Recaemos en Baruch una vez más. Se nos revela su anticipación de una visión geométrica de la gravidez de lo que se llama lo humano, y lo traducimos de un Baruch sin Dios, aunque en el Siglo XVII fuera siempre una necesidad, aun desde su aprendido ateísmo. Eran los comienzos del racionalismo, Baruch escribía desde la filosofía de la nueva época con las palabras rechinantes de un lenguaje que no podía, quizá eludirse, desde demasiados siglos de religiones y un Dios.

Se intercalan notas ya en una lengua más cercana al presente en que se lo lea.

Es causa de error de juicio comúnmente admitida, que lo falso consiste en la sola obstaculización al pensamiento mediante aquellas ideas entre mutiladas y confusas. Una idea falsa, en cuanto tal, no implica certeza alguna.

Nota 1: dice Baruch comúnmente admitida. Desearíamos hoy que comúnmente se admitiera.

Cuando el hombre se mantiene en lo falso y no duda de eso, no entendemos como consecuencia que está en su propio acierto, sino solo que no duda y permanece en lo falso, no necesita que su imaginación cambie por nada.

Nota 2: No lo necesita sino además que está multiplicado por imágenes transmitidas que se brindan al infinito de lo cotidiano. No se necesita dudar. La imagen reforzadora llega en bandeja a través de los medios masivos de comunicación, que además tampoco dudan. La inteligencia no es una de las categorías del mundo circundante.

Por certeza entendemos algo positivo y no la eliminación de la duda; claro si que por privación de certeza da cuenta que un pensamiento es falso.

Comencemos, pues, por un primer punto, advirtiendo que conviene distinguir con  precisión entre la idea (o concepto del alma) y las imágenes de las cosas que se imaginan. Es necesario, además, distinguir entre las ideas y las palabras con las que significamos las cosas (Sassure aún no había nacido).

Admitimos aquí que muchos o bien confunden totalmente estas tres cosas, a saber, las imágenes, las palabras y las ideas, o bien no las distinguen con suficiente precisión o bien, con la debida cautela, ignorando completamente lo que suponen como la voluntad, lo que es necesario conocer tanto para la especulación como para ordenar algo más sabiamente las cosas de la vida.

Nota 3: La ignorancia, como la sabiduría, ya no son valores, y como ejemplo en lo que refiere a la voluntad, en estos días parece más una ilusión que no requiere ser pensada, como la mayoría de las cosas que serían ámbito de la esencia humana. La devaluación del pensamiento de los pensadores además del propio es, al menos, asombrosa.

Así, quienes piensan que las ideas consisten en las imágenes que se forman por la percepción de los cuerpos, se auto-convencen de que las ideas de las cosas, de las que no podemos desde nuestro lugar disponer de ninguna imagen equivalente, no son ideas, sino tan sólo ficciones que se conforman por el libre albedrío de la voluntad (algo así como ilusiones). Consideran a las ideas cual pinturas mudas en un lienzo y, sujetos a este prejuicio, no ven que la idea, en cuanto tal, implica la afirmación o la negación, requiere de cierta razonabilidad.

Por otra parte, quienes confunden las palabras con la idea o con la misma afirmación que la idea implica, piensan que pueden pretender poder en contra de lo que perciben que con sólo palabras afirmar o negar algo en forma opuesta a su propia percepción. De estos prejuicios, sin embargo, podrá inferirse aquel absoluto del concepto de la extensión; pues se entenderá que la idea de la extensión (dado que es un modo del pensar) no consiste ni en la imagen de alguna cosa ni en las palabras, ya que la esencia de las palabras y de las imágenes está constituida por los solos movimientos de esa extensión, que no implican en modo alguno el concepto del pensamiento (que es un atributo diferente).

Quienes piensen que su propia voluntad se extiende más allá del entendimiento y que, por lo tanto señalan que es distinta al entendimiento, disponen del motivo por el que piensan que la voluntad (en su sentido directo, y no el schpoenauriano) es más amplia que el entendimiento, es que suponen haber experimentado no necesitar una facultad de asentir o afirmar y de negar superadora que la que ya inmediatamente disponen para asentir a otras infinitas cosas que no percibimos; lo que claramente requiere una facultad distinta a la del entender, facultad que es más ilusoria que razonable.

Por tanto, la voluntad se distingue del entendimiento en  que es finita, mientras que el entendimiento tiene la potencia de pensar lo infinito. Luego no se explica la mayor extensión de la voluntad, en su sentido más común.

Nota 4: Lo infinito, si bien ya presente en Euclides, adquiere en el S XVII, una conceptualización propia del primer racionalismo. No olvidemos, lo que siempre es común, que Descartes fue matemático,  y el concepto de infinito, propio de ese ámbito, ineludiblemente requiere del entendimiento, poderlo pensar, de alguna manera.

Se puede objetar que la experiencia no parece enseñar nada con mayor claridad que el hecho de que podemos suspender nuestro juicio, a fin de no asentir a cosas que ya ahí percibimos; lo cual se confirma también, porque no se dice que nadie se engaña en cuanto que percibe algo, sino sólo en cuanto que asiente o disiente de ello. Percibir es directo, discernir requiere primero pensar, luego traducirlo en palabras si,  o no, al menos.

