Así, me encuentro yo por doquiera entre mí mismo y el ser, como la nada que no es el
ser. El mundo es humano. Se advierte la particularísima posición de la conciencia: el ser está doquiera, contra mí, en torno mío, pesa sobre mí, me asedia, y soy perpetuamente remitido de ser en ser

El Ser y la nada. Jean Paul Sartre

Aquello de Heráclito viene bien: “No es posible bañarse dos veces en el mismo río”. La esencia de lo humano es como ese continuo movimiento, que hace del fuego el símbolo perfecto del pensamiento de Heráclito. En el Fragmento 30  se puede leer: “Este mundo no lo hicieron ni los dioses ni los hombres. Este mundo fue, es y será eterno fuego viviente, que se enciende según medida y se apaga según medida”. Esa medida de todos los movimientos es el “Logos”, la Palabra, que resonará luego de 4 siglos en el Evangelio de Juan con el agregado de un dios creado, en un mudo humano, por algunos hombres.
Es un principio constitutivo del universo que convierte al hombre en expresión microcósmica de la cosmología universal. El comienzo del mundo humano es el logos.

Y ya de entrada pensamos, desde cero, en una dinámica que deviene desde que los griegos dieron cuenta que su descubrimiento acerca del pensamiento requería de sonidos como palabras, desde un origen que metafóricamente se expresaba ya en un conjunto de palabras: un fuego viviente, que se enciende según medida y se apaga según medida.

Recordemos que la metáfora (del latín metaphŏra, y éste a su vez tomado del griego μεταφορά; propiamente “traslado”, “desplazamiento”; derivado demetapheró “yo transporto”) es el desplazamiento de significado entre dos términos.

Un término, lo cosmológico, expresado como metáfora: el fuego viviente. El otro lo dicho propiamente como logos, la medida de los movimientos del fuego, para cierta comprensión de los hombres.

Y ya se puede ir entreviendo la dificultad, lo cósmico anterior y universal, se convierte en metáfora, palabras del lenguaje que ya desplazan algo, el significado nada menos, para que otros humanos puedan entender algo de algo. Y como ejemplo de la labilidad de este desplazamiento, vendrán Juanes que además agreguen otras palabras que no eran las originales, y claramente, no hay nada que lo impida.

Sartre le explicará, y en relación consigo mismo: me encuentro yo por doquiera entre mí mismo y el ser, como la nada que no es el ser. En el juego infinito de algo primario pero visto desde hoy plausible como que este fue, es y será eterno fuego viviente, que se enciende según medida y se apaga según medida, se transforma a través de desplazamientos lógicos (que contienen logos) en multiplicidades metafóricas que ya no refieren a lo mismo, y claramente, nada hay que lo impida.

Y sin insistir demasiado en la intimidad sartriana, aunque valiéndonos de su valor de expresar la particularísima posición de la conciencia, dando cuenta de su extraña situación remitida de ser en ser.

Tratando de pensar desde cero, percibiendo desde ya cierto efecto de desplazamientos lógicos, desde el propio enunciado de las palabras que lo constituyen, y de cierta labilidad en el uso de los sonidos que articulados en palabras que conforman los enunciados  remiten a ciertos seres ante los que la conciencia, cada conciencia, queda particularmente situada.

El mundo fue, es y seguirá siendo humano, al menos en este planeta. No hay otra especie que hable, y además lo haga arbitrariamente. En un inicio, los griegos que tal vez puedan situarse entre lo primeros en percibirlo, y con herramientas rudimentarias aún, tuvieron al menos entre los pensadores, un especial cuidado en sus enunciados, que siendo los iniciadores tienen cierta pureza e intensidad que luego el agregado arbitrario de palabras lógicas fueron complejizando los discursos y modos de poder pensar las cosas. Intuimos que el camino más honesto de la historia de la condición humana que es la historia de sus realizaciones de pensamiento, que convertidas en acciones concretas devinieron en culturas en relación dialéctica con esa historia, hasta el momento en que escribamos o leamos esto, podría repetirse con solo volver, y solo como ejemplo, a Heráclito o Sartre.

No es ese el objeto de una pretensión como la de pensar desde cero. Hoy el entramado rizomático, nuevos modos de normalización en sociedades altamente pobladas, con plataformas tecnológicas renovándose a velocidades crecientes, con máquinas parlantes que producen construcciones lógicas cuyo sentido aturde a la conciencia al crear y recursar seres, muchos de ellos imaginarios, ha perdido la inocencia de la pureza y la intensidad de los pensadores griegos. Ya a la conciencia le es difícil particularizarse en alguna situación, la ezquizofrenia y la pérdida de memoria y esa vulgaridad que se nombraba como la nobleza del valor, están como perdidas en una hipercomunicación de un juego teatral en el que, bueno, nos toca existir, con toda la cautela que esa palabra ya no sea del todo significada a la altura que se merece.

Pensar  desde cero, sería en todo caso, admitir el teatro de lo real tal cual se presenta, e intentar de volver a pensar simple e inocentemente, desde esa admisión, para intentar alcanzar el cuidado, la pureza e intensidad, al modo que les tocó a los griegos.

 

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