No existen dioses, tampoco navidades, fabulaciones, cuentos para niños o para adultos niños, o famosas o famosos, menos mujeres fatales, y se agregan la mayoría de las películas y todas las telenovelas, las novelas baratas, las comedias de enredos, las fechas patrias, los relatos de todo tipo, mentiras y  verdades.  Esas y otras farándulas de decires sin razón. No lo digo sino lo escribo (y hay diferencia en ello), no existen.

No existen las religiones, ni los papas ni los sacerdotes, ni toda clase de sofistas y de engañadores de todo tipo, no existen ni el mal ni el bien, ni la inmortalidad, ni las cuestiones de creencia en todos sus modos. No existen los charlatanes de feria, ni sus formas actuales, los mass media,  ni los politicastros (de cualquier color o “ismo” que se aparezca). No existen muchas otras cosas más.

Viviríamos, si puede decirse, una cotidianeidad que no existe.

¿Habré errado el camino? ¿Habré nacido en mal momento? ¿Siempre errado? ¿Será el asombro cotidiano que se re-presenta renovado y agresivo, un cierto analfabetismo? ¿Un no aprendizaje? ¿Un idealismo inocente? ¿Por qué nace la sensación de gentes en aumento del descuido propio y ajeno?

Sería una pregunta, hoy, descuidado al decirme que no he respetado  la estética, y no nace  la pregunta   porque la haya propuesto desde lecturas anteriores ni posteriores o encuentros en páginas tal vez escritas en otros modos. Me asombra hasta el espanto el descuido hallado en lo cotidiano que se hace presente, de alguna estética que no sea la ganada en la propia experiencia.

Quedan los inefables ejemplos de retiradas silenciosas, preferidas a embestidas banales contra las aspas de molinos de viento. El viento de la mediocridad  que nos rebaja, nivelador, es persistente y sofoca. En su persistencia parece generar subespecies que lo resisten.

Entre algunos pensadores la pregunta de por qué la promoción de un cambio en la historia de occidente, y solo como un ejemplo de inicio, desde una cierta moralidad libre y ética entre los griegos a  la dominación del vale todo de discursos sin sentido que profanan la razón y fundan creencias y santurrones, esos  personajes ficticios y libertinos sinvergüenzas. La respuesta es el triunfo de los débiles y esclavos por sobre la nobleza de los señores. Y si, en cierta manera explica lo que se presenta justo ahí, hace poco más de dos mil años.

De eso no se debe hablar. Todo el dispositivo de poder crujiría si se hablara de eso.

Y desde la propia elección, de eso no se debe hablar, porque no existe. Y lo vamos a explicar.

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