Nada parece enseñar, por lo tanto, más claramente de la experiencia que el hecho de que la voluntad (en su sentido común) o facultad de asentir es libre y distinta de la facultad de entender.

También se nos puede objetar, es que una afirmación no parece contener más realidad que otra, es decir, que no parece que necesitemos mayor potencia para afirmar que es verdadero lo que es verdadero, que para afirmar que es verdadero algo que es falso. En cambio, percibimos que una idea tiene más realidad o perfección que otra, ya que, cuanto más excelentes son unos objetos que otros, tanto más perfectas deben ser también las ideas de unos que las de los otros. Y ello parece conducir también a la diferencia entre la voluntad y el entendimiento.

Lo cuarto que se nos puede objetar, es que, si el hombre no obra por la libertad de la voluntad, ¿qué sucederá entonces, si está en equilibrio como el asno de Buridano? ¿Perecerá de hambre y de sed? (No puede decidir si beber o comer, ya que ambas ollas están a la misma distancia).

Nota 5: Baruch insiste en aquello que se le objeta, denuncia una voluntad de sentido común, y resalta el sentido común de la libertad de la voluntad, herencia del libre albedrío de ideas medievales, estrechamente enlazadas al poder dominante de la religión, en casi todo el contexto del devenir humano en los siglos precederos, y que permanecen en su Siglo (XVII), y anotamos, más de 400 años después también.

Si lo aceptáramos, parecería que concebimos un asno como una estatua de hombre, y no a un hombre. Si, en cambio, lo negamos, es que se determinará a sí mismo y que tiene, por tanto, la facultad de desplazarse y de hacer lo que quiera. Además de éstas, quizá se puedan objetar otras cosas; pero como no tenemos que recoger aquí lo que cada cual puede soñar, sólo procuraremos responder a estas objeciones y con la mayor brevedad que nos sea posible.

A la primera objeción decimos que aceptaríamos que la voluntad se extiende más que el entendimiento, si por entendimiento entienden sólo las ideas claras y distintas; pero se negará que la voluntad se extienda más que las percepciones o la facultad de concebir.

Y no vemos en absoluto por qué deba decirse infinita la facultad de querer (voluntad), más bien que la facultad de percibir; pues, así como con la misma facultad de querer podemos afirmar infinitas cosas (pero una tras otra, ya que no podemos afirmar a la vez infinitas cosas), así también con la misma facultad de sentir podemos sentir o percibir infinitos cuerpos (a saber, uno tras otro).

¿Y si dicen que se dan infinitas cosas que no podemos percibir? Replicamos que a ésas tampoco las podemos alcanzar con ningún pensamiento y, en consecuencia, con ninguna facultad de querer. Pero dicen que si  las percibiéramos también, nos debería dar una mayor facultad de percibir, mas no una mayor facultad de querer que la que nos dio. Lo cual es lo mismo que si dijeran que, si entendiéramos infinitas otras cosas, sería sin duda necesario que se nos diera un entendimiento mayor, pero no una idea más universal de la se no diera como posible disponer, para abarcar esos mismos infinitos seres. Pues hemos demostrado que la voluntad es un ser o una idea universal, con la que explicamos todas las voliciones singulares, esto es, lo que es común a todas ellas. Así, pues, como creen que esta idea común o universal de todas las voliciones es una facultad, no es nada extraño que digan que esta facultad se prolonga al infinito, más allá de los límites del entendimiento. Ya que lo universal se dice por igual de uno, de muchos y de infinitos individuos.

Nota 6: Baruch responde con palabras pensadas a la ilusión de una supuesta facultad de voluntad de sentido común. Esto es, intenta a través del modo del pensamiento desbaratar una ilusión, con elegancia y sin confrontamiento, es  más, admite como un presupuesto, las consecuencias de la universalización de la creencia.

A la segunda objeción responderemos negando que tengamos la libre potestad de suspender el juicio. Y a que, cuando decimos que alguien suspende el juicio, no decimos otra cosa sino que ve que no percibe adecuadamente la cosa. La suspensión del juicio es, pues, en realidad, una percepción y no una voluntad libre.

Y esto lo experimentamos a diario en sueños, y no libre potestad de suspender el juicio sobre lo que sueña y de hacer que no sueñe lo que sueña ver; a pesar de lo cual, sucede que incluso en sueños suspendemos el juicio, a saber, cuando soñamos que estamos soñando. Concedemos, además, que nadie se engaña en cuanto que percibe, es decir, que las imaginaciones del alma, consideradas en sí mismas, no implican ningún error; pero negamos que el hombre no afirme nada en cuanto que percibe.

Nota 7: Freud tiene bastante que decir acerca de los sueños, y menos el de suspender su trabajo, recordarlo en parte, relatarlo y tratar de interpretarlo. Fue 230 años después de Baruch, en las que desde otro ámbito, Sigmund afirma las imaginaciones del alma son parte especial de la vida anímica de los seres humanos.

