todo caso al contrario, y por múltiples y honradas razones, que habrá que ir des-cubriendo en cada caso, en cada momento. No estamos solos, nos ayudan lo pensadores que ya transitaron su camino, y que lo d-escribieron. Humildad y respeto nos acercan al camino. E intuimos los dragones, que esperan que no lo hagamos, pero esa es claramente otra historia.

¿Que es designado como pensar? ¿Lo resuelve la lógica? ¿Como estaremos en condición favorable para pensar? ¿Que es lo con impele pensar?

Son las cuatro formas que nos dona Heidegger para formular la misma pregunta, para ayudarnos, a su modo, a hacerlo. Y tenemos así como dos maestros, entre tantos, de quienes aprender.

No olvidamos nuestro origen de lo que nos acera a preguntar por el pensar. En una forma brutal es que no quisiéramos ir a comprar pescado o que nos lo regalen, deseamos aprender a pescar. Nos incomoda la sensación de dependencia de discursos que todo explican, pero no explican porque esa es la explicación. La legan pero además la compramos. Es insólito, para, digamos, la más mínima lógica, que igual se contradice en su falta de fondo del que debería partir. Y lo curioso para el  alma incrédula es que produzca los resultados que se presentan.

Iremos por partes, no es abarcable todo lo que da que pensar todo esto en un espacio que no quiere abrumar a nadie que se interese, que es el principio necesario para meterse dentro de este mundo, mezclarse con él, que entendemos lo más propio de lo que somos en cuando sapiens, alejándonos de todo discurso de lo cotidiano, aunque no dejen de aparecer las casi inevitables relaciones desde lo uno frente a lo otro.

¿Que es lo con impele pensar? Desde el principio podemos aceptar que es un impulso que compete al hombre quien ejecuta la acción como sobrentendido, y que por lo tanto puede marginarse sobre la consideración acerca del pensar como algo indiferente, ya de suyo, y más aún es necesario porque las leyes que rigen el pensamiento son independientes del hombre que lo ejecuta, aunque claro apunta a algo de nuestra esencia. Si formuláramos: ¿Que significa que nos pensemos?, es una forma que cae pesadamente sobre nosotros, arbitraria y violenta atribuye un nuevo significado diferente al que se entiende comúnmente por parte de quien la lea o escuche. Hay un juego de palabras, y la que pierde el juego es la palabra que se sostiene en el verbo de la nueva pregunta. Estaremos jugando con la palabra “significar”.

Si bien en español, no es evidente ni común utilizar la palabra significar en los diferentes sentidos que contiene, en alemán, el “heisst”  se emplea de triple manera: i) tener tal o cual significado (el común en español, ), ii) dar a entender o otro tal o cual cosa (llamar algo con tal o cual nombre, sería algo como el “designar” español), y; iii) mandar u ordenar (ej: le significó que presentara la renuncia) . La clave de las tres formas “heissen” es la idea de signo, siendo entonces el primero (i) “tener tal o cual significado”, el segundo (ii) “Dar significado nombrándolas, designándolas” y el tercer (iii) “Significar a otro la propia voluntad, darle la con-signa de algo que se quiere que haga o deje de hacer”.

 

¿Como podremos escuchar las palabras en forma recta, de forma tal que nos permita formularnos cierto entendimiento apto para nuestro pensamiento, cuando el vehículo del habla ya dispone de diferencias polisémicas que otorgan multiplicidad de sentidos a lo escuchado, o leído?

Esto no es nada nuevo, ya Aristóteles mencionaba la dificultad, por ejemplo: el ser se dice en muchos sentidos. Y los categorizó.

¿Que es el ser? Ser se dice de muchas maneras pero no responde la pregunta. Tal vez, esta interrogación deba ser reformulada para llegar a una forma adecuada de pensarlo, a pesar de la coherción de las palabras de una lengua que no contenga los significados que lo permitan, al menos, desde el habla más cotidiana.

Es un desafío propio el aprendizaje necesario y el deseo de una asepsia de toda contaminación el que lo promueve, lo impulsa, en la cuarta forma de preguntar acerca del pensar.

¡Ah! ¡Levántate, dignidad!¡Dignidad de la virtud! ¡Dignidad del europeo!

Hay que leerse el Así habló Zaratustra, y más de una vez, para primero encontrarse con la forma de pensar de Nietzshe, para luego abandonarlo. El camino del encuentro fue lo importante, es el tránsito por los caminos del desierto del león los que nos ayudan a crearnos un universo propio de claridad y confianza con lo que luego podremos independizarnos del cerco de las palabras, sobre todo las que se regalan o se venden.