Y con esto pensamos haber respondido también a la tercera objeción, a saber: que la voluntad es algo universal, que se predica de todas las ideas, y que sólo significa lo que es común a todas las ideas, es decir, la afirmación. Por eso, su esencia adecuada, en cuanto que se la concibe de esta forma abstracta, debe hallarse en cada idea, y sólo por este motivo es la misma en todas; pero no en cuanto que se considera que constituye la esencia de la idea, ya que en este sentido las afirmaciones singulares difieren entre sí igual que las mismas ideas. Por ejemplo, la afirmación que implica la idea del círculo, difiere de la que implica la idea del triángulo lo mismo que la idea del círculo difiere de la idea del triángulo.

Además, negamos en absoluto que necesitemos igual potencia de pensar para afirmar que es verdadero lo que es verdadero, que para afirmar que es verdadero lo que es falso. Ya que estas dos afirmaciones, si se toma en  cuenta lo mentado, se relacionan entre sí como el ser y el no ser, puesto que en la idea no hay nada positivo que constituya la forma de la falsedad. Por eso, hay que advertir aquí, ante todo, cuan fácilmente nos engañamos, cuando confundimos los universales con los singulares, y los entes de razón y abstractos con los reales.

Nota 8: Potencia en Baruch es un concepto relativo, cuantitativo. Puede mantenerse, aumentar o disminuir. Los cambios de cantidad producen afectos, En lo anterior,  el afirmar como verdadero lo que es falso requiere de potencia, por lo que relativamente disminuirá. Algo que necesita trabajo para ser ejecutado consume potencia, y producir la afirmación de algo como verdadero cuando es falso, afecta, consume potencia, no se conviene con la causa, hay que obstaculizarla, para producir un efecto contrario. Mantenerse en contrarios inconvenientes, arruina la potencia, devalúa al individuo que se compele a esto. Confundir universal con lo singular, o un pensamiento razonable, o abstraído de cualquier imagen, con la sensibilidad de la cosa real, son contrarios. Y agregamos, independientes de la voluntad de sentido común, con lo que complementa el cuadro de la condición del hombre en la época de Baruch, heredero de una historia que lo precedió y como dijimos, que aún hoy, parece mantener sus efectos.

Por lo que respecta, finalmente, a la cuarta objeción, decimos que concedemos sin reservas que un hombre puesto en tal equilibrio (a saber, que no percibe nada más que la sed y el hambre, tal comida y tal bebida, ambas a igual distancia de él), perecerá de hambre y de sed. Y, si nos preguntaran si tal hombre no debe ser tenido por un asno más bien que por un hombre, diremos que lo ignoramos, como también ignoramos cómo hay que valorar a aquel que se ahorca y cómo hay que valorar a los niños, los necios, los locos, etcétera.

Nos resta, finalmente, indicar cuánto contribuye el conocimiento de esta filosofía a la práctica de la vida, lo cual reconoceremos fácilmente por lo que sigue.

1°) En cuanto que enseña que nosotros obramos por solo leyes de la naturaleza de la que somos partícipes, y tanto más cuanto más perfectas acciones de acuerdo a ellas  y por lo tanto cuanto más las entendamos. Así, pues, esta filosofía, aparte de traer al ánimo una cierta tranquilidad, tiene el valor de enseñarnos en qué consiste nuestra parcial felicidad , a saber, en el solo conocimiento de las cosas de esta naturaleza, por la cual somos inducidos a hacer tan sólo aquello que el nuestros mejores afectos nos aconsejan. Por lo que entendemos claramente cuánto se alejan de la verdadera valoración de la virtud aquellos que, por su virtud y supuestas óptimas acciones, como por la máxima esclavitud, esperan ser galardonados con los máximos premios; como si la misma virtud no fuera la misma felicidad y la suma libertad.
2°) En cuanto que nos muestra cómo debemos comportarnos con las cosas de la fortuna o el azar, o sea, las cosas que no están en nuestra voluntad, es decir, que no se siguen de nuestra singular naturaleza, a saber: esperar y soportar con ánimo igual las dos caras de la fortuna, puesto que todas ellas se siguen del decreto natural con la misma necesidad con que de la esencia del triángulo se sigue que sus tres ángulos son iguales a dos rectos.
3°) Esta doctrina contribuye a la vida social, en cuanto que enseña a no odiar a nadie, ni despreciar, ni burlarse, ni irritarse, ni envidiar a nadie. En cuanto que enseña, además, a que cada uno se contente con lo suyo y auxilie al prójimo, no por una misericordia, piedad alguna, parcialidad o superstición, sino por la sola guía de la razón, según lo exijan el tiempo y el asunto

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4°) Finalmente, esta doctrina ayuda también no poco a la sociedad común, en cuanto que enseña de qué forma deben ser gobernados y dirigidos los ciudadanos, a saber, no para que presten un servicio, sino para que hagan libremente lo que les es mejor. Y con esto concluimos lo que nos habíamos propuesto en este lugar. Pensamos haber explicado con suficiente detalle y, en cuanto la dificultad del asunto lo permite, con claridad, la naturaleza del alma humana y sus propiedades, y haber aportado ideas de las que pueden concluirse muchas cosas buenas, sumamente útiles y necesarias de conocer.

 

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