Europeo, de una Europa que nace en Grecia, y desde esa Grecia que crea el hábito de la virtud. Solamente el que se convierta en virtuoso accede a la dignidad y respeto por haber transitado cierta paideia que lo permite logrando su estar en el mundo, que es una forma de ser.

¡Levántate dignidad, no te dejes caer por los sabios y virtuosos de está época! (1879), no estamos en la Grecia de los presocráticos, de Sócrates, Platón o Artistóteles. Somos en el mundo real que hace frente hoy, acá,  donde sea nos encontrmos mezclados con el mundo de lo humano, demasiado humano.

¡Sopla, vuelve a soplar, fuelle de la virtud! ¡Ah! ¡Rugir una vez más aún, Rugir moralmente!

Con el aire de los lugares como lo griegos en su momento, del desierto del león alejado de las grande ciudades de hoy, se inspira virtud, que alienta el rugir de ese león, rugido moral, ético, recto, noble para los que lo merecen, veraz, sin máscaras que además cierran el pecho.

 

¡Como león moral rugir ante las hijas del desierto!  ¡Pues el aullido de la virtud, encantadoras muchachas, es, más que ninguna otra cosa, el ardiente deseo, el hambre voraz del europeo!

 

El transeúnte le habla a su sombra: hijas del desierto, junto a las cuales, en efecto, había un aire igualmente puro, luminoso, oriental; ¡allí fue donde más alejado estuve yo de la nubosa, húmeda, melancólica Europa vieja! Entonces amaba yo a tales muchachas de Oriente y otros azules reinos celestiales, sobre los que no penden nubes ni pensamientos.

No podréis creer de qué modo tan gracioso se estaban sentadas, cuando no bailaban, profundas, pero sin pensamientos, como pequeños misterios, como enigmas engalanados con cintas, como nueces de sobremesa multicolores y extrañas, ¡en verdad!, pero sin nubes: enigmas que se dejan adivinar

Y así lo expresa Nietzsche, sin nubes, y con enigmas que se dejan adivinar, alejado de la nubosa, húmeda, melancólica Europa vieja (la actual en ese momento), que por oposición queda claro su clamor.

De nuevo estoy en pie, como europeo, ¡No puedo hacer otra cosa, Dios me ayude! ¡Amén!

Alejado de la Europa vieja (pronta a morir) Za se vuelve a elevar, como un griego. No puede hacer otra cosa. E ironiza con Dios, que ya había muerto y que era parte de su mensaje a los últimos pálidos hombres, que además viven demasiado.

El desierto crece: ¡ay de aquel que dentro de sí cobija desiertos!

El desierto crece, y nos encontramos con dos vías, una la de la desertización que se expande, dentro se este contexto en la Europa vieja de los últimos hombres, ese es un grito que alerta acerca del futuro resultado de esa expansión, y que luego la historia desde finales del S XIX confirmará. La otra la del desierto del león, la de los leones liberados de dragones autoritarios, en el se encuentran sus hijas, que anuncian modos nuevos, nuevos valores que reemplazan las viejas tablas que tienen la Edad de Europa vieja para los últimos hombres. Es genial, en tres palabras se dice su pensar, que en apariencia contradictorio, expresa lo grave de la época y le opone su solución.

¡Ay de aquel que dentro de sí cobija desiertos!.

A quién  va dirigido ese «!Ay!»? ¿Pensó  aquí  Nietzsche  en sí mismo?  ¿Y si acertó  a saber  que  precisamente su pensamiento había  de traer una desertización, un desierto en medio del cual una vez habían de abrirse oasis aquí y allá y brotar  fuentes?  ¿Y si llegó a saber que él tenía  que  ser una  transición  precursora, mirando adelante  y atrás,  y por  eso manteniéndose siempre  ambiguo,  incluso  en la manera  y el sentido  de la transición?  Todo  parece  indicar  que Nietzsche  lo sabía efectivamente, aunque  se tratara  de un saber que  él expresó  con  frecuencia  en palabras  enigmáticas. De ahí que un diálogo pensante con él conduzca  incesantemente a otras dimensiones.

De nuevo, una corta frase, multiplicidad de posibilidades de entendimiento, nuevas preguntas que señalan el camino de la búsqueda de respuestas, el camino de la transición que es propia de cada uno, y expresada en modo propio, pero con palabras pensadas, dirigidas a todos y a ninguno.

Y lo dejamos, por hay, acá.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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